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domingo, 20 de mayo de 2012

Solemnidad de la Ascensión del Señor: Tomando el testigo



En las carreras de relevos suele reservarse al corredor más rápido para la última vuelta donde se supone que va a tener que emplearse a fondo para lograr el triunfo. Hoy nosotros tomamos el relevo en la carrera de la evangelización y el anuncio de la Buena Noticia cuya meta se encuentra al final de los tiempos. La diferencia es que Dios una vez más se ha fiado de sus criaturas para seguir adelante en su obra, ha arriesgado al máximo confiándonos lo más preciado, su obra, la instauración de la fraternidad universal, que borre el sufrimiento y la injusticia, en manos de seres limitados y débiles.

Los primeros en comenzar esta carrera fueron los apóstoles. Es cierto que no pisaron un aula ni recibieron una formación específica pero sabemos bien que, a diferencia de otros campos, en la evangelización, en la propagación de la buena noticia, lo que más importa es la experiencia de Dios, no tanto los conocimientos, aunque sean necesarios. Jesús ordena continuar su misión: anunciar lo que ha dicho y obrar lo que ha hecho; los discípulos lo continúan. La ascensión no marca el final sino que concluye un tipo de presencia y empieza otro nuevo en el que jamás estará limitado a una determinada zona geográfica sino que su presencia es universal. Es una forma de expresar la exaltación o glorificación de Jesús. Resurrección y exaltación no son dos hechos distintos, sino dos caras del mismo hecho. El que se nos describa a Jesús sentado a la derecha de Dios es un motivo de esperanza sin igual, pues Él ha experimentado nuestra debilidad hasta la muerte y ahora exaltado junto con el Padre nos acompaña para siempre.

En el libro de los Hechos de los Apóstoles se nos dice que una nube se lo quitó de la vista. Pero esa nube no debemos verla como un muro de hormigón o una cámara de aislamiento. Una cosa es cierta que nuestros ojos ya no nos sirven. Ahora es el momento de utilizar los ojos del corazón; los ojos perciben los rasgos faciales de una persona pero el corazón ve más allá, penetra con su mirada hasta el corazón de la persona. El espíritu es quien va a dotar a los discípulos, y también a nosotros, de esos nuevos ojos del corazón, de esa nueva sensibilidad para los que creemos en Él.

La Ascensión del Señor es una suerte, un auténtico regalo. Hoy se nos han abierto definitivamente las puertas del cielo. Es el momento de que tomemos el testigo, de comenzar a caminar solitos. Es la hora de demostrar delante de todos que hemos aprendido a ser lo que Él nos ha dicho que seamos y lo que Él ha demostrado ser y realizar a favor nuestro. Hoy es un día de fiesta, no de lamentaciones porque nos quedamos solos. La partida de Jesús acaba con nuestras ilusiones infantiles y da paso a nuestra vida cristiana madura. Hemos tomado el relevo. Debemos demostrar que somos capaces de llevar a cabo nuestra misión, ¿Somos o no adultos en la fe? Pero tenemos que tener claro que podemos explicar doctrinas sublimes y poco inteligibles acerca de Jesús, pero eso no basta. No es lo mismo exponer verdades cuyo contenido es teológicamente correcto, teóricamente bueno para el mundo, que abrir senderos que faciliten el acceso a la experiencia de Jesús como algo «nuevo» y «bueno» para las vidas de los hombres y mujeres de hoy. Y para esto ya sabéis por donde tenemos que empezar, por luchar sin descanso por eliminar el sufrimiento y la injusticia. La misión que encomienda Jesús es liberadora, no habla de normas y prohibiciones sino que respeta y promueve la libertad y la liberación.

Ojalá no tengan que decirnos como a los discípulos Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? pues no debemos olvidar que la contemplación lleva irremediablemente a la misión y que sin ésta la misión es inútil pues carecerá de frescura y no será más que un montón de palabras huecas dignas de un charlatán. Nos han entregado el testigo, es nuestra hora de anunciar la Buena Noticia. Jesús nos acompaña ahora más que nunca, nos ha confiado una misión, la suya, y no podemos dormirnos.

Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto. Colegio San Agustín (Valladolid, España)