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miércoles, 9 de mayo de 2012

UN DESAFÍO APASIONANTE



Después del Holocausto, hubo que replantear muchos asuntos de fe y pensamiento. Esto es lo que han intentado hacer pensadores y teólogos. Se dieron cuenta que había que traducir a nuestro lenguaje y a nuestro tiempo aquello que marcó la fe de antaño. La tarea era difícil, pero urgente. Si no, la fe se quedaría obsoleta y no diría nada al hombre moderno. Esto es ciertamente un desafío apasionante.

¿Pero es que nuestros nuevos paradigmas explican realmente a Dios y al hombre? No es cuestión de sustituir unos dogmas por otros. Si solo se hace una propuesta para la reflexión, no hay problema. Pero cuando se afirma con rotundidad, entonces me parece que lo que ocurre es lo mismo, o sea enfrentamos unos dogmas contra otros. Y en el fondo, Dios deja de ser misterio, ya que lo definimos con una claridad, que a mí me deja perplejo.

Por muchos años fui profesor de Dogmática. Con el tiempo me pregunté: ¿Y todo esto cómo lo saben? Me entrevisté con eruditos y maestros, y cada vez me iba desilusionando más. Pues se enseñaba con una seguridad cosas que no eran más que ideas humanas, unas mejor elaboradas que otras. Cuando alguien dice ‘Dios es...’, me pongo a temblar. Prefiero decir: para mí, Dios representa...

Abandoné mi cargo de profesor de Dogmática, y hasta de director de un Instituto teológico. Y emprendí un camino tras las huellas del Campesino Galileo, que éste sí, me asombra cada día más. Llama la atención cómo Jesús brilla por sí mismo, no importa el paradigma cultural en el que uno esté. Siempre es el referente, el criterio central de toda experiencia de fe.

Cada vez sé menos pero vivo más. Y pasé de la angustia de explicarlo todo a la alegría de amar a otras personas. Pasé del esfuerzo de interpretación, al reposo de la Compasión.

Creo en una Teología de la Acción, en la Teopraxis. Y además con sencillez. No me atraen los grandes vuelos metafísicos, me conformo con andar por caminos terrenales, pero eso sí, con un sentido, que encuentro en la persona de Jesús de Nazaret.

La oración, se vuelve una meditación, un entrar en la profundidad del Vivir. Una reorientación del propio espíritu según los valores de Jesús. No me va la oración en el "vacío", confieso que soy algo escéptico en esas cosas. Prefiero tener los pies en el suelo. No afirmo que quien practique ese tipo de oración no los tiene. Quiero decir que para mi la meditación es una reflexión. Un interrogarme a la luz de los valores de Jesús. Y en base a ese dialogo interno, tomo decisiones. Pero no salgo de mi estado normal de pensamiento.

Y en ese camino, como un ignorante, me fui dando cuenta de que en la Vida, la que vivía en ese momento, iba encontrando una Realidad que me superaba. Sin necesidad de definirla, era una vida centrada en la Misericordia. Quizá Dios sea esa Vida que se manifiesta siempre que nos tratamos con los valores de Jesús. Impresiona pensar que cuando las personas se aman, se compadecen, se liberan de tantas esclavitudes, cuando todo esto lo realizamos juntos, en solidaridad, "lo divino acontece entre nosotros", tiene un sabor a... Jesús.

Todo ello nos lleva a identificar lo divino con la Compasión, el Amor, la Justicia, la Liberad y la Verdad. Y no podemos olvidar que en todo ser humano se encuentra ese misterio, esa Vida, esa fuerza. Jesús nos enseña a vivirla en plenitud, en una vida entregada a los demás. De esta manera el Maestro vuelve a ser re-suscitado en nuestro mundo.

Quizás podamos entender "la salvación" de esa manera, como la plenitud del ser humano. Podríamos decir que es encarnar en nuestras vidas el amor, como lo hizo Jesús de Nazaret. Por eso el evangelio es liberador. Nos lleva a la Vida verdadera.

Una iglesia debería ser por lo tanto un lugar de encuentro, de compartir, con libertad. Un lugar donde discernir la Voz de Jesús. Un lugar de compasión, solidaridad y búsqueda de lo verdadero. Además un lugar de auténtica amistad, de lealtad, de fiabilidad. Un signo de que otra humanidad es posible.

Me resumo. No me entusiasman los teísmos ni los panteísmos. Me da la sensación que afirman demasiado, que dicen saber, pero en el fondo tampoco escapan a las limitaciones humanas. Quizás el camino de la primera de Juan es más viable. "El que ama a su hermano, ama a Dios". Es decir cuando amo al hermano, Dios acontece. Quizás lo que necesitamos es una fe cada vez más sencilla, que se abra al asombro de la Vida. Una confianza que es consciente de esa Vida Profunda que nos llama al amor, de esa misteriosa Voz que nos interpela ante el dolor ajeno, sin la necesidad de tener que darle un nombre.