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sábado, 10 de marzo de 2012

III Domingo de Cuaresma (Jn 2,13-25) - Ciclo B: “Destruyan este Templo y en tres días lo levanto”.



Si, como dice Paul Gallagher, nuestra cultura está herida en su capacidad de imaginar a Dios, contemplar el amor celoso del Señor por la casa del Padre, nos hace bien. La palabra que les vino a la mente a los discípulos al ver a Jesús derribando las mesas de los cambistas, fue “qin’ah”, “zelos” en griego, que expresa el “amor celoso de Yahveh” por su pueblo. Este amor apasionado y que pasa a la acción suscita la indignación de las autoridades: “pero ¿quién se cree este que es?” –“¿qué signos nos das para obrar así?”-. Y Jesús se da cuenta de que su celo provoca deseos de matarlo y los enfrenta: “Destruyan este Templo y en tres días lo levanto”.

El Señor se metió con las estructuras –con “lo que había llevado 46 años construir”- y las estructuras tienen su peso, ese que lleva a decir que “las cosas no se pueden cambiar en tres días”.
Sin embargo eso mismo es lo que el Señor plantea desafiante. Con su resurrección cambiará en tres días la estructura de la muerte, que lleva actuando no 46 años sino casi toda la historia de la humanidad. Digo “casi” porque la lógica de la vida es rigurosa en su misterio. Aunque a algunos le parezca un cuentito lo del Paraíso terrenal, donde no había muerte, científicamente se constata que el misterio de una vida que surge en medio del cosmos “mineral” e inanimado, contiene un “Jardín cerrado” –micro-cósmico si se quiere- , al que nos está vedado el acceso, en donde lo vivo es germen de pura vida. Si no, la vida no habría prosperado ni hubiera comenzado. Hay algo vivo que viene de la vida, no de lo muerto.
A esto vivo apela el Señor con su Resurrección.
Destruye así la lógica de lo muerto.

La lógica de lo muerto se alimenta del comercio, del dinero que se fabrica ilimitadamente –los millones de Euros que de golpe se “inyectan” en el mercado para resucitar no a los pobres griegos sino al dios-mercado. Y este comercio –con su lógica de la muerte (porque dos moneditas de esos millones bastarían hoy para salvar la vida de un niño, pero pareciera que hay un abismo entre los bancos y la gente, un abismo tan grande y una pared tan alta y sólida, que ni una monedita se cae ni se filtra), esta lógica, digo, invade también las estructuras de nuestra iglesia, como invadió las del Templo en la época del Señor.
Aquí es donde el Señor hierve de ira santa y “el celo por el Templo lo devora, lo fagocita”.
La reflexión que invito a que hagamos es acerca de cómo se muestra el “celo” del Señor en el mundo actual.
Confieso que lo primero que me vino a la mente fueron los “escándalos financieros del vaticano” y me puse a buscar en las declaraciones del vocero del Papa, cómo se enfrentan hoy estos problemas, cuál es el látigo que se usa. Me cayó bien, ante tanta acusación a la Iglesia que mezcla intencionadamente las películas con la realidad, la actitud del Papa que creó un organismo de control –la Autoridad de Información Financiera (AIF)- mostrando su empeño para introducir las instituciones eclesiales en el sistema internacional de controles de las actividades económicas, para la lucha contra el reciclaje, el crimen organizado y el terrorismo. Son medidas estructurales que quitan espacio a las sofisticadas formas de robar que se manejan hoy.
Pero me empantané y la contemplación se acható totalmente al ir por este camino.
Vuelvo entonces al Señor y a lo que tengo que expulsar yo de mi Templo interior. Creo que va por el lado no tanto de los escándalos de robos y desfalcos (los chorros son chorros en todas las religiones y situaciones sociales) sino por el lado de la “lógica del mercado”. Eso es lo que despierta la ira del Señor. Y no en sí misma, ya que Jesús tiene muchas parábolas en las que “hacer trabajar los talentos y ponerlos a interés en el banco” es alabado y promovido. Lo que enoja al Señor, me parece, es que la lógica del mercado invada la Casa del Padre. Hay un ámbito en el que no debe entrar esta lógica. Ese ámbito se le llama Casa del Padre y se dice que debe ser “Casa de oración”. Oración, para el Señor, es “adoración en espíritu y en verdad”, es “agradecimiento y alabanza” que se hacen con gozo, en lo secreto, oración es rumiar misericordia esperando que vuelva el hijo pródigo, oración es estar atentos a los pequeños gestos de generosidad como el de la viuda…
Lo que el Señor defiende a capa y espada, aquello por lo que siente un amor celoso, es que exista y esté protegido ese ámbito de gratuidad y de misericordia absoluta que es la Casa donde habita el Padre. Si el negocio invade ese espacio, la vida se pierde. Y, al revés, cuando se cuida y promueve este espacio, la generosidad infinita del Padre va ganando espacio en los otros terrenos de la vida y vemos que todo florece, que no falta el dinero y que hasta rinde más. Nuestras obras de caridad social son la prueba. Aquí tenemos que cuidar que la mentalidad del mercado no lo invada todo. Es un desafío mayor de lo que parecía hace unos años. Las estructuras del mundo actual –bancos, sindicatos, leyes salariales, convenios laborales y del voluntariado…- , hacen que no se pueda emprender ninguna obra sin atender estas realidades. Aquí hace falta toda la creatividad que podamos concebir y gestar.
Aporto algunas reflexiones, fruto de estos años de trabajar en el Hogar y de haber tenido que crear la Fundación Obras de San José y la Cooperativa de Trabajo Padre Hurtado.
Primero una gracia.
La mayor creo que ha sido y es la confianza total en la providencia de nuestro Padre del Cielo que a través de la gestión diaria e integral de San José nos permite llevar el Hogar día a día. Aquí la preocupación por el mañana no ha invadido nunca la experiencia de la gratuidad del Padre y de su generosidad que durante 30 años ha permitido abrir las puertas del comedor e ir viviendo las dificultades de cada día sintiendo su protección y ayuda.
Quizás la forma como se expresa esta “no invasión” de la lógica del mercado sobre el espacio de gratuidad y de estar en las manos del Padre, es que ni un día hemos estado tan tranquilos y con todo controlado como para no tener que rezar pidiendo ayuda. A veces en el ámbito económico, a veces en el de los colaboradores, otras por problemas de afuera…, siempre sentimos que dependemos del Padre para el pan y el perdón y para que nos libre de todo mal y no nos deje caer en la tentación.

Segundo, un latigazo. No a nuestro lomo sino a nuestra mentalidad. El que lo sienta en el lomo, que se despegue y deje de “encarnar” esa mentalidad nefasta.
Aunque pensándolo bien, no me toca a mí dar ningún latigazo.
Que cada uno se aplique a sí mismo la “disciplina” como se llamaba al latiguito de cuerdas que se usaba para penitencia junto con el cilicio, y se de unos buenos latigazos en su mentalidad mercantilista.
Más bien iría aquí por el lado de diálogo del Señor con los vendedores de palomitas. Se habrá acordado que San José y su Madre le contaron cómo de recién nacido habían ofrecido por él dos pichoncitos de paloma que les habían comprado a alguno de los vendedores como los que ahora tenía enfrente. Eso hizo que se contuviera y en vez de tirarles las jaulas les pidiera que se corrieran. La mentalidad mercantilista se tiene que corregir desde abajo hacia arriba, desde la gratuidad de los más humildes. Las veces que uso este argumento con los más pobres muchos me lo reconocen de una manera muy fuerte, tanto que me lo confirma. Cuando alguno se cuela en la fila o le saca algo a otro, le suelo decir que esa no puede ser la lógica entre los más pobres. Alguno se burla, como diciendo, no entendés nada. Si a mí esta sociedad me excluye yo voy a ser peor que todos. Pero otros sienten distinto. Sienten que su dignidad se juega en dejar el lugar a que coma otro. Y hay mucha alegría en los más humildes al ver celo en estos pequeños actos de justicia y gratuidad.
Creo que el Señor al desarmar los kioscos de esta gente, que no eran los negociantes grandes que estaban detrás, apuntó a esto, a que los pobres lo iban a entender su amor celoso por la gratuidad.