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miércoles, 9 de mayo de 2012

Una Visión Sencilla de la Comunión de los Santos


Por Ron Rolheiser (Traducción Carmelo Astiz)
Publicado por Ciudad Redonda

En su autobiografía, el famoso novelista griego Nikos Kazantzakis nos cuenta la historia oculta detrás de su famoso libro “Zorba el Griego”. Zorba es parte ficción y parte historia.
Después de intentar infructuosamente escribir un libro sobre Nietzsche, Kazantzakis experimentó una cierta crisis nerviosa y, para convalecer, regresó a su Creta natal. Mientras estuvo allí encontró a un hombre de una energía y una vitalidad increíbles. El protagonista de la novela, Zorba, se basa en la vida de este hombre; nunca, antes en su vida, había impactado tanto a Kazantzakis la vida y energía de otro ser humano. Pero la mortalidad no hace concesiones por eso. Zorba finalmente murió y su muerte decepcionó profundamente a Kazantzakis: ¿Cómo puede morir simplemente una vitalidad tan excepcional? ¿Y qué le pasa a esa vitalidad, desaparece simplemente como si nunca hubiera existido? ¿Al morir, qué ocurre con todo el colorido, la energía, la vida, el amor y el humor que ha personificado un ser humano?
Kazantzakis escribió “Zorba el Griego”, como un intento de dar alguna inmortalidad a la maravillosa energía personificada por un hombre excepcional. Zorba no puede quedar muerto. La personalidad de Zorba dio material para un gran libro y para una excelente película, pero, ¿es eso realmente lo que conduce a la inmortalidad? ¿El recordar simplemente a alguien, o el celebrar públicamente su vida, le hace re-vivir? Y cuando alguien muere, ¿qué le pasa a aquella energía muy singular y maravillosa, a la vitalidad, al amor, al colorido y al humor que la persona encarnó durante su vida?
Hace unos días me tocó participar en un velatorio por una mujer con quien yo nunca me había encontrado. Al servicio de oración formal le siguió una media docena de discursos elogiosos pronunciados por sus familiares. Fueron maravillosos, cálidos, ocurrentes, llenos de color y rebosantes de buen humor. Mientras se contaban estas historias ella revivió de nuevo para todos los que estaban en el velatorio. Todos sonreímos y hasta reímos, y la tristeza de su partida quedó eclipsada por el momento (y en parte por siempre) mientras el colorido y la vitalidad de su vida volvían a estar vivos para nosotros. Y no estábamos simplemente recordándola. Estábamos recordándonos unos a otros que ella todavía estaba con nosotros.
Ocurre lo mismo con todos los que mueren. Permanecen con nosotros más que en el recuerdo. Y lo que permanece no es precisamente algún espíritu suyo purificado, lavado y limpio en la muerte. Su colorido único también permanece: Ahora pienso, por ejemplo, en mi familia. Hemos tenido que llorar la pérdida de un buen número de nuestros miembros, pero nos sentimos nutridos no sólo por el regalo que la vida y la virtud de cada persona supusieron para nosotros; nos sentimos todavía alimentados por el colorido único e irrepetible que cada uno de ellos personificaba. Ellos están aún con nosotros, como lo está su colorido, su idiosincrasia peculiar.
Abundan leyendas de nuestra familia sobre aquellos que hemos perdido: historias sobre mi papá con respecto a su forma única de combinar la Oración de la Serenidad con la ley de Murphy en una expresión exasperada: “¡Ahora mismo!”; sobre la incapacidad de mi madre de encontrar un lugar para comenzar una historia sin tener primero que retroceder al Génesis – “Al principio…”; sobre la pasión de mi difunta hermana por el chocolate y su pasión concomitante para desinflar lo grandilocuente y presuntuoso; sobre la proclividad de mi hermano difunto de sermonear a todo el planeta sobre justicia social; sobre la gran afición de mi cuñado difunto a cocinar salchichas y a preguntar sobre la condición estética de tus tirantes; y el recuerdo sobre el hábito de un tío mío difunto de encender un cigarrillo y mostrar una chispa pícara en sus ojos como preludio para contar una historia totalmente horrorosa. La lista podría continuar sin fin, porque la historia del colorido en las vidas de nuestros seres queridos difuntos realmente continúa para siempre.
Entonces, ¿qué les pasa, en la muerte, a esa energía, vitalidad, colorido y humor, tan únicos e irrepetibles, que una persona ha encarnado en su vida? El famoso filósofo y matemático Alfred North Whitehead indica que todo eso queda inmortalizado en la “naturaleza consiguiente” de Dios. El jesuita teólogo y antropólogo, Pierre Teilhard de Chardin, nos asegura que nada se perderá y que todo, de alguna manera, quedará preservado para siempre, hasta las vidas de nuestros animales domésticos. Nuestra doctrina cristiana nos dice que nuestros seres queridos viven todavía y que un día nos encontraremos de nuevo cara a cara con ellos.
Yo no dudo de la verdad de estas afirmaciones, pero pueden parecer bastante abstractas cuando nuestros corazones están tristes y afligidos, al recordar a un ser querido difunto. Tenerlos vivos en nuestra memoria no es una forma suficiente de inmortalidad, y estando vivos en la memoria de Dios puede parecer demasiado abstracto para causar suficiente consuelo. Yo no dudo de que nuestros seres queridos vivan en la “naturaleza consecuente” de Dios o de que estén vivos dentro de la comunión de los santos; pero yo creo algo más, basado en cómo nuestros recuerdos de su colorido único –de su idiosincrasia– nos afectan y nos nutren aquí, en el más acá.
Creo que lo que ellos personificaron de modo tan maravilloso y singular aquí en la tierra continúa todavía y sigue perviviendo en el más allá. Tengo la sospecha de que en el cielo hay más que nubes blancas, harpas suaves y ángeles flotando en el espacio; y que en el cielo abunda el ingenio, el colorido, el humor y hasta “historias totalmente horrorosas”, porque siempre que recordamos estas cosas de nuestros seres queridos difuntos su memoria se vuelve cordial y crea lazos de amor.