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domingo, 1 de abril de 2012

(Ramos 2). Condena del templo “mercado”


Publicado por El Blog de X. Pikaza

La entrada de Jesús como rey en Jerusalén desemboca histórica y parabólicamente en el signo del templo; no fueron gestos marginales y separados, sino que están vinculados, como expresión culminante del proyecto de jesús.
Como Mesías de Dios y pretendiente davídico, él había entrado en la Jerusalén para cumplir la profecía y proclamar el Reino. En ese contexto se sitúa su gesto sacerdotal (¡antisacerdotal!) en el templo, centrado de un modo significativo en el dinero.
Se suele decir que expulsó a los mercaderes del templo. Pero esa expresión no es del todo exacta, pues no se trataba de unos mercaderes añadidos, de manera que, con un pequeño retoque, las cosas podían seguir como estaban. La función de esos “mercaderes” era necesaria para el templo, pues ellos controlaban el cambio de dinero y la venta de animales puros, y sin dinero ni animales el templo no función.

No se trata de expulsar a unos mercaderes malos, sino de anunciar el fin de un templo convertido en mercado de la religión. Sin duda, puede haber un mercado bueno, necesario para el trueque de saberes y productos, un mercado que sea “merced”, intercambio, regalo, relación humano. Pero aquel templo-mercado se había convertido en signo antidivino, en realidad antihumano.

En ese contexto he querido destacar la función económica, política y religiosa del templo al que Jesús ha debido enfrentarse para proclamar su Reino. Su gesto ha sido económico, político y religioso.

Al elevarse contra el templo, él se ha enfrentado no sólo con el corazón del judaísmo sagrado (con casi mil años de historia judía), sino con una de las instituciones básicas del Imperio Romano en Oriente, oponiéndose a un tipo de economía, política y religión “petrificada” (nunca mejor empleada esa palabra). Frente al triunfo y gloria de la piedra muerta (que al final se compra y vende), ha proclamado Jesús la verdad del hombre como signo de Dios, proclamando la llegada de su Reino, que se identifica con la vida de los hombres y mujeres, en salud y comunión, en gratuidad y auténtico misterio.

Sin limpiar el mercado del templo no puede haber Pascua de Jesús, ni Semana Santa cristiana.

Gesto y palabra. Dios contra su templo.

Había anunciado y preparado desde Galilea un Reino donde ya no era necesario este tipo de templo poderoso, con grandes sacrificios y mucho dinero, pues Dios perdona los pecados y ama a los hombres sin necesidad de mediadores sacrales. Por eso, en contra de lo que hubieran hecho otros pretendientes, no vino para coronarse rey en el atrio del templo, sino para proclamar, como mesías nazoreo, que el templo había cumplido su función:

– Y comenzó a echar fuera a los que vendían y a los que compraban en el templo. Volcó las mesas de los cambistas y las sillas de los que vendían palomas (Mc 11, 15 par.).
– Halló en el templo a los que vendían vacunos, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados. Y después de hacer un látigo de cuerdas, los echó a todos del templo, junto con las ovejas y los vacunos. Desparramó el dinero de los cambistas y volcó las mesas (Jn 2, 14-15).

Es un gesto simbólico de condena y destrucción, centrado en el rechazo de los cambistas y vendedores de animales, cuyas funciones eran esenciales para el templo. Derribar las mesas del dinero significa rechazar el comercio sagrado, anunciando y promoviendo, al mismo tiempo, el derribo o destrucción del templo. Expulsar a los vendedores de animales supone abrogar los sacrificios animales.

Con ese gesto anuncia algo que propio de Dios (único que puede derribar en un sentido templo)... Para que que este templo cese tiene que cambiar la imagen del Dios mercader. Al mismo tiempo, con su acción profética, Jesús provoca la caída y fin de ese templo (cf. Mc 14, 58: yo destruiré…). Conforme a la dinámica de su movimiento, para que llegue el Reino en Jerusalén, debe acabar este santuario, vinculado al dinero (mamona) y a la manipulación sacrificial de Dios (ofrenda de animales), como señalaba el relato de las tentaciones (Mt 4, Lc 4).

Jesús había entrado en la ciudad como “rey”, sobre un asno, criticando así públicamente a los poderes políticos y militares (con caballos de guerra y con armas). Pues bien, al enfrentarse con el templo su crítica se vuelve más abierta y directamente provocadora. Por eso, es lógico que los sacerdotes que viven del templo le rechacen también de un modo abierto, rechazando su gesto y palabra:

– Gesto. Ha derribado las mesas de los cambistas, mostrando así que debe acabar el comercio de Mamón (cf. cap. 19), dios falso expresado (idolatrado) como dinero en el santuario de Dios. Así ha de caer, debe ser destruido, este templo. Al mismo tiempo, al expulsar a los compradores-vendedores, él se opone a una dinámica sacrificial que se expresa de un modo violento (matar animales) y se centra en proyectar la identidad y suerte humana en animales, pensando que ellos realizan y resuelven (solucionan) algo que debemos resolver los hombres, rechazando al mismo tiempo la mediación de los sacerdotes y sus sacrificios, en la línea de su mensaje anterior sobre el perdón y el amor al enemigo.

– Palabra. «Yo derribaré este templo, hecho con manos humanas, y en tres días edificaré otro, no hecho con manos humanas» (Mc 14, 58; cf. Mc 15, 29; Hech 6, 14; Jn 2, 19). Esta sentencia, recreada en su forma actual por la tradición, recoge básicamente el mensaje y profecía de Jesús, pues en sentido externo ella no se ha cumplido (el templo siguió existiendo, hasta la guerra del 67-70 d. C.) y porque cierta parte de la tradición cristiana ha tenido gran dificultad en admitirla y entenderla, pues según Hch 2-5, muchos cristianos seguían acudiendo al templo. Esa palabra y acción de Jesús contra el templo no ha podido ser un simple vaticinio ex evento, pues Jesús no ha destruido de hecho el templo, sino que tiene un sentido histórico esencial dentro del mensaje de Jesús (aunque parece que no todos los grupos cristianos lo han entendido así).

Para ratificar su mensaje, y culminar su obra, Jesús ha debido realizar ese gesto del templo, no como un signo marginal (uno junto a otros), sino como expresión y compendio de todo su movimiento. Si es cierto lo que él ha dicho y anunciado en Galilea, este templo carece de sentido, debe destruirse, y así lo ha dicho al llegar a Jerusalén, culminando su mensaje.

Su gesto y palabra han debido resultar escandalosos no sólo para los sacerdotes, sino para muchos seguidores de Jesús, que, de un modo o de otro, han seguido y siguen vinculados a un templo como el de Jerusalén. Aquí se funda, a mi entender, la gran ruptura del movimiento de Jesús, con la traición de sus discípulos, que le han seguido, pero no han logrado entender y aceptar del todo su propuesta:

Explicación de las palabras

1. Yo destruiré este templo, hecho con manos humanas. El gesto (volcar las mesas del dinero y de los animales para el sacrificio) está anticipando y promoviendo un hecho decisivo: Con la llegada del Reino ha de cesar este templo, que no es lugar de gratuidad, desde los pobres (es casa de mucho dinero), ni hogar de acogida universal para itinerantes y enfermos, sino un poder sagrado que se expresa matando animales (y en el fondo ratificando la opresión de las personas), pues el Reino de Dios es amor gratuito, no dinero que se compra y vende ni animales que se sacrifican. Jesús quiere destruir proféticamente este templo, para que surja la casa y comunión de Dios, el Reino. Al decir “yo destruiré” (cf. Mc 14, 58 par) él habla como representante profético de Dios, culminando su denuncia profética.

2. Y en tres días edificaré otro, no hecho por manos humanas. Al decir que el antiguo es de manos humanas (kheiropiêton; cf. Mc 14, 58 y Hech 7, 41.48), Jesús está afirmando que no es signo de Dios, un ídolo que se interpone entre el hombre y su creador, sustituyendo a Dios, como había destacado la profecía y la reflexión sapiencial de Israel. Frente a los que quieren encerrar a Dios en sus construcciones opresoras, al servicio de su poder/seguridad, con dinero y sacrificios (en ese sentido el templo es un ídolo, igual que Mamón y el Estado romano), se eleva el Dios de la profecía de Jesús, que creará la nueva humanidad, a los tres días, es decir, en la plenitud del Reino.

Es muy posible que Jesús haya esperado que en tres días Dios cambiara la misma realidad del templo, para convertirlo en ámbito de Reino (lugar de encuentro y oración para todos los pueblos), pero es difícil precisarlo. Sea como fuere, su palabra puede y debe vincularse con el logion central de la Última Cena (Ya no beberé más de este vino…”: Mc 14, 25 par; cf. cap. 29), pues expresa la misma conciencia escatológica: Jesús anuncia en Jerusalén la llegada del fin de los tiempos, es decir, del Reino; y de esa proclama y anticipa (pone en marcha: destruiré, edificaré; Mc 14, 58) un proceso destructor del templo (anunciando una construcción distinta, no idolátrica), con una palabra (¡yo destruiré…!) que resultará conflictiva para muchos judeo-cristianos posteriores, que siguieron acudiendo al templo tras la pascua, aunque quizá sólo a los atrios exteriores, no al lugar de los sacrificios (cf. Hech 2, 46; 3, ss) .

– Interpretando a Jesús, Esteban dirá (cf. Hech 7, 47-53) que este templo ha sido el pecado originario de Israel, opuesto a la voluntad universal y liberadora de Dios. De esa forma, el gesto y palabra de Jesús (que destruye proféticamente el santuario) expresa un principio superior de gracia, instaurando un nuevo templo (un Reino) abierto a los pobres y, desde ellos y con ellos, a todos los pueblos. He estudiado el tema en Antropología Bíblica, Sígueme, Salamanca 2006, 273-331. Cf. E. P. Sanders, Jesus and Judaism, SCM, London 1985, 73-75; G. Biguzzi, Yo destruiré este templo. El templo y el judaísmo en el evangelio de Marcos, Almendro, Córdoba 1992; D. Juel, Messiah and Temple: The Trial of Jesus in the Gospel of Mark, Scholars P., Missoula MO 1977; W. R. Telford, The Barren Temple and the Withered Tree ( JSNT SupSer 11), Sheffield 1980.

Gesto y palabra expresan un elemento esencial del mensaje de Jesús e indican que sólo superando el culto del santuario puede cumplirse su mensaje mesiánico. Por eso, el ha venido al templo para culminar su tarea, no para re-formar o re-forzar ciertos detalles o ritos, sustituyendo unos sacerdotes por otros mejores, como los esenios de Qumrán (o los celotas del 67-70 d. C.), sino para que cese un culto centrado en el dinero de los cambistas, con sus sacerdotes y sus sacrificios, pues la era del templo ha terminado. Su gesto se dirige no sólo los sacerdotes, sino a sus discípulos, a quienes él ofrece la alternativa del Reino de Dios. Con ellos ha entrado en los atrios del templo, dispuesto a empezar el camino de Dios, sin más autoridad que su Palabra; con ellos ha querido trasformar las condiciones de vida (interior y exterior, personal y social) del pueblo, instaurando y proclamando el Reino de Dios .

– Jesús no vino sólo como pretendiente mesiánico israelita, sino como un “hijo de hombre” al servicio del Hijo de hombre (cf. cap. 20), para anunciar y preparar la llegada del Reino universal de Dios. Vino de forma paradójica, como portador de un Reino del que no sería rey dominador (¡todos son reyes!), como guardián y/o purificador de un templo del que no sería sacerdote (¡no hacen falta sacerdotes especiales!), anunciando la llegada del Hijo de Hombre, superando este tipo de templo centrado en el dinero y en los sacrificios animales. La iglesia posterior retomó este mensaje en dos tendencias.
(a) Reinterpretando la intención de Jesús (que quería un cambio inmediato del templo), algunos judeo-cristianos proyectaron su palabra hacia el fin de los tiempos, diciendo que ese templo, finalmente, caerá (se transformarán); pero, mientras tanto, ellos siguen acudiendo a sus atrios (no a la zona sacrificial propiamente dicha) para orar, anticipando así lo que será el santuario cuando se convierte en casa de oración, no de sacrificios, para todas las naciones.
(b) Otros cristianos más “helenistas” se desentenderán del templo externo y nacional de Jerusalén, diciendo que el proyecto de Jesús va en una línea de tipo interior y universal, pues los creyentes (las comunidades cristianas) son templo del Espíritu Santo (como sabe y dice Pablo). Ambas tendencias puede y deben, quizá, vincularse, pues Jesús no quiso un templo nacional externo (de sacrificios y dinero, como el que había en Jerusalén), ni un templo puramente interior, en línea espiritualistas, sino un signo concreto de comunicación (desde Dios, en Dios) para todos los pueblos. Éste es un tema que ha quedado abierto y ha recibido respuestas distintas a lo largo de la primera iglesia, como indican las obras más significativas sobre el tema, desde W. Bousset, Kyrios Christos. Geschichte des Christusglaubens von den Anfängen des Christentums bis Ireneus, Vandenhoeck, Göttingen 1913, hasta L. W. Hurtado, Señor Jesucristo. La devoción a Jesús en el Cristianismo Primitivo, Sígueme, Salamanca 2008.

Funciones del templo que debe terminar

Los judíos de entonces no tenían rey, ni Estado propio, y moraban en diversos reinos, dentro y fuera del imperio romano (muchos en la antigua Persia y en otros lugares), pero todos se sabían vinculados al templo, signo especial de la presencia de Dios, que cumplía tres funciones principales .

1. Económica. El templo constituía el centro mercantil del pueblo, que se había comprometido a mantener sus instituciones, al menos tras la restauración (525 a. C.) y las reformas de Esdras y Nehemías (cf. Neh 10, 2-39). En principio estuvo bajo control de los reyes, que garantizaban su culto. Pero tras el exilio vino a convertirse en santuario de la nación, de manera que, aunque los reyes (como Herodes) contribuyeran a sostenerlo y/o reconstruirlo, su mantenimiento básico se hallaba en manos del pueblo. Como muestran las controversias y guerras del tiempo de los macabeos (167-164 a. C.), el templo funcionaba como banco donde los fieles depositaban (y los sacerdotes administraban) grandes sumas de dinero (cf. Mt 17, 24-27) .

–- «Casi todos los jerosolimitanos dependían del templo, al menos indirectamente. Tratantes de ganado, cambistas de dinero, curtidores y zapateros vivían de él. El tributo para el templo que todos los judíos… pagaban anualmente, garantizaba –a prueba de crisis– una afluencia de capital a Jerusalén de la que muchos se beneficiaban… La importancia social del templo, que era el mayor empleador de Jerusalén, se debe a los periodos de su construcción, que duró desde los años 20-19 a.C. hasta los años 62-64 d.C. Además, el templo ofrecía ventajas jurídicas para toda la ciu¬dad: recurriendo a la santidad de la urbe, no resultaba difícil conseguir reducciones de impuestos….Queda claro, por tanto, que la actitud moderada de los jerosolimi¬tanos se basaba en los intereses comunes que tanto el pueblo como la aristocracia tenían en qué se conservara el status quo de la ciudad y del templo Por el contrario, todos los movimientos de renovación ra¬dicados en las zonas rurales se hallaban necesariamente en oposición al templo, que representaba el sistema social y religioso existente. Jesús profetizó la pronta destrucción y reedificación del templo. Los esenios reprobaban el culto divino celebrado en él… Cuando se producían alborotos se trataba casi siempre de la defensa del statu quo, en contra de las intromisiones de los romanos…» (cf. G. Theissen, El Movimiento de Jesús, Sígueme, Salamanca 2005, 186-188).

2. Política. En un plano, los judíos habían separado política y religión, de forma que podían conservar su identidad y su culto sagrado, hallándose bajo el Imperio romano. En esa línea, aunque estuvieran sometidos a Roma, en sentido estricto, los sacerdotes poseían gran autonomía y ejercían mucho poder, por razón del mismo templo, como supone Flavio Josefo, defensor de la teocracia o gobierno de sacerdotes. Esa teocracia se hallaba vinculada a Roma, de forma que rechazar los sacrificios a favor del imperio… implicaba una declaración de guerra (Josefo, Bell II, 409 s). Lógicamente, el gesto especial de Jesús contra la economía del templo (derriba las meses de los cambistas: Mc 11, 15), repercutía en la relación de los judíos con Roma .

– Con su signo en el templo, Jesús rechazó el sistema social del judaísmo sagrado (cf. cap. 26). Cualquier alteración en ese campo resultaba peligrosa. En ese contexto se entiende las palabras de Flavio Josefo, quien, tras haber evocado los tres sistemas de gobierno usuales en el mundo griego (monarquía, oligarquía y democracia), añade: «Nuestro legislador no atendió a ninguna de estas formas de gobierno, sino que dio a luz el Estado teocrático, como se le podría llamar..., que consiste en atribuir a Dios la autoridad y el poder... ¿Qué ley podría ser más hermosa y más justa que la que atribuye a Dios el gobierno de todo, la que encomienda a los sacerdotes administrar los asuntos más importantes en interés público y que confía al Sumo Sacerdote, a su vez, la dirección de los demás sacerdotes... Los sacerdotes quedaron encargados de vigilar a todos, de dirimir las controversias y de castigar a los condenados... La legislación de Moisés prescribe un único templo para un único Dios... Los sacerdotes han de servirle continuamente (a Dios). A estos los ha de presidir siempre quien les precede por su linaje» (Contra Apión, XVI, 165. Cf. XXI, 185-187; XXIII, 192-194).

3. Religiosa. El templo simboliza y expresa la presencia y acción de Dios, apareciendo como lugar privilegiado de “limpieza” y perdón de los pecados, pero ya Juan Bautista lo había devaluado o declarado inútil, cuando ofrecía el perdón de los pecados a través su bautismo y no por un ritual sagrado. En esa línea lo rechazó también Jesús, declarando que su función religiosa (¡purificación y perdón!) había terminado, como indica no sólo su gesto (Mc 11, 15-17 par.), sino la interpretación de Marcos (cf. 11, 12-14. 19-25). Jesús no quiso purificar el templo para reformar su culto, sino destruirlo (que se destruyera), en su forma actual), a fin de que surgiera un santuario diferente, no hecho por manos humanas (cf. Mc 14,58). Las cosas que el hombre fabrica son ídolos, algo que puede ponerse y se pone al servicio del poder y dominio de algunos; el verdadero templo será su cuerpo mesiánico (cf. Jn 2, 21; 1 Cor 3, 16), es decir, la humanidad reconciliada, que es el Reino de Dios. Por eso, el movimiento de Jesús implica la llegada de un tiempo nuevo, sin los “milagros” del templo (cf. Mt 4, 5-7), que son tentación para Dios. Lógicamente, Mc 11, 18 dirá que los sacerdotes decidieron “matar” a Jesús tras su gesto en el templo, y lo harán empleando dinero para ello, pues es dinero lo que tienen (cf. Mc 14, 10-11).

Conclusión

Acaba este templo mercantil de Jerusalén, acaba un tipo de templo-religión cristiana (construida sobre el modelo de aquel que Jesús quiso destruir en Jerusalén?.

¿Qué queda? ¿Cómo ser religiosos sin templo?

Queda y crece el evangelio, el camino de pascua de Jesús, que seguiremos viendo estos días... un templo no mercantil, no fabricado por manos humanas, un templo que es gracia y comunión, Merced de Dios y de los hombre.