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domingo, 9 de junio de 2013

Contemplaciones del Evangelio: Res(ucit)ar



Lo escribo así, raro, para llamar la atención: Res(ucit)ar. En el interior de la oración acontece una resurrección. Al que reza, Jesús le da Vida, lo resucita, lo despierta de sus sueños.

¡Levántate! ¡Arriba! Como cuando nos despiertan del sueño. Viéndola ayer a Virginia, que acababa de fallecer en la Casa de la Bondad con sus sufridos 41 años, parecía tan dormidita. Es la impresión que nos dan los que han muerto si es que han muerto en paz: la de estar dormidos. Esa es la expresión cristiana: la muerte es un tipo de sueño y resucitar es “despertar”, “levantarse” (egeiro).

Y más dificil que “despertar” a alguien de la muerte, como hizo el Señor con el hijo de la mujer de Naím, es “despertar” a alguien de sus esquemas mentales, como hizo con Pablo. Tomamos esta resurrección, este “despertarse” como un despertar a la Fe, un despertarse con ganas de rezar, un dejar el estado de ensoñación “realista” en el que vivimos inmersos y comenzar a ver la Vida como la ve Jesús.

¿Y cómo ve Jesús la vida? ¿Qué visión nos propone?


Quizás antes de entrar en su manera de pensar y de sentir la vida, tan cordialmente, con esa bondad suya tan profunda, con su ingenio para ayudar a todos a levantarse y dar un pasito adelante en el amor, haya que reflexionar un poco acerca de los ensueños en que vivimos.

Comenzaría por hablar de los que están despiertos. En nuestra patria, los que están despiertos son los que han sufrido una tragedia: los familiares de la tragedia de Once, por ejemplo, -que lograron que otra vez lo procesen a uno de los Cirigliano –Mario-, a quien como por arte de magia un juez lo había “desimputado” sin que nadie, salvo ellos, dijera nada (todos dormidos los argentinos). Cuando escucho hablar a los papás de los Familiares siento que ellos están despiertos y el resto –nosotros- medio dormidos.

Decía Pablo Menghini, el día que reabrieron el Andén 2: “Así como nuestra vida tiene que seguir de alguna manera, y nosotros hemos elegido que sea con la lucha por la justicia y por los cambios, también entiendo que la vida de la estación tiene que seguir. Pero así como entiendo que nuestra vida nunca más va a volver a ser igual, la estación de Once nunca más va a volver a ser igual… Nunca va a dejar de ser un lugar en el que no solo nosotros sino cualquiera con un poquito de corazón y sensibilidad va a dejar de pensar en esas vidas perdidas de una manera absurda. Esa es mi opinión personal”.

La verdad es que le agradezco –le agradecí personalmente- que estén despiertos y que nos resuciten a nosotros a una vida que no sigue “igual”, a una vida en la que hay que “elegir luchar por la justicia y por un poquito más de corazón y sensibilidad”.

En ese lugar público, en el que los carteles de propaganda tratan de despertarnos la atención a un plan en cuotas o a una gaseosa, los familiares nos despiertan una y otra vez y nos ofrecen –al durísimo precio para ellos de haber optado por no anestesiar su dolor- participar de una lucha inclaudicable y de nunca acabar por la justicia y, al mismo tiempo, la posibilidad real de poner un poquito de corazón y de sensibilidad junto a ellos, cosa que todos podemos hacer aquí y ahora.

Lo que nos resucita, paradójicamente, es esa sirena que suena taladrante, dramática, desgarradoramente, y que me hace palpar en las expresiones del rostro de María Luján cómo está reviviendo esos minutos del padecimiento y de la muerte de su hijo. Sostenerle la mirada, cuando se cruza con la mía, es fusionar el corazón en la compasión. Y ese dolor infinito despierta. Uno se da cuenta de lo poco que vale todo lo demás.

Personalmente pienso que la muerte de los seres querido, sin Jesús, nos mete en un sueño incomunicable. Cada uno vive con sus muertos queridos y charla con ellos en su corazón sin que lo sepan los demás. Como decía Romina, ante la apertura del andén 2 “que ahora pase esto, como si nada, este es el país donde vivimos, nadie sabe el dolor que sentimos”.

Pero los Familiares están despiertos a la realidad del Tren. Ese tren en el que todos viajamos adormecidos (cosa que es propia de viajar en tren). Uno se duerme o escucha música o piensa en nada… porque el tren es pasajero, lo real es a donde uno va. Sin embargo los medios de transporte son un símbolo de nuestra calidad de vida, es más, de la vida misma, que es viaje, peregrinación. Por eso elijo está tragedia, siendo que todas son igualmente dolorosas y nos tienen que ayudar a despertar. En el país, decía, andamos como zombies por la calle hasta que sufrimos una entradera o nos roban o nos matan a alguien querido. Y uno ve todas esas marchas de gente despierta que grita una injusticia y siente que los demás estamos dormidos. Dormidos al prójimo, que es como decir dormidos a la vida.

Despertar a lo que le pasa al prójimo, comenzando por los más débiles y los más necesitados, es algo más que un deber moral. En ello nos va la vida misma. Estar despiertos o dormidos. Eso es lo que está en juego. Porque tu vida es un tren que va a chocar sí o sí, un día cualquiera, con el parachoques del anden 2 y te va a sumergir en el sueño de la muerte.

¡Por eso urge encontrar quién nos despierte!

Es sueño la TV y la tecnología, aunque parezca tan real. Basta que colapsen los celulares, como está pasando en Buenos Aires, para que la omnipotencia de hablar con quien uno quiera en cualquier momento se convierta en un disgusto y una frustración porque las llamadas no enganchan o se cortan. ¿Acaso cuando se corta la luz y no funciona internet ni nada y tenemos que andar buscando velas y cuidar el agua y subir por la escalera…, no sentimos como si nos despertáramos de un sueño cómodo a la cruda realidad?

Es sueño también la ideología. Así como en los sueños uno se da cuenta de alguna manera de que está soñando, así pasa con las ideologías –de un signo o de otro- uno se da cuenta de que eso de que “todo cierre” para un lado no es la realidad.

Hasta hace tres meses pensaba que el único despierto en nuestra Patria, era el futuro Papa Francisco, que se levantaba a las 4:30 en la piecita del tercer piso frente a la Plaza de Mayo para rezar por nosotros, él que a todos nos pedía y nos pide que recemos por él. Ahora agradezco que siga despierto en la Plaza del Vaticano (y que nos despierte temprano los miércoles y domingos para participar de sus audiencias y misas).

Pero no es sólo cuestión de “levantarse a rezar”: rezar es levantarse, despertarse, resucitar!

“Ya es hora de levantarnos del sueño”, para rezar y meditar.

“Joven, Yo te lo ordeno, levántate”.

Que Jesús nos salga al paso en nuestra vida cotidiana y se nos acerque para despertarnos y levantarnos. El es la Resurrección y la Vida.

No sé cómo será la resurrección final. Como dice Job: “Creo que mi Redentor vive y que con mis ojos veré a Aquel que un día me dio la vida”.

Sí me preocupa mucho cómo hacer para andar resucitado ahora. Para vivir despierto, quiero decir.

Despierto a la vida de mi prójimo.

Despierto a los sueños de Dios, que quiere que nos salvemos todos.

Despierto de todos los espejismos (tecnológicos, ideológicos, políticos y religiosos) que nos desvelan y adormecen y nos roban lo más precioso que tenemos: el tiempo para amar a nuestros seres queridos concretos.

Rezar es despertar…, o “soñar”…, pero no nuestros sueños, sino el sueño de Dios, que somos nosotros mismos despiertos. Rezar es soñar la realidad, tal como es, compadeciendo y comprometiéndose con la vida de nuestros hermanos.

Rezar es resucitar. Y es tan lindo y está al alcance de nuestra mano.

Diego Fares sj