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viernes, 11 de mayo de 2012

VI Domingo de Pascua (Juan 15, 9- 17) - Ciclo B: La tarde que murió el payaso



La historia de Gigi la leí en alguna parte. Yo os la presento como la recuerdo, claro que metiendo mi cuchara.

El circo estaba a rebosar. Cuando los equilibristas andan colgados de los cables allá en las alturas, a todos se nos pone un nudo en la garganta.
Lo que nadie sospechaba era que, el Payaso Gigi, que entretenía a medio mundo, pudiera morirse haciendo payasadas. Cuando se cayó desplomado en la arena del circo nadie pensó en la muerte, ni siquiera su compañero que, seguía tomándole el pelo pensando que se trataba de una más de sus travesuras circenses.
Todos seguían riéndose, menos el médico que, pronto se dio cuenta de la realidad.
Un infarto lo dejo tendido con la última sonrisa en los labios…
Muchos decían: nos están tomando el pelo…
Otros comentaban: ¡qué payaso!
Algunos se decían: ¡qué bien hace el muerto!

Mientras tanto, el Payaso Gigi, estaba muerto de verdad.
El Circo, iluminado de luces, quedó en ese momento como si todos se hubiesen quedado mudos. Nadie quería creer lo que estaban viendo.

Cuentan que al poco rato, Gigi, se presentó tocando las puertas del cielo.
Al primero que encontró fue a San Pedro, quien al verlo, le quiso cerrar las puertas diciendo: oye, te has equivocado de lugar…. Tú nunca has ido a misa…
El Payaso Gigi sonrió y se santiguó…

Apareció de repente un sacerdote que lo conocía y exclamó: ¿Ese…? Ni hizo la primera Comunión. Yo lo conozco muy bien.

Pasó también una monjita muy piadosa y, al verlo, se hizo la señal de la cruz diciendo: “ay Dios mío, ¿un hombre de circo en el cielo? ¡Qué falta de seriedad!

Gigi, ya se estaba cansando de tanto comentario, pero, era payaso y seguía sonriendo a todo el mundo.
De pronto, apareció Jesús por allí y lo vio:
- Hola, Gigi, ¿cómo te va, pasa, pasa?
- Todos se miraron sorprendidos.
- Señor, que este hombre no iba a Misa.
- Ya lo sé. No necesito que me lo digan. Pero Gigi hacía reír a todo el mundo.
- Señor, si no ha hecho ni la Primera Comunión.
- Me lo van a decir a mí. Pero, ¡cómo ha divertido a los niños!
- Señor, si este hombre no sabe ni rezar.
- Ya lo sé. Pero, muchos que sufrían, iban a endulzar sus penas viéndolo hacer payasadas en el Circo.
- Señor, que este hombre ha contado muchos chistes de los curas y monjas.
- Y hasta yo me he divertido al escucharlos.
- Señor, que este hombre no era muy de Iglesia.
- Si lo sabré yo. Pero era de la humanidad entera.
Para él no había ni ricos ni pobres, ni blancos ni negros, ni buenos ni malos.
El se pasó la vida haciendo felices a todos.
Y quien ha consagrado su vida a la felicidad de los demás ¿pensáis que no es de los míos?

- Pasa, Gigi y siéntate. ¿Qué te apetece?
- Oye, Señor, mientras me preparas un traguito, ¿me permites divertir un poco a toda esta gente que la veo tan seria?
Yo estoy acostumbrado a reírme de todos y para todos.
Yo no valgo para estar con gente tan seria.
Mira, Gigi, ya no sé que hacer para convencer a los cristianos de que sean más alegres, de que sonrían.
- Yo no sé quién les ha metido en la cabeza que para ser buenos tienen que estar siempre tristes como el invierno, cuando en realidad yo les dejé un mandato de que “estén alegres, y hasta les dejé mi propia alegría”. Pero parece que no se han enterado de nada.
- Por eso los Payasos me caéis tan bien y me gustáis tanto.
Tenéis vuestros problemas como todo el mundo, pero seguís haciendo feliz a la gente.
Yo sé que muchas veces os llora el corazón, pero vosotros seguís alegrando el corazón de todos.
Por eso me gustáis. ¡Sois formidables y vuestra alegría y buen humor es un testimonio de mi Evangelio!

Clemente Sobrado C. P.