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domingo, 7 de abril de 2013

Contemplaciones con le Evangelio: Los frutos de la fe


Domingo de Pascua 2 C 2013

Tanto el reproche que el Señor resucitado hace Tomás como la bienaventuranza de la fe, si pensamos un poco, no son algo del todo lógico. Jesús le dice: “¿Crees porque me has visto? Felices los que creen sin haber visto”. Y sin embargo, acaba de aparecérseles y de mostrarles las llagas para que lo reconozcan (las llagas son la identidad del Señor que asume todo lo que le tocó vivir y padecer). ¿Por qué le dice felices los que creen sin ver al mismo tiempo que se hace ver, come con ellos, quiere que lo toquen para que constaten que no es un fantasma? Quizás tengamos que entender el reproche como dirigido a un “ver” y “experimentar” individualista. Es como si Jesús le dijera a Tomás que su dificultad ya había sido respondida a través de la iglesia, a través de sus compañeros reunidos en el cenáculo que “se alegraron al ver al Señor”. El anuncio “hemos visto al Señor” le debería haber bastado “para creer sin ver”.
Fijémonos en un detalle: cuando la comunidad le dice “Hemos visto al Señor”, Tomás no preguntó: “¿Qué les dijo el Señor, qué hizo?”, sino que apenas le anuncian que lo habían visto puso su objeción. Si hubiera preguntado, qué les dijo ellos le hubieran comunicado los “frutos de la resurrección”: nos saludó dándonos la paz, nos insufló el Espíritu y nos envió a perdonar los pecados. Por el anuncio de la Resurrección se comunican sus frutos y uno recibe “algo” que le permite creer. El anuncio de la Resurrección es gracia eficaz para el que abre el corazón, es palabra de testigos que por su veracidad y coherencia tiene una fuerza especial para el que “quiere creer”.


De hecho, aunque el Señor consiente a que Tomás vea y toque con sus dedos, los frutos de la paz y el Espíritu no se los da particularmente: ya fueron dados y Tomás tiene que participar de ellos a través de la comunidad que los recibió. Esto muestra que la experiencia de fe “particular”, el hecho de “verlo con sus ojos” y de “meter en la llaga su dedo” (cosa que el Señor medio que le obliga a hacer cuando él siente que ya no es necesario porque la presencia del Señor que le habla directamente lo ha conmovido y llenado) no son lo más importante. No se trata de “yo meto mi dedo” sino de “todos recibimos los frutos y los dones de la resurrección”.
Nuestra mentalidad individualista y calculadora nos lleva a pensar: yo sólo creo lo que yo veo y puedo controlar. Y no es que el Señor “no quiera que veamos ni controlemos”. Lo que sucede es que su resurrección es algo de otro orden. No se puede “experimentar” ni “controlar” si no es en diálogo de amor con una comunidad creyente. Por un lado, la resurrección de Jesús no es un hecho aislado, que le afecta sólo a Él y del cual nosotros seríamos espectadores. Jesús resucita “con nosotros, por nosotros y para nosotros”. Su resurrección es un germen de vida para toda la humanidad. Resucita para comunicar la resurrección y la vida a todos los hombres. “Yo soy la resurrección y la vida, el que crea en mi aunque haya muerto vivirá” (Jn 11, 25), como le dice el Señor a Marta cuando ella le confiesa que cree en la resurrección final. El Señor es resurrección, aquí y ahora, en un presente que se expande hacia el pasado y hacia el futuro (¿no es eso la vida: un presente vital que se extiende hacia su pasado y hacia su futuro?).
Por otro lado, la resurrección no es algo controlable (creo hasta aquí, constato y luego creo más) porque es un desborde de vida, los dones son una catarata que nos inunda y nos lleva a compartirlos. Es la dinámica misma del don lo que hace imposible una constatación que “objetive” las cosas y ponga distancia. Hay que participar de la resurrección para poder pensarla, para que “nos abra la mente” y transforme nuestros comportamientos.
La del Señor es una resurrección que se experimenta en sus frutos desbordantes y plenos: en la paz que brota de su presencia salvífica, en la ausencia de culpas y en el perdón de los pecados, que son fuente de tristeza y de muerte o de vida depotenciada.

La paz brota de contemplar las llagas resucitadas. El perdón de los pecados brota de la acogida en el propio corazón del Espíritu Santo. Por el fruto se reconoce el árbol y estos dos frutos –la paz y el perdón- tienen dos árboles de donde brotan y se nos ofrecen: la cruz y el Espíritu. La cruz no tanto exterior como la cruz grabada en la carne misma del Señor. El Señor tomó la forma de la Cruz y esta le imprimió su marca en los brazos abiertos y en las marcas de los clavos en los pies y en el corazón. El problema no es la cruz externa sino cómo se nos mete en la carne y en la sicología haciéndonos sentir víctimas. Muchas de nuestras reacciones de agresividad y de egoísmo llevan el sello de querer zafar de la cruz, de no querer ser atravesados por los clavos, de encoger los brazos para que no nos crucifiquen, de cerrar las manos para que no nos las hieran… Al ver las heridas curadas en las manos, el costado y los pies del Señor, resucitamos de nuestros miedos y la señal es la paz: andar en paz, no estresados ni a la defensiva… El fruto es abrirse a lo que venga sin temor, con paz. El está, Él viene, Él nos espera… en toda realidad.

El perdón de los pecados es fruto del Espíritu. En estos días ha sido notable cómo mucha gente ha venido a confesarse “espontáneamente”. Eso es obra del Espíritu, es fruto de haber “captado” que había un perdón gratuito esperando a cada uno con gestos de abrazo y no de reto, con consejos de vida –“si te alejaste da un pasito hacia Jesús”, nos decía el Papa Francisco- y no con respuestas legalistas. Es increíble cómo cuando actúa el Espíritu, tanto en el que se confiesa como en el que da la absolución, no hace falta nada: los corazones sintonizan y el que antes ponía objeciones –“por qué me tengo que confesar con un hombre” y “qué tengo que decir…”-, ahora acude alegremente, dice todo sin ocultar nada y encima pide que le pregunten… Es que ha recibido el perdón del Espíritu incluso antes de recibirlo sacramentalmente.

Vemos así que la fe la suscita Jesús, mostrando con alegría sus llagas resucitadas, y el Espíritu, dando la seguridad del perdón. Es decir: estos dones de los Dos –de Jesús y del Espíritu- nos tocan la mente y nos la abren, se nos impone la credibilidad en aquellos que son puro don. La fe se experimenta recibiendo los dones.
Lo que quiero decir es que el don nos pone en contacto con los donantes y sus dones nos reviven y nos ponen en contacto con zonas nuestras y de la realidad que no conocíamos (lo que estaba muerto o adormecido revive).
Y esa fe se convierte en obras, en necesidad de anunciar a otros lo que hemos visto y de comunicar los dones recibidos y compartirlos.

Por eso hablamos de la belleza de la fe: porque la fe no se detiene a pensar sino que se abre a gozar, se abre al Señor y al Espíritu y goza de su paz y de su perdón.
Como cuando uno está contemplando una obra de arte o escuchando una sinfonía, no se separa del objeto bello para hacer elucubraciones sino que se conecta con su verdad y su bondad y las piensa y ama al mismo tiempo, saliendo de sí y estando en lo otro o en el otro.

Por eso una fe sin obras es una fe muerta. Una fe que no opera por la caridad es una fe que fue recibida sólo intelectualmente: uno captó la idea pero no saboreó la paz y el perdón, no dejó que lo inundara la alegría.

Es que creer en Jesús es comulgar con él, comer su carne y beber del cáliz con su sangre.

Creer en Jesús es recibir su Espíritu y dejarse “regalar” sus dones, que son su presencia misma en cada ámbito de nuestra humanidad:
- el don de la fe, que hace presente la presencia pasada del Seño en nuestra vida, haciendo que por la memoria (“recuerden lo que Él les dijo”) se actualicen todos los beneficios recibidos del Señor;
- el don de la esperanza, que hace presente las promesas de todos los bienes futuros y nos alegra desde ahora el corazón;
- el don de la caridad, que inunda nuestra acción expandiendo el presente como cuando uno vive una fiesta en la que cada gesto y cada cosa más que pasar se queda y permanece alegrando el corazón.

Creer en el Espíritu no es un acto intelectual aislado sino un pasar a la acción (o dar frutos), dejándonos conducir por el que nos ama y nos lleva a amar. En esa acción, creer es ser contemplativos, reafirmando, sin dejar de hacer el bien, que estamos obrando gracias a Aquel en quien confiamos, que nos purifica y nos perdona, nos alienta y nos consuela, nos da su audacia y su paciencia.