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lunes, 9 de abril de 2012

LA LITURGIA DE LA EUCARISTÍA, FÓRMULA DE VIDA



Y conscientemente no hemos querido añadir “CRISTIANA” porque se trataría de una calificación restrictiva que confina y constriñe. Una fórmula de vida que no englobe toda Vida, es engañosa y huera.

Incluso la demarcación vida nos resulta excesivamente antropomórfica, si bien para nuestro propósito pudiera considerarse plenamente justificada. Su aplicación debe hacerse no solo al hombre sino a todo lo que, de cualquiera manera, tiempo y espacio, ha desembarcado un día en la existencia. Pero de modo particular a cuantos seres proceden de una proto-vida que, a modo de túnica inconsútil denominada Energía, los envuelve y mantiene.

En todos ellos existe un proyecto de devenir, de llegar a ser aquello que por propia naturaleza están destinados a ser.

Lo que el cristianismo llama salvación se concreta en esta plenitud del ser en existencia, en este proyecto de llegar a ser plenamente humano, plenamente animal, plenamente vegetal o plenamente mineral. Nada ni nadie se quedará en el camino, porque “el camino es la meta” (Willigis Jäger) y porque “donde quiera que vayas ahí estás” (Kabat-Zinn).

“Où cours-tu? Ne sais-tu pas que le ciel est en toi?”, es el título de una reciente obra de Christiane Singer. En ella nos propone la autora que en cada alto que hagamos se nos revelará lo inesperado: lo que buscado siempre fuera, quiere nacer en nosotros.

Relatan los Evangelios que “mientras comía, Jesús tomó el pan, lo bendijo, lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo tomad y comed, esto es mi cuerpo… haced esto en memoria mía”. Este es el texto de la Liturgia Eucarística al que nos hemos referido como fórmula de vida. La figura del Hijo del Hombre queda en él auto-trascendida, se torna universal y manifiesta el plan de Dios según el cual todas las criaturas puedan lograr su plenitud salvadora.

Jesús comunica sus enseñanzas en formato existencial, tal como él las había vivido en el aquí y el ahora del cotidiano acontecer. Sin epifanías de orden teofánico, tal como posteriormente serán propuestos muchos de sus actos. Relatos milagrosos de los Evangelios en los que lo menos importante son los hechos; y lo más, el meta-relato.

No son fenómenos extranaturales ni sobrenaturales, que nos alejan de quien los realiza, sino una forma más de su didáctica, como la parábola del buen samaritano. Meras androfonías de un hombre extraordinario, eso sí, que tanto nos enseñan y aproximan.

La vida del Hijo del Hombre fue esencialmente itinerante. Incluso, con aires de nómada desarraigado que dice cosas paridas desde el alma: siempre en sala de urgencias, siempre de camino. Cosas que, como reconocen las criaturas en el Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz, transforman en todo el ser a quien las vive en apertura de encuentro:

“Mil gracias derramando,
pasó por estos sotos con presura,
y, yéndolos mirando,
con sola su figura
vestidos los dejó de su hermosura".

Así le ocurrió a Zaqueo que, tras recibirle en su casa, “se puso en pie y dirigiéndose a él le dijo: la mitad de mis bienes se la doy a los pobres, y si a alguien he extorsionado dinero, se lo restituiré cuatro veces” (Lc 19, 8).

Y lo mismo aconteció a los discípulos de Emaús, que después de reconocerle en el gesto del partir el pan y desaparecer, “se dijeron uno a otro: ¿No ardían nuestros corazones dentro mientras en el camino nos explicaba las Escrituras?” (Lc 24, 32).

Jesús movió ficha de acogida al tomar el pan ácimo en sus manos. Como hizo Dios con el barro, según cuenta el Génesis y como relatan los textos mesopotámicos, los aborígenes de Australia y las restantes mitologías del mundo. Miguel Ángel lo plasmó en el techo de la Capilla Sixtina captando el momento en que el espíritu de Dios anima el lánguido cuerpo de Adán mediante el suave contacto de su índice con el del hombre recién creado.

Jesús sana a cuantos –próximos o lejanos- se acogen o se dejan acoger por él: a la suegra de Pedro tomándole de la mano (Mc 1,31), al ciego de Betsaida poniéndole saliva en los ojos (Mc 8,23), a la hemorroísa, que se le acercó por detrás tocándole la orla del manto, y al criado del centurión de Cafarnaúm porque creyó en su palabra (Mt 8,13)

Con la bendición puso el fermento en la masa, la colmó de bienes y confirió al pan la capacidad de multiplicarse, de alcanzar la plenitud relativa otorgada a cada ser según su tipo o especie. E igualmente la plenitud absoluta de la Creación, demandada por las leyes de la evolución hasta lograr la expresión máxima de “Luz de Luz, Dios verdadero de Dios Verdadero”, como reza el Credo.

Luego sucede lo de partir del pan, donde se reconoce la presencia del Cristo pascual como les ocurrió a los de Emaús: el Cristo de la “resurrección interior”, el de “nacer de nuevo” del incrédulo Nicodemo (Jn 3,4). Un partir en ocasiones doloroso, macerador que, como todo parto, suele conducir al alumbramiento de nuevas vidas.

Tomad y comed, esto es mi cuerpo: partir y compartir. Es la entrega de sí mismo a los demás y el mejor medio -¿el único quizás?- de auto y hetero-realización personal. Un llegar a ser en plenitud humana sostenido en tres niveles imprescindibles de encuentro, magistralmente manifestados en el relato de la samaritana junto al pozo de Siquén (Jn 4,5-30).
Con Jesús, “Señor, dame de beber”.
Consigo misma, “veo que eres profeta”.
Con la comunidad, “venid a ver a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho”.

Finalmente el haced esto en memoria mía es la respetuosa invitación a aceptar una exigencia de continua conversión, de respuesta personal a la exhortación que San Pablo dirigía a los cristianos de Corinto: “En nombre de Cristo os rogamos: ¡Reconciliaos con Dios!” (2 Cor 5,2).

Una razón áurea formulada y propuesta por Jesús en su última cena, que convive con la humanidad porque aparece y rige en toda la Naturaleza, capaz de dar sentido a toda Vida y Existencia.