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viernes, 4 de mayo de 2012

V Domingo de Pascua (Jn 15, 1-8) - Ciclo B: Tienen los zapatos excesivamente brillantes


Por Alessandro Pronzato

Hechos 9, 26-31; 1 Juan 3, 18-24; Juan 15, 1-8

Cuando habla el inexperto

Se captaba al vuelo que era un inexperto en la materia. No me refiero, obviamente al análisis de las lecturas, que corría suave como el aceite. En ese campo, la competencia de nuestro párroco es indiscutible. Lo reconoce hasta mi hija que, por los cursos teológicos que frecuenta, se considera enterada.
No, le faltaba la experiencia agrícola, la competencia en asuntos de vides y de poda. Y el domingo, para comentar la página de Juan, hacía falta esa experiencia.
La interpretación de la alegoría de la vid y los sarmientos (ha precisado que no se trataba de una parábola, sino de una alegoría) fue impecable, pero las palabras estaban tomadas de los libros, no de la observación directa de ese mundo.

No he podido por menos de lamentar la ausencia del párroco de mi infancia. El, cuando tenía que ir a visitar a un enfermo en alguna alquería lejana, metía los pies en los zapatones que desde años sólo se limpiaban con el polvo de los senderos del campo. Se paraba a hablar con los labradores, se interesaba por su trabajo, estaba capacitado para dar consejos acertados. El prestigio de que gozaba como cura (no libre, ciertamente, de defectos, como arrebatos de cólera y una ligera tendencia a la avaricia) se completaba con la admiración hacia su bodega.

En la iglesia, la gente lo escuchaba con gusto, porque hablaba de las cosas de Dios con el lenguaje de la tierra. Diría que la tierra se le había pegado a la suela de los zapatos incluso cuando estaba en el altar. Hoy, desgraciadamente, los zapatos de la curas, aunque ya no tengan ama, están muy limpios.

Me hubiera gustado oírlo el domingo explicar la función esencial de la poda, recordar cómo, cuándo, y por qué hay que hacerla. Su sucesor, sin embargo, ha traducido todo en términos de «purificación». El viejo don Emilio, estoy seguro, no habría dudado en hablar, rudamente, de cortes dolorosos, netos, pero necesarios.

El cura de hoy, que no tiene bodega, hablaba de la necesidad de «ramonear». Y me daba la impresión de que se ponía los guantes para no mancharse las manos y para no hacer mucho daño a los sarmientos delicados (esto es, nosotros).

El párroco agricultor, al contrario, daba la impresión de tener en la mano la podadera e incluso la hoz. Y tengo motivo para pensar que a la gente le gustaba verlo empuñar, también en la iglesia, aquellos utensilios tan poco tranquilizadores.

Hoy, no sé. Muchos de nosotros nos quejamos por un pequeño rasguño que se ha producido en nuestra piel sensible y pretendemos del cura emplastos confortables.


Sin El nos hacemos la ilusión de que logramos hacer casi todo

En cuanto al dar fruto, incluso «mucho fruto», el párroco actual ha especificado que, según el pensamiento de Juan, se trata de frutos de caridad, de amor, de bondad. Por tanto, más que de frutos para gustar, se trata de frutos para que los gusten los demás. Una precisión muy oportuna.

Ha subrayado también el hecho de que la frase «sin mí no podéis hacer nada» es una de las afirmaciones más «radicales» y «categóricas» de todo el evangelio.

Y yo no he podido por menos de pensar que muchos hombres de Iglesia dan a entender que pueden hacer todo, o casi todo, incluso sin El. Los ves correr, trabajar incansablemente, ser omnipresentes, siempre afanosos y jadeantes. Parecen una parodia de aquella frase. Más o menos así: «sin nosotros el Señor no logra hacer nada». O sea, ¡ay! si ellos no estuvieran... se pondrían las cosas mal para el Padre eterno.

Se te aparecen en las pantallas televisivas, en todos lo canales; los oyes en la radio; encuentras sus rostros en los periódicos y revistas; lanzan siempre iniciativas nuevas; programan continuamente obras colosales.

Me gustaría poderlos imaginar, al menos alguna vez, de rodillas en una iglesia desierta, inmersos en la oración, desprovistos de agenda y de reloj. Y capaces de reírse de sí mismos. Pero la operación me resulta muy difícil, por no decir imposible, por mucha fantasía que se eche al asunto.

Un cura exageradamente activo me da la impresión de que no se fía de Dios, que cree que todo depende de él. Pero debería dar a entender que todo depende del Señor, y él se limita a no estorbar demasiado, a no obstaculizar la acción del Espíritu.

Espero a un cura, moderadamente dinámico, que confiese: «No soy bueno para nada, sólo valgo para rezar...».

Pero quizás estos pensamientos míos están pasados de moda o «en desuso», como diría nuestro curita coadjutor, que a veces da la impresión de ser un Padre eterno en miniatura.


Amor, una palabra que hay que esconder

Me quedaban aún dos observaciones por desarrollar. Los Hechos de los apóstoles cuentan que los discípulos de la Iglesia de Jerusalén nutrían una cierta desconfianza respecto a Pablo. Dicho de una manera brutal: no se fiaban mucho de él, no estaban convencidos del todo de que se hubiera convertido de verdad. Hacía falta un periodo de prueba, y después exámenes rigurosos, para asegurarse de que no se trataba de humo de pajas, o de un engaño. El pasado del perseguidor tenía más peso, en el juicio, que el hoy puesto bajo el signo de la gracia de Dios, que se divierte realizando transformaciones prodigiosas, consideradas imposibles por los aficionados a las previsiones en el horizonte eclesiástico.

En la situación actual, al menos para algunos convertidos, las posiciones parecen estar puestas al revés. Ellos son los que no se fían de sus hermanos de fe, y se erigen inmediatamente en jueces y maestros. Para no hablar de ciertos adscritos a grupos elitistas, que tienden a calificar a los otros como cristianos de segunda categoría.

Tengo que admitir que personalmente no tengo estos problemas: no me considero ni de primera ni de tercera categoría, porque aún estoy intentando hacerme cristiano, y no sé si alguna vez llegaré a serlo de una manera decente.

Finalmente la recomendación de Juan: «Hijos míos, no hablemos de palabra ni de boca, sino con obras y según la verdad».

La palabra amor está maltratada, abusada, deteriorada hasta hacerse irreconocible, cacareada hasta levantar sospechas legítimas sobre sí misma. También ciertos cánticos, que se oyen (estaba por decir que nos hieren) en la iglesia, chorrean amor por todas sus notas y terminan por fastidiar, además porque se advierten notables desafinaciones en relación, no a la partitura musical, sino a la de la práctica.

Nuestro párroco ha declarado que amor es una palabra que hay que redescubrir. Pero yo pienso que es una palabra que hay que recubrir, por un sentido elemental de pudor. Soy del parecer que esa palabra estaría bien escondida bajo tierra, al menos por un tiempo. Deberían ser los hechos concretos, en número considerable, los que nos podrían llevar a su... exhumación.

Sería hermoso ojear un diccionario, ir a buscar la palabra «amor», y leer allí: véase la palabra «hechos».

Amor: cuestión de boca cerrada y de manos laboriosas. «Habiendo amado a los suyos... hasta el extremo», Jesús se lo dijo con un recipiente lleno de agua y una toalla.

Y, después de haber lavado los pies (no avisados previamente los sujetos) de los amigos, si he leído bien el evangelio de Juan (cap. 12), no ha preguntado:

«¿Habéis entendido lo que os he dicho?».

Sino que ha afirmado:

«¿Habéis entendido lo que he hecho?».

El coro, dirigido por el curita, que también sabe música, hoy cantaba «Donde hay caridad y amor, allí está Dios», en una versión ligeramente moderna. Sin embargo, en una versión ligeramente puesta al día, ese canto proclama que Dios está presente allí donde «se dice o se canta caridad, amor»...