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domingo, 22 de abril de 2012

Contemplaciones del Evangelio: Dejar que Jesús nos abra


Domingo de Pascua 3 B 2012
Por Diego Fares sj

“Les abrió sus mentes”. Lucas utiliza “abrir” (Di-anoigo) para expresar lo que hace y quiere hacer Jesús Resucitado con nuestros ojos, nuestra mente y nuestro corazón.
El Señor viene para abrir y, en todo aquel que nos abre la mente y el corazón, podemos reconocer su presencia. Los discípulos de Emaús cuentan cómo el desconocido “les abrió los ojos” con el gesto de partir el pan. Y a partir de allí fueron de apertura en apertura: se dieron cuenta de cómo les había hecho arder el corazón al “abrirles” la escritura. Y eso los abrió a la esperanza en la comunidad de la que se habían fugado, desilusionados, y a la que vuelven corriendo. Abiertos, ahora sí, a escuchar a los otros que les dicen “Es verdad, ha resucitado el Señor y se le ha aparecido a Pedro”. Lucas usará también esta expresión para contar cómo “el Señor le abrió el corazón (a Lidia, la lavandera) para que entendiera lo que decía Pablo” (Hc 16, 14).
El abrir de Jesús es un abrir nuevo. Cuando Jesús abre a la fe “nada ni nadie puede volver a cerrar”. Lucas utiliza esta palabra que tiene un matiz de vida muy fuerte. En los evangelios de la infancia caracteriza a Jesús como primogénito (literalmente “el que abre la matriz de la madre” Lc 2, 23). Así, el Primogénito de entre los muertos es el que abre las puertas de la Vida Eterna y nos da acceso al Padre y capacidad de que entre en nosotros el Espíritu.

Jesús Resucitado se presenta, habla y actúa de manera tal que todo en Él mueve a la apertura o, lo que es lo mismo, mueve a la confianza.

Si uno lee y relee los evangelios de la Resurrección hay algo en la narración misma que abre a la Fe, que la suscita. Quizás hay que notar cómo las palabras del Señor van junto con los gestos –habla y parte el pan, habla y muestra las llagas, habla y comparte la comida, habla y sopla el Espíritu-. Es como si el Señor tuviera una simultaneidad y una coherencia entre lo que hace y lo que dice que son propias de un Resucitado: al mismo tiempo que pacifica, misiona, se hace presente y abre los ojos para que lo vean, narra lo que dicen las Escrituras y abre las mentes para que entiendan. No solo se da un intercambio de palabras sino de dones y el mayor de todos es el Don del Espíritu, que entra en mentes y corazones totalmente abiertos, y se derrama sin encontrar peros ni obstáculos. Esta es la gracia del Resucitado: disponer una apertura total en los corazones de los discípulos de manera tal que el Espíritu los llena sin dejar resquicios. De esta plenitud y llenura participamos todos.

La apertura que obra Jesús no es sólo hacia el Cielo sino también hacia los hombres: es la apertura cristiana a todas las culturas, a todos los pueblos y a todas las personas, en la situación en que se encuentren.
Esta apertura es de las cosas más lindas del cristianismo y, así como se dice que un santo triste es un triste santo, no hay nada más contradictorio que un cristiano “cerrado”.
La apertura del corazón es la primera, diríamos, y la más católica: el corazón abierto a la misericordia y al amor a todos, incluidos los enemigos, es el sello distintivo del corazón cristiano.
Junto con la apertura del corazón está la apertura de los ojos y de la mente a las Escrituras, que nos explica el sentido que tienen las cosas que pasan, leídas por Aquel que es el único que tiene derecho a “abrir” el Libro de la vida, el Cordero que padeció para librarnos de nuestros pecados (cfr. Ap 5, 2-9).
Y está también la apertura de los ojos y de la mente para reconocer y “ver” a Jesús en la persona de los que nos acompañan por el camino y en los pobres y necesitados que se cuentan por miles de millones. “¿Cuándo te vimos hambriento, desnudo, sin hogar, enfermo…?”. Es la apertura a “la inteligencia del pobre” como decía Hurtado, a “ver a Jesús en los pobres” y a “escuchar lo que ellos nos dicen”. Los más pobres no sólo abren nuestro corazón a la compasión sino también nuestra mente a la fe.
Por aquí iría la contemplación de hoy: apuntando a pedirle a Jesús que nos abra totalmente los ojos de la mente y los del corazón. Quizás la reflexión que nos puede ayudar a “abrir los ojos” es caer en la cuenta de quiénes son las personas que “nos abren” a Dios. Y reconocer allí la presencia y el accionar benéfico de Jesús Resucitado.
Lo que quiero decir es que no se trata de que “venga Jesús” y nos abra. Sino de que en toda apertura que experimentamos descubramos –al mismo tiempo- que es Jesús el que la pone en acto. Porque si no, como no “vemos” al resucitado, no valoramos como suyas nuestras aperturas.
Por si ayuda, comparto cómo contemplo y reflexiono cosas sencillas que viví y dejo que el Señor me vaya abriendo la mente y los ojos a reconocer que él estuvo “hablando” en las voces de otros.
………..
El jueves, en el cine-debate del Hogar vimos “El hombre de al lado”. Es la del diseñador que vive en la casa que edificó Le Corbusier en La Plata, al que el vecino de al lado le abre un boquete en la medianera para poner una ventana (“que me permita atrapar un cachito de sol, sólo eso, Leonardo”).
La quise ver de nuevo con nuestros comensales porque intuía que iba a ser distinto.
Especialmente esta película. Y lo fue.
Lo primero que me encantó (y me golpeó) fue ver con qué ganas se reía uno que estaba a mi lado, identificándose con Victor (el hombre de al lado) cada vez que con un tono sobrador y psicopatón, le ponía límites a Leonardo, el diseñador que “no podía creer lo que le estaba pasando”.
La película, a mí, me había hecho sentir ese miedo que provocan muchos que están en situación de calle cuando uno percibe que no tienen los mismos códigos y que no sabés cómo pueden reaccionar. En cambio, a mi vecino de al lado, la falta de códigos no le producía ningún miedo sino que lo hacía matar de risa. Después uno dijo que “las apariencias engañan” y que “mucha gente de la calle da miedo por su misma cara, marcada por el sufrimiento, pero que él se había encontrado con personas excelentes y muy fieles amigos”. Esto vino a cuenta porque el vecino, que transgrede todos los códigos de comportamiento social, no transgrede el único que vale: el de no mirar para otro lado cuando se trata de salvar una vida.

Ahora, lo que yo más disfruto es esa capacidad de captar los símbolos más profundos con que siempre me sorprenden la gente del comedor y del hogar. No la encuentro tan fresca ni tan rápida ni en mí mismo, ni en mis alumnos…
Apenas terminó y aplaudimos uno dijo: “Está muy buena, pero habría que entenderla”. Ya lo había visto entrar algo tomado y quería opinar a toda costa así que entre todos lo chistamos porque decía cualquier cosa. Sin embargo, ahora que revivo la escena veo que se daba cuenta de que había captado algo más hondo de lo que podía explicar.
Y pienso que quizás sería “la frase” para el evangelio de hoy.
Un Jesús que primero los “aterra” y luego los “alegra”, pero tanta emoción no les permite entender nada hasta que les “abre” la mente.
“Está muy buena la Resurrección, pero habría que entenderla”.
La digo y me encanta la frase de nuestro amigo tomadito.
La había descartado como una “molestia” en el debate y resulta que es más iluminadora que el resto. Porque la verdad es que la fuimos entendiendo gracias a lo que aportaba cada uno.
En el debate que siguió me impresionó uno que dijo que el símbolo de la película era la ventana (que al final se cierra): es una ventana “entre dos maneras de cultura”, dijo. Y ahí se me armó toda la película a nivel simbólico. Aunque los personajes mantienen características ambiguas en lo que hace a los valores, el ‘grasa’ se la pasa tratando de mantener abierta la ventana (“la comunicación, como dijo otro, que es lo que no hay que cortar”) mientras el “culto” lo único que quiere es cerrarla.
Y eso fue lo que quedó de enseñanza: que nunca hay que cortar la comunicación (el diseñador no llama a la ambulancia y deja que Victor se muera) porque las cosas no son lo que a primera vista parecen.
Nunca hay que cerrar las aberturas, aunque culturalmente sean como un boquete en la medianera de una casa de Le Corbusier.
La resurrección del Señor tiene algo de esto, viene a abrir un boquete en nuestra cultura con el que no sabemos qué hacer. Es un boquete por el que se nos meten los pobres, es verdad, un boquete por el que nos hace salir a misionar, sin duda, pero antes que todo eso, es un boquete por el que entra el Aire fresco del Espíritu y una Ventana no a Youtube sino al Cielo.