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sábado, 5 de mayo de 2012

EL SENTIDO DE LA METÁFORA - NUESTRA EXPERIENCIA PASCUAL


V Domingo de Pascua (Jn 15, 1-8) - Ciclo B
Por José Enrique Galarreta sj

EL SENTIDO DE LA METÁFORA

Nos encontramos con una característica forma de expresión del cuarto evangelio. A partir de algunas palabras muy probablemente pronunciadas por Jesús, se hace un desarrollo teológico, que se coloca en el contexto del "Sermón de la Cena", y en un contexto eucarístico, para insistir en la necesidad de la unidad de la comunidad y de su permanencia en la fe en Jesús.

Es una imagen de Jesús y los discípulos, es decir, de la Iglesia, bastante parecida a la del ‘cuerpo’ que utiliza Pablo. Se insiste en Jesús como tronco, como savia, como cabeza, como fuente de la vida de la comunidad: estar insertados en la vid hace de los sarmientos partes vivas, como los miembros del cuerpo, que reciben su vitalidad del cuerpo entero.

Estar separado del tronco es como si los miembros estuviesen amputados del resto del cuerpo. Y la consecuencia de las dos imágenes es la misma: es la vida interna lo que construye desde dentro la comunidad, el hecho de que en toda la comunidad circule la misma "savia", la misma "sangre", esté animada por la misma "alma", es decir, el Espíritu de Jesús.

El texto tiene evidentes resonancias eucarísticas. Es en la eucaristía donde se muestra y se produce esa comunión de los sarmientos con la cepa-Jesús, por la cual se hacen todos ‘miembros del mismo ser vivo’ que es la comunidad. Participar del pan y del vino manifiesta la comunión de la comunidad y la produce; no solamente como un acto de relación de los sarmientos - los fieles - entre sí, sino por su común-unión con la fuente de su vida, de su Espíritu, que es Jesús.

La imagen se completa con la acción del Labrador. Todo es obra del Padre, que planta la viña y la cuida para que dé frutos. Resuenan aquí las imágenes del Antiguo Testamento, en que Israel se presenta como viña plantada por el Señor, cuidada por él en espera de buenos frutos.

Y resuena también, quizá más lejanamente, la parábola de los viñadores homicidas, rechazados precisamente porque no entregan los frutos que de ellos se esperaba.

La imagen de la poda de los sarmientos no pertenece tanto a las consecuencias morales de la parábola, sino más bien a la riqueza de la misma imagen agrícola, mostrando los cuidados del labrador dirigidos siempre a conseguir los mejores frutos.



NUESTRA EXPERIENCIA PASCUAL

Es frecuente que nosotros, que creemos en Jesús, nos preguntemos sobre nuestra propia experiencia pascual, especialmente cuando oímos decir que seguir a Jesús es consecuencia de esa experiencia. Sentimos que nosotros no hemos tenido esa experiencia. Pero no es verdad.

Lo que pasa es que identificamos "experiencia pascual" con "apariciones" o al menos con algo extraordinario y repentino que nos haya de suceder en un momento especial, que determine un cambio radical en nuestra vida... o algo semejante.

De esto tiene mucha culpa la iconografía religiosa, que necesita representar las experiencias interiores en un momento estático y con signos espectaculares. Pero las experiencias religiosas no son habitualmente así.

Nuestra experiencia pascual está mejor representada en la parábola de la levadura. Algo, desde dentro, en silencio, insistentemente, imparablemente, nos ha llevado de un conocimiento mediocre a una intimidad profunda, de un sentimiento de lejana atracción a una adhesión personal, de una fe mítica y sociológica a un convencimiento elemental y profundo.

Nuestra experiencia pascual es un convencimiento que se va haciendo cada vez más irrenunciable, unido a un sentimiento de atracción y adhesión cada vez más vinculante.

Nuestra experiencia pascual quiere decir que antes creíamos - de alguna manera - en Jesús, por lo que nos habían transmitido, porque estaba en nuestra cultura, porque nos parecía un buen sistema de pensamiento y prácticas religiosas... por muchas razones semejantes, todas ellas "de fuera a dentro”.

Pero, progresivamente, lo hemos experimentado internamente, lo hemos vivenciado de tal manera que el conocimiento, la persuasión, la adhesión, se dan de dentro a fuera, como algo sentido personalmente, como se siente el amor a un ser querido, desde dentro, sin necesidad de demostración.

Esa experiencia se alimenta, como todo lo que crece: se alimenta en la contemplación, se alimenta en las obras y se alimenta en la comunidad.

La contemplación de Jesús multiplica la fascinación y la adhesión; las obras, como puesta en práctica de sus valores y criterios, reafirman la validez del mensaje; la comunidad, la iglesia de referencia, muy especialmente en la celebración fraternal de la eucaristía, contagia la fe, nos hace vivir en común nuestra experiencia pascual.

Una vez más, necesitamos abandonar nuestras mitologías, nuestra fe en divinidades disfrazadas, nuestra afición a identificar lo religioso con lo maravilloso. Nuestra experiencia pascual es nuestra progresiva conciencia de conversión a Jesús y al Reino.

Y todo eso, como toma de conciencia de que Dios/Viento, Dios/Aliento, está ahí, que nuestra peregrinación no es solo que nosotros caminamos sino que Él nos lleva. Todo esto ha de producir en nosotros una paz profunda, una confianza cada vez mayor, el sentimiento de que Él está en mi vida, de que estamos en buenas manos, a pesar de todas las desagradables experiencias de la vida.