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viernes, 2 de marzo de 2012

VOLVER A CASA

II Domingo de Cuaresma (Mc 9,2-10) - Ciclo B
Por Enrique Martínez Lozano

Montaña alta, luminosidad, color blanco… Son signos que colocan el relato en el ámbito de lo divino. De ese modo, parece hacernos una doble invitación: por un lado, a vivirnos conscientemente conectados con el Misterio último de lo Real; por otro, a reconocer esa Realidad como la dimensión más profunda de todo lo que es, nosotros mismos incluidos.

Es la mente la que, por la propia naturaleza del pensar, tiene que fraccionar y separar lo real. Como consecuencia, al tomar su lectura como si fuera una representación exacta de las cosas, terminamos asumiendo la creencia, incuestionada, de que todos son objetos separados: las cosas, los otros, uno mismo, Dios… La mente convierte lo real en una infinidad de “islotes” separados, a los que atribuye desigual importancia o jerarquía.

La realidad, sin embargo, es no-separación. Como siempre han visto los místicos –y hoy experimentan los físicos, en el mundo de las partículas elementales-, todo es Uno en las diferencias aparentes.

El Fondo de todo lo real es uno y el mismo Fondo. Y ese Fondo es lo que constituye nuestra verdadera identidad. El Fondo de todo lo humano y de todo lo material es el mismo Principio divino. ¡Se comprende bien la reacción de Pedro, apenas lo atisbó!: “Qué bien se está aquí. Vamos a hacer tres tiendas”.

Como Pedro, también nosotros, mientras no hemos vislumbrado nada, esto puede parecernos una locura…, o hasta una blasfemia. Pero en cuanto se nos regala “verla”, caemos en la cuenta de que ésa es nuestra identidad; en cierto sentido, es como si, cuando eso se produce, recordáramos lo que somos y, al recordarlo, iniciamos el camino de vuelta a casa (las “tres tiendas”).

La palabra que aparece en el relato –“Este es mi Hijo amado”- lo explicita. Ser hijo es “estar naciendo” en permanencia de ese mismo Fondo originante, fuente de todo lo que es. Dentro de los límites del lenguaje, podría decirse que es ese mismo y único Fondo el que se manifiesta en formas temporales o transitorias.

Y que, como se expresa en Jesús, así se expresa en cada ser humano. Por eso, en la tradición cristiana, reconocemos a Jesús como nuestra “referencia”, la imagen más nítida en la que el Fondo se manifiesta. Pero no por un “privilegio” especial, sino porque Jesús de Nazaret fue el hombre que no puso obstáculos al Misterio para que se expresara en él.

Por eso puede decirse con toda razón de él que es “el Hijo amado”, el parecido más exacto a la Fuente de la que todo surge.

Pero es eso mismo lo que puede afirmarse de cada ser humano: cada uno es “hijo amado”, nacido de aquella misma Fuente y transparencia de ella.

Cuando se nos regala hacer consciente esta realidad, experimentamos una sensación de asombro y de sobrecogimiento. Es lo que les ocurre a los discípulos, a quienes el susto los hace callar. Solo cuando vivan la experiencia de la resurrección –otra experiencia transpersonal-, serán capaces de captar un poco más lo que aquí se contiene.

De algún modo, caer en la cuenta de nuestra condición de “hijos amados” –de ser expresión del Misterio último de lo Real- equivale a reconocernos como ya “resucitados”.

Porque ni somos separados de aquella Fuente originante ni hay algo que tengamos que recibir en algún futuro. Todo está ya aquí y ahora…, aunque con frecuencia se nos escape. Decir que somos “hijos”, significa nombrar nuestra identidad: no soy el ego separado que la mente piensa que soy, sino aquel Fondo último que se está expresando en esta forma temporal. Y eso no es algo que deba “lograr” en algún futuro más o menos lejano, sino que constituye mi identidad ya en este mismo momento.

Aldous Huxley, en su novela “La isla”, lo expresa de una manera inigualable:

“Nadie necesita ir a ninguna parte. Todos estamos ya allí, lo sepamos o no. Si supiese quién soy en realidad, dejaría de comportarme como lo que creo que soy; y si dejase de comportarme como lo que creo que soy, sabría quién soy”.

“Volver a casa” es reconocer que, como dice Mónica Cavallé, somos Plenitud que se desborda: la Plenitud que sostiene el cosmos, es la misma que me sostiene a mí.

Y sigue diciendo:

“El Tao [el Misterio, el Ser, la Vida, Dios, el Espíritu] es lo que vive en nosotros, lo que respira en nuestra respiración y pulsa en el rítmico fluir de nuestra sangre; aquello que ríe cuando reímos y danza cuando danzamos; lo que arde en nuestra ira y en nuestro deseo. Es lo que mira por nuestros ojos, piensa en nuestro pensamiento y nos inspira palabras cuando hablamos.

Es el vigor que late en la semilla, que asciende como savia y se celebra en el fruto y en la flor. Es la matemática armonía del cielo nocturno, de la estructura del cristal, de los arabescos del mundo subatómico, réplica analógica de las galaxias celestes. Es aquello que nos fascina en el andar alerta y grácil del tigre, en la creatividad y elegancia insuperables del color de los peces y del plumaje de las aves. Lo que une a estos peces y aves en bandadas. La voluntad única que los hace moverse y danzar al unísono, formando un solo cuerpo…

Es la hermandad invisible que nos permite adivinar lo que sintió algún hombre del pasado, y compartir el dolor que adivinamos en la mirada de otro ser humano o en la mirada afligida de un perro… Es la insólita belleza de la música y lo que se conmueve en aquél que la escucha. La misteriosa armonía que, enlazando lo más sutil y lo más grosero, permite que nuestro espíritu necesite de la materialidad del oído para sentir esa mística familiaridad. Lo que hace acordar el alma con lo que sólo son ondas sonoras…

Es la inteligencia ilimitada e insondable que todo lo rige y en todo se manifiesta. ¿Qué hay de abstracto o de “otro” en todo ello?”

(M. CAVALLÉ, La sabiduría recobrada. Filosofía como terapia, Martínez Roca, Barcelona 2006, p.92. (Se trata de un libro sumamente valioso que, afortunadamente, ha sido reeditado recientemente por la editorial Kairós).

Para terminar este comentario, me gustaría señalar una cosa más. La sugerencia de Pedro de hacer “tres tiendas” puede interpretarse como consecuencia de que, al “ver” lo que somos, recordamos nuestra identidad y nos toma el anhelo por “volver a casa”.

Pero pudiera también interpretarse –y este es el sentido que le ha dado habitualmente la tradición- como comodidad, que lleva a instalarse en lo que nos resulta agradable.

En esta interpretación, la reacción de Pedro sería expresión de lo que se conoce como “materialismo espiritual”, y que consiste en la apropiación de la riqueza espiritual por parte del ego para obtener algún “beneficio” egoico. Cuando eso ocurre, lo que se produce es una perversión radical de la espiritualidad.

Por eso, frente a este riesgo –que se aferra en el narcisismo que nunca deja de acecharnos-, es importante subrayar que el test de todo camino espiritual es siempre la vida, y la vida entregada a favor de los demás. No recordamos quienes somos para permanecer en un “monte” aislado y cómodo, sino para “bajar” a la vida cotidiana, con todos sus conflictos, y vivir allí lo que hemos visto, desde una actitud de bondad, compasión y servicio, que se basa en la comprensión de la Unidad que somos.



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