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sábado, 19 de mayo de 2012

Dom 20 V 12. Ascensión de Jesús y compromiso cristiano: Tomarán serpientes...



El evangelio de este domingo de la Ascensión, tomado del apéndice “canónico” (no del texto original) de Marcos, es uno de los textos más significativos de la historia de occidente. Un texto extraño, abrupto, que ofrece un compendio de la misión cristiana, desde una perspectiva de decisión, valentía (osadía) y de esperanza creadora.

A mediados del s. II, algunos manuscritos comenzaron a incluir al fin de Marcos un apéndice, que antes circulaba quizá de forma independiente, y que ofrece un compendio de las experiencias pascuales de los discípulos, seguidas del mandato misionero, la ascensión del Señor y el cumplimiento posterior de su palabra. Posiblemente este pasaje tuvo una existencia autónoma, fue como una hoja volante pascual que recoge, en forma de resumen o compendio, algunos testimonios fundamentales de la experiencia pascual y del comienzo de la Iglesia.

La inclusión hizo fortuna y desplazó, y luego eliminó del texto actual de Mc, el otro final no canónico que presentaré después. Desde entonces, este pasaje suele añadirse en los manuscritos más utilizados de la tradición del Nuevo Testamento (A C D W Θ, aunque otros, más antiguos y fieles al original lo omiten (א B 304 etc.).

Es un pasaje espléndido, que expresa la fe de una iglesia antigua, quizá la de Roma, un compendio del cristianismo, formulado de manera abrupta, radical.
-- Si te preguntaran qué es el cristianismo ¿responderías así?
-- ¿La Iglesia actual de Roma –la iglesia católica en su conjunto– cree de verdad en lo que dice este pasaje?

Buen domingo a todos.

Texto Mc. 16,15-18. Misión cristiana

(a. Envío) 15 Y les dijo: Yendo a todo el mundo, proclamad el evangelio a toda creatura

(b. Juicio) 16 Quien crea y sea bautizado, se salvara; quien no crea, será condenado.

(c. Señales) 17 Estas señales acompañarán a los creyentes: expulsarán demonios en mi nombre, hablarán en lenguas nuevas, 18 y tomarán serpientes venenosas en sus manos, y si bebieran algo venenoso no les hará daño, impondrán las manos sobre los enfermos y éstos sanarán. 19 Por su parte, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al cielo - y se sentó a la derecha de Dios.

(d. Cumplimiento) 20 Ellos, pues, saliendo, predicaron por todas partes (pantakhou), con la cooperación el Señor (Kyrios) y el fortalecimiento de la Palabra (Logos), por medio de las señales que les seguían

De manera sistemática y precisa se exponen aquí los elementos principales de la misión eclesial, en un pasaje condensado que ofrece semejanzas doctrinales y formales con 1 Cor 15,5-7; Mt 28,16-20; Jn 20,19-23; Lc 24,36-49; Hch 1,6-8 y otros pasajes que exponen, resumen y definen la misión cristiana. De manera sorprendente, el nuevo esquema incluye rasgos que parecen arcaicos (algunos signos que harán los misioneros) y otros que pudieran tomarse como ya avanzados dentro del mensaje y camino de la Iglesia.

16,15. El gran envío

Id a todo el mundo (kosmos) y proclamad el evangelio a toda creatura (ktisis).

Éste es el envío mesiánico universal, el acta fundacional de la Iglesia, a partir de los Once del banquete funerario. Después de haberles reprendido por su incredulidad, Jesús les envía a todo el cosmos (eis ton kosmon apanta), conforme a un programa que aparecía ya en 13, 10 (todas las gentes) y en 14, 9 (todos el cosmos). Es un esquema de universalidad que hallamos también en otros textos como Col 1,6 (kosmos) y 1,23 (toda la creación: pasê te ktisei) y Mt 28,18-19 (todas las gentes: panta ta ethnê),

El contexto israelita ha desaparecido, de manera que ya no hay misión primera y especial a los judíos, como supone Hech 8 (primero Jerusalén, luego Judea, Samaría, y finalmente todo el mundo…), sino que la misión cristiana se extiende desde el principio a todo el mundo, vinculándose as todos los pueblos (nivel humano) con la creación entero. Es evidente que estamos en contexto universal, de tipo cósmico. Desaparecen los pueblos en cuanto distintos (incluido el israelita; cf. Mt 28,19); surge la humanidad, emerge el cosmos como abierto a la palabra de los misioneros.

La iglesia proclama el “evangelio” (es decir, la buena noticia de Jesús). No se habla aquí de dogmas especiales, ni de un tipo de Trinidad (como en Mt 28, 16-20), ni de un tipo de Encarnación del Logos (como en el conjunto de Jn)… No se habla, en modo alguno, de imperativos legales o morales. El contenido del mensaje de la Iglesia es el evangelio, la Buena Nueva del Reino de Dios.

16, 16. Bautismo y juicio

Quien crea y sea bautizado, se salvara; quien no crea, será condenado.

Este pasaje se encuentra cerca de Mt 28,16-20, pero con una estructura dual (de talión escatológico, de salvación-condena), que está más cerca de Jn 20,23: «a quienes perdonéis los pecados, les serán perdonados; a quienes se los retengáis, les serán retenidos» (cf. también Mt 16,19). En este contexto se vinculan la referencia a Jesús (fe) y la identificación eclesial (bautismo), que aparecen ahora como “medios”. Igual que en la conclusión que veremos después (16, s/n), aquí no se habla de la llegada del Reino que anunció Jesús, sino de la salvación eterna (sôthêsetai). En este contexto se oponen los dos caminos clásicos de la tradición apocalíptica de Israel (y del helenismo).

− Hay una salvación, que está vinculada a la fe y al bautismo (16, 16a), es decir, a la identidad cristiana, tal como ha sido expresada en el conjunto del evangelio de Marcos. Ciertamente, para Marcos la fe era esencial (creer en Jesús, aceptar el evangelio). Pero ahora se introduce también como esencial la referencia al bautismo, que ha de entenderse como sacramento de la Iglesia, cosa que en el texto original de Marcos no era clara (no aparecía el bautismo como medo salvador estricto, ni como sacramente identificador de la Iglesia).

Este pasaje ha vinculado fe y bautismo, como principio de identidad cristiana (fe) y como signo distintivo y manifestación de la fe (bautismo). En este contexto podría hablarse quizá de una experiencia paulina, en la línea de Rom 1,16-17, donde se habla del valor salvador del evangelio, que actúa por medio de la fe; pero Mc 16, 16 ha unido fe y bautismo…, es decir, una fe expresada en el signo eclesial de la pertenencia cristiana (bautismo). La fe (pistis) significa aquí aceptación de la buena nueva: Se trata de creer en la salvación anunciada por Jesús, comprometerse personalmente por ella. No es creer en dogmas teóricos, es aceptar un impulso de vida, confiar en la tarea y esperanza de Jesús.

− Hay un juicio, vinculado a la falta de fe (16, 16b). Sintomáticamente, aquí no se dice “quien no crea y no se bautice”, sino sólo quien no crea (en contra de la frase anterior, donde se unían fe y bautismo). Eso supone que el tema clave, el principio salvador, es la fe (en la línea de 1, 14-15). El texto supone que no hay salvación “sin fe”. En otras palabras, la misma fe es la salvación: Se salva quien acepta la salvación, es decir, quien “deja salvarse”.

Aquí no hay salvación por obras (por gestos, acciones, compromisos), ni siquiera por compromisos sacramentales o eclesiales. La salvación es un misterio de fe: Quien se deja salvar (en manos del mensaje de Jesús) será salvado. Quien rechace la salvación no puede ser forzado. No hay salvación impuesta, pues no sería salvación.

Por otra parte, el texto no dice que los no-creyentes se condenarán “en el fuego eterno”, como muestra, de forma simbólica, el texto en parte paralelo de Mt 25,31-46, que resalta el carácter salvador del servicio gratuito (cristológico) hacia los necesitados y la condena de aquellos que no asumen tal servicio. En nuestro pasaje, la salvación está vinculada a la fe y el bautismo; en cambio, el juicio se vincula sólo “a la falta de fe”. Finalmente, aquí no se habla de condena, ni de fuego eterno, sino simplemente de “juicio” (katakrithêsetai), lo que en ámbito evangélico significa lo siguiente: El que cree queda en manos del Dios de Cristo; el que no cree (es decir, el que rechaza la vida) queda en m anos de su propia negación, en manos de su juicio.

Nos hallamos, según eso, en un contexto apocalíptico, que sigue manteniendo elementos del trasfondo judío y del mensaje de Jesús. Pero las cosas que ahora se acentúan son distintas. A diferencia de Mc 1, 14-15, nuestro texto no habla Reino de Dios, sino de salvación (sôthêsetai), en una línea que puede entenderse de manera más “espiritual” (salvación en el más allá) que mesiánica. Por otra parte, parece que la fe que no tiene ya sólo las implicaciones que tenía en Marcos (era seguimiento personal de Jesús), sino que puede entenderse como un “fe en el mensaje”, es decir, fe en la acción del evangelio.

16, 17-18. Signos

17 Estas señales acompañarán a los creyentes: expulsarán demonios en mi nombre, hablarán en lenguas nuevas, 18 y tomarán serpientes en sus manos, y si bebieran algo venenoso no les hará daño, impondrán las manos sobre los enfermos y éstos sanarán

El texto habla expresamente de unos “signos de los creyentes” (sèmeia tois pisteusôsin), y no sólo de los misioneros, como parece haber destacado la tradición de Pablo (cf. 2 Cor 12,12; Rom 15,18-19) y, en otro plano, el mismo Marcos (cf. Mc 6,7-13). Estos signos no son las acciones de servicio universal (como en Mt 25,31-46) o de amor fraterno (como en Jn 13,34-35), sino que están más cerca de los gestos carismático de transformación que definieron el mensaje-vida de Jesús (en especial los exorcismos), pero que ahora se amplían y sistematizan, de un modo sorprendente, ofreciendo una especie de guía sobrenatural de la renovación cristiana, que se expresa así.

Ciertamente, estos “signos” (semeia) son signos, no demostraciones. Pero indican que los mensajeros del evangelio hay entrado en un campo nuevo de realidad, de acción, de compromiso. Éstos son los cuatro signos principales de la Iglesia, es decir, del cristianismo.

Entre esos signos de la Iglesia misionera faltan aquellos que identifican a la Iglesia actual (al menos en gran medida):

– No hay un cuerpo de doctrina, con unas teorías intelectuales
– No hay una jerarquía y administración eclesial, con unos poderes sociales
– No hay un desarrollo organizado de los sacramentos, con unas vivencias sacrales.

Los signos que deberían identificar a la iglesia son:

1. Exorcismos: expulsarán demonios en mi nombre. Éste ha sido un signo esencial de la vida y mensaje de Jesús, según Marcos. Como hemos destacado, desde 1, 12-13, pasando especialmente por 3, 21-19, todo el evangelio podía entenderse como “lucha contra Satanás”. En nombre de Jesús expulsaban demonios y curaban no sólo sus discípulos “oficiales”, sino también otros, como hemos visto en 9, 38-40.

Es evidente que el autor de esta final (16, 9-20) sigue dando gran importancia a los exorcismos, de manera que la fe y bautismo no pueden separarse de ellos.

(Pregunta: ¿Qué serían hoy los exorcismos? ¿Puede mantenerse esta palabra original del evangelio canónico de Marcos?

2. Glosolalia: hablarán en lenguas nuevas. Este segundo signo no parece vinculado a la historia de Jesús de Marcos, pero se encuentra extensamente atestiguado en las comunidades de Pablo (cf. 1 Cor 12-14) y, de un modo especial, en la visión del principio de la Iglesia que ofrece Lucas (Hch 2).

La glosolalia parece que responde más a la espiritualidad griega que a la judía; y en ese sentido resulta evidente que, al extenderse en un ámbito pagano helenista, el entusiasmo apocalíptico de los discípulos de Jesús se ha traducido en forma de “don de lenguas”. Pero también en trasfondo judío se ha dado glosolalia, una palabra cargada de espíritu.

– El signo de la Iglesia no es la palabra del dogma articulado, del catecismo organizado en principios, medios y fines…
– La palabra de la Iglesia tiene un sentido carismático: El palabra que supera el orden de una racionalidad discursiva, para colocarnos ante el misterio, la emoción interior, el entusiasmo vital.
– La iglesia actúan ha abandonado la glosolalia en manos de gente marginal, de grupos carismáticos “soportados”, en los límites de la “enfermedad”. Pero al abandonar de esa manera la palabra fundante (supra-racional) ella corre el riesgo de perderse.

3. Tomarán serpientes en sus manos, y si bebieran algo venenoso no les hará daño. La referencia a las serpientes y a los venenos tampoco parece vinculada a la historia de Jesús, según Marcos, pero ella se ha debido reflejar en diversos momentos de la misión cristiana, como pone de relieve Hech 28, 4-6 y, de un modo especial, la tradición del evangelio Lucas, muy parecida a la que aparece en nuestro texto: «Os doy autoridad para pisar sobre serpientes, escorpiones, y sobre todo el poder del enemigo; y nada os dañará» (Lc 10, 19). Es evidente que estamos en un contexto apocalíptico y que los creyentes de Jesús se entienden como vencedores sobre el poder de Satán.

– Esta palabra es “rara”. Da la impresión de que hoy nadie la aceptaría… La leemos en la comunidad y nos sonreímos… Decimos que en el fondo de ella hay un tipo de “mito”. Sí…”toma veneno, ya verás lo que te pasa”.
– Pero bien entendida esta palabra marca la verdad del cristianismo, que nos tiene que hacer inmunes al veneno de las nuevas serpientes, que no son las de la tierra (víboras, alacranes…), sino las serpientes y venenos de una humanidad que mata, se mata a sí misma, en clave de imposición económica, de marginación social…
– Gran parte de los cristianos de hoy parecemos muertos: El virus de un mundo anti-cristiano nos ha dominado… en contra de la promesa de Jesús: ¡Nada podrá destruiros!

4. Impondrán las manos sobre los enfermos y éstos sanarán. Esta referencia nos sitúa de nuevo (como los exorcismos) en el centro de la vida y misión de Jesús y de sus seguidores, según Marcos (cf. 6, 13). Los discípulos de Jesús, todos ellos, son ante todo creyentes (tois pisteusasin), en el sentido fuerte del término, es decir, personas que están unidas de tal forma a Jesús que comparten su mismo poder carismático.

– Esta palabra se vincula a la interior: Nada les podrá destruir, ellos curarán a los enfermos… Llevarán al mundo un poder de vida.
– Este poder de sanación eclesial (cristiana) parece que se ha perdido. Nadie (casi nadie) cree en el poder salvador de la palabra y del amor. Nos hemos adaptado a la enfermedad del punto, en vez presentarnos como sanadores del mundo.

Sobre un mundo peligroso (mordedura, enfermedades), los discípulos del Kyrios han de ser capaces de expandir la palabra en toda lengua, en un tipo de pentecostés continuado (cf. Hch 2), superando así el poder del diablo (exorcismos) y ayudando a los otros a vivir (curaciones). De esa forma, la palabra del mensaje (anunciar el evangelio) se convierte en acción transformadora: los discípulos del Kyrios tienen algo que ofrecer en el camino de este mundo. En el comienzo de la Iglesia no encontramos un dogma intelectual, ni una jerarquía impositiva, ni estructuras sacralistas.

Como base de la Iglesia hallamos aquí la palabra convertida en fuente creadora de existencia para los hombres y mujeres. En su posible «arcaísmo» (inmunidad a los venenos, exorcismos...), este proyecto de misión está más cerca del texto original de Marcos que muchos de los discursos eruditos que después han trenzado algunos exegetas y pastores eclesiales, más preocupados por su propia visión de la Iglesia que por la tradición de Marcos.

16,19-20. Ascensión y cumplimiento de la misión pascual

19 Por su parte, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al cielo - y se sentó a la derecha de Dios. 20 Ellos, pues, saliendo, predicaron por todas partes (pantakhou), con la cooperación el Señor (Kyrios) y el fortalecimiento de la Palabra (Logos), por medio de las señales que les seguían

Ésta es, evidentemente, la palabra conclusiva del pasaje (de 16,9-20) y puede presentarse también como una buena conclusión del evangelio (es decir, del texto canónico de Marcos) en clave de distanciamiento histórico. Un esquema semejante había sido elaborado en Lc 24,50-53 y Hch 1,9-11, y de manera especial en el conjunto del libro de los Hechos. Con la ascensión de Jesús surge la Iglesia, conforme a una visión que ha desplegado también Jn 13-17 cuando habla de la marcha (subida) de Jesús y del envío del Espíritu.

Jesús aparece ya como el Señor (Kyrios), sin ningún tipo de matización. Es evidente que posee un carácter divino. Ha ofrecido a los hombres su palabra de mensaje pascual y fortalecimiento; por eso puede y debe subir a lo divino (cielo) y sentarse a la derecha de Dios, en tema bien desarrollado por la tradición lucana, y por otros textos del Nuevo Testamento, a partir de Sal 110,1 (cf. Mc 14,62 par; Hch 2,33; Ef 1,20; Col 3,1; Heb 1,3). Esta ascensión y ausencia de Jesús hace posible un nuevo tipo de presencia en medio de sus discípulos: sólo cuando él «se va», empiezan ellos a sentir su fuerza y actuar con ella, aunque aquí no se habla de un envío del Espíritu Santo; es evidente que la misma ascensión de Jesús aparece como Pentecostés.

Este esquema del final canónico de Marcos está cerca de Lucas, pero hay una diferencia significativa: en Hechos, el Jesús que sube al cielo envía a su Espíritu que anima y funda la vida de la Iglesia; nuestro texto, en cambio, no posee una pneumatología expresa, pues el mismo Jesús que se ha ido es el que sigue actuando entre los suyos (coopera con ellos) realizando sus señales. En ese aspecto nos hallamos cerca de Mt 28,16-20, aunque allí no había verdadera ascensión, pues Jesús seguía en la montaña, y no se decía que se fuera al cielo (ouranos), como aquí.

Según Mateo, el mismo Jesús que envía a sus discípulos (les separa de sí) se encuentra en ellos y por ellos obra («estaré con vosotros hasta la consumación del tiempo»). Por el contrario, en Mc 16, 19-20 el Señor sube al cielo, donde está sentado a la Derecha del Padre, pero, al mismo tiempo él “actúa” a través de sus creyentes a través de una especie de “sin-ergia” (tou kyriou synergounto, el Señor co-actúa con ellos). Esa sin-ergia se expresa también a través del “fortalecimiento de la Palabra”, que aparece aquí de un modo personal, como paralela el Señor, fortaleciendo (bebaiountos) a los creyentes.

Así se puede decir que Jesús está en el cielo, a la derecha del Padre, pero, al mismo tiempo, está presente como Kyrios y co-actúa en los creyentes, y está también presente como Logos y, de esa forma les fortaleza. Así podríamos decir que Jesús se ha convertido en Kyrios y en Logos, es el mismo Dios presente como Señor y Palabra en sus creyentes.

Se repite de esta forma el esquema que veremos en la conclusión pequeña (no canónica), que presentaremos a continuación: Jesus resucitado envía a los suyos por todo el mundo (pantakhou), iniciando así la histona y vida de la Iglesia Mc 16,20 no siente la necesidad de detallar mejor los pasos y momentos de ese pantakhou (salieron y predicaron por todas partes), pues ello pertenece ya a la misma experiencia actuante de la Iglesia, que va extendiéndose por todo el mundo conocido. Lucas, en cambio, ha quenado narrar ese camino de apertura y expansión del evangelio y así lo ha hecho en el libro de los Hechos.

Resumiendo lo anterior, podemos decir que este apéndice (Mc 16,9-20) cierra de algún modo el texto precedente de Marcos, haciendo que así quede en el pasado, como expresión de un tiempo que es antiguo, en la línea de eso que suele llamarse el esquema de historia de la salvación de Lucas-Hechos. Pero, al mismo tiempo, las palabras finales de este apéndice (misión eclesial, presencia del Kyrios) permiten actualizar todo el evangelio en línea de experiencia eclesial. Lo que se ha dicho del pasado de Jesús (Mc 1,1-16,8) ha de vivirse y expandirse en el mensaje presente de la Iglesia (Mc 16,9-20).

De esa forma se crea una distancia, y surge una conciencia de ruptura con respecto a lo anterior, pues, en cierto sentido, el camino histórico de Jesús ya ha terminado. Pero, al mismo tiempo, el nuevo texto supera esa distancia, volviéndonos a hacer contemporáneos del mensaje-proyecto de Jesus, que sigue actuando y realizando su evangelio a través de la acción misionera de la Iglesia, que aparece como tema dominante del final de este apéndice. Allí donde se proclama el evangelio (cf keryxate to euangelión 16,15), el mensajero de Jesús viene a ponerse, desde dentro de la Iglesia, en la misma situación de su maestro cuando comenzaba su anuncio en Galilea (keryssôn to euangelion, 1,14).

De esa forma se vinculan el final canónico y el principio del evangelio de Marcos. Jesús comenzaba proclamando el evangelio de Dios en Galilea (1, 14). Los que creen en él proclaman ese evangelio (que es ya de Jesús) por todo el mundo. De esta forma, el mismo apéndice (16,9-20) nos lleva de nuevo al centro del evangelio, como había hecho el ángel de la pascua en 16,6-7 Por encima de la distancia que se ha creado entre Jesus y nosotros, viene a suscitarse una presencia más fuerte, más cercana.