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domingo, 20 de mayo de 2012

Domingo 20 de mayo - VI - Ascensión del Señor



Seguramente muchos hemos jugado al gallito ciego; nos vendan los ojos, nos dan un par de vueltas y, de repente, todo nuestro horizonte de percepción se desvanece y nos sentimos perdidos, mareados y bastante desorientados. Extendemos las manos buscando algún indicio de referencia externa que nos permite ubicarnos. No sabemos si con el próximo paso nos daremos contra la pared o iremos a parar al suelo. En este juego nos sentimos profundamente inseguros.
Si analizamos este juego infantil, podemos encontrar en él dos momentos bien claros.
Al no “ver” –porque nos cubren los ojos- nos sentimos inseguros. Esta situación genera angustia y si no sabemos manejarla termina en desesperación. Esta situación desesperada nos hace agitar las manos y girar de un lado a otro sin descaso. Tan acostumbrados estamos a “ver” para sentir seguridad que no hemos desarrollado los demás sentidos.
La oscuridad nos aflige y como consecuencia nos sentimos perdidos. Pero en un segundo momento, y tal vez cansados de marchar sin rumbo, nos serenamos, o por lo menos, dejamos de movernos. Nos detenemos, como si buscáramos dentro de nosotros “otra brújula” que nos permita ubicarnos para dar un paso más seguro. Es entonces cuando comenzamos a oír. Ponemos nuestra seguridad en otra dimensión de naturaleza humana que es la capacidad de escuchar.
Los momentos difíciles se resuelven con frecuencia cuando logramos tomar conciencia de la situación y evaluar las alternativas. Cuando damos credibilidad a la voz que viene de nuestro interior: Dios.
Este proceso interno que va de la angustia a la desesperación y de la serenidad a resolución del conflicto lo vivimos con frecuencia en nuestra vida cotidiana y en nuestra fe.
Como seres humanos, necesitamos sentirnos seguros y nos aferramos a cualquier cosa que pueda darnos una pizca de esa seguridad. Seguridad que, en estos tiempos de cambios tan vertiginosos, se convierten en sinónimo de felicidad.
Necesitamos estar seguros de que mañana será un día mejor, de que ese proyecto que vamos a emprender funcionará, de que con nuestra pareja todo se va a arreglar, de que nuestros hijos han sido bien educados…en definitiva seguridad de que lograremos ser felices.
Necesitamos que alguien nos de esa seguridad, aunque sabemos que tal certeza no existe. Dejamos que nos lean las manos, leemos el horóscopo, consultamos la carta astral y los más osados se animan a confiar su futuro a la “Mai” que con un par de “gualichos” le traerá nuevamente a la persona que amada.
Lo más gracioso es que tal vez no estamos seguros de conseguir lo que queremos, pero necesitamos algo en qué creer y sentir seguridad.
Por eso la fe, que no deja de ser una gracia de Dios, nos es tan connatural.
Pero, ¿por qué si tenemos fe, sentimos angustia? Si creemos en Dios ¿por qué nos desesperamos con frecuencia? En juego el gallito ciego podemos encontrar la respuesta.
San Ignacio de Loyola recomendaba al ejercitante que estaba pasando por un momento difícil, que nunca tomara una decisión en momento de crisis. La desolación ciega la capacidad de evaluar la situación y decidir bien.
A esta sensación de inseguridad y duda que vivimos en nuestra vida de fe, san Pablo nos dice; «Una esperanza que ya se ve, no es esperanza; porque, lo que uno ve no necesita esperanza. Pero, si esperamos lo que no vemos, aguardamos con paciencia» (Rom 8, 24-26)
Esto es lo que descubre el que juega al gallito ciego. En algún momento del juego tiene que serenarse y poner todos los sentidos en alertas. Cuanto mejor evalúe la situación en la que se encuentra, más “chance” tiene de salir de allí. Cuanta mayor confianza le adjudiques a la voz que viene de tu interior, menor es la necesidad de seguridades externas.
Hay situaciones en nuestra vida en que la fe, que nos hace esperar con paciencia el momento de Dios, es el mejor aliado para salir de situaciones difíciles.
Nuestra fe es la que nos permite serenarnos y buscar dentro de nosotros esa “brújula interna” que nos orienta. Es el Dios mismo, que vive en nosotros, el que nos aconseja y nos ayuda a decidir bien.
Los discípulos, al igual que la virgen María, guardaron las palabras Jesús en su corazón. Y el eco de esa voz les dio la fuerza y el coraje necesario para enfrentar las dificultades. La ascensión de Jesús a los cielos desafía a los discípulos a poner la confianza en otro sentido; el oír. Escuchar la Palabra de Dios, es fuente de seguridad y confianza.
La vida implica riesgo, implica oportunidades y peligros. Todos los sabemos. Y para vivir felices necesitamos aprender a convivir tanto con la duda como con la fe. Para jugar al juego de la vida debemos romper con nuestros “gualichos” y ganar en confianza con Dios. Debemos optar por dejar resonar las palabras de Jesús en nuestro interior: « Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo »

P. Javier Rojas sj