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sábado, 19 de mayo de 2012

Pasar de largo



Es habitual escuchar aquello de que lo importante, con respecto a los asuntos de la fe, es experimentar a Dios. Y quienes dicen esto entienden, por lo común, que de lo que se trata es de tener buenas sensaciones cuando uno se dirige a Dios o, de algún modo, lo tiene presente. Una vez más, nuestra sensibilidad acaba siendo la medida de lo real. Así, uno dice que ha tenido una experiencia de Dios en el mismo sentido en que puede decir que ha tenido una gran experiencia por haber hecho puenting o visitado las cataratas del Niagara. Pero en verdad no hay ahí experiencia, sino simplemente un cóctel de sensaciones intensas. Y eso quizá sea suficiente para el consumidor, pero no para quien sepa de qué va este asunto. Pues lo cierto es que en toda experiencia, lo experimentado es, precisamente, aquello que no acaba de ajustarse a los estrechos moldes de nuestra receptividad o, por decirlo con otras palabras, aquello que sigue estando pendiente en el hecho mismo de hacerse presente. Hablamos, al fin y al cabo, de una alteridad tout court. De ahí, que Dios estrictamente sea eso que echamos en falta en toda experiencia de Dios.

Muchos creyentes se llenan la boca con esto de su experiencia de Dios. Pero quizá podrían de vez en cuando preguntarse cuál podría ser la experiencia que Dios tiene de ellos. Pues en cristiano lo decisivo con respecto a Dios no se decide del lado del hombre, sino del lado de Dios. Ahora bien, de preguntárselo, probablemente no podrían evitar un cierto rubor. Pues es sabido —¡y esto es lo que sabemos ciertamente de Dios!— que esa experiencia no puede ser otra que la que tiene el pobre de nosotros. Y es así que Dios diría del hombre lo que muchos también dicen de Dios, a saber, que es aquél que pasa de largo.

El texto está extraído del blog personal del autor: http://kobinski.wordpress.com/2012/05/09/experience-of-god/