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jueves, 24 de mayo de 2012

PENTECOSTES :Lo que no te esperas


Por A. Pronzato

Hechos 2, 1-11
1 Corintios 12, 3-7.12-13
Juan 20, 19-23

Desaparecido el papelito

He mirado atentamente. Pero cuando se ha dirigido del altar al ambón para el evangelio, el celebrante no tenía en la mano el acostumbrado papelito, con los apuntes y el esquema del sermón. No sé si lo ha hecho aposta o ha sido un olvido, o puede ser también que no haya tenido tiempo de escribir ni siquiera las pocas notas habituales, que le dan una cierta tranquilidad.

Yo lo he considerado un gesto litúrgico. Sí, precisamente la ausencia de ese papelito formaba parte del rito para la solemnidad de Pentecostés.

En efecto, uno no se puede imaginar que aquel día los apóstoles salieran fuera del cenáculo con el papel en que estaba escrito lo que tenían que decir. Y resulta inconcebible que Pedro, quien después ha tomado la palabra, por así decir, oficialmente, tuviese a alguno a su lado que le pasara como ayuda los folios para aquel discurso memorable.

El Espíritu, en efecto, a él y a sus compañeros les había puesto el fuego sobre la cabeza: «...Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas que se repartían posándose encima de cada uno», y también, supongo, sobre el corazón, pero no les ha facilitado el texto de la homilía que habrían de tener en aquella situación solemne y con aquella platea cosmopolita delante.

En todo caso el «viento recio» se preocuparía de hacer volar, lejos, como si fueran confetis, las páginas elaboradas, antes, con tanto cuidado (algo que me gustaría sucediese en ciertas circunstancias...).

El Espíritu santo es imprevisible e improvisador. O uno se deja llevar del Espíritu santo y adquiere ingravidez, o si no permanece arraigado en la propia ciencia prefabricada, acumulando pesadez y produciendo aburrimiento y desencanto en los oyentes.

En suma, a los hombres de la palabra se les pone una alternativa: ¿papel o carne? Juan, en el prólogo, dice que el Verbo se hizo carne, no papel, y mucho menos palabrería.

Otra cosa: ¿palabra viva o palabra preconfeccionada? ¿frescura de la palabra o... congelación de la palabra? ¿inspiración o repetición?


La Iglesia del estupor

El párroco ha definido la Iglesia de Pentecostés como «la Iglesia del estupor». Precisando: no es que los apóstoles hayan prefijado el objetivo de asombrar, sorprender, impresionar. Nada programado. No, la maravilla ha nacido espontáneamente en los oyentes, quienes se encontraban frente a algo insólito, inexplicable, nunca visto, jamás oído.

Los apóstoles no tenían intención alguna de llamar la atención. No se consideraban protagonistas. Lo que sucedía no dependía de ellos, sino de otro personaje misterioso que había intervenido de improviso, trastocando todo, incluso en su vida.

Los que los oían no podían por menos de hacerse una serie de preguntas: «¿No son galileos todos esos?... ¿cómo es que cada uno los oye hablar en su lengua nativa...?».

El predicador, a este propósito, ha dicho una cosa muy bonita: «El día de Pentecostés ha nacido no la Iglesia de las respuestas, sino la Iglesia que suscita preguntas».

Por mi parte, he pensado que nuestra vida, mejor, nuestro modo de vivir, si de verdad está bajo el influjo del Espíritu debería plantear a los demás unos interrogantes. Nuestro paso debería sembrar por el camino puntos interrogativos.

Nos preocupamos excesivamente de explicar, instruir, dar respuestas, distribuir certezas. Deberíamos, más bien, preocuparnos de obligar a los demás a preguntarse, a cultivar incertidumbres.

El estupor nace, no frente a las explicaciones, sino ante el misterio, en contacto con lo inexplicable.



Una sola lengua puede ser suficiente

Por lo que se refiere a las lenguas, nuestro párroco nos ha informado previamente que entre los especialistas se discute si ese don se concedió a los predicadores o a los oyentes (que, así, se habrían beneficiado de un milagroso sistema de traducción simultánea, mucho anterior al progreso técnico).

Y también ha añadido que ese fenómeno ha tenido casi seguramente un carácter de provisionalidad. De hecho, en Roma, parece que Pedro tuvo necesidad de un intérprete —Marcos, cabalmente—, dado que él no se las arreglaba bien con el latín (y aquí no se me ha escapado la mueca de desacuerdo aparecida en la boca de la señorita Evelina. La entiendo. Ella es una nostálgica inconsolable del latín en la liturgia de la misa. Con frecuencia la he oído lamentarse: «Antes, con el latín, todos entendíamos muy bien... Ahora existe una gran confusión. De hecho, los curas se ven continuamente obligados a explicar lo que hacen, señal de que caen en la cuenta ellos también de que ya no se entiende nada... A este paso no sé dónde iremos a parar. Por otra parte, la gente ha comenzado a desanimarse y muchos ya no vienen a la iglesia. Espero no ver el día en que se diga la misa en dialecto... Sería un obstáculo que yo no podría salvar...». Para terminar, como hace siempre después de estas lamentaciones: «Es necesario que me decida a escribir una vez más al papa». Me gustaría saber cuántas cartas de la señorita Evelina han llegado al Vaticano. Temo que todas se pierdan por el camino, porque es muy roñosa y, probablemente, para ahorrar los sellos, las haya confiado al ángel de la guarda, quien, tengo motivos para sospecharlo, las lleve un poco más arriba de los sagrados palacios, a sus colegas celestiales para hacerles sonreír un poco).

Pero volvamos a nuestro párroco, que ha hecho una sorprendente confesión personal:

«No sé hablar lenguas, no es un secreto. Soy totalmente negado, lo admito. Pero no me disgusto demasiado por esta laguna. Me contentaría con saber hablar vuestra lengua. Quiero decir: hablaros de las cosas de Dios usando vuestro mismo lenguaje, el que usáis en la vida cotidiana, y haciendo callar la jerga especializada que he aprendido en el seminario y que continúo sacando y poniendo al día con los libros que leo.

Me gustaría ser capaz de pensar en dialecto (y aquí la señorita Evelina ha tenido un resorte que expresaba enojo y escándalo. Y dicen que está sorda...) y después traducir esos pensamientos elaborados en dialecto a un italiano limpio, sí (la señorita Evelina se ha recompuesto), sencillo, ágil, incisivo, bajo el signo de la claridad y de la naturalidad. Estoy seguro de que, entonces, las palabras funcionarían, serían las precisas.

Me pregunto muchas veces si el problema del lenguaje, que tanto nos aflige a los curas, no dependa de cómo pensamos o, mejor, en qué lengua pensamos. Hay que tener el coraje de pensar, no en la lengua de los especialistas y de los eruditos, sino en la lengua nativa, esa anterior a la escuela y a los diplomas.

Digo más. Me contentaría con saber hablar y basta. O sea, llegar a vuestro corazón por la vía directa sin tantos conceptos abstractos y sin tantas complicaciones, con un tono de sencillez y simplicidad.

No me interesa que digáis: ¡qué bien ha hablado!'. Me contentaría que pensaseis dentro de vosotros: 'Ese entiende nuestros problemas, conoce nuestras situaciones, está al corriente de los males que nos afligen, cae en la cuenta de las dificultades que encontramos en nuestro camino, interpreta nuestras esperas, sabe escucharnos, parece que ha preparado la predicación interpelándonos uno a uno...'.

Una predicación jamás debería terminarse con un signo de admiración —y no hablemos de aplausos, por favor, que son una especie de blasfemia frente a la palabra de Dios— sino con puntos suspensivos...».

Le hubiera dado un abrazo (pero, hoy, me tocará dar la paz precisamente a la señorita Evelina, quien, más que ofrecer la mano, presenta la punta de los dedos y los retira rápidamente, después de haber rozado ligeramente mi mano).


A propósito de carismas

Después de esta conmovedora confesión, el cura, refiriéndose a la segunda lectura, ha abordado el tema de los carismas, advirtiendo ante todo que hay mucha confusión respecto a ellos. Y hasta se dice de ciertos políticos, industriales, gente del espectáculo, hombres de negocios, que tienen «carisma».

Se atribuye carisma también a instigadores sin escrúpulos, a demagogos extravagantes, e incluso a dictadores patentados (el balcón al que se asoman, o el palco en que se colocan, constituyen una demostración de su carisma ejercido sobre las masas).

Pero no es precisamente el carisma del que habla Pablo, quien, por el contrario, subraya cómo los carismas los da «el Espíritu para el bien común» y no para el prestigio e interés personal.

El carisma es tal si sirve para ventaja de los demás, si ayuda a la comunidad, si coopera al bien común, si promueve el crecimiento —también en cuanto a la inteligencia y responsabilidad— de los individuos.

Nuestro cura ha dicho también que incluso en la Iglesia, dentro de ciertos grupos y movimientos, existen líderes carismáticos, frente a los cuales es lícito avanzar cierta reserva y hasta alimentar una cierta desconfianza. Determinadas posturas, poses, favorecidas por la adulación y por el culto de los adictos, más que promover el crecimiento de las personas, están tocando el plagio. Más que estimular el desarrollo de la fe, favorecen fenómenos difusos de infantilismo, entusiasmo superficial y adhesión acritica.

Y así existe el peligro de referirse al líder carismático más que a Jesucristo (ya sucedía en la Iglesia de Corinto). Se citan sus palabras como evangelio indiscutido, con menoscabo de la palabra de Dios.

La utilidad común no debe confundirse con la glorificación del jefe, es más, casi siempre las dos cosas van en sentido opuesto. La maduración de las personas no coincide necesariamente —es más, casi nunca— con las «proporciones enormes que asume la estatura del guía indiscutido y aclamado».

Ha terminado el tema quemante (¡pues esta es la fiesta del fuego!) afirmando: «Hoy, en la Iglesia, no sentimos tanto la necesidad de grandes personajes, hay ya demasiados en circulación (y algunos, al recitar neciamente ese papel y vistiendo aquellos trapos que le están decididamente largos, se revelan como hombrecillos, privados incluso del más elemental sentido del ridículo). Tenemos necesidad de siervos. El siervo, en sentido evangélico, es precisamente uno que tiene carisma».

Le hubiera dado un segundo abrazo (pero, mientras tanto, miraba la mano huesuda y fría de la señorita Evelina...).


Excesiva misericordia inutilizada

Sólo quedaba tiempo para una cita del evangelio: «A quienes les perdonéis los pecados, los pecados les quedan perdonados». Nuestro párroco se ha limitado a comentar: «Los únicos pecados no perdonados son los que no queremos someter al perdón del Señor, a través del ministerio de la Iglesia. El gran sufrimiento para un cura que confiesa, es el de encontrarse con una reserva enorme de misericordia inutilizada. Pensadlo bien...».

Y así ha dejado el discurso en suspenso, cuidándose mucho de poner un signo de exclamación.

Y yo, por un instante, imaginé que también esta vez tenía el apunte. Pero en el papel no estaban escritas palabras o citas, sino sólo puntos suspensivos.