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domingo, 24 de junio de 2012

El único Referente: Jesús


Von Balthasar dice que “ninguna Figura se perfila en la Biblia más solitaria que la del Bautista”. Solitario, esa es la palabra.
Pero Solitario por plenitud, no por defecto.
¿En qué sentido hablamos de plenitud? En que fue muy querido y se relacionó con todos pero vivió en soledad. Fue un hijo soñado y deseado por sus padres durante una larguísima vida y llegó al fin, en la vejez, pero no tuvo hermanitos.
El pasaje de hoy, leído desde esta perspectiva de la solitariedad, nos permite ver que hasta en su nombre careció de referente entre sus antepasados: “no hay nadie en tu familia que lleve ese nombre”.
Salió la palabra “referente” y nos ayuda a comprender mejor esto de la solitariedad: Juan tiene como Referente a Jesús de una manera tan única que afecta a todas las otras referencias. Un ejemplo: aunque no sabemos si en la infancia y adolescencia de Jesús se volvieron a encontrar las familias, el evangelio nos revela que Juan recibió el cariño especialísimo de Jesús a través de María ya desde la panza de su madre. Un cariño que lo hizo saltar de alegría, como hace saltar a todos los pequeñitos del pueblo fiel de Dios cuando nos ponemos en contacto con la Virgen. En eso, solitariamente, Juan nos prefiguró a todos: la llamó feliz antes que nadie…., y luego contagió su alegría a su madre, que comenzó con los Ave María que hoy llegan a nuestros labios. La Virgen debe haber tenido una relación muy linda con ese bebé, y al mirar a crecer a su hijo no dejaría de pensar en el sobrino.
¿Qué fruto va pintando en esto de mirar así la persona de Juan? Pasemos a mirar nuestra vida, nuestras relaciones. Cada uno de nosotros tiene muchos puntos de referencia. Para comprendernos y para darnos, miramos a nuestros padres y hermanos, a nuestros maestros en el trabajo… Tenemos nuestras preferencias a nivel deportivo, político, cultural… También nuestra espiritualidad. En cada ámbito alguna persona es nuestro referente principal. Nadie tiene un solo referente! Incluso creo que no sólo no sería posible sino que no sería bueno.
Juan tuvo un único referente toda su vida. Hasta para morir en la cárcel tuvo que mandar a preguntarle a Jesús si era Él el Mesías o debían esperar a otro”.
Le tocó ser hombre de pasaje (de Pascua). Todo pasó por él y se fue hacia Jesús. Así como la Virgen, que no se quedó a su nacimiento, sus mejores amigos y discípulos, una vez que les señaló al Cordero de Dios, se le fueron con Él. Si lo comparamos con María, la diferencia está en que Ella siguió siendo referente de la comunidad luego de la Ascensión del Señor. Juan en cambio, pasó. Murió mártir, en la cárcel, sólo y de manera infame. Si lo comparamos con San José, San José vivió con Jesús y María largos años de intimidad. Juan debe haber perdido a sus ancianos padres siendo pequeño y no tuvo hermanitos.

Uno podría decir: “le debe haber costado”.
Sin embargo, lo que Juan manifestó toda su vida fue “gozo y alegría”.
Lo dice explícitamente en la madurez: “Yo no soy el Cristo, sino que he sido enviado delante de él. El que tiene a la novia es el novio; pero el amigo del novio, el que acompaña y le oye, goza con alegría con la voz del novio. Por eso digo que mi alegría es completa. Es preciso que él crezca y que yo disminuya” (Jn 3, 29-30).
Esta “alegría plena” fue profetizada ya en su concepción por el ángel que le dijo a Zacarías: “Tendrás gozo y alegría, y muchos se regocijarán por su nacimiento” (Lc 1, 14). Jesús mismo lo define como alguien que “alegraba”: “Juan era antorcha que ardía y alumbraba, y ustedes quisieron regocijarse por un tiempo en su luz” (Jn 5, 35).

Volvamos de nuevo a nosotros: cómo nos alegra cuando nos comparan o nos relacionan con alguien a quien queremos y admiramos. La alegría de la buena referencia es expansiva: alegra también al que la establece y al que la escucha. Charlando con el padre Rossi me contaba matándose de risa la frase que le había dicho el guardia de la Iglesia de la Compañía que había estado escuchando desde la puerta el Triduo al Sagrado Corazón. “Al terminar todo salgo y me dice: “Usted es como Messi”. Rossi se ríe porque ve que viene algo ingenioso y le dice: “¿Por qué? ¿Qué tiene que ver? Y el otro sentencia: “Claro, porque la hace linda y fácil”.
Risas compartidas, con el guardia, y ahora que lo cuenta, y me imagino lo mismo con el que lee. Los elogios de los sencillos son los más lindos.
Digo que las referencias lindas nos alegran y son el tejido de nuestra vida y de nuestra identidad.
Juan vivió referido a Jesús con exclusividad. Fue el Padre el que lo eligió para esta misión única, de hacer de puente, entre la Alianza basada en la Ley y la Nueva Alianza fundada en la Sangre perdonadora del Señor. Y como todas las referencias son de ida y vuelta, Jesús también lo reconoció como referente único: ¡se bautizó con él! Y nos lo hizo valorar como el más grande, de manera tal que nos diéramos cuenta de nuestra dignidad, recibida por pura gracia, ya que el más pequeñito en el Reino es mayor que Juan.
Aquí viene la gracia que podemos pedirle a Juan, sintiéndolo cercano, como María, como San José, ya que cuando el Señor da una gracia única a alguien es porque considera que a través de esa persona puede llegar a muchos, la gracia de crecer en que Jesús sea nuestro Referente.
Que busquemos atraer su atención, darle el gusto, sentir confianza en pedirle todo lo que necesitamos.
Que al pensar las cosas busquemos sus criterios, su manera de sentir, que nos fijemos hasta en los más mínimos detalles de su estilo, para aprender de él, de su mansedumbre y humildad de corazón.
Y para aprender a tener a Jesús como Principal Referente, nada mejor que mirar a Juan. Así lo hicieron sus discípulos, Andrés y el otro Juan. Se dejaron indicar por el Bautista quién era ese Jesús que pasaba y lo siguieron y se quedaron con él.
Y volviendo a lo de la solitariedad por plenitud, quizás lo que podemos aprender de Juan es que el grado en que Cristo es el Referente para cada uno permanece oculto. Oculto a los ojos del mundo e incluso para uno mismo. No en el sentido de que uno no se de cuenta cuando hace algo por puro deseo de agradar al Señor, sino en el sentido de que es Él el que le dará valor y eficacia a esos gestos cuando y como quiera. Uno los realiza con nobleza, por agradecimiento, por sentir que ha recibido mucho y que desea devolver algo haciendo algún bien a los más necesitados. Digo que no es que uno no caiga en la cuenta de que ha hecho algo bueno, porque la alegría que brota es inmediata. Es esa alegría plena como la que sentía Juan Bautista, al estar al lado del Novio y escucharlo y gozarse con su alegría, sintiendo que Él crece y uno disminuye. Uno cae en la cuenta de que actuó teniendo como referente a Jesús y deja totalmente en sus manos el fruto exterior. Esta soledad de lo noble y bueno en sí es una soledad abierta, disponible para que el Señor la haga dar frutos hasta del ciento por uno.

En un tiempo en que la sociedad “endiosa y destruye” a sus referentes, alguien como Juan el Bautista, que tiene a Jesús por único referente, se convierte en referente para nosotros. Alguien que nos enseña a ser leales, en lo más profundo y con mucha alegría, a nuestros referentes, a “relativizarlos” en el sentido de “relacionarlos a Cristo”, como Referente único y último, a cuidarlos y defenderlos en la misión que el Señor le ha dado a cada uno, testimoniando nuestra fidelidad y defendiéndolos de las envidias y maledicencias. Juan también nos señala la alegría interior de ser fieles para bien de aquellos de quienes somos referentes nosotros: los padres ante sus hijos, los consagrados ante su comunidad y el pueblo fiel de Dios…., y así cada uno en lo que le toca.

Diego Fares sj
http://diegojavier.wordpress.com/