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jueves, 27 de septiembre de 2012

XXVI Domingo del T.O. (Mc ) + Ciclo B: ¿Una Iglesia Zebedea?



Es Juan Zebedeo precisamente quien impone su autoridad sobre un exorcista que actúa en nombre de Jesús, pero sin formar parte del grupo de los discípulos. Este exorcista “libre” representa a “creyentes” en Jesús, pero que no pertenecen a ninguna Iglesia oficial ¿Qué hacer con ellos? ¿Puede la iglesia monopolizar toda forma de “liberación” en nombre de Jesús, tal como pretende Juan Zebedeo? Sorprendentemente el evangelio responde que “no”. Por tanto, podemos llamar Iglesia Zebedea a aquella que pretende controlar el acceso a Jesús, que lo tiene encerrado en sus muros canónicos, y “persigue” («tratamos de impedírselo porque no es de los nuestros») a los que considera fuera de sus filas.


Debemos ser conscientes que el número de hombres y mujeres que andan cerca de Dios sin saberlo, es increíble. Alegrémonos de que sea así, aunque no haya fe explícita ni pertenencia nominal a la Iglesia. Dentro de todas las confesiones religiosas (iglesias) es bueno, sano y prudente que haya diferentes estilos. Lo que se exige es unidad de fondo en la fe y el amor. Pues, la línea divisoria entre las iniciativas personales y el mensaje del Evangelio que leemos no es siempre comprensible con nitidez. Es necesaria la buena voluntad de todos y todas, porque para los casos contrarios Jesús dice: «el que no está conmigo está contra mí» (Mt 12, 30).

La Iglesia no es una secta cerrada, hermética, celosa de sus privilegios. Lo fundamental de la Iglesia es ser comunidad de enamorados de Jesús y su causa, y no fundar grupitos o movimientos “oficiales” de realizadores de milagros con el Nihil Obstat. Más bien, su tarea es expandir el mensaje de amor, la alternativa misericordiosa del Reino de Dios.

Iglesia ministerial no magisterial
Sin duda alguna, este evangelio habla de los inicios de una Iglesia sencilla que tendrá mucho recorrido a lo largo de los siglos. Ella nació ministerial, muy distante a todo aroma oficial o institucional. Entonces, la actitud de Juan Zebedeo no sólo es cuestión de riundad y egoísmo, también es síntoma de querer mantener la pureza en nombre de Jesús (¡sólo nosotros –la iglesia- lo hacemos bien!). Pero el pensamiento de Jesús va por otros cauces: cualquiera que use mi nombre para el bien, para humanizar al otro, debe ser aceptado.

Renunciar al exclusivismo es condición para no ahogar las intuiciones del Espíritu Santo de Dios. El escándalo no debe ponerse en la colaboración para el bien bajo la moción del Espíritu, sino en el espectáculo de una vida cristiana desgarrada por políticas, manipulaciones, partidismos. Nuestro mundo católico vive una crisis de credibilidad, fundamentalmente en su institucionalidad y jerarquía. El esfuerzo entonces es volver a los orígenes, a los comienzos, a ese amor primero, cuya norma siempre será combatir el error, defender la verdad, respetar a las personas y vivir cristianamente la alegría.

Radicalismo: agua, piedra y sal
Pero, ¿y qué hacer con el escándalo al interior de la Iglesia? Sabemos que la vida está hecha en gran parte de pequeños detalles y el valor de las cosas ante Dios se mide por el amor que se ponga en ellas. Pues bien, no hay pasaje alguno en toda la Biblia que se exprese tan radicalmente frente al escándalo: a los niños se les debe el máximo respeto, si no se les da, se peca de escándalo; escándalo que oscurece el sentido de la percepción moral, que favorece la aclimatación a la violencia o a la injusticia o al erotismo.

De los escándalos hace Jesús esta valoración: mejor una piedra atada al cuello, y ¡al mar!

Respecto a lo que uno mismo pueda inducirle a pecado hay que dominarlo, aunque haga daño y duela como si se cortara una mano o se vaciara un ojo. El sentido drástico de la metáfora se justifica como la intervención quirúrgica que sacrifica una parte del cuerpo humano para salvar el todo. Importa señalar que esta expresión de Jesús no necesita una interpretación literal, pero indica su radicalismo que no tolera posturas intermedias.

Quien así se conduce es como la sal que da sabor y preserva de la corrupción.