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sábado, 12 de mayo de 2012

LA EXPERIENCIA DEL AMOR COMPARTIDO: VI Domingo de Pascua (Juan 15, 9- 17) - Ciclo B



Lo que Dios quiere de los hombres no es que le demos gloria (además, ¿qué es lo que nosotros podemos darle a Dios? ¿Qué es lo que Dios puede necesitar de nosotros?). Lo que Dios quiere es que seamos felices y que nuestra alegría llegue al colmo.

A MAYOR GLORIA DE DIOS
Dar gloria a Dios es la razón de nuestra existencia. Esto nos han dicho durante mucho tiempo. Y es verdad. Lo que pasa es que lo que se nos decía que era dar gloria a Dios (organizar ceremonias muy solemnes, aumentar cada vez más el número de afiliados a las organizaciones religiosas, a las cofradías..., dar mucho prestigio a las instituciones eclesiásticas...) todo eso no es seguro que coincida con la gloria que Dios quiere que se le dé y se le reconozca.
En el evangelio de Juan, la gloria de Dios no es ni más ni menos que el amor de Dios que se ve y se reconoce, el amor leal que se puede experimentar y contemplar en Jesús de Nazaret. Ya desde el principio del evangelio queda claro en qué consiste esta gloria de Dios: «Así que la Palabra se hizo hombre, acampó entre nosotros y hemos contemplado su gloria -la gloria que un hijo único recibe de su padre-: plenitud de amor y lealtad» (Jn 1,14). Y cuando está para consumarse su entrega, al final del largo discurso con el que Jesús se despide de sus discípulos después de la última cena, Jesús hace una oración, dirigida al Padre, que empieza con estas palabras: «Padre, ha llegado la hora: manifiesta la gloria de tu Hijo para que el Hijo manifieste la tuya... Yo he mani-festado tu gloria en la tierra dando remate a la obra que me encargaste realizar» (Jn 17,1.4). Ésta es la gloria de Dios, la gloria que Dios quiere que se le reconozca: su amor sin límite manifestado en el amor sin límite de Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios que entrega su vida por amor a los hombres, para que los hombres aprendan a hacerse hijos de Dios entregando su vida por amor a los hombres.


«MANTENEOS EN MI AMOR»
Igual que el Padre me demostró su amor, os he demostrado yo el mío. Manteneos en ese amor mío. Si cumplís mis mandamientos, os mantendréis en mi amor, como yo vengo cumpliendo los mandamientos de mi Padre y me mantengo en su amor.
La frase inmediatamente anterior al evangelio de este domingo es ésta: «En esto se ha manifestado la gloria de mi Padre, en que hayáis comenzado a producir mucho fruto por haberos hecho discípulos míos» (Jn 15,8). Ésta es la gloria que Dios quiere que le demos: que nos quedemos siempre dentro del ámbito de su amor y que actuemos en consecuencia; que demos fruto, como decíamos el domingo pasado, practicando el amor fraterno y agrandando cada vez más el espacio donde se practica el amor.
Por eso el evangelista repite dos veces más el mandamiento nuevo, el que sustituye a todos los demás mandamientos: «Este es el mandamiento mío: que os améis unos a otros como yo os he amado:» Este es el fruto que Dios quiere. Esta es la gloria que Dios quiere recibir de nosotros.
Si realmente queremos darle gloria a Dios, como Dios quiere que se la demos, no tenemos otro camino que éste: amar a nuestros hermanos con el amor que, a través de Jesús, recibimos del Padre.
Es importante destacar que, al formular este mandamiento, Jesús se olvida de Dios. No nos exige que amemos a Dios, sino que nos dejemos querer por él, que permitamos que su amor fluya a través de nosotros y se comunique a nuestros hermanos; de esta manera, brilla, se manifiesta y puede ser contemplada la gloria de Dios.

EL COLMO DE ALEGRIA
Os dejo dicho esto para que llevéis dentro mi propia alegría y así vuestra alegría llegue a su colmo. Este es el mandamiento mío: que os améis unos a otros igual que yo os he amado.
Pero lo que Dios quiere no es la gloria para sí; el mandamiento de Jesús no está orientado a mayor gloria de Dios. Lo que Dios quiere no es mostrar a los hombres que es infinitamente bueno; esto es algo que se producirá de una manera indirecta. Lo que Dios quiere, lo que Dios busca, lo que Dios pretende -porque él es infinitamente bueno-, es el bien del hombre la felicidad del hombre: «Os dejo dicho esto para que llevéis dentro mi propia alegría y así vuestra alegría llegue a su colmo.» Él sabe que sólo el amor puede dar a los hombres la felicidad y, primero, nos muestra su amor en el amor de Jesús, para después decirnos que sólo en la medida en que seamos capaces de amar al estilo de Jesús, la felicidad podrá ir adueñándose de este mundo en el que hemos dejado que eche raíces tanto odio, tanto egoísmo, tanta violencia, tanto sufrimiento, tanta muerte y, por eso, tanta tristeza.
Si le hacemos caso, por supuesto que en el mundo resplandecerá la gloria de Dios. Pero ese resplandor no será otra cosa que la alegría de los hombres, la profunda felicidad que se encuentra en la gozosa experiencia del amor compartido.