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domingo, 16 de septiembre de 2012

El Amén a la Cruz y la comunión


XXIV Dom. T.O (Mc 8,27-35) - Ciclo B
Por Diego Fares sj

En la fiesta de Regina Martyrum –de Nuestra Señora de los dolores y Reina de los mártires- el evangelio de hoy se ilumina de manera especial.
Mártir es testigo y vemos que al Señor le interesa tener testigos: “Y Uds. ¿quién dicen que soy Yo?”.
María es La Testigo fiel, la que nos da testimonio acerca de quién es su Hijo Jesús nuestro Señor.
En la Cruz, su testimonio es particularmente requerido.
Cristo quiere que ella consienta a todo lo que Él realiza en su Pasión.
Y así como lo quiere de Ella, lo quiere de toda la Iglesia y de cada alma cristiana: que asintamos a su Pasión: “Uds. serán mis testigos”.
Sin el sí de María la Pasión de Jesús nos queda lejana, incomprensible.
Lo que importa para nosotros y en lo que me quiero detener, es en ese misterioso deseo de Jesús de tener testigos, de que lo que Él vivió y realizó sea comunicado por sus testigos.
Eso es lo que significa “perder la vida por la buena noticia”, quedar dedicado a dar testimonio de lo que hizo Jesús por nosotros, para salvarnos.

Aquí adquiere valor la Misa, la Eucaristía: Jesús quiere que comulguemos con su cuerpo entregado por nosotros y con su sangre derramada por nosotros, quiere que comulguemos con su Pasión redentora, que le digamos amén –sí- a lo que Él padeció por nosotros.

Lo que quiero decir es que la comunión no es “el premio” solamente, no es su cuerpo y su sangre como frutos, sino que es comunión interior en el sentido de adhesión a su padecimiento –cuerpo entregado, sangre derramada para el perdón de los pecados-.
Y no se trata de que nos condolamos más o menos. El sentimiento de dolor y de compasión a veces se nos da como gracia y otras estamos como bloqueados. Lo importante es que asintamos, que comulguemos, que digamos sí a lo que el Señor hizo por nosotros, más allá de que lo entendamos o no.
Como nuestra Señora, que estaba al pie de la Cruz.
Ella nos enseña a comulgar con Jesús, a estar y a asentir a su Pasión.
Ella nos enseña a “dejar que Él haga todo”, apoyándolo de corazón.
María es mártir en el alma, como se dice. El dolor no es lo que cuenta por sí mismo.
El dolor sella la comunión, eso sí.
Cuando se sufre con otro, el amor y la amistad quedan selladas, pero lo importante no es el dolor sino el amor sellado por el dolor, el amor llevado hasta el extremo, testimoniado hasta el fin.
Digo que el problema no es el dolor porque el dolor viene solo en la vida, no hace falta forzarlo.
Lo que importa es el testimonio y María da testimonio de toda la vida del Señor.
Así pues, vemos que el Señor necesita testigos, gente que traduzca lo que Él hizo, que diga lo que significó la Vida de Jesús para su vida.
En esto María es la Testigo privilegiada, la que nos contagia diciendo que el Señor hizo maravillas en su vida. Ella fue Testigo de Jesús desde la Encarnación. Ella comulgó con Jesús toda la vida, asintió y dijo que sí –hágase en mí según tu Palabra- a todo lo que el Señor hizo y le propuso.
Viéndola a ella al pie de la Cruz, asintiendo en silencio a la Pasión de su Hijo, entendemos la diferencia con la actitud de Pedro. Pedro por un lado da testimonio de que Jesús es el Mesías pero cuando el Señor les revela que va a tener que dar su vida en la Cruz, Pedro es tentado y siente que no puede consentir a eso. Como que hay aspectos de la vida de Jesús que sólo María está dispuesta a consentir y a dejar que Él haga como quiera.
Por eso la imagen de Regina Martyrum es imagen para contemplar larga y silenciosamente dejando que ella vaya “reinando” sobre nuestro testimonio, vaya pacificando nuestros no a la pasión de Jesús en nuestra vida y los vaya reconvirtiendo en sí, de manera tal que asintamos y comulguemos con Jesús-crucificado tal como nos sale al paso en nuestra vida cotidiana y en lo que cada uno vive en su interior.
Le pedimos, de corazón a corazón, que mirando a Jesús en la Cruz con sus ojos, nos imprima su asentimiento a los dolores de su Hijo por nosotros. Ella ve que “eran necesarios”.
¿Qué ejemplos podemos buscar para comprender mejor lo que significa esta comunión que Jesús anhela, este deseo que Él tiene de que comamos su cuerpo entregado por nosotros, esta necesidad que tiene de que celebremos la Eucaristía en memoria suya, de que nos hagamos presentes a aquel Viernes Santo a las tres de la tarde y miremos al que traspasamos? ¿Por qué quiere Jesús testigos a lo largo de toda la historia, por qué quiere la misa cada día?
Fijémonos que estamos poniendo el acento no en “incorporar la eucaristía bendita para llevárnosla en nuestro interior a la vida” sino en asistir a la consagración y en decir amén, comulgando con el sacrificio del Señor en la Cruz. Estamos poniendo el acento no en el “producto” que consumimos y nos llevamos sino en “estar presentes” a lo que Jesús hace prestando nuestro asentimiento. Caer en la cuenta que la comunión no es algo pasivo, solamente, algo que Jesús nos da, sino que el Señor nos permite ser activos, consentir a que se nos dé así –que haya padecido y que quiera que lo comamos-, esto permite que luego en la vida cotidiana también podamos “comulgar” con el Jesús que nos sale al paso, consintiendo también a recibir su amor y dando testimonio de su presencia. Sentir el valor que le da Jesús a nuestra presencia, sentir que en la misa podemos “estar junto con María, Juan y María Magdalena y con las otras mujeres que miraban de lejos” al pie de la Cruz y prestar juntos nuestro asentimiento a su Pasión, nos hace Iglesia, nos hace sentir ganas de participar de la Eucaristía. El Señor no quiso ni quiere padecer solo, quiso hacerlo bajo la mirada de su Madre y de Juan y en torno a este sí que ambos le dieron los unió como madre e hijo. Allí se nos permite entrar a nosotros y participar, ahijándonos y tomando a María como madre. Se requiere nuestro asentimiento, nuestro amén sacramental para luego poder decir amén en la vida.
Dice von Balthasar que “el consentimiento en el sacrificio del Señor es un misterio centralmente femenino”. Y siguiendo a Adrienne von Speyr hace notar los tres sí de las tres Marías. El sí de María de Betania que es un “estar a los pies de Jesús”, en actitud de disponibilidad total que contrasta con el ajetreo de Marta, su hermana y que luego se expresará en una oblación total de sí rompiendo el frasco de perfume de nardo. El Señor acepta esta actitud y la explica diciendo que lo ha ungido para la sepultura. Le da el valor de una comunión (sin que ella sea quizás muy consciente de los detalles) con su Pasión. María de Betania le dice Amén a todo lo que el Señor dice y hace y a Jesús eso le agrada y lo valora. Comunión contemplativa y litúrgica, si queremos llamarla de alguna manera.
El otro consentimiento a su sacrificio es el de María Magdalena, que representa a la Iglesia pecadora perdonada. No sólo comulga asintiendo a lo que el Señor hace en la Cruz sino que permanece junto al sepulcro, comulgando con todo lo que le pasa al cuerpo muerto del Señor sin saber que ya ha resucitado. Y luego, consiente a que el Señor “se vaya al Padre” y ella no pueda tocarlo, sino que esa comunión total con Cristo la hace obedecer e ir a anunciar la buena noticia a sus hermanos.
Comunión misionera, diríamos. Comunión que la lleva a salir de sí y a perder su vida (también la vida linda de estar sólo con Jesús) por el anuncio del evangelio.
En el centro y en lo más alto está el consentimiento de nuestra Señora. “Ella no hace nada ni dice nada, está. Y el Hijo en la Cruz dispone de ella: la entrega como Madre al otro hijo. No le pregunta, cuenta con su amén, con su aquiescencia. En María el Amén se da siempre por supuesto. Y esto que tanto le agrada a Jesús se convierte en beneficio para nosotros, para su pueblo: contamos siempre con su Amén. Ella comulga con todos, con cada uno de sus hijos, ahora y en la hora de nuestra muerte. Esta comunión con los demás nace de la comunión con su Hijo. Por eso María es modelo de la actitud Eucarística, es la que nos enseña a comulgar.