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domingo, 6 de octubre de 2013

Sólo hay trabajo para los siervos inútiles


... El injusto tiene el alma hinchada, pero el justo vivirá por su fe (Hab 1,2-3; 2,2-4).
... Aviva el fuego de la gracia de Dios que recibiste... No tengas miedo de dar la cara por nuestro Señor... (2 Tim 1,6-8.13-14).
... Cuando hayáis hecho todo lo mandado, decid: somos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer (Lc 17,5-10).

Han desaparecido las moreras, pero no ha despuntado la fe...

En mi infancia las moreras eran numerosísimas y, además de bordear los caminos de la campiña, formaban una especie de seto robusto y espeso en torno a las propiedades agrícolas. En las horas de más calor, su sombra resultaba providencial durante los descansos en el trabajo. Al amparo de ellas se almorzaba y se colocaba a los niños de pecho que dormían.

Mi madre me mandaba arrancar sus hojas. Servían para los gusanos de seda que las roían incesantemente para almacenar el precioso material que después habrían de devanar en delicados hilos de oro.


Yo, además de las hojas, arrancaba ávidamente también las gruesas moras. Que no iban destinadas a los gusanos. Además las blancas tenían la ventaja de no dejar señales delatadoras en torno a la boca.

Hoy las moreras, al menos entre nosotros, escasean mucho, casi han desaparecido. Y el fenómeno parece que no se debe a un colosal «trasplante en el mar» obrado gracias a firmes dosis de fe (según la receta ofrecida por el evangelio de hoy). Ha sido un motivo más banal: estorbaban demasiado para las exigencias... motorizadas de los grandes cultivos.

Personalmente debo admitir que el verdadero, el problema insoluble, no es tanto el de encontrar en mi panorama actual una morera aunque sea difícil (incluso aunque hayan desaparecido, incluso aunque estén desprovistas de moras, tanto blancas como negras, que dejan señales inequívocas en las comisuras de la boca), sino el de encontrar dentro de mí un cierto tipo de fe (que además es el único tipo) que deje también una pequeña señal por donde paso.

El chaval que desnudaba las moreras de sus hojas y de sus frutos sabrosos ha crecido. Pero ciertamente no debo afirmar que la fe haya aumentado hasta alcanzar las dimensiones considerables de un «granito de mostaza» (casi invisible), esa fe indispensable para hacer caminar a las moreras o trasladar las montañas (Mc 11,22- 23; Mt 17,20; 21,21). Los rabinos sostenían que la planta más difícil de arrancar es el sicomoro (hoy se referirían probablemente a las butacas, o mejor, a quien se ha emparedado en ellas). Jesús nos facilita la tarea contentándose con un árbol un poco menos robusto. Pero no puede concedernos una ulterior reducción en lo que se refiere a la fe. También porque sería arduo encontrar algo más pequeño que la punta de un alfiler (el de granito de mostaza, obviamente). Casi invisible, de acuerdo. Pero no inexistente.

Ni siquiera los apóstoles parece que se hayan arriesgado a hacer viajar árboles y colinas, pero el poder de su fe pascual lograba al menos poner de pie a un paralítico y hacer caminar a alguno con sus propias piernas.


Fe como espera paciente

La fe es el motivo dominante del leccionario de hoy, bajo tres puntos de vista distintos:

-paciencia (primera lectura)

-perseverancia (segunda lectura)

-trabajo por el Reino (evangelio).

En el texto de Habacuc resuenan dos expresiones típicas de toda plegaria de queja: «¿Hasta cuándo..., Señor?» «¿Por qué?»

El profeta, como cada uno de nosotros, se encuentra frente al inquietante problema del mal, de la violencia, de la crueldad de la historia (tenía ante los ojos el choque entre las dos grandes superpotencias del tiempo: Asiria -ya encaminada a la decadencia- y el imperio babilónico emergente), de las contradicciones, injusticias, absurdos, cosas desagradables de la vida cotidiana.

No solamente las guerras acumulan escombros y cadáveres. También en nuestras humildes vivencias de cada día hay montones de ruinas: desilusiones, proyectos que se derrumban, golpes imprevistos, pérdidas dolorosas, preocupaciones motivadas por el trabajo (y especialmente por la falta de trabajó), desgracias en serie...

«¿Hasta cuándo..., Señor?» (=ya no puedo más). «¿Por qué?» (=no entiendo nada).

A Habacuc se le tranquiliza diciéndole que escriba la visión y la «grabe en tablillas». Hay un término, un vencimiento seguro.

Lo malo es que no se le permite al hombre leer aquella fecha tranquilizadora. Simplemente porque no está escrita en ninguna tabla. Dios garantiza únicamente que existe un límite preciso. Pero el «cuándo» lo conoce solamente él. Nosotros sólo debemos esperar ese vencimiento que tiene la costumbre de «tardar».

La fe nos dice que «ciertamente vendrá», pero no es posible fijar el día.

Habacuc saca una conclusión importante: «El justo vivirá por su fe» (afirmación que constituirá el «leiv-motiv» de la carta a los Romanos).

Podemos decir: el justo se nutre, toma fuerza en la fe. Pero la fe no se alimenta de «seguridades», explicaciones, verificaciones inmediatas, sino de esperas interminables.

No se permite forzar a Dios, aprisionarlo en nuestras previsiones, en nuestros cálculos, en nuestros programas.

La espera está hecha de paciencia, calma, paz y... tiempos largos. Implica la capacidad de resistir al desaliento y a la desilusión. Nada llega cuando nosotros decidimos.

Dios se hace esperar. Dios con frecuencia anda con retraso (al menos según nuestros calendarios). Dios anda con retraso. Pero sólo en comparación de nuestras prisas, no de su promesa.

Fe como perseverancia animosa

Timoteo es intimado por Pablo para que «avive el fuego de la gracia de Dios». Hay una referencia a la imposición de manos, mediante la que se ha convertido en ministro del evangelio.

El testigo de Cristo es exhortado a que rechace toda aptitud de miedo y «cobardía», adoptando un estilo caracterizado «por la energía, amor y buen juicio».

Se trata de afrontar con coraje las pruebas inherentes a la causa del evangelio.

La capacitación carismática no dispensa de las dificultades, oposiciones y persecuciones, sino que hace necesaria la perseverancia en medio de ellas.

Timoteo, para avivar el don y vivir en la fidelidad puede inspirarse en las palabras de su maestro y, sobre todo, de su ejemplo. Pablo, en efecto, se encuentra en la cárcel a causa de Cristo.

Finalmente, la tarea del anuncio del evangelio («este tesoro»); el patrimonio preciso que se le ha confiado para ser conservado y, sobre todo, para ser transmitido íntegro, exige necesariamente la acción del Espíritu «que habita en nosotros».

Si el justo -como recuerda Habacuc- «vive por su fe», el testigo cristiano resiste en la fidelidad y en la perseverancia gracias al dinamismo: interior del Espíritu.

Fe como trabajo necesario realizado por «siervos inútiles»

Hay que leer la parábola de Lucas mirando al siervo y no al amo. El Señor, obviamente, no se identifica con este arrogante «señorón de pueblo», despechado, orgulloso, pretencioso y hasta un poco zafio frente a la servidumbre. En todo caso, el modelo podría ser el que presenta el amo que sirve a la mesa a sus colaboradores (Lc 12,37). Nosotros somos los «siervos», que debemos identificarnos con el comportamiento del siervo que trabaja con empeño, amor y humildad. Y, después que ha obedecido las órdenes, con seriedad, reconoce que no ha hecho sino cumplir simplemente con su deber.

«Lo mismo vosotros: cuando hayáis hecho todo lo mandado decid: Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer». La relación con Dios está bajo el signo de la gratuidad, y no bajo el signo de un contrato.

A la gratuidad del don de Dios, debe corresponder una postura por parte del hombre hecha de dedicación apasionada y humilde, diligente y modesta. Sin reivindicaciones farisaicas y sin instrumentalizaciones propagandísticas.

Diría que hoy no escasean los siervos.

Lo malo es que se advierte una evidente desproporción entre el número imponente de siervos que se consideran necesarios, incluso indispensables, que sueñan que han hecho cosas: grandiosas (y pretenden, por tanto, que se conozcan, que todos estén informados... incluso antes de haberlas realizado; en algunos casos la sala de prensa es más importante que las obras, las estadísticas y las noticias publicitarias sustituyen a los horarios de trabajo) y un número ajustado de siervos inútiles.

Hay necesidad urgente de «siervos inútiles», si se quiere que la viña del Señor se cultive y no simplemente se «ilustre».
Necesitan operarios que encuentren la alegría en luchar por Dios y por su Reino en la oscuridad, y no en exhibición descarada de sus sensacionales empresas (que, con frecuencia,, sólo tienen de sensacional e1 ridículo de la inmodestia)

Demasiados «siervos» están hoy empeñados en presentar programas grandiosos, anunciar iniciativas (naturalmente) valientes, proclamar cambios (naturalmente) determinantes, lanzar o recoger desafíos (naturalmente) del dos mil en adelante, producir documentos (naturalmente) históricos.

El hecho es que la historia la hacen los «siervos inútiles», no los mayordomos decorativos, los camareros locuaces, los pavos reales que embellecen los patios y los alrededores del palacio, los trompetistas del rey.

Hacen la historia los humildes incansables que ponen a disposición del Señor un espinazo que se dobla y una sonrisa que les impide perder el sentido de las proporciones.

Y cuando levantan la cabeza de la azada familiar, no lo hacen para recibir la corona de laurel, sino para secarse el sudor.

«Señor, aumenta nuestra fe». ...Y ayúdanos a no tomarnos demasiado en serio. Las moreras caminan al impulso de un preciso y potente mandato de la fe. Y los trabajadores en el campo del Señor no deben ocupar su puesto convirtiéndose en inextirpables «monumentos».

El «complejo del monumento» (monumento al soldado incluso excesivamente conocido por su alergia a arriesgar la piel de las rodillas y de las manos) se elimina con una simple risotada liberadora sugerida por la humildad (también ésta, casi invisible, como un grano de mostaza).

El siervo del evangelio no se presta a la admiración pública. Prefiere, después de haberse puesto silenciosamente a disposición, concederse el rarísimo, precioso premio de inutilidad.

También esto, como la fe, «hace vivir» en la serenidad. Y nadie lo arrebata...