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domingo, 10 de junio de 2012

Solemnidad del Corpus Christi: ¿Sopa con colador?


Se supone que si encontramos a alguien que quiere tomar sopa con un colador pensaremos que no está muy bien de la cabeza. Es más, si se empeña en continuar y nos da razones de las ventajas que tiene el colador frente a la cuchara, quizá le pongamos el termómetro y llamemos al 112 pensando que esta pérdida de cordura se debe a un golpe de calor o a leerse de una sentada el libro de instrucciones del teléfono móvil. Podemos preguntarnos, con razón, qué tiene que ver esto con la eucaristía o con la fiesta del Corpus. La respuesta no es complicada de obtener. Antes las iglesias se abarrotaban para la celebración de la eucaristía. Unos acudían por voluntad propia y otros bajo amenaza de no sé cuantas condenas. Pero poco a poco fueron apareciendo los agujeros en una cuchara con demasiados parches doctrinales no siempre acordes con una interpretación bíblica honrada. De esta manera las iglesias se han ido vaciando.

Como le gustaba decir al teólogo Jesús Burgaleta, la eucaristía es un grito de justicia, fraternidad y acción profética contra una sociedad que no comparte el pan y la vida, sino al contrario, que se come al otro. La Eucaristía no es para recibir, sino para dar, compartirse, darse. “La eucaristía es una bomba, pero le hemos quitado la espoleta y no explota evangelizadoramente, no atrae, quizá porque hemos sedado esa fuerza a base de rúbricas” decía.

No olvidemos que la forma que tuvo Jesús de despedirse de sus compañeros, como nos relata el evangelio de hoy, fue una comida fraterna no una conferencia, un mitin, un fervorín piadoso o una exposición solemne. Nosotros celebramos, o deberíamos celebrar, la eucaristía, como ese banquete de comunión donde Dios está en comunión con nosotros, nosotros con Dios y, sobre todo, nosotros entre nosotros. Parece que nos cuesta caer en la cuenta de que es el sacramento no de las rúbricas, las normas y los protocolos, sino del compartir cuanto somos y tenemos; la mesa fraterna de nuestros deseos, aspiraciones, angustias y dudas, donde no se va a que nos den nada, ni a obtener nada, si no a darlo todo, a compartirlo todo. Sólo compartiendo con sinceridad nuestras vidas podremos decir que comulgamos aquello que nos une. Sin comunión, sin compartir habrá ritual, habrá teatro con buenos disfraces, con guiones que no se entienden del todo, pero no habrá eucaristía.

Comer su carne no es sino identificarse con Jesús en su etapa histórica, llevando una vida como la suya preocupada por llevar a todos un mensaje de libertad y esperanza, de dignidad, que antepone la persona a la ley. Beber la sangre simboliza la entrega amorosa hasta el fin. sin ceder ante la prueba o la amenaza.

Con lo cual, comulgar no es lo mismo que tragarse a Jesús. Comulgar no es aplacar un cargo de conciencia; no es una actividad más del fin de semana. Comulgar puede convertirse en la pesada digestión de un menú de boda con úlcera de estómago pues implica, como he dicho más arriba, intentar llevar la misma vida que Jesús llevó y eso no es precisamente algo sencillo, fácil y digerible a la primera.

A partir de la eucaristía, nuestra vida tiene que abrirse a un mundo que nos llama y nos grita, para que nos impliquemos con aquellos que nos necesitan, con sus esfuerzos y con sus dudas. En este día de Caridad, tenemos que tener claro que la raíz de la vida está en que nos sepamos parte del horizonte de los otros. Tenemos que ser capaces de compartir el pan nuestro de cada día, que pedimos en el padrenuestro, para que nadie debería pasase hambre mientras nosotros tengamos pan en el bolsillo. La eucaristía no es más que fuente de caridad y solidaridad. Sino es así, mejor no acudir pues nuestra religión se habrá convertido en mero ritualismo y cumplimiento egoísta, seguiremos comiendo la sopa con colador y creeremos estar en lo cierto, que los equivocados son los otros y que nuestra cuchara es la única que vale, aunque no comamos nada porque todo se pierde por el camino. La sopa de la vida necesita nuevos cubiertos si queremos comer de ella ¿Cómo es nuestra cuchara?

Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto. Colegio San Agustín (Valladolid, España)