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viernes, 4 de mayo de 2012

Solos nos apagamos


Por Clemente Sobrado cp
V Domingo de Pascua (Jn 15, 1-8) - Ciclo B

De regreso de mis vacaciones, compré en el Aeropuerto de Madrid, un libro de Paulo Coelho “Como el río que fluye”. Debo confesar mi debilidad por sus libros. Así pude entretenerme en un vuelo de más de once horas entre Madrid y Lima. Y en la página 69 me encontré con una de esas historietas que él va captando en el cada día de la vida, y que hoy me viene a la mente al leer este Evangelio de la “vid y los sarmientos”.

Juan era uno de esos clientes de nuestras celebraciones hasta que, un día, aquello le pareció aburrido. El pastor repetía siempre lo mismo. Y decidió dejar de participar. Un día el pastor se fue a visitarlo. Lo primero que se pensó Juan fue: “Este viene a convencerme para que regrese”. Pero el pastor habló de todo menos del regreso. Hasta que los dos no tenían ya nada que decir. Pero, antes de irse, el pastor, con un palito, apartó una brasa del fuego del brasero, que poco a poco comenzó a apagarse. Al rato Juan la regresó al brasero.
El pastor se levantó y decidió irse. “Buenas noches, Juan”.
“Buenas noches, pastor”. Y en esto, Juan hizo una observación. La brasa fuera del brasero, solita en una esquina comenzó a apagarse, y de regreso al brasero empezó a arder de nuevo. La consecuencia fue clara: “El hombre lejos de sus semejantes, por más inteligente que sea, no conseguirá conservar su calor y su llama. Volveré a la Iglesia el próximo domingo”.

A veces los discursos valen poco.
La realidad de la vida suele hablar más alto.
¿No es este también el sentido de la parábola de la vid y del sarmiento?

Los sarmientos, mientras están unidos a la cepa con los demás sarmientos, tiene vida.
Pero si el sarmiento se aburre de estar en el mismo tronco y con los mismos sarmientos, y se separa de ellos, termina también él por secarse.
Y Jesús mismo lo dice: “Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permaneciesen mí. El que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante. El que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca”.

Jesús es el mismo hoy y siempre.
La Iglesia es la misma hoy y siempre.
La Misa es la misma hoy y siempre.
El Evangelio es el mismo hoy y siempre.
Y posiblemente la predicación del cura también sea bien parecida una y otra vez.

Yo tenía un tío, un tipo de los más majo y simpático. Pero había dejado de ir a Misa. ¿Razón? “El cura es un tostón. Yo me sé de memoria lo que va a decir”.
No creo que fuese el único en el pueblo. A parte de que, tampoco le faltaba razón, porque para escucharle había que tener mucha paciencia.

Pero cuando rompemos con Jesús, que es el tronco de la Iglesia, terminamos por secarnos. La vida se nos seca en el alma. Y nos quedamos vacíos y espiritualmente muertos. La savia ya no corre por las venas de nuestra alma.

Y cuando nos alejamos de la Iglesia, y nos quedamos solos con nosotros mismos, también nuestra fe se va debilitando poco a poco. Y posiblemente termine por apagarse.
Socialmente, no podemos vivir aislados de los demás.
Por más que los demás sean unos pesados, los necesitamos.
Familiarmente, no podemos vivir en pequeñas islas, cada uno a su estilo. Quedaría sin el calor humano del amor.
Bautismalmente, estamos llamados a vivir nuestra fe, no en solitario, sino compartiéndola con los demás bautizados.
Eclesialmente, estamos llamados a vivir en comunidad.
Sin la comunidad, nos quedamos solos y sin el apoyo de los demás.
Sin la comunidad, puede que nos sintamos bien, pero terminamos sin tener con quien compartir nuestros sentimientos, nuestras alegrías y nuestras penas.

Jesús no nos ha llamado para vivir como islas. Jesús nos ha llamado a vivir en comunión con él. Pero también a vivir en comunidad, en Iglesia, porque es donde mejor nos podemos encontrar con él. “Donde dos o tres estén reunidos en mi nombre, yo estaré en medio de ellos”.
No podemos vivir sin El.
Tampoco podemos vivir sin los demás.
La vida se apaga cuando no se comparte.
Sólo, termino sintiendo frío y aburrimiento.
Acompañado, tu calor me anima y tu presencia despierta mi espíritu.

Clemente Sobrado C. P.

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