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viernes, 18 de mayo de 2012

VII Domingo de Pascua (Mc 16, 15-20) - Ciclo B: TODOS ESTAMOS EN TODOS


Este texto parece que no pertenecía al evangelio original (que acabaría en 16,9), sino que se trata de un “apéndice” posterior para, a imitación de los otros dos sinópticos, y de una forma estereotipada, terminar el evangelio con el relato de la misión (como Mateo) y de la ascensión (como Lucas).
En el Marcos original no existía ningún relato de apariciones del resucitado. En el apéndice, se recogen, de manera muy sumaria, las que aparecen en los otros evangelios: a María Magdalena, a los dos de Emaús (sin nombrarlos) y a los Once (en el texto que leemos hoy).

De la misión, resulta significativa la contundencia con que se defiende la universalidad, sobre todo si tenemos en cuenta la polémica de las primeras comunidades en este punto. Cuando se escribe este apéndice, tienen ya claro que los destinatarios de la predicación son “el mundo entero y toda la creación”.

El texto del envío va acompañado de una exigencia y de una serie de signos sanadores.

Llama la atención que algunos de los signos (exorcismos, curaciones) remiten a la misma práctica de Jesús, mientras que otros (glosolalia, milagros de autoprotección) no tienen un referente evangélico directo. Probablemente, se trate de un sumario, en el que se recogen los signos habituales entre los sanadores contemporáneos.

La exigencia (“El que crea y se bautice, se salvará; el que se resista a creer, será condenado”) reviste un tono exclusivista que hace difícil conectarla con lo que fue la práctica de Jesús.

Por un lado, la referencia al bautismo es, evidentemente, posterior. Jesús no habría enviado a los discípulos a bautizar, sino a anunciar la “Buena Noticia” y a sanar (lo mismo que él hacia). Por otro, la vinculación de la salvación o condenación con el hecho de ser o no bautizado parece también más propia de un grupo religioso que del propio Jesús.

Todo grupo necesita dotarse de una “identidad”, con la que aparecer ante la sociedad, así como establecer determinadas “reglas de funcionamiento”, que marcarán la frontera entre quienes pertenecen a él y los que no.

Por otro lado, en un nivel de conciencia mítica, todo grupo adolece del prejuicio etnocéntrico, que le hace creerse en posesión de la verdad absoluta. No es extraño que cada religión –incluidas las más recientes, aparecidas en los últimos siglos- haya nacido con la pretensión de ser la “verdad definitiva y absoluta”, superando a las que le precedían.

Desde ese nivel de conciencia, el anuncio de la propia verdad a “los de fuera” constituye un objetivo prioritario, nacido de la propia creencia: si nosotros tenemos la verdad, y la verdad se requiere para poder salvarse, estamos obligados a llevar esta verdad a todos, como único medio para que puedan lograr la salvación.

Dentro de la teología cristiana, esta postura se mantuvo prácticamente igual hasta que empezó a abrirse a la modernidad y, más ampliamente, al nuevo nivel de conciencia –racional- que había emergido. De pronto, se empezó a afirmar que la salvación no requería un conocimiento ni adhesión “explícita” a la fe cristiana, y algunos teólogos punteros como Karl Rahner empezaron a hablar –luego se vería que la expresión era desafortunada- de “cristianos anónimos”.

Con la emergencia del nivel transpersonal de conciencia, y desde la perspectiva del modelo no-dual, aquella primera creencia queda todavía más redimensionada, por varios motivos.

Por un lado, cae toda la escenografía mítica relativa al dios separado, con sus premios (cielo) y castigos (infierno), y la “salvación” se plantea de un modo radicalmente nuevo.

Por otro, venimos a descubrir que no podemos poseer la verdad, sino apenas “mapas” que quieren orientarnos hacia ella. Con ello, cae nuestra arrogancia (mítica) y, si evitamos la trampa del relativismo ingenuo y nihilista, aprendemos a vivir en la relatividad, humilde y respetuosa, como el único estado que es posible a nuestro modo de conocer.

Más en la raíz todavía, lo que se pone en cuestión es nada menos que la cuestión del “yo”. Si no existe tal yo, nuestra identidad es otra, y la forma egoica de ver la realidad carece de sentido.

La religión ha sido –sigue siendo- la religión del yo. Todas sus creencias se sustentan sobre la base de la existencia del yo individual, como identidad consistente. Si eso no es así, todas ellas se tambalean…, o al menos empiezan a verse como construcciones mentales basadas en aquel presupuesto. Siguen conteniendo intuiciones válidas, pero en un marco diferente.

Al tambalearse las creencias –como consecuencia de la propia evolución de la conciencia; no es un problema religioso, sino una consecuencia del cambio en nuestro modo de conocer-, no caemos necesariamente en el nihilismo, sino en una espiritualidad más genuina, abierta e inclusiva, con sabor a unidad.

El texto habla luego de la ascensión con una fórmula estereotipada: “El Señor Jesús, después de hablarles, ascendió al cielo y se sentó a la derecha de Dios”.

“Ascender al cielo”, en aquella cosmovisión tripartita (cielo / tierra / infierno), que colocaba a Dios por encima de la bóveda celeste, era su forma de expresar que había sido introducido en la vida divina. Y ello se refrendaba con la frase siguiente, que tiene prácticamente el mismo significado: “la derecha de Dios” es el lugar de la vida; “sentarse” hace referencia al trono y, por tanto, a la victoria.

En resumen: el crucificado Jesús no quedó aniquilado en la muerte, sino que ha resultado victorioso y participa de la misma vida divina.

Desde nuestra perspectiva, podemos “traducir” el texto de este modo: Somos Vida –y vida divina- sobre la que la muerte no tiene poder; esta es solo un “paso” o transformación, dentro de todo el proceso de la naturaleza y de la humanidad. Pero la Vida no muere.

Y es esa vida la que “compartimos” con todos los seres, con Jesús y con Dios. Quizás, dentro de la pobreza de las palabras, habría que expresarlo de otro modo menos inadecuado: no es que la compartamos con Dios, sino que Dios es esa misma Vida en la que –y de la que- todos somos en permanencia. Necesitamos únicamente reconocerlo.

Por eso me parece profundamente acertada la conclusión del texto que estamos comentando: “El Señor actuaba con ellos”. No puede ser de otro modo: todos estamos en todos. No por un acto de voluntad o de buenos deseos, sino porque nuestra identidad última es compartida. Cuando se nos regala conectar con ella, nos percibimos infinitamente más allá de las fronteras de nuestro cuerpo y experimentamos la no-separación.

Enrique Martínez Lozano

www.enriquemartinezlozano.com