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domingo, 21 de julio de 2013

¿Podíais hablar más alto?

Domingo 15 Tiempo Ordinario – C

El problema de siempre.
Dedicarse a las ollas o quedarse sentada escuchando.
Meternos entre los ruidos de la vida o escuchar con el corazón.
Tener tantas cosas que hacer que no hay tiempo para escuchar.
Tanto escuchar a los además, que no hay tiempo para escucharnos ni escucharle a El.

Vivimos la cultura de las orejas ocupadas.
Porque ¿quién no va por la vida con unos auriculares en las orejas?
Hace unos meses, abrí como siempre, la puerta de la Iglesia a las seis de la mañana.
En esto entró un joven para mí desconocido.
Cuando miro hacia atrás lo veo bailando y me doy cuenta que llevaba unos auriculares.
Me acerqué a él, y no me hizo ni caso.
Al fin poco a poco lo fui sacando de la Iglesia y me di cuenta que era un loquito que andaba por todas partes.

Me quedé pensando: “Aquí hasta los locos llevan auriculares para bailar”.
Claro, con la música en las orejas no me escuchaba a mí.
Escuchaba su música.
¿Cuál era el problema de Marta y María?
Nadie duda de que el “servicio” es esencial para todo cristiano.
Tampoco nadie duda de que “escuchar” es fundamental.
El problema puede que esté:
Cuando el servicio nos absorbe y nos impide escuchar a Dios.
Como cuando el escuchar a Dios, o decir que le escuchamos, es motivo para no servir.

Jesús defiende la prioridad del “escuchar”.
No niega el “servicio”.
Sí llama la atención para que el “hacer” no nos absorba de modo que nos ponga nerviosos, tensos, con los nervios en punta, nos agote y no nos deje tiempo para escuchar.
En una ocasión escuché un comentario que, no sé si será muy bíblico, pero que puede tener su miga de razón: “Lo que Marta quiso decir fue: “Oye, Señor, ¿no podías hablar más alto para que también yo escuche desde la cocina?”

Ciertamente nuestro quehacer tiene que brotar de nuestro escuchar a Dios.
Jesús mismo dice: “Yo hago lo que el Padre me manda”.
Nuestro servicio ha de nacer de la palabra de Dios sonando dentro del corazón.
Solo de esa manera nuestro hacer deja de ser un “activismo despersonalizador”.

El dedicar un tiempo para “escuchar a Dios y hablarle a Dios” es necesario para que la vida no se vacíe.
Cuando decimos que no tenemos tiempo para “estarnos a solas con Dios”, quedamos absorbidos por las cosas que terminan destrozando nuestros nervios.
Cuando decimos que no tenemos tiempo para “estar a solas con Dios y nosotros mismos”, el “hacer nos esclaviza”. Y terminamos agotados sin poder hacer todo lo que teníamos que hacer.
Algunos desearían que el día tuviese más horas.
Estaríamos en las mismas, tampoco tendríamos tiempo para “hacer” ni para “escuchar”.

La armonía con nosotros mismos y con Dios, está en la armonía de saber distribuir nuestro tiempo:
Tiempo para servir.
Tempo para escucharle a El.
Tiempo para servir a los demás.
Tiempo para escuchar a nosotros mismos.
Tiempo para hacer.
Tiempo para escuchar.
De lo contrario, Dios tendrá que hablar más alto para que le escuchemos también entre el ruido de las cosas.
Y a Dios le gusta hablar sin gritar.
A Dios le gusta hablar en silencio.

¿Cuánto tiempo dedicamos al “hacer”?
¿Cuánto tiempo dedicamos al “escuchar”?
De todo modos:
Antes de hablar de él, primero escuchémosle.
Antes de hablar a los demás, primero escuchémonos a nosotros.
Antes de hablar a los demás, primero escuchémosles a ellos.
La escucha no es un monólogo sino que tiene que ser un diálogo.
Quien no escucha termina diciendo tonterías.
Quien no escucha termina en que nadie le hace caso.
Porque quien no escucha la vida no puede hablar de la vida.
Quien no escucha a Dios no puede hablar de Dios.