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miércoles, 17 de abril de 2013

Vivir desde la certeza de la resurrección

Publicado por El Evangelio en Casa

Jn. 21, 1-19

Hay ocasiones en que no resulta sencillo vivir desde la certeza de que Jesús ha resucitado. Hemos desarrollado una conciencia del shopping y esperamos resolver todos los problemas de una sola manera y en un solo lugar. Basta con acertar con el producto y listo. Buscamos resolver los problemas de la vida con objetos que se puedan comprar. Hay personas que ocultan y simulan sus profundas angustias comprando cosas innecesarias. Se mienten a sí mismas.
Este modo de vivir se ha metido también en la práctica de nuestra fe. Ella se ha convertido en un producto que se adquiere cuando hace falta, y luego se desecha.


Hay quienes siguen anhelando una vida sin problemas, sin dificultades, sin sufrimientos, sin dolor, sin desengaños…pero la vida tiene estos matices y la sabiduría comienza cuando sabemos relacionarnos con esos momentos. El ser humano crece y madura cuando aprende de sus errores, de sus dolores y de las dificultades por las que atraviesa. No existe una vida sin problemas, existen dificultades en nuestras vidas que se pueden resolver desde la fe. ¿Cómo fue la vida de los discípulos después de la resurrección de Jesús?
La gran tentación de los discípulos fue quedarse en las experiencias del viernes santo. ¡Eso fue un verdadero fracaso a sus ojos! Todo lo que habían creído y por lo que habían dejado todo, yacía colgado de un madero, sólo y abandonado.
Aquel momento resulto para ellos un fuerte golpe a la confianza que habían puesto en Jesús. Fue un duro revés a sus anhelos y proyectos. En aquel madero estaban clavados sus ilusiones y deseos.
Jesús escogió a unos cuantos para que estuvieran con Él. A estos los formó y los hizo sus discípulos. El discípulo es la persona que está en proceso de aprender. Jesús les fue instruyendo para que creyeran e hicieran propias las enseñanzas que les transmitía. Esas mismas lecciones serían las que llevarían luego a todo el mundo, y esto es lo que convierte a un discípulo en apóstol.
Pero les faltaba una lección, tal vez la más importante. Aquella que sólo se podría dar luego de la pasión, muerte y resurrección. ¿Cuál era esa lección? ¿Por qué espero al último momento?
La lección que Jesús trasmitió desde su pasión, muerte y resurrección es que Dios sostiene nuestras vidas en los momentos más difíciles. En esos momentos en que percibimos el desamparo y el abandono de todos, Dios está alentando la vida, sosteniéndola como un padre cariñoso que cuida a su hijo ante el dolo y el peligro. La lección que da desde las orillas del Tiberíades es que nada, nada de lo que hagamos o de lo que nos suceda hará que Dios nos ame menos. Su amor fue entregado al hombre para siempre, y ya nadie podrá quitárnosla.
¿Cuándo aprendemos nosotros a vivir esa presencia de Dios y ese amor entregado para siempre a nosotros? Sobre todo en esos momentos difíciles por los que nos toca atravesar. Es ahí, en ese momento de nuestra propia pasión donde Dios se hace presente sosteniendo nuestra vida.
En las situaciones difíciles es cuando recurrimos a Dios desesperadamente para que nos ayude y auxilie, pero debemos tener cuidado de no relacionarnos con él como lo hacemos con un producto del supermercado que luego de utilizarlo se desecha.
Nosotros somos discípulos de Jesús porque recibimos sus enseñanzas y creemos en él, pero también fuimos enviados por el don del bautismo a comunicar a otros su mensaje. Por eso, también nosotros somos invitados a vivir desde la resurrección. Vivir con la última lección que Cristo nos da; Dios está siempre sosteniendo nuestras vidas. ¡No tengas miedo!
El encuentro con el resucitado no hizo que la vida de los discípulos fuera más fácil o libre de problemas y dificultades. Al contrario, tuvieron muchos más. Pero pudieron atravesarlos porque estaban convencidos de que el Espíritu de Dios los sostenía y asistía.
Con Jesús en nuestra vida la realidad no se modifica, lo que se transforma es el corazón y aprendemos a mirar la realidad con los ojos del resucitado. Empezamos a reconocer a Dios en el dolor y la cruz de nuestros hermanos y en el propio.
La presencia de Jesús no eliminó los miedos del corazón de los discípulos, sino que les llenos de confianza. Pidamos a Dios la gracias de vivir la fe de la resurrección de su Jesucristo.


P. Javier Rojas sj