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viernes, 30 de marzo de 2012

Domingo de Ramos (Mc 14,1-15,47) - Ciclo B: MIRARLE CON AFECTO



Dadas las circunstancias socioeconómicas por las que atravesamos, nos preguntamos: ¿Semana Santa?. ¿Semana de pasión?. ¿Qué semana iniciamos hoy, domingo de Ramos?. Litúrgicamente no hay duda. Hoy comenzamos la Semana santa. Pero sociológicamente estamos como empantanados en una larga etapa de crisis, de pasión. Es decir, de dolor, de duda, de desaliento. Esta sensación puede parecer que nos aparta del espíritu de estos días, que nos distrae. Todo lo contrario. En esta semana santa se nos revela “un Dios sorprendente, que rompe nuestras imágenes convencionales de Dios y pone en cuestión toda práctica religiosa que pretenda dar culto a Dios olvidando el drama de un mundo donde se sigue crucificando a los más débiles e indefensos” .

En la Vigilia Pascual del sábado a la noche vivimos un rito que expresa gráficamente los efectos de la Pascua. Después de bendecir el fuego nuevo, con la iglesia a obscuras, el cirio encendido –cuya luz representa la luz de Cristo resucitado.- avanza hacia el altar, mientras los fieles van encendiendo sus velas hasta que desaparece la oscuridad y el templo se ilumina por la claridad que irradian las pequeñas velas. Esto es o debiera ser la Pascua, palabra que significa “paso”. En nuestra situación sería deseable que saliéramos, como personas y como sociedad, de esta crisis, que no solo es económica, sino también moral. Más aún, una crisis de civilización. Y pasáramos de la tristeza, del desaliento, del callejón al que nos cuesta ver la salida, a la esperanza, a la normalidad.

El viernes santo hacemos solemnes via-crucis en todas las parroquias. Pero los via-crucis más auténticos se desarrollan en la calle. Con razón el asesinado jesuita, Padre Ellakuría, se preguntaba y preguntaba: “¿qué hemos hecho para que haya tantos crucificados?. ¿Qué hacemos ante sus cruces?. ¿Qué vamos a hacer para bajarles de la cruz?”. El beso que damos a la cruz en la celebración del viernes santo debe ser algo más que un gesto tierno, pues no podemos adorar al Crucificado y vivir de espaldas a la persona. A esta semana la llamamos santa, porque celebramos “la hora” de Jesús, según se nos recordaba el domingo pasado, ya que en estos días celebramos la pasión, muerte y resurrección de Jesús, misterios con los cuales los cristianos estamos unidos íntimamente.

Os invitaría en esta semana a detenernos en el silencio de Jesús, que en realidad son “los gritos del silencio”. Hasta tal punto llama la atención este silencio a lo largo de los tres días sagrados que los adversarios, las autoridades: el Sumo Pontífice, el gobernador Romano, el rey Herodes. … se pusieron nerviosos. Éstos, enfadados, le incitaban:”¿no tienes nada que responder?”, “¿no contestas nada?”. Durante las tres horas de agonía,: desde las 12 del mediodía hasta las tres de la tarde, pronunció siete palabras, que nosotros con la colaboración de grandes predicadores las hemos convertido en tres horas de sermón.

A lo que vivimos estos días llamamos “el drama de Jesús”. Ciertamente lo es y como en todo drama intervienen distintos personajes. Por nuestras calles se cruzan los Pedros, las Verónicas, los Pilatos….Y también el centurión, el cual demostró ser un hombre sincero y coherente, que al ver la muerte de Jesús, exclamó: “Verdaderamente este hombre era hijo de Dios”. Naturalmente que podemos descubrir a qué personaje nos parecemos más, incluso con qué personaje nos identificamos.

En la liturgia de este domingo de Ramos se destacan dos partes, representadas por la entrada de Jesús en Jerusalén. Un acontecimiento que nos invita a la alegría. Y un segundo aspecto, marcado por la lectura de la pasión, que nos introduce en un mundo injusto y sufriente, si bien termina en la resurrección. Un domingo, el de Ramos en el que la liturgia juega con un doble sentimiento: de alegría por un lado y de dolor y malestar por otro.

Acércate, Señor, a nuestro mundo, a nuestra sociedad, para que acierte en su caminar.

Acércate, Señor, a nuestra Iglesia para que sea seguidora tuya.

Acércate, Señor, a los más desorientados.

Acércate, Señor, a todos nosotros para que te entendamos y te sigamos. Que en esta semana santa te miremos –no con indiferencia- sino con pasión, con afecto y con sinceridad.