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domingo, 24 de junio de 2012

Domingo 12 B – Tiempo Ordinario: “¿Por qué sois tan cobardes?”


Quisiera comenzar esta reflexión con dos citas. Las dos fundamentales para nuestras vidas y que pudieran ser también la traducción del Evangelio de hoy.

No siempre la navegación por la vida se hace por mares mansos y tranquilos. Ni siquiera el Océano Pacífico es tan pacífico como dice su nombre.
La navegación de la barca de la Iglesia hace su recorrido por las aguas mansas de la vida. Con frecuencia encuentra borrascas y huracanes que la zarandean y que para muchos parecieran momentos en los que todo se hunde.
Tampoco la navegación de cada uno de nosotros deja de tener muchos momentos de miedo y que hacen fracasar: muchas vidas, muchos ideales, muchas esperanzas, muchas ilusiones.

Por eso quiero citar aquí lo que Julián Marías escribe en sus memorias. Y lo hace después precisamente de su boda, que es en embarcase hacia el futuro:
“Siempre he creído que la vida no vale la pena más que cuando se la pone a una sola carta, sin restricciones, sin reservas: son innumerables las personas, muy especialmente en nuestro tiempo, que no lo hacen por miedo a la vida, que no se atreven a ser felices porque temen a lo irrevocable, porque saben que si lo hacen, se exponen a la vez a ser infelices”.

La otra cita, la copio de Gabriel Marcel, que decía que en nuestro tiempo “el deseo primordial de millones de hombres no es ya la dicha, sino la seguridad”.

Los discípulos se sienten solos en la noche y sienten que la navecilla en la que tratan de pasar a la otra orilla, está sacudida por un fuerte huracán “y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua”.
Y precisamente entonces que gritan: “Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?” Jesús amaina el Lago, pero a ellos les recrimina: “¿Por qué sois tan cobardes?”

Todos quisiéramos navegar por lo fácil.
Personalmente me dan miedo esos deportes de riesgo, tan comunes aquí en el Perú, como bajar los ríos en pequeñas canoas, por torrenteras y entre rocas y cascadas. Yo no sería capaz. Pero admiro a esos jóvenes a quienes les encanta el riesgo.

Nuestro peligro, y el peligro de la Iglesia suele ser buscar siempre, como dice G. Marcel “la seguridad”.
La seguridad del camino que pisamos.
La seguridad del repetir lo de siempre.
La seguridad de no aventurarnos a ser creativos.
La seguridad de evitar el riesgo.
Esa que llamamos “Seguridad Social” como una manera de “asegurar nuestra vejez” pareciera que nos mentalizado a todos.
Y todos preferimos jugar a varias cartas en la vida. Si nos falla una, siempre nos queda la otra a que agarrarnos, “nuestro “comodín” como en el juego.
Todos preferimos lo fácil, porque lo difícil puede hacernos fracasar.

En la Iglesia nos han convencido de muchas devociones que son como un apostar por la seguridad.
Los Nueve Primeros Viernes nos dan la seguridad de la salvación.
Tales Novenas nos dan la seguridad de que Dios nos salvará. O esas Cadenas que circulan por todas partes y que, personalmente envío al tacho.
Una espiritualidad, que tiene mucho de bueno, pero que nos ha evitado el riesgo.
Por eso somos tan poco creativos. Y somos como esos CDs que cada día podemos escuchar y repetir hasta la saciedad, escuchando siempre la misma música.
José Luis Martín Descalzo llama a esas seguridades:
“la carcoma del miedo a lo irrevocable”
“la tendencia a lo provisional”
“a lo que nos compromete, “pero no del todo”,
“a lo que nos obliga “pero solo en tanto cuanto”
“Es que el hombre que pone en el primer término de sus aspiraciones la seguridad ha apostado ya por la mediocridad”.

El miedo y la cobardía, no son precisamente dones del Espíritu Santo.
El Espíritu nos regala el don de la fortaleza. El Espíritu nos da ese don arriesgarnos a lo nuevo. El Espíritu nos da ese don de no tener miedo a que la barca de nuestras vidas pueda llenarse de agua con el riesgo a hundirse.

Muchas veces los riesgos pueden ser reales.
Las aguas están movidas. Los vientos soplan en contra.
Pero la mayor parte de las veces, nuestros miedos son pequeños o grandes “monstruos que nosotros mismos creamos en nuestras cabezas”.
¿Y si fracaso? ¿Y si no soy feliz? ¿Y si no llego?
Es preciso matar esos monstruos que nos impiden la alegría del triunfo, incluso la alegría del fracaso, porque fracasar por haber arriesgado también es fuente de alegría.
Es preferible que nos digan que “somos demasiado atrevidos” a que nos digan “¿Por qué sois tan cobardes?”
Dios se arriesgó al hacerse hombre. ¿Por qué no arriesgarnos nosotros por una vida y una Iglesia y mundo mejores?

Clemente Sobrado C. P.