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viernes, 18 de mayo de 2012

Comentario al Evangelio del Domingo 20 de Mayo del 2012


Por José María Vegas, cmf

Has recibido una carta

En la fiesta de la Ascensión todos hemos recibido una carta. Es la carta de Lucas, un testigo de primera hora, dirigida a Teófilo. Es curioso que este misterioso Teófilo no haya pasado a la devoción popular: no se celebra su fiesta, ni se le dedican parroquias, tampoco, al parecer, se conservan reliquias suyas. Sólo hemos conservado de él esta carta que le escribió Lucas: una carta larga, en dos partes. La primera, todo un Evangelio (el tercero, tal como se suele presentar en las Biblias), la segunda es algo así como el quinto evangelio, el evangelio de la misión, de la transmisión de la Buena Noticia a todo el mundo entonces conocido. Se ve que desde los primeros tiempos los cristianos comprendieron que Teófilo (el amigo de Dios) somos cada uno de nosotros (por tanto, también se llama Teófila) y que para cada uno de los que se interesan por Jesús, por el Evangelio, se ha escrito y enviado esta carta. Así que, sintiéndonos personalmente concernidos por lo que Lucas nos envía, nos aprestamos a leer con atención lo que nos quiere decir. Y nos encontramos, en primer lugar, con la Ascensión de Jesús a los cielos. Lucas lo presenta como una cierta culminación del camino terrestre de Jesús y como el comienzo de una nueva etapa, precisamente la de la misión universal de la Iglesia: desde Jerusalén, por Judea y Samaria y hasta los confines del mundo, que para Lucas significan Roma, la ciudad en la que termina la narración, pero no la historia, pues la de Lucas es una narración abierta.
La Ascensión de Jesús a los cielos, esto es, a su Padre, es el movimiento correlativo y complementario al de su Encarnación. En esta última el Logos, la Palabra, el Hijo de Dios se abaja y se inclina para hacerse encontradizo con el hombre. Pablo lo expresa con extraordinaria fuerza en su carta a los Filipenses: “se despojó”, “se humilló”, “tomó la condición de siervo” (cf. Flp 2, 7-8). Ese abajamiento realizado para compartir en todo la condición humana, llegó al extremo cuando asumió la muerte humana: “hasta la muerte y muerte de cruz”. Pero “por eso Dios lo levantó sobre todo” (Flp 2, 9). En la Ascensión, que debemos entender como una manifestación más de la Resurrección, Jesús eleva nuestra condición humana hasta la altura del mismo Dios. Así pues, Dios se abaja en Cristo para elevar al hombre: para restaurar la imagen de Dios que él lleva en sí, y que ha quedado desfigurada por el pecado, y, todavía más, para hacerle partícipe de la condición de hijo de Dios.
Es claro que no debemos entender este “ascenso”, este “subir” en sentido meramente físico, aunque Lucas lo describa de ese modo. A veces se tiene la sensación de que ciertas expresiones antirreligiosas (que hoy en día se están extendiendo con bastante virulencia) son tan ingenuas, si no más, que ciertas formas de creencia religiosa. Recuerdo las clases de filosofía de un viejo profesor soviético en Krasnoyarsk, que hacía frecuentes citas bíblicas, leyendo los textos con la misma literalidad que el más simplón de los fundamentalistas (sólo que a la contra, claro). En ese sentido cabe entender la famosa frase de Yuri Gagarin, el primer astronauta, tras su viaje espacial: “no he visto a Dios”. Es evidente que la Ascensión de Jesús no fue un viaje al “arriba” cósmico.
Existen dimensiones “superiores” que sólo se ven si se tiene abierto algo más que los ojos, como le decía el zorro al Principito: “sólo se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos”. Es de esa altura de la que nos habla hoy la Ascensión: el “altum” que significa al mismo tiempo “profundo”, como le dice Jesús a Pedro: “duc in altum” (Lc 5,4), ve a alta mar, allí donde las aguas son profundas. Hace una semana comprendíamos que el compendio de la resurrección de Jesús y de nuestra vida en él consiste en el amor, ese “carisma superior”, esa “vía mejor” de la que habla también Pablo en su extraordinario himno a la caridad. No es posible “ver” a Dios elevándose sólo físicamente, incluso aunque uno se eleve hasta el Cosmos. Pero quien se eleva por encima de la superficialidad cotidiana, del egoísmo, de la atención exclusiva a sus intereses más inmediatos y pedestres, puede llegar a “ver” a Dios incluso en las situaciones más difíciles y dramáticas: como los tres jóvenes del libro del Profeta Daniel, que, condenados al tormento, entonan el canto de alabanza a Dios que se puede percibir en toda la creación: “Criaturas todas del Señor, bendecid al Señor, Aguas, Sol y luna, lluvia y rocío…, bendecid al Señor” (Dn 3, 57-88). Y lo mismo le sucede al pobrecillo de Asís, que compuso su cántico de las criaturas en medio de la enfermedad y el sufrimiento: “Omnipotente, altísimo, bondadoso Señor… Loado seas por toda criatura, mi Señor…”.
La Resurrección de Jesús, por la que ha ascendido al Padre y elevado a la humanidad a esa misma altura, significa el rescate de esas dimensiones superiores y profundas, las más nobles, las que ennoblecen y salvan así nuestra vida, y es la invitación a participar de ellas, a vivir en y de ellas. Es de esta posibilidad abierta para nosotros por Jesucristo de lo que nos habla hoy Pablo en esa otra carta que hemos recibido de él: el espíritu de sabiduría, la iluminación de los ojos del corazón, la compresión de los tesoros que nos ha donado, la posibilidad de una vida superior que nos libera de las ataduras que frecuentemente nos esclavizan, que empieza ya ahora (por el misterio de la cruz y el mandamiento del amor) y que, al ser más fuerte que la muerte, vale para vivir en este mundo y en el mundo futuro.
Todo esto se ha hecho presente en la historia gracias a la encarnación, muerte y resurrección de Jesucristo, y ahora se tiene que comunicar a toda criatura por medio del testimonio de los discípulos. Porque esta altura de la que hablamos no es tampoco algo que está “arriba” sólo para que lo contemplemos. Es preciso caer en la cuenta de algunos peligros encerrados en una mala comprensión de los tesoros que Jesús ha abierto para nosotros. Uno es, precisamente, el del misticismo. De ahí la advertencia de los misteriosos varones vestidos de blanco (que inevitablemente recuerdan las primeras experiencias de la Resurrección): “¿qué hacéis ahí plantados, mirando al cielo?” Hay un aire de reproche o, al menos, de ironía en ese “ahí, plantados”. Efectivamente la altura de que se trata aquí está entre nosotros (es Jesús en medio nuestro), delante de nosotros: es la misión que él nos confía; en el futuro (“volverá”). Los otros peligros de que debemos hablar hoy se refieren precisamente a la misión y su forma de realización. Esta se puede entender como una campaña de conquista, de imposición de ciertos esquemas culturales. Los “galileos” que se quedaron mirando al cielo le habían preguntado al Señor, justo antes de su Ascensión “¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?”. Seguían apegados, al parecer, a viejos esquemas que asociaban el Reino de Dios a una cierta supremacía social y política. Se percibe incluso cierta impaciencia en la pregunta: “¿es ahora cuando por fin, de una vez, vas a restaurar?” Jesús les quita una vez más esa idea de la cabeza: el Reino de Dios no es de este mundo (cf. Jn 18, 30), porque “no es comida ni bebida, sino justicia y paz y gozo por el Espíritu Santo” (Rm 14, 17). Es verdad que hoy en día estamos relativamente curados de la tentación de la conquista cultural. Es uno de los aspectos positivos de la secularización. Pero ha habido otra tentación que, tras el Vaticano II vino a suceder a aquel esquema y que sigue en parte vigente. Es la idea de que Jesús vino a “transformar este mundo” en sus estructuras políticas, económicas, sociales, a introducir una especie de revolución, al estilo de las revoluciones sociales y políticas del mundo moderno. Esta forma de entender la fe cristiana tuvo mucha fuerza en la segunda mitad del siglo pasado, como una forma de reivindicar al cristianismo frente a los humanismos revolucionarios de diverso tipo que criticaban a la fe por ineficaz y por avalar ideológicamente un orden social injusto (ya se sabe, lo del “opio del pueblo”). Hoy día sigue presente en una forma de entender “el Reino” de Dios, como una suerte de humanismo horizontal, ecológico, pacifista y abierto a todos pero sin confesión expresa, que lima todo contenido de fe determinado para favorecer ese ecumenismo ético universalista e, inevitablemente, de mínimos.
En realidad, tampoco por ahí van los tiros, al menos si se toma esta tensión transformista del mundo de modo unilateral. El Reino no se impone ni se expande ni por vía de conquista, ni por la de la revolución social. La transformación a que llama empieza por el propio creyente: creer y bautizarse. Y la misión que éste recibe es la de “testimoniar”: “seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo.” En medio de este mundo viejo se ha hecho presente el Reino que es la presencia misma de Jesús, su modo de vida, su nueva forma de relación con Dios (Padre) y con los otros seres humanos (hermanos). Esta presencia es real, sus valores son posibles, el hombre aceptando en fe a Jesucristo, sin dejar de ser “galileo” (lo que es), se convierte en ciudadano de este Reino, lo que, lejos de encerrarle en nuevas fronteras, le abre al mundo entero (“hasta los confines del mundo”), le hace miembro de Cristo, testigo de su vida, muerte y resurrección. Así que no se trata de conquistar o de “transformar con tensión revolucionaria”, sino de proponer desde la propia libertad y respetando la libertad de los demás, el testimonio de estas posibilidades superiores que en Cristo se han hecho presentes. En medio de la historia y el mundo viejo hemos descubierto que en Cristo podemos vencer al mal en nosotros (expulsar demonios), abrirnos a dimensiones nuevas (hablar lenguas nuevas, ante todo, el lenguaje del amor), perder todo temor (a serpientes y venenos), hacer el bien sin condiciones (curar enfermedades).
Se podrá decir que los peligros de que hablábamos antes han sido pecados históricos reales de la Iglesia. Es que los discípulos de Jesús somos Galileos, gentes de carne y hueso, iguales que los demás, sometidos a todo tipo de condicionamientos y, por tanto, también a esas tentaciones y expuestos a caer en ellas. Pero esto, con tener sus riesgos, tiene la ventaja de evitar creernos mejores y superiores a nadie. Si nosotros, que somos como todo el mundo, hemos creído y hemos encontrado en esta fe esas posibilidades superiores, más altas y profundas de que nos habla hoy la Ascensión, es que también los demás pueden creer. Además de galileos somos Teófilos, amigos y buscadores de Dios. Y si podemos salir de nuestra aldea galilea y llegar hasta los confines del mundo (que para cada uno es allí donde se encuentra pues ser cristiano es vivir en la frontera) para dar testimonio de la propia fe, es porque confiamos que en cada ser humano, a veces muy en lo profundo, se encierra un Teófilo, deseoso de conocer a Jesús y de “todo lo que fue haciendo y enseñando hasta el día en que, movido por el Espíritu Santo, ascendió al cielo".