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sábado, 21 de abril de 2012

Dom 22-04-12. Pascua del pez, la Pascua es perdón (Lc 24, 36-39)

Publicado por El Blog de X. Pikaza

El evangelio de Lucas ha condensado la pascua en un tercer día escatológico donde culmina la vida de Jesús y la historia de la humanidad. Este es un día total, símbolo y compendio de la nueva historia humana.
El relato pascual de su evangelio dura sólo un día: comienza muy de mañana con las mujeres en el sepulcro (Lc 24, 1), continúa con los fugitivos (24, 13), que llegan a Emaús a la caída de la tarde (24, 29), para descubrir a Jesús en el pan compartido, y culmina en la noche final del domingo, con todos los discípulos reunidos (24, 36-39), para abrirse allí (¿cerrada ya la noche, en la madrugada del siguiente día?), con la ascensión desde el Monte de los Olivos (24, 50-53).

En visión convergente, aunque distinta, Hech 1 ha expandido la pascua en cuarenta días, para culminarla en Pentecostés (Hech 2).


Pues bien, la liturgia de este día ha condensado la pascua en la experiencia central de los discípulos reunidos, que reciben a Jesús, le reconocen, son testigos de su realidad más honda (come ante ellos), y reciben su “poder” de perdonar y de extender la palabra.

No son los Doce, son todas la Iglesia, formada por los Once (Doce menos Judas) con las mujeres de Lc 24, 1-11 (a quienes al fin han creído), los fugitivos de 24, 13-35 (a quienes han escuchado) y los otros compañeros (cf. Lc 24, 9.33); son muchos, los ciento veinte de los que habla Hch 1, 15.

Texto

[Visión]Hablaban de estas cosas, cuando él (=Jesús) se presentó entre ellos y les dijo:
– La paz con vosotros.

[Identidad]Sobresaltados y asustados, creían ver un espíritu. Pero él les dijo:
– ¿Por qué os turbáis, y por qué se suscitan dudas en vuestro corazón?
Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo.
Palpadme y ved que un espíritu no tiene carne y huesos como veis que yo tengo.
Y, diciendo esto, los mostró las manos y los pies.

[Comida] Como ellos no acabasen de creerlo a causa de la alegría y estuviesen asombrados, les dijo:
– ¿Tenéis aquí algo de comer? Ellos le dieron un trozo de pez asado.
[muchos manuscritos añaden: y un trozo de panal con miel].
Lo tomó y comió delante de ellos.

[Palabra]Después les dijo:
– Estas son aquellas palabras mías que os hablé cuando aún estaba con vosotros:
Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito
en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí.

[Misión de perdón] Y, entonces, abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras, y les dijo:
– Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén. Vosotros sois testigos...

[Espíritu Santo] Mirad, yo voy a enviar sobre vosotros la Promesa de mi Padre.
Vosotros permaneced en la ciudad hasta recibir el Poder de lo alto (Lc 24, 36-49).

Explicación

Este es así el testimonio total de su pascua. En contra de lo que parece indicar Hech 1,3 (¡se habría aparecido muchas veces!), se supone que Jesús se ha mostrado sólo una vez y para siempre. Estos son los signos de su presencia, los elementos fundantes de la iglesia:

– Visión. Parece un fantasma (24, 36-37). Viene y dice la paz sea con vosotros, conforme al saludo normal entre judíos. Pero algunos que le miran sienten miedo, pensando que es un espíritu (Lc 24, 37; cf. Jn 20, 24-29). Es muy posible que se trate de una acusación de los no creyentes del entorno contra los cristianos: ¡habéis visto un fantasma!. Así habían rechazado los “sabios” discípulos a las mujeres de la tumba vacía (cf. Lc 24, 11.23).

La historia antigua y moderna está llena de visiones: muchos han visto figuras “celestes”: ovnis y vírgenes, rostros de carácter simbólico o fantástico. En sentido general, no podemos dudar de ellas, porque el ser humano tiene gran capacidad de alucinación, de tal modo que muchos forman (dicen recibir) y descubren (miran) imágenes precisas (religiosas, mágicas, etc.) de realidades que les desbordan. Entre ese tipo de personas podrían encontrarse los primeros “testigos” de la pascua. Por eso, la acusación es lógica. Los mismos discípulos deben estar preparados para superarla.

– Identidad. “¿Por qué estáis turbados? Mirad mis manos y mis pies” (Lc 24, 38-40). Fantasma es algo que se forma en la imaginación. Jesús en cambio viene de la historia antigua: es un hombre real y concreto que ha vivido y ha muerto: conserva su corporalidad en el sentido fuerte del término. Según eso, la pascua no es evasión de fantasía que nos lleva y pierde entre ilusiones, sino encuentro con Jesús resucitado, que vuelve a llevarnos a la corporalidad de su vida y de su muerte, como indicará la eucaristía.

Contra todos los intentos de tipo gnóstico, que quieren diluir la experiencia de Jesús en un espiritualismo desencarnado, Lucas insiste en la identidad corporal, física, sensible, del Señor pascual: es el mismo Jesús de Galilea, profeta crucificado que vive y puede ser tocado de una forma humana. Así tranquiliza a sus discípulos, identificándose ante ellos, pues sigue teniendo el mismo cuerpo que ha entregado hasta la muerte por causa del reino.

– Comida eucarística: “¿Tenéis algo de comer? Le dieron pescado y lo comió” (24, 41-43Los discípulos se han reunido para comer y comen juntos. Lógicamente, ellos ofrecen a Jesús un trozo de pez asado, y él, tomándolo delante de ellos, comió (Lc 24, 42). Muchos manuscritos dicen que tomó también la miel de un panal y que comió… Posiblemente, algunos grupos cristianos tomaban la miel como signo de renacimiento pascual.

Los discípulos se han reunido para comer y, precisamente en la comida, descubren la presencia del Cristo pascual. Sin duda, estamos en un contexto cercano a la vida anterior de Jesús: sus comidas con los pecadores, las multiplicaciones en Galilea... Aquí han descubierto los suyos su presencia pascual. Un escéptico dirá que ha sido una fuerte alucinación: los discípulos suponen que le han dado de comer y que Jesús se ha alimentado; quizá se trata de un contagio colectivo... También nosotros, cristianos postmodernos, solemos pensar de esa manera. Pero una vez dicho esto tenemos que mostrarnos cautos y buscar el sentido de la escena.

– Liturgia de la palabra: “Estas son las cosas que os decía estando con vosotros.... Y les abrió el corazón para comprender las Escrituras” (24, 44-46). La tradición pascual de la tumba vacía había insistido (desde Mc 16, 1-8) en la verdad del recuerdo de Jesús. Por su parte, Jesús había ofrecido a sus discípulos de Emaús una lección de hermenéutica, mostrándoles el valor el sufrimiento. Ahora culmina esa lección: en gesto de intensa catequesis, Jesús hace que sus discípulos comprendan el mensaje más profundo de Moisés, profetas y salmos, las tres partes de la BH (Tora, Nebiim y Ketubim: Ley, Profetas y Escritos).

La pascua es una experiencia hermenéutica, una forma de entender el conjunto de la Biblia, en perspectiva de entrega de la vida, sufrimiento y gloria del Cristo. El rasgo más corporal o eucarístico de Jesús (tiene carne y huesos, come el pez...) se explicita de un modo espiritual: Pascua significa entender, descubrir el sentido oculto de la Escritura, integrándose así en el misterio de la vida. Pascua es ver en Cristo todo lo que existe, descubrir y gozar de un modo intenso el contenido de la historia, el misterio del universo.

– Misión. “Y se predicará en mi nombre la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, empezando por Jerusalén...” (24, 47-48). La experiencia eucarística se vuelve misión: habiéndose reunido en torno a Jesús, en Jerusalén, los discípulos deben iniciar un camino misionero que les llevará hasta los confines de la tierra, en gozo expansivo, palabra creadora. Antes, en el judaísmo del entorno, predominaba la ley, entendida como norma que debe cumplirse. Ciertamente, era posible el perdón, pero debía estar fundado en una conversión y obligación sacrificial. Pues bien, en contra de eso, los discípulos han descubierto no sólo que Jesús, a quien ellos habían rechazado, les perdona, sino que les constituye testigos y ministros del perdón universal: “Y se predicará en mi nombre la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, empezando por Jerusalén” (Lc 24, 47-49).

La pascua de Cristo incluye otros aspectos: es triunfo del crucificado, revelación de Dios, gloria de la vida, anticipación de la parusía... Pues bien, todos pasan a un segundo plano, para culminar y cumplirse en la experiencia y misión del perdón. Esta es la presencia de Dios, este el fin y cumplimiento de la historia: allí donde los humanos expanden y acogen, celebran y despliegan el perdón ha culminado la eucaristía cristiana. Lógicamente, su celebración actual incluye una liturgia del perdón.

– Espíritu Santo: “Mirad, voy a enviar sobre vosotros la Promesa de mi Padre” (24, 49). Conforme a esta palabra y a los textos posteriores (Lc 24, 50-53 y Hech 1-2), la pascua se vuelve promesa de pentecostés. Los discípulos de Jesús deben permanecer en la ciudad, es decir, mantenerse en Jerusalén, hasta reciban el Espíritu Santo, entendido como principio de misión: creer en la pascua significa expandir el nombre de Jesús en el mundo. Así culmina y se abre la experiencia pascual y eucarística en Jerusalén. Culmina, pues los discípulos reciben y comprenden lo que es necesario, para asumir el Camino. Se abre, porque el Señor eucarístico les hace portadores de un mensaje universal, por el Espíritu.

Experiencia pascual, eucaristía.

La corporalidad pascual de Jesús no puede entenderse en el sentido físico antiguo, en plano de biología intramundana. No es corporalidad que pueda mirarse por un microscopio o milagro que se pueda probar por leyes de química, sino lo contrario: Jesús posee y muestra un cuerpo para la fe, un cuerpo que se expresa y concretiza en la vida de los hombres y mujeres en la iglesia.

Lucas no ha querido convencer a los incrédulos, ofreciéndoles la prueba de que el Jesús pascual comía, sino mostrar a los creyentes el sentido (contenido, implicaciones) de la resurrección de Jesús, en claves de comida compartida, es decir, de eucaristía. Algunos creyentes (de entonces y ahora) buscan una pascua espiritualista, como apertura del alma hacia un espacio de experiencia interior, dejando las restantes dimensiones de la vida como estaban, sin cambiarse.

En contra de eso, Lc 24 ha resaltado la materialidad profunda del Señor evangelio: Pascua es comer juntos, compartir el pan y el pez (que es símbolo del Cristo) en gesto de fraternidad; la misma Pascua se vuelve por tanto Eucaristía extensa, no sólo con pan y vino ritual, sino en toda comida donde podemos recordar a Jesús e invitarle a comer con nosotros. Así recuperamos el sentido más profundo de la historia de Jesús y su esperanza escatológica. Él había invitado a los excluídos de la tierra (pecadores y proscritos) a un banquete de felicidad final. Los fugitivos y fieles reunidos en Jerusalén han podido iniciar ya ese banquete, en la eucaristía.

Ampliación. Pascua, experiencia de perdón

La pascua de Jesús se expresa en forma de celebración del perdón. Estamos acostumbrados a entender y celebrar la pascua en claves de bautismo y eucaristía. Pues bien, de un modo igualmente profundo, la pascua se expresa y celebra en forma de perdón expandido y compartido. Así lo muestran dos textos básicos de la tradición pascual de la iglesia. El primero de Lucas, el segundo de Juan

Y se predicará en mi nombre
la conversión y el perdón de los pecados
a todos los pueblos, empezando por Jerusalén (Lc 24, 47-49).

Tiene la pascua de Cristo otros rasgos: es triunfo del crucificado, revelación de Dios, gloria de la vida, anticipación de la parusía... Pues bien, todos esos rasgos quedan ahora condensados y cumplidos en la experiencia y misión del perdón. Esta es la presencia de Dios, este el fin y cumplimiento de la historia: allí donde los humanos expanden y acogen, celebran y despliegan el perdón ha culminado la experiencia de la vida.

Jesús resucitado se aparece en el centro de la iglesia, a la comunidad reunida, no sólo a los once (los doce sin Judas), sino a todos los discípulos, incluidos los de Emaús y las mujeres, abriéndoles el corazón para entender las Escrituras (Lc 24, 44-46). La pascua es experiencia de nueva comprensión, es cumplimiento de la Biblia israelita, en perspectiva de entrega de la vida, sufrimiento y gloria pacificadora del mesías. Pues bien, desde esa más honda comprensión, Jesús envía a los discípulos al mundo, haciéndoles portadores de un mensaje de conversión (transformación) que se expresa en el perdón de los pecados.

Ellos, los discípulos, deben iniciar desde Jerusalén un camino misionero que les lleva a los confines de la tierra, en gesto de perdón. Jesús les ha reunido tras su muerte en la ciudad de las promesas para que re-descubran el misterio de su vida anterior, asuman el gozo de su vida presente, hecha fuente de perdón universal, y vayan con la fuerza de ese mismo perdón al mundo entero.

Así ha presentado Lucas la aparición fundante de Jesús (24, 36-49). En ella se condensan todos los aspectos y motivos de la iglesia donde se encuentran incluídos, con los once, todos los cristianos, con mujeres y parientes de Jesús (cf. Hech 1, 13-14). Ellos reciben la tarea y gozo del perdón de los pecados, entendido ahora como sacramento universal, donde se incluye la conversión y transformación del ser humano, vinculada a los signos del bautismo (nuevo nacimiento) y de la fracción del pan (solidaridad, eucaristía), donde el Cristo expresa plenamente su misterio

El evangelio de Jn incluye una experiencia convergente. Habla Jesús:

Como me ha enviado el Padre os envío también yo.
(Y diciendo esto sopló y les dijo
Recibid el Espíritu Santo,
a quienes perdonéis los pecados les serán perdonados
y a quienes se los retengáis les serán retenidos (Jn 20, 21-23).

Están reunidos todos los discípulos, no sólo ni primordialmente los once (falta Tomás), es decir, la comunidad eclesial que se ha separado ya del judaísmo sacral, centrado en torno al Templo. Han perdido la gloria del Israel sagrado, que se expresa a través de los ritos del Templo, con la liturgia celeste y el perdón de las manchas y faltas del pueblo a través de los sacrificios. Han perdido todo, carecen del apoyo de la ley social y sagrada, son un grupo amenazado, miedoso... Pues bien, Jesús ellos reciben la autoridad más alta de la tierra: Jesús resucitado les ofrece, desde la nueva Jerusalén de su pascua, la Fuerza de Dios, el Espíritu Santo, haciéndoles portadores del perdón sobre la tierra .

Ciertamente, la pascua es experiencia de Paz final: así les dice Jesús: paz a vosotros (Eirênê hymin: 20,19.21), ofreciéndoles el gozo de la reconciliación escatológica (el fin de los tiempos), en medio de un mundo atormentado por la violencia. Más aún, la pascua es y presencia gloriosa del crucificado, que muestra la herida de las manos y el costado (20, 20), indicando así que esa paz no llega negando el sufrimiento, sino a través del mismo sufrimiento asumido y padecido en favor de los demás. Pues bien, ella culmina se vuelve misión (¡como el Padre me ha enviado así os envío yo!: 20, 21), centrada en la presencia del Espíritu Santo y culminada en el perdón de los pecados: a quienes perdonéis... (20, 23). Ellos, los pobres discípulos miedosos, son ahora portadores del poder supremo, del Espíritu de Cristo pascual, que no viene a juzgar el mundo, sino a perdonar los pecados .

Este es el gran problema: no hay perdón sobre el mundo, los humanos se encuentran divididos y no pueden ya reconciliarles ni los ritos del templo de Jerusalén, ni el orden imperial de Roma. Sólo Jesús puede hacerlo: en su mensaje de perdón se condensa la pascua cristiana, no sólo en Lucas y Juan (textos citados), sino en Pablo y Hebreos (o en todo el Nuevo Testamento). Los cristianos saben que la gran barrera de la muerte es la falta de perdón: los hombres y mujeres de la tierra, siguen enfrentados, en batalla legal y militar, en talión de castigo y de muerte (como reflejaba todavía el Catecismo de la Iglesia, citado al comienzo de este trabajo). Pues bien, dentro ese mundo de odio y muerte, de pecado y represión, el Jesús pascual ha convertido a sus discípulos (a todos los cristianos) en portadores de un perdón universal.

Este es un perdón que se proclama, empezando desde Jerusalén, como afirma Lucas. En la vieja Jerusalén estaba el templo, donde los judíos realizaban las expiaciones y sacrificios, para conseguir así el perdón; pero, como ha destacado Hebreos, esos sacrificios resultan baldíos, pues no logran superar la violencia del pecado, perdonando de verdad. Pues bien, tanto Lucas como Juan saben que, por fin, se ha logrado el perdón en Jerusalén, pero no a través del templo, sino por medio de Jesús resucitado. Este no es un perdón que queda allí cerrado, para que vengan a recibirlo los judíos dispersos entre las naciones, sino un perdón abierto, que se expande a través de los discípulos a todos los pueblos de la tierra.

Todos los cristianos, representados por la comunidad primitiva de Lucas o de Juan (y no algunos delegados especiales) aparecen así como portadores del perdón pascual, que puede y debe abrirse a todos los humanos. Este es un perdón que se celebra y visibiliza, como supone claramente Juan al afirmar “a quienes perdonéis, a quienes retengáis...” (Jn 20, 23), en lenguaje que ha sido utilizado desde otra perspectiva en Mt 18, 18-20. Esto significa que el perdón, siendo absolutamente gratuito, don de Dios, ha de poder expresarse y se expresa allí donde los creyentes lo reciben. Ciertamente, el perdón es un don no merecido, gracia de Dios que se expresa y visibiliza en la comunidad cristiana, pero algunos pueden rechazarlo, y al hacerlo, quedan fuera de esa comunidad, se excluyen a sí mismos del grupo de los perdonados.

El texto divide a las personas de una forma que parece simétrica (a quienes perdonéis, a quienes retengáis...), de tal modo que alguno pudiera pensar que la iglesia es una institución judicialmente neutra, que reparte perdón o no perdón de forma indiferente. Pues bien, en contra de eso, a la luz de todo el evangelio, debemos afirmar que la iglesia es sólo signo y fuente de perdón: ella lo expresa, lo encarna y anuncia sobre el mundo. Pero ella ofrece un perdón que es gratuito (no puede imponerse, ni unir a los humanos a la fuerza); por eso, aquellos hombres o mujeres que rechazan de manera sistemática el perdón, quedan fuera de la iglesia, es decir, fuera del sacramento de reconciliación pascual (universal) que Jesús ha establecido sobre el mundo.

Esta experiencia de gracia y perdón pascual pertenece al conjunto de la comunidad cristiana. Ni Lucas ni Juan (ni Mt 18, 18-20) lo reservan a los Doce (o a los obispos los presbíteros posteriores), como si la autoridad del perdón motivara el surgimiento de una nueva jerarquía sacral. En contra de eso, el perdón vincula a todos los creyentes, no es algo que se deba encerrar en un estamento clerical (aunque puede y debe ser presidido por un representante de la comunidad). La iglesia entera, desde el don pascual de Cristo, es signo y principio de perdón sobre la tierra. No es un perdón barato o indiferente (una afirmación de que todo da lo mismo), sino un perdón comprometido, creador, reconciliador, que puede, por tanto, rechazarse.

Retener el perdón

Esta posibilidad del rechazo del perdón expresa y ratifica su libertad. El verdadero perdón nunca se impone a través de una razón victoriosa o por la fuerza de las armas, sino que es gracia gozosa, emocionada, que los creyentes de Jesús expanden a todas las naciones. No hay otra manera de unir a las naciones: los pueblos de la tierra no pueden vincularse de verdad por la Ley de Israel, ni por el orden imperial del Roma. Sólo el perdón, que se expande en forma de amor no impositivo, en la línea del mensaje y de la vida de Jesús puede convertirse en principio de unidad para todas las naciones. Como sacramento fundante de ese perdón universal emerge aquí la iglesia.

Lógicamente, ella no puede quedar indiferente ante el perdón, como si diera lo mismo perdonar o condenar, acoger o rechazar a los pequeños. El tema de retener los pecados, es decir, de no poder proclamar el perdón allí donde no ese perdón se rechaza (o no se acoge), constituye un elemento esencial del evangelio, como indica, de forma ejemplar Mc 3, 21-30 y par: el pecado contra el Espíritu Santo consiste en no perdonar a los necesitados y pequeños, en no querer que sean curados los posesos... Es pecado sin posible perdón, según el texto. Es lógico: si el perdón es la esencia del evangelio, la falta de perdón será el pecado que excluye a los humanos del reino. Por eso, la iglesia puede y debe retener los pecados(no proclamar palabra de perdón) allí donde haya hombres y mujeres que no quieran perdonar ni ser perdonadas. El poder de Dios se expresa en el perdón. Pero el mismo Dios poderoso queda impotente (al menos en este mundo) allí donde hay personas que no quieren recibir su gracia .

Esta palabra de retener los pecados no puede entenderse en forma de condena violenta, ni mucho menos de rechazo social externo o condena a muerte, como ha sucedido en algunos momentos inquisitoriales de la iglesia. Este retener es más bien un sentir y sufrir la impotencia del Cristo que ofrece un perdón que no ha sido acogido (cf. Mt 11, 20-24). La iglesia goza ofreciendo y celebrando, anunciando y viviendo el perdón. Ella sufre allí donde ese perdón no es acogido. Sobre el pecado contra el Espíritu Santo, además de mi libro Pan, casa y palabra. La iglesia en Marcos, Sígueme, Salamanca 1998. Sobre el pecado (especialmente contra el E. Santo) cf. E. P. Sanders, Sin, Sinners, ABD VI, 40-47; C. Colpe, Der Spruch von der Lästerung des Geister, en Fest. J. Jeremias, Göttingen 1970, 63-69; M. E. Boring, The Unforgivable sin Logion, NT 18 (1976) 258-279.