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domingo, 24 de marzo de 2013

Evangelio Misionero del Día: 25 de Marzo de 2013 - Lunes Santo - Ciclo C

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 12, 1-11

Seis días antes de la Pascua, Jesús volvió a Betania, donde estaba Lázaro, al que había resucitado. Allí le prepararon una cena: Marta servía y Lázaro era uno de los comensales.
María, tomando una libra de perfume de nardo puro, de mucho precio, ungió con él los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. La casa se impregnó con la fragancia del perfume.
Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el que lo iba a entregar, dijo: «¿Por qué no se vendió este perfume en trescientos denarios para dárselos a los pobres?» Dijo esto, no porque se interesaba por los pobres, sino porque era ladrón y, como estaba encargado de la bolsa común, robaba lo que se ponía en ella.
Jesús le respondió: «Déjala. Ella tenía reservado este perfume para el día de mi sepultura. A los pobres los tienen siempre con ustedes, pero a mí no me tendrán siempre».
Entre tanto, una gran multitud de judíos se enteró de que Jesús estaba allí, y fueron, no sólo por Jesús, sino también para ver a Lázaro, al que había resucitado. Entonces los sumos sacerdotes resolvieron matar también a Lázaro, porque muchos judíos se apartaban de ellos y creían en Jesús, a causa de él.

Compartiendo la Palabra
Por Fernando Torres Pérez cmf

El Evangelio de este día ya nos sitúa en los momentos inmediatos, poco antes del arresto, del juicio, de la condena y de su ejecución. Esto es lo que vamos a contemplar esta semana. Esto y la noche pascual en la que haremos memoria del acontecimiento clave que ilumina toda la semana: la resurrección. No hay que olvidar este punto. No vaya a ser que la semana se nos llene de lágrimas y dolores y nos olvidemos de que lo que celebramos en realidad no es la muerte sino la resurrección, el triunfo de la vida.
Pero ni siquiera basta con eso. Los hechos desnudos tampoco son suficientes. Las primeras lecturas de estos días nos dan la interpretación, qué sentido tiene lo que pasa, qué significado para nosotros. Decimos muchas veces que Jesús es nuestro salvador. ¿De qué? ¿Para qué?
Isaías nos pone en pista para que no terminemos pensando algo que esté alejado de la realidad. Si Jesús cumple la voluntad de Dios al asumir su misión y, como consecuencia, su muerte en la cruz, no es para que nos sintamos mejor o para que tengamos el consuelo íntimo de saber que Dios me ama a mí y me protege en todo momento. Isaías no habla para nada de esa especie de intimismo religioso que tan de moda está en nuestros días.
El “siervo” de que habla Isaías viene a traer el derecho a las naciones, a llamar a todos a vivir en justicia. El final de la lectura es el punto culminante de la profecía: “Para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión y de la mazmorra a los que habitan las tinieblas.” Nada de condenas. Nada de penas eternas. La misión de Jesús es salvar, dar la vista, liberar a los cautivos, llevar la luz de la vida a todos.
Claro que ese texto también se puede leer como si fuese dirigido a nosotros: somos nosotros los que tenemos que abrir nuestros ojos para ver a los demás como hermanos y hermanas. Somos nosotros los que nos tenemos que liberar para liberar a los que viven en la esclavitud.
Los días en que vamos a hacer memoria de la muerte y resurrección de Jesús están cerca. Como todos los años por esta época. Lo importante es darnos cuenta de su sentido. Para eso conviene meditar con tranquilidad la lectura de Isaías. Para saber que Jesús vino a implantar la ley y la justicia entre nosotros. Y que el Reino no es otra cosa.