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sábado, 17 de marzo de 2012

IV Domingo de Cuaresma (Jn 3,14-21) - Ciclo B: EL PADRE ES EL SALVADOR



Es un fragmento de la conversación nocturna de Jesús con Nicodemo. En ella, Juan presenta por primera vez un discurso de Jesús. Es, pues la primera presentación que hace Juan de la "doctrina" de Jesús. Merece la pena que nos detengamos a leer el texto completo de este capítulo tercero del evangelio de Juan.

El resumen es: la Vida Nueva, la Novedad del Reino, como nacer de Nuevo. El Hijo es quien trae todo esto. El Hijo es la Salvación, que está en el mundo para dar vida. Todo esto es la obra del amor de Dios al hombre. Y el hombre puede rechazar la Salvación, en lo que consiste "el juicio".

Se trata, pues, de una profunda síntesis de Juan, que viene a resumir casi toda su "teología", y se encuentra en completo paralelo con el Prólogo de su Evangelio: La Palabra hecha carne; el mundo que no la recibe; los que la reciben, llamados a ser hijos.

Vemos aquí, una vez más, que Jesús "lleva plenitud" al A.T. Vemos también cómo ha de ser leído el A.T. desde Jesús, como líneas de progresiva revelación-conocimiento de Dios, que encuentran en Jesús la plenitud.

Hemos de reconocer que los textos de este domingo son difíciles, tanto por su contenido como porque usan fórmulas y comparaciones muy alejadas de nuestra mentalidad. Todos ellos son buena muestra de una elaboración teológica, bastante alejada de la luminosa simplicidad del mensaje directo de Jesús. Pablo y Juan empiezan ya a hacer elaboraciones sistemáticas del mensaje, y no pocas veces sentimos que sus expresiones nos resultan mucho más oscuras que las palabras originales de Jesús.

De todo lo que hemos leído se desprenden sin embargo algunas ideas claras e importantes. Ante todo, cómo hemos de leer el Antiguo Testamento, y concretamente los libros llamados “históricos”. Son en realidad libros de teología. No interesa tanto contar los hechos, sino sacar de ellos una enseñanza: mostrar cómo en los sucesos de la historia aparece el pecado como origen de desgracias, y Dios que intenta salvar a su pueblo.

Esta Teología es aún primitiva. Jesús irá mucho más lejos, pero en ella encontramos ya como un amanecer de lo que más adelante será luz espléndida en Jesús.

Tanto Pablo como Juan están expresando una clave fundamental de la fe: Dios Salvador. Dios es el que tiene la iniciativa de la salvación: lo nuestro es volvernos a Él, aceptar la salvación que Dios ofrece. Estamos haciendo una lectura religiosa de la historia entera, y un resumen teológico de la misma, que constituye el argumento de la Biblia, de principio a fin: el sueño de Dios es una humanidad de Hijos, semejantes a Él.

El pecado es el estropea el sueño, pero no puede acabar con Él; Dios creador se hace Dios salvador, el que lucha con el ser humano para librarlo del mal; éste es el que se muestra en Jesús; aceptar a Jesús es aceptar a ese Dios, el que busca la salvación.

En el texto de Juan se habla del juicio, y nosotros lo hemos entendido como algo meramente judicial, como si al final Dios se cansara de ser Salvador y se limitara a ser juez. El concepto es más sencillo y más profundo. Dios juzga acertadamente, sus juicios son correctos.

Nuestros juicios son equivocados, por eso estropeamos nuestra vida.
Dios no es el que castiga nuestros errores, sino el que intenta salvarnos de ellos. Son nuestros errores los que estropean nuestra vida, y es Dios el que intenta recuperarla.

Así se asienta una postura básica en nuestra espiritualidad: religión no es buscar a Dios lejano, invocarle a ver si nos escucha, hacer penitencia a ver si nos perdona. Religión es aceptar a Dios cercano, responder a la Palabra que nos dirige, aceptar el perdón que ofrece. Religión es responder a la invitación de Dios.

Todo esto implica también una concepción nueva y más profunda del pecado. Nosotros pensamos, y el Antiguo Testamento lo creía así, que nosotros cometemos pecados y esto nos aparta de Dios. Pero Jesús piensa de otra manera: nosotros nos encontramos con que somos pecadores, el pecado es más fuerte que nosotros, nos impide ser hijos.

Necesitamos un libertador, no un juez. Y eso ofrece Jesús: sacarnos de
nuestros pecados, recuperar la condición de hijos. Al cobrar conciencia de nuestra condición de pecadores nos sentimos lejos de Dios, pero nuestra sorpresa es que no tenemos que caminar trabajosamente hacia Dios, sino que es Él quien se acerca, como el médico al enfermo, como el pastor que busca la oveja perdida en el monte. Esto da sentido diferente a la palabra “conversión”. La hemos identificado con “penitencia”, pero sería mejor entenderla como “aceptar a Dios, mi médico, mi pastor”.

Por tanto, a través de estos textos un tanto complicados y llenos de expresiones que nos resultan difíciles, se nos conduce a un mensaje luminoso y determinante: cómo es Dios, tal como lo hemos conocido en Jesús. Y el Dios que revela Jesús es una Estupenda Noticia, responde a lo que más necesitamos: luz y salud.

Pero, por encima y antes que todo lo anterior, los textos de hoy tienen el poder de curarnos de una falsa concepción de “redención”. La Iglesia ha explicado, durante diez siglos nada menos, la muerte de Jesús en la cruz desde la idea de sacrificio, es decir, la inmolación de una víctima para aplacar la ira de Dios. Esto significaría que Dios, airado por nuestros pecados, debe ser aplacado con la sangre de una víctima, es decir, con la muerte sangrienta de Jesús. Esto supone por tanto que Dios no perdona porque ama, sino que cobra por perdonar, y cobra un precio tan horrendo como la muerte sangrienta de su hijo. Semejante interpretación teológica contradice lo más esencial del mensaje de Jesús = Dios Abbá, y es destruida por los textos que hoy leemos:

“Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna”.

Y Dios es “El que no escatimó ni a su propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros” (R 8,31) (2º Domingo de Cuaresma)

Así pues, es completamente necesario abandonar la interpretación sacrificial de la muerte de Jesús, resto de insuficiencias paganas del Antiguo Testamento, y aceptar de una vez al Dios de Jesús, Abbá, la fuente del amor, el que lo da todo, hasta su mismo Hijo, por salvar.