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domingo, 22 de abril de 2012

Domingo III de Pascua: Dios nos "saca brillo"



La resurrección es un trampolín haca la plenitud de una vida entregada. Desde luego que no resulta nada fácil, como sucedía el domingo pasado, asimilar lo nuevo, lo distinto. La vida gana, la justicia se impone y la lógica de Dios se hace entendible a fuerza de ver cómo los acontecimientos le dan la razón.

Ante lo desconocido y lo difícilmente explicable, la imaginación se encuentra a sus anchas. Es cierto que hay que intentar meter en un molde lo que supera todo molde si queremos hacernos una idea más o menos cercana o familiar de cómo es Dios, pero ahora no es el tiempo de buscar lo físico, lo tangible. Cada cual podremos imaginarnos de una manera la vida después de la muerte pero no por ello vamos a estar exentos de dudas, miedos y temores. Hablar de resurrección no es esperar que salga un conejo de una chistera o un ramo de flores de la boca de un gato, o un cadáver de una tumba. Hablar de resurrección es hablar de plenitud, de triunfo y de esperanza de lo que ya somos. Dios nos lleva a la plenitud, nos “saca brillo”. La nueva creación ya hemos comenzado a vivirla en esta vida y la resurrección nos anuncia que nada, ni nadie, puede destruirnos. Que lo que ahora es un inicio de vida, Dios va a colmarlo sin medida.

Muy semejante al del domingo pasado, el Evangelio de hoy, que continúa la escena de los discípulos de Emaús, subraya de nuevo la dificultad que les supone a los apóstoles creer, así como la comprensión de Jesús, que no se cansa de ofrecer distintos modos de reconocimiento: los signos inconfundibles de su crucifixión y la familiaridad de una comida compartida.

La Pascua es más que una visión: es experiencia de cuerpo cercano, pan compartido, comprensión de la Escritura y misión universal. Frente al espiritualismo desencarnado, el Evangelio presenta a Jesús vivo como amor entregado, carne que se toca. No es ningún fantasma ni por supuesto ningún fantoche alimento de visionarios pinchanubes. No esa una ilusión, es una realidad. La Pascua no es un consuelo ciego, una opresión de la mente. La Pascua es una comprensión más honda del mensaje, un descubrimiento del sentido de la entrega de la vida. No hay pascua sin comprensión; no hay consuelo de Jesús si no entendemos el sentido oculto de la vida: la maldad de quienes le matan y la gracia de quienes le acogen entregando su vida en esperanza.

Jesús nos conoce al igual que conocía a sus discípulos. Sabe de nuestras dificultades para dejar lo viejo y apuntarnos a lo nuevo que se está estrenando con él. Conoce nuestra generosidad pero también nuestra pereza que nos lleva a refugiarnos una y otra vez en la comodidad, incapaces de ver la vida con ojos de fe. Respeta nuestros ritmos pero se hace, una y otra vez, presente en medio de nosotros, de improviso, para comunicarnos la paz. No vale un entender la Palabra desde odres viejos. Jesús quiere abrirnos los ojos para entender cómo Él se implicó en el mundo hasta dar la vida en la cruz, cómo se metió en los conflictos para hacer presente el amor entregado del Padre. Eso es comprender las Escrituras. Una vida cristiana sin implicación con el mundo no es auténtica, no es reflejo de amor. Somos testigos de Jesús si dejamos la estrechez del grupo donde se está bien y nos metemos en la geografía de los hombres y mujeres de hoy, comprometiéndonos en la construcción de la paz que brota del resucitado. No cabe el miedo en forma de comodidad sino el riesgo que habla de confianza a pesar de la dificultad. Los seguidores de Jesús no debemos ser de los que tiran la piedra y esconden la mano.

Debemos tener claro que en la victoria de esa vida entregada, en la palabra definitiva de un Dios que parecía callado, pero habla ahora con fuerza, la vida gana, vence. Gana la vida, nuestra vida con nombres y apellidos. Esto sí que es triunfo… No vamos a ir haciendo la “V” con los dedos por la calle, ni dando saltos y abrazando a la gente, pero motivos tendríamos… al descubrir que el canto final de Dios es una sinfonía que llena de música todos los rincones. Que la lógica del evangelio termina siendo cimiento para construir una humanidad fuerte y fraterna. No busquemos fantasmas sino personas.




Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto. Colegio San Agustín (Valladolid, España)