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jueves, 29 de marzo de 2012

Domingo de Ramos (Mc 14,1-15,47) - Ciclo B: La multitud debe restituir a los individuos que tiene prisioneros


Publicado por Alessandro Pronzato

...Pero la mujer no lo sabe

Antecedentes. En una esquina del atrio de la iglesia estaba, como cada año, el montón de ramos de olivo. La celebración solemne empieza allí. Dentro de poco saldrá el párroco, revestido de ornamentos rojos, escoltado por un clérigo joven, que en estas ocasiones tiene mucho que hacer para organizar la liturgia y dirigir los cantos.

Distribución y bendición de los ramos de olivo, proclamación del evangelio (que yo llamo del «borriquillo»: finalmente un animal tratado, en el área del templo, con los honores que se merece, lo que desgraciadamente no sucede con el cordero pascual, destinado a nuestras «liturgias gastronómicas»). Después la procesión para recordar «la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén» (pero ese «triunfal» es un adjetivo que suscita muchas perplejidades).

En los alrededores de la iglesia había más gente de la acostumbrada. Esta es una de las ocasiones del año en la que muchos se colocan algún pálido signo de la tradición religiosa.

Recientemente un obispo ha hablado incluso de «travestismo religioso». En mi ánimo surge siempre una pregunta, a la que hasta ahora no he logrado dar una respuesta satisfactoria: ¿residuo de fe o reclamo folclórico? Quizás las dos cosas a la vez.

Se ven personas que quieren dar la impresión de que están allí por casualidad. El domingo, por ejemplo, he divisado a Miguelón, un tipo que tiene más familiaridad con las mesas del bar que con los bancos de la iglesia. La mujer, enferma, después de quién sabe cuántas súplicas, debe haberle convencido para que fuera a coger el ramito de olivo («tenemos necesidad de la bendición del Señor para esta casa desgraciada...», le debe haber dicho).

El, discretamente, se ha acercado al montón y furtivamente ha cogido un ramito. Le he hecho caer en la cuenta de que el olivo todavía no estaba bendecido, pero él, después de un momento de duda, ha levantado los hombros diciendo: «Pero mi mujer no lo sabe...».

Y, empuñando con cierto embarazo el pequeño trofeo arrebatado prematuramente, se ha metido en el bar más cercano. Misión cumplida, sin muchas pérdidas, ni siquiera de tiempo.

He pensado que aquel bocazas ha tenido, al menos una vez, un gesto de delicadeza para su mujer. La bendición fallida quedaría suplida por la fe de la señora.


Elegir la parte

Después de la lectura de la pasión, siguiendo la narración de Marcos, el párroco ha enfocado su breve sermón hablando de la necesidad de «elegir nuestra parte». Y, para facilitarnos la tarea, ha pasado en rápida revista los diversos personajes que aparecen en esa narración: Judas, Pedro, el sumo sacerdote, los soldados, Pilato, Barrabás, el Cirineo, las piadosas mujeres...

Ha insistido en la provocación: «¿En cuál de estos individuos te reconoces? ¿qué papel te gustaría desempeñar?». Y nos ha puesto entre la espada y la pared, bloqueando cualquier escapatoria: «Cuidado, porque no está permitido permanecer neutrales. Hay que tomar postura personalmente en este drama que se repite y compromete a todos, sin que nadie quede excluido.

Después ha hecho alusión al papel de la muchedumbre, pero huyendo de la trampa de esa observación, de la que se ha abusado tanto, acerca de la volubilidad de la muchedumbre que «pasa fácilmente del hosanna al crucifícalo».

Ha preferido hablar de las manifestaciones de masa que caracterizan gran parte del cristianismo de hoy, enfermo de espectacularismo. Ha confesado, abiertamente, que él no se abandona a los fáciles entusiasmos debidos a las cifras que se exhiben y a las coreografías costosas bien orquestadas. Yo me he sentido perfectamente en sintonía con él.

Ha observado que «hay algo que no funciona en esas concentraciones grandiosas... en la base debe existir un equívoco... existe el peligro de adhesiones superficiales... se apunta excesivamente hacia la emotividad y el entusiasmo pasajero... y el crecimiento o quizás sólo el estímulo en la fe quedan por demostrar», y así siguió desconfiando.



Matada la espontaneidad

Por mi parte, creo que he descubierto al menos una cosa que no funciona: la organización. Por favor, no es que falte la organización y que se deje a la improvisación (¡ojalá!): lo malo es que hay demasiada y termina por hacerse sofocante. El peligro está precisamente en el exceso de organización. Todo previsto, calculado, ordenado. Para acceder a ciertas concentraciones, hace falta llevar entrada, como para el fútbol o para los conciertos. Por algo, además de las plazas, se utilizan los estadios, y en ciertos casos se contratan divos del espectáculo, de convicciones religiosas más bien dudosas (dejando aparte la conducta moral).

Hay una dirección que regula todo, y no deja nada a la improvisación. Por el contrario en Jerusalén, aquel día «muchos alfombraron el camino con sus mantos, otros con ramas cortadas en el campo». Y el celebrante no fue a revestirse en la sacristía: «Llevaron el borrico, le echaron encima los mantos, y Jesús se montó». En cuanto a los cantos, no había necesidad de que los entonaran los seminaristas: «Los que iban delante y detrás, gritaban...».

Hoy, en la mayor parte de los casos, la multitud, por decirlo de alguna manera, queda secuestrada, tenida como rehén. La gente debe limitarse a asistir, admirar, padecer todo lo ya predispuesto cuidadosamente. Al pueblo se le impide toda acción, todo gesto espontáneo. La única libertad que se le concede es la de aplaudir. No es raro que los cantos sean adjudicados al coro, que hace la parte del león, y al pueblo sólo le deja las migajas de alguna exclamación esporádica.

Falta la naturalidad, el movimiento. La programación excluye la imprevisibilidad. Estas son, al menos, mis impresiones.

El predicador, por su parte, ha declarado que ciertas concentraciones oceánicas de multitudes sólo estarían justificadas en el caso que algún individuo rechazase ser multitud, se arrancase de la masa y comenzase a pensar con su cerebro, tuviese el coraje de tomar decisiones personales, asumiese opciones sin parar mientes en lo que hacen los otros o en lo que quisieran imponerle.

Ha dicho, citando a un autor del que no me he quedado con el nombre, que Jesús afronta las multitudes «para arrancar de ellas unos individuos libres». Así sea.