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domingo, 3 de marzo de 2013

Contemplaciones con el Evangelio: Reclamos de justicia o “la única ventanilla abierta”

Domingo de Cuaresma 3 C 2013

Metanoia –conversión, arrepentimiento- tiene una traducción literal que es impresionante lo bien que nos viene para nuestra mentalidad de juicios inmediatos: significa “percibir después del hecho”, (noein es intuición y metá es ulterior = intuición ulterior o “caer en la cuenta, en un segundo momento, de que uno estaba entendiendo algo al revés”).

Fijamos nuestra atención en esto de “en un segundo momento”. La metanoia es un proceso en dos tiempos: en un primer momento, uno reacciona por carácter o por acostumbramiento y juzga algo claramente; acto seguido, uno como que reflexiona, mira la realidad con otros ojos y le surge una “segunda intuición”: la de que el asunto es totalmente al revés y hay que agarrar para el otro lado.
Esta experiencia tan humana, tan propia de nuestra mente la tenemos a muchos niveles. Es típica con los aparatos, que uno aprieta y aprieta un botón y de golpe mira y dice “qué zonzo, era este”.

Otra experiencia muy común en la Capital se da al salir del subte: uno tiene el GPS interior yendo hacia delante y las vueltas de las escaleras hacen que la proyección del plano interior de la ciudad a veces esté al revés. Uno sale, camina unos metros y vertiginosamente todo se da vuelta y necesita pararse, ver la dirección del tráfico, mirar la altura de la calle y avanzar unos pasos a ver si sube o baja la numeración, para que el mapa interior se ponga de acuerdo con la realidad. Este sencillo hecho de cómo uno camina convencidísimo en la dirección equivocada debería bastar para que nos diéramos cuenta de un límite de nuestra mente. Un límite que, paradójicamente, se debe a su poder: lo propio del intelecto humano es proyectar siempre una totalidad a partir de los datos que tiene. Ahora bien, tan propia como esta proyección totalizante, es otra cualidad de nuestra mente, que consiste en estar abierta a la realidad. De aquí viene el poder de cambiar en un instante y dar vuelta el mapa (y no querer dar vuelta la ciudad entera y torcer la dirección de los autos). Si el poder de proyección es seductor y peligroso, el poder de apertura y de cambio es esperanzador. Uno puede equivocarse totalmente pero también corregirse totalmente en el mismo instante.

Jesús, como Maestro de vida, apela al poder de conversión de nuestra mente: sus admoniciones, sus parábolas, sus gestos proféticos…, todo en su actuar apunta a que abramos los ojos y caigamos en la cuenta de que estamos como salidos del subte y agarrando para el otro lado. Antes que retos morales los suyos son advertencias inteligentes: “¡Hey. Es para el otro lado!” como nos gritan a veces cuando entendimos mal una indicación y nos fuimos por el camino equivocado.

¿Ustedes creen que los que murieron en la Tragedia de Once tuvieron menos suerte que los otros usuarios del Sarmiento? Digo “suerte” porque ahora no creemos que las desgracias estén relacionadas con el comportamiento moral de las personas sino con el azar. Si la otra concepción (de que el mal le sucede a los malos y no a los buenos) era equivocada, esta del azar es espantosa. Para gente como el ministro de transporte que dijo que si el accidente hubiera sido un feriado no hubiera muerto nadie (como diciendo “fue mala suerte” no “responsabilidad mía”) somos seres inteligentes y que eligen sus fines puestos en medio de un universo ciego que “choca al azar”, dentro del cual, nuestro trenes son entidades totalmente de acuerdo con la naturaleza ya que, precisamente, “chocan al azar”.

Aquí me quiero detener para reflexionar un momento en una mentalidad que es previa a nuestra lectura del evangelio. Se trata de una mentalidad alimentada, consciente o inconscientemente, por muchos y que neutraliza las “advertencias de Jesús”, haciendo que parezcan inocuas.
¿Cómo describiría esta mentalidad?
Diría que es “neutralizadora del poder de avivarse”, el cual es necesario para la Fe.

La consigna de sus propulsores es: “¡Ojo, que no se aviven!”.

Porque cuando la gente se aviva somos peligrosos.

Como Gavroche, el pequeño héroe de Los miserables que se aviva de que el ciudadano que ofrece ayuda a sus amigos de la barricada es su enemigo, el comisario Javert, que se ha infiltrado.

¿Cómo actúa esta mentalidad? O más bien ¿cómo nos hace actuar? Un síntoma claro se puede ver en el hecho de que todo el mundo opine de todo y de que esto sea propiciado por los medios: “Llamanos, nos interesa tu opinión”. Y la gente llama encantada de que su opinión salga al aire. Nadie dice: “llamá si tenés algo fundamentado que decir”, “llamá si sabés del tema”. No. Se nos alienta a que todos opinemos: es importante que todos opinen. Y uno asiente. Eso es democrático.
Antes se decía: preguntale a la maestra, preguntale al médico, preguntale a tu mamá.

Ahora se dice “googlealo” y “opiná vos”.

¿Está mal? ¿Qué…, hay que dejar que “nos guíen la opinión”?

Yo diría que se nos alienta sólo en una dirección. Antes sólo opinaban los “doctos” ahora opina cualquiera.
Y creo que, puesto así el problema, todos coincidimos en que hay opciones más complejas y realistas.

El reduccionismo de esta mentalidad instala algo así como: “no puede ser que todos salgan del subte mal orientados, si todos agarran para un lado, debe estar bien”. Hace unos días un juez decía al gobierno que muchas veces una opinión consensuada por la mayoría ha resultado que va contra la Constitución, que es un mapa de la realidad también (no es algo absoluto) pero que tiene un consenso que ha durado cien años y no es cuestión de un momento nomás. Es lo mismo que veníamos diciendo.

La mentalidad “afirmá tu individualidad opinando de todo”, es una mentalidad “inocua” en el medio ambiente (por que la gente escucha la radio como quien oye llover) pero peligrosa cuando se instala en el espacio vital de la familia, de la escuela, de las organizaciones de la sociedad civil y de la vida política… Este espacio –el de estas instituciones vivas y orgánicas- es un espacio que se ha gestado históricamente con el aporte jerarquizado de mucha gente que ha dado su vida y ha aportado su saber y su experiencia para que las cosas se hagan de una manera que favorece los mejores valores y protege y estimula la vida. En ellos, que cualquiera opine cualquier cosa no es un valor sino un disvalor y atenta contra el bien común.

¿Vos creés que lo que dice tu mamá está equivocado porque escuchaste otra cosa por Facebook? Le preguntás esto a un preadolescente y te dice que sí, que la mamá no tiene idea.
¿Vos creés que cuando los jueces del caso de Marita Verón juzgaron que no se habían presentado “pruebas legales” contundentes para acusar a las personas implicadas, eran todos unos mentirosos? Le preguntás esto a cualquiera que escuchó la noticia y te dice que sí. Y agrega: “Y la responsable de todo es la Presidenta”.
En estos ejemplos comunes se ve el mecanismo “totalizante” de nuestra mente, que hace juicios absolutos y busca un último responsable de “todo”.
No está mal. Pero es la mitad. Y si uno no se convierte y da otro paso, esta vez en dirección hacia su interioridad donde habita el Padre, será para siempre un argentino quejoso más, que cuando le toca actuar es igual o peor que los que acusa.

Los papás de la Tragedia de Once “se convirtieron”. Se dieron cuenta de que lo que les pasó a ellos les puede pasar a todos y comenzaron a buscar “justicia”.

La primera justicia fue la interna: se tuvieron que unir entre ellos y consensuar las cosas. Esto les lleva mucho diálogo y trabajo porque no todos sienten y piensan lo mismo. Pero se dieron cuenta de que cada uno aislado no lograría nada más que hundirse en su bronca. La primera justicia es “hacia adentro”. La primera justicia es formar un grupo justo.

Luego, cuando consensuaron, buscaron involucrar a otros. Cosa difícil aún entre los mismos pasajeros del tren, que viajan abstraídos en su mundo y no “ven” a la mamá de una de las víctimas que les pide una foto para la campaña 500.000 caras por la justicia. Muchos piensan que pide limosna. Cuesta que la gente abra los ojos y juzgue que esas personas están trabajando también para los otros y sus familias. El que lucha por la justicia lucha para todos.

Junto con esto buscaron ser oídos en los tribunales. La justicia se debe reclamar en el lugar institucional apropiado, que con sus virtudes y defectos, es el único real y posible.

No dejan por ello de responder públicamente las frases y actitudes públicas de los funcionarios. Lo hacen tratando de ser justos: respondiendo a cada uno en su contexto y de acuerdo a la investidura y responsabilidad que tiene. Nada de “cualquiera dice cualquier cosa”.

Esta conversión “ciudadana” va bien encaminada.
Reclama, sin embargo, una conversión ulterior.
De última, sólo Jesús con su Sangre, es garante de que Alguien se hace responsable de “todo”, masacres de tren incluidas. Sin Él, reclamar un chivo expiatorio de “todo”, que alguien se haga responsable de “todo”, es una ilusión que termina cajoneada en algún archivo estatal o cuando la gente que se juntó una tarde se va cada uno a su casa.

Hay que abrir los ojos y darse cuenta de qué es lo que uno reclama. Reclamar Justicia es, de última, reclamarle a Dios.
Y esta ventanilla sólo la atiende Jesús.
El es el único que la tiene abierta 24 hs. por día.
Es la ventanilla de la Cruz y requiere que uno se convierta y se acerque con su expediente a ella.
Allí se dará cuenta de que hay muchos esperando igual que uno, y que otros llevan expedientes más pesados y urgentes y el de la ventanilla le pedirá una mano mientras tanto: “¿No me ayudás con estos casos mientras vemos el tuyo?” Y si uno acepta amablemente la invitación y, dejando su expediente en manos de algún otro encargado, se pone a revisar el caso del que tiene al lado, seguro que le cambia la mirada y cuando el Señor le pregunte si “dicta sentencia” contra fulano capaz que uno se anima a pedirle un añito más, a ver si le encuentran solución, como hizo el viñador de la parábola, que vaya a saber por cuales circunstancias de su vida se había convertido en un hombre justo y compasivo.