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jueves, 24 de mayo de 2012

Domingo de Pentecostés (Jn 15, 26-27. 16, 12-15) ciclo B: EN LA MAÑANA DE PENTECOSTÉS



A cualquier aficionado al fútbol, ahora que está de moda, le puede ocurrir que su equipo preferido hoy protagonice un partido impecable, magistral y pasado mañana ofrezca un espectáculo deplorable: desmotivado, sin garra. Los jugadores son los mismos. Sencillamente el segundo día ha faltado el espíritu. ¿Qué es, o mejor dicho, quién es el Espíritu Santo, cuya fiesta celebramos hoy, día de Pentecostés? Las lecturas bíblicas no nos dan una definición, pero sí nos ofrecen unas metáforas o alegorías: el fuego y el viento. Pero sobre todo podemos conocerle un poco a través de sus dones y frutos. Es aplicable aquí la frase del evangelio: “por sus frutos los conoceréis”. Si hay “amor, alegría, paz, comprensión, servicialidad, bondad, lealtad, amabilidad, dominio de si” quiere decir que el Espíritu Santo está ahí, cerca., ya que son sus frutos. Frutos que se oponen a las obras de la carne, de las cuales San Pablo enumera unas cuantas: “fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, enemistades, envidias, rencores, rivalidades, partidismo, sectarismo, discordias, borracheras” y cosas por el estilo.

Para darnos una idea del Espíritu Santo el texto bíblico lo compara con el viento, que sopla, que mueve, que arrastra, pero no lo vemos, ni sabemos de donde viene. Pero lo importante es que lo sentimos como una fuerza interior y misteriosa que nos empuja y sana el corazón enfermo.

El organigrama, la estructura de un equipo, de una institución u organización, por ejemplo de la Iglesia o de una parroquia, vale poco, si le falta el Espíritu. El libro del Génesis nos cuenta cómo Dios “modeló al hombre de arcilla del suelo, sopló en su nariz aliento de vida y el hombre se convirtió en un ser vivo”. Lo mismo hizo Jesús sobre los apóstoles: sopló sobre ellos y, como Adán en el Paraíso, los apóstoles quedaron transformados. Nadie como el Espíritu, en este tiempo en el que hablamos de pacificación y de reconciliación, “mueve los corazones para que los enemigos vuelvan a la amistad, los adversarios se den la mano y los pueblos busquen la unión”.

Ahí van unas ideas que nos pueden servir de reflexión, de meditación y de oración. Algunas escuelas, incluso pueblos o ciudades, imitan de alguna forma el milagro de Pentecostés. Pues si a los apóstoles les entendían ciudadanos de países distintos, hay centros escolares y barrios donde conviven vecinos de quince y más países. Saben entenderse y relacionarse sin tensiones y sin agresividad. Claro que también se dan casos que por su tozudez y falta de respeto hacia el otro convierten en tarea imposible la convivencia. ¿Ejemplos? No hay que ir muy lejos para encontrarlos.

El Espíritu Santo se apresuró a romper el encerramiento en el que se hallaban los apóstoles: “con las puertas cerradas por miedo a los judíos”. El Espíritu Santo les dio la tarea, la misión de perdonar los pecados. Es conveniente subrayar la importancia del adverbio “como”: “como el Padre me envió, así os envío yo” Por ello, nosotros nos tenemos que preguntar cómo fue enviado Jesús, cómo actuó.

De la comparación del Espíritu con el viento concluimos que, si el velero no sale del puerto a alta mar, no necesita del viento. Algo parecido, si un cristiano no se compromete a nada, se limita a cumplir con unos cuantos ritos, entonces tampoco necesita del Espíritu Santo.

Jesús dijo en una ocasión que el “Espíritu sopla donde quiere”. Nadie, por tanto, goza de la exclusividad sobre el Espíritu. Y es sabido que hay algunos cristianos: a veces entre la jerarquía, a veces entre los cristianos de a pie que se creen privilegiados y que tienen hilo directo con el Espíritu. No es verdad. El Espíritu sopla donde quiere y nadie tiene el monopolio sobre él.

Una pregunta: ¿qué viento nos empuja?. El viento del Espíritu Santo u otros vientos destructivos. “Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo, brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos”.