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sábado, 9 de junio de 2012

Comentario al Evangelio del Domingo 10 de Junio del 2012


Por José María Vegas, cmf

Cuerpo entregado, sangre derramada

Si la solemnidad de la Santísima Trinidad habla de un Dios cercano que viene al encuentro, la del Cuerpo y la Sangre de Cristo viene a confirmar y realizar del todo esa cercanía y ese encuentro. La cercanía de Dios se ha hecho visible y se ha puesto a nuestro alcance en la carne de Cristo.
Por medio de Jesucristo Dios y el hombre se han encontrado y reconciliado para siempre. La encarnación del Verbo de Dios en la humanidad de Jesús de Nazaret hay que entenderla desde la categoría de la mediación presente ya en el Antiguo Testamento. El Dios transcendente y absolutamente inaccesible para el hombre toma la iniciativa y se acerca al hombre a través de mediaciones que permiten reconocerlo y entrar en contacto vivo con Él sin perecer. Por un lado están los mediadores entre Dios y el pueblo: Abraham, Isaac, Jacob, Moisés, los profetas, reyes y sacerdotes… Pero éstos son servidores de la gran mediación que hace de Israel el Pueblo de Dios, y a Yahvé el Dios de Israel: la alianza. Por eso, de entre todos los mediadores del Antiguo Testamento, destaca Moisés, por medio del que Dios establece con el pueblo un pacto sellado con la sangre de víctimas inmoladas. La sangre que sella la alianza habla de la extrema seriedad de este vínculo, por el que Dios se compromete con su pueblo, y el pueblo con Dios. La sangre era para los judíos la sede de la vida. Sellar un pacto con sangre significa que a los firmantes les va la vida en ello. Y aunque el pacto implica una cierta igualdad entre las partes (siquiera la de la libertad para aceptar sus clausulas y asumir responsabilidades), aquí existe un claro desequilibrio a favor de Dios: es Él quien toma la iniciativa, el que salva y da la vida y, sobre todo, el que permanece fiel. Israel, por su parte, se compromete a vivir de manera conforme a la voluntad de Dios, que no es una voluntad despótica, sino de liberación y de vida. Por eso, el pueblo proclama solemnemente “haremos todo lo que manda el Señor y lo obedeceremos”. Aunque después la historia muestra que se va a apartar una y otra vez de esta alianza que le garantiza la identidad como pueblo, la salvación.
Los pactos que no se cumplen acaban cayendo en desuso. Pero no por eso Dios va a abandonar a su pueblo a su propia suerte. De hecho, el mismo pueblo elegido es un pueblo sacerdotal, mediador entre Dios y los hombres: al mirar y elegir a su pueblo, Dios tiene la vista puesta en la humanidad entera. Por eso, el Dios fiel que cumple sus promesas no destruye la alianza, sino que la renueva en una mediación definitiva. Dios supera la infidelidad con la fidelidad, el alejamiento voluntario de su pueblo con el acercamiento definitivo y máximo, que ya no es sólo mediación (que une y separa) sino presencia inmediata: la humanidad de Cristo. En ella se hace realidad lo que en la antigua alianza tenía un sentido simbólico, como la sangre de los animales sacrificados. El autor de la carta a los Hebreos insiste con fuerza en este “máximo” de presencia que no puede ser ya ni superada ni abolida: Cristo, sacerdote de los bienes definitivos, tabernáculo perfecto no hecho por manos humanas, que nos purifica con su propia sangre, mediador de una alianza nueva que nos redime y nos purifica, para que podamos recibir la herencia y la liberación eternas.
Vemos aquí cómo el misterio de la encarnación del Verbo está íntimamente ligado al de su muerte y resurrección. Y es que al hacerse máximamente cercano en la humanidad de Cristo, Dios se hace también máximamente vulnerable. La cercanía, con todas las ventajas que puede tener, conlleva siempre un riesgo. Al hacerse accesible al hombre, por compartir nuestra propia condición humana, Dios nos permite que lo toquemos, pero se expone a que lo golpeemos, hiramos y demos muerte. Pero también aquí Dios sigue teniendo la iniciativa: su muerte no es un accidente que se podía haber evitado. La carne humana está herida por la semilla de la mortalidad. Y Jesús ha asumido voluntariamente esta carne con todas sus consecuencias. Por eso, su muerte en la cruz es también una elección: la de entregar su vida por amor y hasta el extremo. Así Dios sella con la sangre de Cristo una alianza definitiva que es más fuerte que la misma muerte y que el pecado que conduce a ella. Esta fuerza, que se manifiesta en la debilidad de su carne, es lo que resplandece en la resurrección de Jesucristo.
Sólo desde la perspectiva de la muerte y resurrección de Cristo es posible comprender el misterio de la Eucaristía que celebramos hoy. El pan y el vino, elementos de la vida cotidiana, prolongan y multiplican la cercanía corporal de Cristo. Pero eso no es todo. Podemos tener la tentación de percibir en esta presencia sólo el milagro admirable e incomprensible de que un trozo de pan y un poco de vino se conviertan en el cuerpo y la sangre de Cristo. Si atendemos sólo o sobre todo al aspecto físico o metafísico de esta “conversión”, podemos estar reduciendo el misterio del amor de Dios a un enigma filosófico o teológico. La plena compresión (en fe) del misterio eucarístico exige que no olvidemos que se trata de un pan que se parte, de un vino que se entrega, precisamente durante la cena pascual judía, que no era sino un anticipo de la verdadera Pascua del Cordero de Dios en el altar de la Cruz. El pan partido significa el cuerpo ofrecido en sacrificio, y el vino entregado es la anticipación de la sangre derramada.
La participación en la Eucaristía es la oportunidad que tenemos de entrar en contacto con el Dios encarnado, cercano y vulnerable que se entrega por amor y sella con nosotros una alianza más fuerte que la muerte. No se trata, pues, de “ir a misa”, de “cumplir” con una obligación, sino de dejar que Dios venga a nosotros y entre en nuestra vida, que en Jesús se nos haga cercano con su cuerpo entregado y su sangre derramada, y nos haga el don de su presencia. Como los judíos ante Moisés decían “haremos todo lo que manda el Señor”, nosotros ante el pan y el vino hechos cuerpo y sangre de Cristo exclamamos: “anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ven señor Jesús”. No lo la hacemos como espectadores, sino como participantes en el misterio pascual (por eso comemos y bebemos), que hacen suya la carne del que tomó la nuestra para entregarla. Por esta participación nos “cristificamos”, es decir, nos hacemos mediadores de esta alianza nueva entre Dios y los hombres, testigos de este amor que se entrega hasta la muerte. Jesús es aquel que “hace todo lo que manda el Señor” (“he aquí que vengo a hacer tu voluntad”, Hb 10, 7). Unidos a Él, especialmente por medio de la Eucaristía, también nosotros podemos “hacer su voluntad, en la tierra, como en el cielo”. Podemos hacer que baje el cielo a la tierra, que el mundo vaya haciéndose un lugar habitable para Dios, nuestro Padre, porque nosotros, en comunión con Cristo, aprendemos a vivir como hermanos.