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domingo, 24 de febrero de 2013

Del monte al llano

Domingo 2 de Cuaresma – C

Hay días que amanecen igual que los demás. Y sin embargo terminan siendo distintos.
Aquel día Jesús invitó a sus tres más allegados a subir con El al monte.
No. No era una prueba de alpinismo.
Los invitó a orar. Por tanto, a hablar con Dios.
Los invitó a orar. Por tanto, a escuchar a Dios.
Los invitó a orar. Por tanto, a hacer una experiencia de Dios.

Para muchos la oración parece un tiempo perdido, cuando hay tanto que hacer.
Sin embargo, fue mientras Jesús oraba que se transfiguró delante de ellos.
No dice que ellos orasen. Pero sí fueron testigos de lo que es capaz de hacer la oración.



“Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, los vestidos brillaban de blancos”.
La mejor manera de enseñar a orar, no es hablar de la oración.
La mejor manera de enseñar a orar, es poniéndose uno en oración.
Porque es ahí donde uno descubre la importante que es la oración.
Porque es precisamente en la oración, en esa experiencia de Dios, que Jesús se transfigura.

Mientras Jesús deja traslucir la belleza de Dios en él, también ellos se sienten “transformados”.
Sienten el asombro de lo que están viendo.
Sienten la alegría no que tenían mientras subían.
Sienten el gozo de que aquello que no termine.
“Maestro, qué bien se está aquí. Haremos tres tiendas”.
“Aquí nos quedamos”.

La experiencia de Dios despierta el corazón dormido.
La experiencia de Dios despierta las alegrías dormidas.
La experiencia de Dios despierta las ganas de sentirnos cerca de Dios.

Pero, Pedro, solo quiere quedarse en ese ambiente maravilloso.
Una experiencia que le hace olvidarse de que abajo en el llano están los otros.
Una experiencia que le hace olvidarse de que abajo en el llano los demás les esperan.
Una experiencia que le hace olvidarse de que abajo es donde los necesitan.
Pero entendió bien la oración como experiencia de lo maravilloso que es Dios.
Pero no entendió que la experiencia de Dios no es para quedarse a solas con ella.
No entendió que la experiencia de Dios tiene que llevarnos siempre al encuentro con los otros.

El maestro hizo una experiencia con sus discípulos.
Se lo pasaron estupendo.
Y cuando más felices estaban, el maestro les dice que “es hora de bajar”.
Los discípulos le dijeron: “Maestro, ¿no te da pena dejar estos momentos tan bonitos?”
Estos momentos tan bonitos, dijo el maestro, se disiparían pronto si los guardamos en la caja fuerte de nuestro corazón. Lo importante es prolongar la experiencia ahora con los demás.
La oración que encierra en uno mismo se convierte en un lago tranquilo sin salida.
La oración, como experiencia de Dios, se convierte en esos reservorios de agua de las ciudades, que tiene una serie de conductos que hace que el agua llegue a todas las casas de la ciudad.

La oración no es para pasarlo bien a solas.
La oración es para sentirnos bien cuando a estamos a solas con El.
La oración es para luego sentir que esa experiencia debe ser un dinamismo que nos conduce hacia los demás.
Oramos para descubrir a Dios.
Oramos para comunicar a los demás lo que hemos descubierto.
Oramos para anunciar a los demás que Dios es capaz de hacernos felices.
Oramos para anunciar a los demás que Dios solo se puede experimentar desde dentro.
Oramos para anunciar a los demás que Dios puede cambiar nuestras vidas.
Oramos no para hacernos constructores de tiendas donde lo pasemos bien.
Oramos no para quedarnos arriba en la cima del monte.
Oramos para bajar al llano con la nueva experiencia de Dios.

La oración no nos aísla, ni aunque seamos monjas de clausura.
La oración no nos hace solitarios, aunque vivamos en el claustro conventual.
La oración, como experiencia de Dios, nos abre más allá de nosotros mismos.
La oración, como experiencia de Dios, baja a nuestros pies para llevar la buena noticia a los demás.

No se puede hablar de Dios, si no le hemos experimentado.
No se puede anunciar a Dios, si no le hemos visto.
No se puede proclamar a Dios, si antes no hemos sido cogidos por su belleza.
No se puede hablar adecuadamente de Dios si antes no sentimos esa felicidad de quedarnos siempre con él, aunque luego tengamos que volver a encontrarnos con los hombres.