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domingo, 21 de julio de 2013

Contemplaciones del Evangelio: Rezar por mis enemigos

XVI Domingo del T.O. (LC 10, 38-42)- Ciclo C

El Evangelio de Marta y María pinta, entre muchas otras cosas grandes –como la tensión fecunda entre vida activa y vida contemplativa, entre oración y servicio-, pinta, digo, un ícono de las relaciones fraterna. Entre dos hermanas que se quieren y que son amigas predilectas de Jesús, surge un desentendimiento, pequeño, cotidiano, diríamos, pero que pone de manifiesto la existencia de una semilla de cizaña en el corazón de Marta, que se queja a Jesús de que su hermana no la ayude y lo involucra, con una familiaridad que no deja de ser descortés, en una de esas peleas entre hermanas que se arrastran toda la vida.

Tomando lo más fuerte de la semana, como suelo hacer (esta semana no encontré ningún policía que intercediera por la raíz de mis necesidades, pero sí una amiga que pescó una frase del Papa Francisco de esas que sacuden los cimientos de nuestro cristianismo, nada menos, y que me la hizo llegar en un hermoso mail como “oferta para el día del amigo”. Como todas las perlas del Evangelio, puede iluminar tanto lo grande como lo pequeño, la relación entre las naciones como la vida familiar y fraterna. A mí, el mail de mi amiga me llevó a rezar con el evangelio de hoy que les comparto.



Decía antes de ayer Francisco, hablando sobre “nuestro enemigos”, lo difícil que es perdonar y cómo no se puede rezar con enemigos en el corazón: “Solamente lanzo esta pregunta y que cada uno de nosotros la responda en su corazón: ¿yo rezo por mis enemigos?, ¿yo rezo por aquellos que no me quieren bien? Si la respuesta es que sí, yo digo: ‘metele para adelante, rezá más, ese es el buen camino’. Si la respuesta es que no el Señor dice: ‘Pobrecito. También vos sos enemigo de los demás’”.

El Papa continuó invitando a rezar para que el Señor cambie el corazón de los que no nos quieren, mostró cómo el amor a los enemigos “nos empobrece”, pero con una pobreza que hace nuestro corazón semejante al corazón del Padre y al de Jesús y recentró el cristianismo en esta única cosa esencial: el perdón a los enemigos. Es lo que nos distingue de todas las formas manifiestas o encubiertas (a veces hermosamente maquilladas, de venganza y competencia).

Me cuestionó mucho, o mejor me cuestionó radicalmente, la frase: “pobrecito, también vos sos enemigo de los demás”. Mis enemigos me ponen ante una opción sin alternativas: o pido al Espíritu Santo la gracia de rezar por ellos de corazón, desde adentro, como dice Francisco, o me convierto en su enemigo, aunque no lo quiera. Uno siente muchas veces que no, que puede “borrarlos”, ignorarlos, que vivan su vida lejos, que no me afecten, no lo odio ni me voy a vengar pero no quiero tener nada que ver con el o ella en mi vida….

Y sin embargo, los enemigos son el prójimo más prójimo, están sentados al borde del camino de mi corazón y pienso en ellos mucho más de lo que quisiera. También en lo cotidiano y en las cosas pequeñas.

¿No te pasa lo que a Marta, que estás muy servicial y alegre haciendo las cosas que te gustan y de golpe mirás a tu prójimo y lo sentís enemigo, sentís que es injusta la situación, que te dejaron solo con el trabajo, que se está perdiendo algo por culpa del otro y que Jesús no se da cuenta…, y te brotan celos, bronca?

Lo lindo de Marta es que se lo puede expresar a Jesús. Es una oración la suya. Una oración en la que sale de sí. Trasciende.

Sale como puede, pero sale: le habla a Jesús y luego recibe su enseñanza, para bien de todos nosotros. Expresa la raíz de su bronca, esa frase que el mal espíritu le instiló y la hizo indignar: ¿no te importa?

Esa frasecita es del tentador. La sentirá en grado sumo el Señor en la cruz: ¿por qué me has abandonado? Es la cizaña que amarga a veces grandes períodos de nuestra vida: cómo no le importó esto a mis padres, cómo no se dieron cuenta; cómo no se dio cuenta de esto mi amigo, mi esposa, mi esposo, mi hijo, mi superior…

Enseguida viene la solución que Marta, como cada uno que juzga con su buen sentido las situaciones, propone como obvia: “decile que me ayude con el servicio”.

Hasta aquí llega la oración activa de Marta. Lo importante es que ella, como María, escucha lo que responde el Maestro.

Cosa que a mí por lo menos, a veces, me lleva mucho. Salir de la propia “razón”, salir del criterio, del paradigma, del esquema mental en el que meto todo y suele ser un espejo en vez de una ventana de salida.

La respuesta de Jesús no es para tomar a la ligera. Como cuando se dice que la mejor parte es la vida contemplativa o a alguno que anda nervioso de aquí para allá se le dice: “Marta, Marta!”. Lo peor para el evangelio son sus estereotipos, porque hacen que uno no escuche al Jesús vivo y que llenándonos la boca de frases evangélicas superficialmente dichas se pierda la única cosa importante.

Me maravilló caer en la cuenta dónde sitúa Lucas esta frase de Jesús “hay necesidad de una sola cosa. María eligió la parte buena que no le será quitada”. La sitúa en un ámbito de amistad, en la casa de sus amigos, ¡luego de la parábola del buen samaritano y antes de enseñar el Padre Nuestro! Si no sólo hay que fijarse en lo que dice Jesús sino a quién se lo dice y en qué contexto, díganme si este lugar evangélico no es privilegiado.

María eligió la parte buena, la mejor parte: aquietada a los pies de Jesús se dejaba serenar por su mirada y alimentar por sus palabras. Cosa que también hizo Marta, al pararse a interpelar al Señor para luego escuchar su enseñanza. Esa es la gracia: dejar que nos hable y que nos mire, no sólo en el presente inquieto que nos dinamiza a ser más, a cambiar, a hacer esto o aquello, sino con su mirada complacida al ver que somos “buenos”, creaturas suyas, esa mirada de amigo que valora nuestra elección más honda, esa mirada que nos ve santos, tal como seremos en el cielo. La mirada de Jesús pacifica, serena y permite dar un pasito adelante en el amor al prójimo y al Padre, sin ansiedad ni culpa. ¡Servir al prójimo sin ansiedad, rezar al Padre sin culpa!

Y la señal de que nos dejamos mirar así de hondo y así de totalmente, es que se expanda en nuestro corazón el amor a los enemigos, el deseo de rezar así por todos, de pedir que todos nos dejemos mirar así, porque, como nos cambió a nosotros nuestra ansiedad comparativa y nuestros dinamismos de venganza y de reivindicación, así también se los puede cambiar a los demás, a los que no nos quieren. Rezar por los enemigos no es pedir que cambien y me den la razón a mí, es sentir que yo soy igual en algún punto y en alguna medida y que la mirada de Jesús es capaz de convertirnos a todos.

Si no rezo –como María, eligiendo libremente, o como Marta, a exabruptos sinceros-, si no rezo por mis enemigos: ‘Pobrecito. También yo soy enemigo de ellos (o de otros)’.

En el día del Amigo, escuchamos de nuevo a Francisco:

“Solamente lanzo esta pregunta y que cada uno de nosotros la responda en su corazón: ¿yo rezo por mis enemigos?, ¿yo rezo por aquellos que no me quieren bien? Si la respuesta es que sí, yo digo: ‘metele para adelante, rezá más, ese es el buen camino’.

(Luego de meditar estas cosas, me puse a rezar el Ave María por “mis enemigos” y salieron distintos tipos, muchos con nombre apellido. Aquellos a los que yo ofendí, escandalicé o traté mal y tengo conciencia, aunque no sepa cuánto mal hice, pido perdón a Jesús y que él me de reparar lo que puedo y supla lo que no. También pensé en los que no me quieren y yo no lo sé, los que piensan mal de mí por lo que dijeron otros o indirectamente sufrieron por mis decisiones y acciones, para que el Señor con su abundancia de misericordia haga que no pesen tanto mis malas influencias. Luego recé por los que siento que me hicieron mal a mí. La verdad es que las bendiciones del Señor son tan poderosas en mi vida, que no siento que nadie me haya hecho un daño grave, que me haya resentido hondamente. Más bien Él transformó los males en bienes. Sí, constato que hay cosas que me hirieron más de lo que creía por algunas reacciones “espontáneas” que tengo cuando algo tiene que ver con esos golpes que recibí. Recé a la Virgen por esas personas y por mí, para que pueda perdonarlas más de corazón. Que los que son conscientes de lo que fue injusto se arrepientan, al menos ante el Señor, y si lo podemos arreglar entre nosotros, mejor (aunque me parece que esto requiere más trabajo de mi parte porque preferiría no tener mucho que ver con esas personas en adelante). Bueno, la verdad es que más que para escribir esto me metió en un mar ancho y profundo y me hace falta quedarme rezando con el Señor).