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domingo, 10 de junio de 2012

Contemplaciones del Evangelio: La Eucaristía, renovación del sacrificio de la Cruz


Esta imagen de Cristo en Cruz con la custodia adelante, en la que la hostia trasparenta el Corazón herido por la lanza, es una imagen que invita a entrar en el misterio del Corpus Christi, en el misterio de la Eucaristía.
Invita a entrar, esa es la palabra. A entrar en comunión, a profundizar en el sacrificio de Jesús que nos valió un pan tan sabroso. Lo que comulgamos es el Cuerpo entregado del Señor, lo que bebemos es su Sangre derramada por muchos. Comulgamos con el Señor crucificado y resucitado.

Nosotros conservamos más vívido un aspecto de los sacrificios antiguos que se llamaba “shelamín” y que consistía en una “ofrenda de paz”. La víctima no se quemaba íntegra sino que se dividía en tres partes. Una se quemaba para Dios (la grasa y la sangre) y las otras dos eran para el sacerdote y para el oferente, que hacía una comida santa. La misa y la comunión conservan esta característica de comida familiar, de mesa fraterna, en la que se comparte el pan y el vino con alegría y dialogando en paz.

Pero es bueno recordar que fue Jesús el que convirtió en una mesa fraterna su sacrificio cruento en la Cruz.
El sacrificio de ofrendas pacíficas es posible porque el Señor ofreció su propia vida como sacrificio de holocausto y de expiación.
El holocausto consistía en quemar íntegramente la víctima (salvo la piel y el músculo de la cadera) para que el humo subiera al cielo en señal de “sumisión total del hombre a Dios” y de “acción de gracias”.
También podía tener el otro carácter de los sacrificios: el expiatorio. El sacrificio expiatorio se hacía para perdonar el pecado (hattat) y para reparar, si la falta exigía restitución (asham).

Todo esto está presente en el sacrificio que Jesús “ofrece” en la Cruz (Yo doy mi vida, nadie me la quita): la ofrenda de Jesús –en la Cruz y en el Altar- es a la vez holocausto, ofrenda expiatoria de los pecados y ofrenda de comunión pacífica.

Hacemos algunas reflexiones para bajar esta doctrina santa a nuestra vida.
Pensemos primero en el carácter familiar, pacífico, de la Eucaristía. La misa se realiza a puertas abiertas, todos estamos invitados… Si hay restricciones apelan a la conciencia de cada uno ya que nadie “controla” quién entra o quién se acerca a comulgar…
Sin el sacrificio redentor de Cristo, en el que perdonó a todos, incluidos sus enemigos, y pagó todas las deudas, no podría existir una mesa de ofrendas pacíficas en la que pudiéramos estar todos sentados.
La mesa por sí misma es “exclusiva”. No entran todos. La familia, cuando invita a sus amigos, no puede usar la mesa íntima y tiene que poner otras. Y en la época del Señor, los banquetes eran bien exclusivos socialmente. De allí el escándalo de que el Señor comiera con publicanos y pecadores y de que permitiera que la pecadora le lavara los pies. Fue el Señor el que transformó una costumbre de por sí excluyente en la más inclusiva.
Por eso, cuando comulgamos con el Cuerpo y la Sangre de Cristo, tenemos que “saber lo que vamos a recibir”, como dice el catecismo. Recibimos a Aquel que con su sacrificio en la Cruz, nos preparó un lugar a todos en torno a su mesa: ¡Felices los invitados a la mesa del Señor! Y al comulgar con el Cuerpo de Cristo entregado por nosotros y con su sangre derramada para el perdón de los pecados, estamos comulgando con todos los hombres: para entregarnos a ellos y para perdonar los pecados así como nosotros somos perdonados.

Pensaba también que nosotros hemos perdido casi totalmente el otro sentido de Sacrificio: el de acción de gracias de una creatura que se siente sumisa enteramente a Dios y el de necesidad de expiar los pecados y reparar las faltas.

Sacrificio tiene una connotación negativa dentro de lo religioso (curiosamente conserva su sentido positivo cuando se habla de deportes o de economía: uno se sacrifica gustosamente para lograr algo valioso). Con Dios, quizás por las exageraciones de otra época, lo del sacrificio suena mal: como que con Dios todo tiene que ser gratuito. Y la imagen de la Iglesia, cuando habla de “hacer algún sacrificio” o “impone alguna penitencia”, se viven como arbitraria. Es como que pone trabas burocráticas al acercamiento libre a Dios.

La reflexión que hago es que la conquista de este “derecho absoluto” que muchos reivindican hay que agradecérselo al fundador de la Iglesia, a Jesús. Paradójicamente, el derecho a criticar –relativizándolas- todas las normas que da la Iglesia, viene de una confianza (inconsciente en muchos) de que Jesús ya pagó todo y de ahí en más todo es pura gracia y gratuidad.
Vemos cómo en los paganos y en muchos “agnósticos” o confesos ateos actuales, la inseguridad de estar redimidos los lleva a distintos tipos y ritos de justificación y de expiación.
El ataque permanente a algún enemigo –que se convierte en una especie de ritual mañanero en radios y periódicos- es una forma de sustitución de los ritos expiatorios: lavo mis culpas y justifico mis faltas mostrando que las del otro son (o serían) peores.
El mismo lenguaje es “sacrificial y holocaustico”: incinerar al otro, escracharlo, quemarlo públicamente, aniquilarlo. La necesidad de encontrar chivos expiatorios para cada cosa, nace de sentir que la vida es insoportable si “nadie paga”. Por eso asistimos cada día a la liturgia política de “sacrificar” a otros conciudadanos para poder vivir.
El que no acepta el sacrificio de Cristo por todos cae, a la larga o a la corta, en la realización de sus propios “sacrificios”, en los que suele sacrificar a otros usándolos como chivos expiatorios. Y si no es una persona con ambiciones de poder, vuelve a las religiones paganas, con sus purificaciones gimnásticas y ritos de autoayuda, que tienen su bondad y es de esperar que a la larga lo lleven a desear las cosas del Señor, que son verdaderamente pan de vida para todos porque perdonan a todos y convocan a todos.
En la fiesta del Corpus Christi le pedimos al Espíritu Santo el deseo del Bien verdadero, el hambre del Pan de Vida, en el que se nos perdonan los pecados y recibimos el alimento común que nos hace ser un solo pueblo de Dios, abierto a todos los hombres, nuestros hermanos.

Diego Fares sj