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viernes, 31 de octubre de 2008

Todos los Santos: Evangelio Misionero del Día: Sabado 01 de Noviembre de 2008


Por CAMINO MISIONERO

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 4, 25--5, 12

Seguían a Jesús grandes multitudes, que llegaban de Galilea, de la Decápolis, de Jerusalén, de Judea y de la Transjordania.
Al ver la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a El. Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo:
«Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices los afligidos, porque serán consolados.
Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia.
Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.
Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.
Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios.
Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.
Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí.
Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron».


Compartiendo la Palabra
Por Pedro Garcia cmf
¿Qué celebramos hoy?... Una fiesta singular. La fiesta de TODOS los Santos.
Miramos hoy al Cielo, y no nos fijamos ni en Pedro ni en Pablo, ni en Marta o la Magdalena; no contemplamos a Agustín, a Francisco, Domingo o Ignacio, ni a Inés, Catalina, o Teresa... Hoy contemplamos la gloria de todos nuestros hermanos en la fe que ya triunfaron, desde el hombre o la mujer más gigantes en la Iglesia hasta el niño que se ha ido como un angelito al Cielo nada más nacer...
Casi todos ellos son Santos anónimos para nosotros, pero tienen un nombre propio y eterno en la presencia de Dios.
Allí hay parientes nuestros, los más cercanos tal vez, como nuestros padres, hijos o hermanos, y amigos y amigas muy queridos. Por ellos damos gracias a Dios. Por ellos, y en su honor, ofrecemos a Dios el Sacrificio de Cristo en la Eucaristía.
Nos encomendamos a ellos, para que rueguen por nosotros, porque son unos poderosos intercesores nuestros delante de Dios nuestro Padre y de Jesús el Salvador.
Los miramos con feliz envidia, porque tienen una dicha y una gloria que no podrán perder ya jamás. Y sentimos el anhelo grande de llegar también nosotros, como ellos, a esa felicidad que Dios nos tiene preparada. Estos son los sentimientos que dominan nuestro espíritu cuando tendemos hoy nuestra mirada al cielo azul, al cielo estrellado, más allá del cual los ojos de nuestra fe descubren otro Cielo, el Cielo donde Dios se manifiesta en gloria a todos sus elegidos. Esta fiesta nos hace ver de modo especial cómo Dios nos llama a la gloria. Teresa de Lisieux, la joven Doctora de la Iglesia, cuando no tenía más que tres o cuatro años y empezaba a distinguir las primeras letras del alfabeto, era ya una maestra en la doctrina de la predestinación. Contemplando el firmamento en la noche, se fijaba en la T que forman las estrellas dentro del cuadrilátero de la constelación de Orión, y decía a los suyos: Veo mi nombre escrito en el cielo.
No se equivocaba aquella niña precoz. Nosotros, los bautizados, desde el principio de nuestra existencia, tenemos el nombre escrito en el Cielo. Dentro del plan y designio de Dios, como nos explica San Pablo, al llamarnos Dios a la existencia nos ve ante sus ojos divinos, nos elige, nos predestina, nos llama, nos justifica y hace santos, hasta que, como último peldaño de su gracia y de su amor, nos glorifica eternamente.
Y como a nosotros, los bautizados, justifica a todos aquellos cuya fe y rectitud de corazón sólo Él conoce. Los mira, como a nosotros, redimidos por la Sangre de Jesucristo, y por Jesucristo los meterá también en su gloria. El plan de Dios es, por cierto, muy amoroso. Con el apóstol San Juan, admiramos el amor que Dios nos ha tenido, hasta llamarnos y hacernos de verdad hijos suyos, porque lo somos realmente, y cuando lo veamos cara a cara seremos en todo semejantes a Él. Ser como Dios para siempre, metidos en su misma vida y felicidad, ése será nuestro verdadero Cielo. Jesús se gozó inmensamente cuando vio a sus pies y en torno a Sí aquella multitud que le seguía. Adivinó y vio en ella, como un signo, a la multitud de los elegidos, y nos dijo quiénes eran estos afortunados: los pobres, los que lloran, los mansos y los pacíficos, los de corazón puro y generoso, los perseguidos por causa de Cristo y los que esperan todo de Dios. A cada grupo los iba llamando ¡Dichosos, dichosos, dichosos!..., porque vuestro es el Reino de los Cielos.
Esta fiesta nos trae una vez más a nuestra mente la realidad de la secularización que estamos padeciendo. El mundo moderno se ha empeñado en centrarse sobre sí mismo, sin mirar al más allá que necesariamente nos espera a todos.
Los pobres, los obreros, la masa trabajadora, sufrieron por muchos años la doctrina marxista que les adoctrinaba sobre un materialismo craso: ¿Dios?, les decían., ¡un invento del Capitalismo! ¿El Cielo? ¡Una palabra sin sentido, que debe ser eliminada del lenguaje humano, porque enerva las energías para trabajar y buscar la felicidad aquí, y no en una vida futura que no existe!... No digamos que este adoctrinamiento de las masas no dejó huella en el mundo. Los ateos no han desaparecido con la caída del muro de Berlín..., y hay que hacer revivir la fe en los pueblos que sufrieron la influencia marxista. Al mundo rico le está pasando igual o peor. Los que tienen todo en la vida se van diciendo convencidos: ¿Dios? ¿El Cielo? ¿Y para qué nos hablan de estas cosas, si no las necesitamos para nada?... No expresarán su pensamiento de manera tan cruda, pero saben vivirlo en la realidad de cada día... Así, por los unos que sufren y por los otros que disfrutan, se ha metido en el mundo la increencia, la infidelidad, el alejamiento de Dios, la desesperanza ante la vida eterna. Por eso, una fiesta como la de hoy viene a reavivar en nosotros, los creyentes, esa esperanza y esa ilusión de las que tan necesitada está la sociedad moderna.
¡Señor Jesucristo!
Tú nos dices cuáles serán tus últimas palabras cuando vengas a cerrar la historia de la Humanidad. De maldición para unos, de bendición para otros. Éstos, oirán de tus labios: ¡Venid, benditos de mi Padre, a poseer el Reino que os está preparado!... ¿Por qué no infundes en todos los hombres la fe en tu palabra y la esperanza de ese tu premio que nos ilusiona a nosotros?...

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XXXI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO: Entre Dios y tú no puede haber intermediarios

Por Fray Marcos
Publicado por Fe Adulta

CONTEXTO

Seguimos con el mismo discurso. Después de la controversia, que duró varios domingos, Mateo sigue hablando para su comunidad y poniendo en boca de Jesús lo que quiere decir él a aquellos cristianos. Su intención es hacer ver la diferencia entre el antiguo Israel y la nueva comunidad.

En el relato de hoy, Jesús no habla a los fariseos, sino a la gente y a sus discípulos. Este texto prepara las siete maldiciones que pone el evangelio en boca de Jesús: “Ay de vosotros, letrados y fariseos hipócritas...” Mateo quiere advertir a su comunidad que no caiga en los mismos errores que critica. Su preocupación está justificada, porque el cristianismo cayó muy pronto en un fariseísmo mayor que el judío

EXPLICACIÓN

Nos llevaría demasiado tiempo el explicar cada una de las frases del pasaje. Vamos a revisar sólo algunas.

La verdad es que hoy no se necesita ninguna exégesis especializada. Se entiende todo perfectamente. Otra cosa es, que nos interese, de verdad, seguir las directrices del evangelio.

De muchos, que se encuentran hoy sentados en cátedras, se podía decir lo mismo que Jesús dijo de los letrados y fariseos. ¡Qué poco han cambiado las cosas! El texto sigue teniendo hoy una rabiosa actualidad.

Lo primero que hay que tener en cuenta es, que el ambiente reflejado en este texto, no es el del tiempo de Jesús, sino el de la comunidad de Mateo, cuando escribe su evangelio.

El judaísmo del tiempo de Jesús, estaba integrado por numerosas organizaciones, partidos y sectas, que tenían distinta manera de ver y practicar la religión. Jesús, sin duda ninguna, criticó a muchos de esos grupos, pero los furibundos ataques contra los fariseos que aparecen en los evangelios, seguramente no corresponden a Jesús, sino a una situación que comienza a partir de la destrucción de Jerusalén en el año 70.

Fue entonces cuando los fariseos se hicieron con el absoluto control del judaísmo e impusieron a todos su manera de pensar (a esta situación puede hacer referencia la frase: “En la cátedra de Moisés se sentaron los fariseos”). Sólo entonces decidieron expulsar del judaísmo a los cristianos y declararles formalmente herejes. Lo que reflejan los evangelios es la reacción de los cristianos contra esos fariseos, que se mantuvo a través de los siglos.

En el texto de hoy encontramos dos pistas para descubrir que esas palabras no las dijo Jesús:

a) Nunca pudo decir que el único Señor era él mismo.

b) La denominación de “hermanos”, que el evangelista pone en boca de Jesús, fue un distintivo de la primera comunidad cristiana.

El saber que no lo dijo Jesús no resta un ápice la importancia de la advertencia a aquellas primeras comunidades.

“Ellos no hacen lo que dicen”. No es exacto que los fariseos fueran por definición “fariseos”. Eran cumplidores, pero su rigorismo en la interpretación de la Ley les obligó a disimular que eran incapaces de cumplirla, para poder seguir exigiendo a los demás lo que ellos no hacían. Pero el engaño mayor consistía en exigirles en nombre de Dios, unas prácticas que no les podían traer salvación, porque no eran más que preceptos humanos.

“Cargan a la gente con fardos pesados e insoportables”. Eran 613 los preceptos que tenía que cumplir todo israelita para ser fiel a la Ley, según algunos, todos tenían la misma importancia. En ese fárrago de prescripciones, la vida humana quedaba aprisionada y las personas sumidas en una frustración alienante. Recordemos que Jesús había dicho: “Mi yugo es llevadero y mi carga ligera”.

“Todo lo que hacen es para que los vea la gente”. Cuando se pone la perfección en el cumplimiento de normas externas, sólo caben dos salidas:

En la medida que la alcances, la soberbia. Soy más que los demás y puedo mirarlos por encima del hombro.

En la medida que no la alcanzas, la simulación. Lo que los demás piensen de mí es más importante que lo que soy realmente. De ahí el afán por exagerar todos los signos externos de religiosidad. Hoy sigue habiendo cristianos que están es esa misma dinámica.

“Vosotros, en cambio...” Aquí tenemos la clave del texto. La nueva comunidad no debe comportarse como los fariseos, sino desde la autenticidad. Esto es lo que quiere dejar claro Mateo. El mensaje central de Jesús, consiste en abandonar todo intento de superioridad y entrar en una dinámica de servicio incondicional a los demás. Cuando Juan habla del pecado del mundo, se refiere siempre a oprimir o a dejarse oprimir.

“No os dejéis llamar maestros, no llaméis a nadie padre, no os dejéis llamar jefes”. ¡Qué poco dura lo auténtico! Seguramente ya se empezaba a estructurar la comunidad y ya había, en aquella época, quien quería ser más que los demás. Los seres humanos somos capaces de remover el cielo y la tierra, con tal de justificar el estar por encima de los demás y de alguna manera someterlos y utilizarlos en beneficio propio.

“El primero entre vosotros será vuestro servidor”. Jesús exige lo que él vivió. El mismo Jesús comenta esto en otro lugar: “lo mismo que el Hijo de hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos”. Recordad que cuando Juan dice “dar su vida”, no emplea “zoe” ni “bios”, sino “psiques”. No está hablando de la vida biológica o zoológica, que entregó en la cruz, sino de la vida sicológica (propiamente humana) que pone al servicio de los demás durante su vida biológica.


APLICACIÓN

Sería muy fácil quedarnos en la consideración de lo malos que eran aquellos hipócritas fariseos. O de la reprimenda que les cae hoy a los superiores. Siempre estaremos inclinados a descubrir lo que las Escrituras exigen a los demás. Pero el texto dice: no os dejéis llamar... y no llaméis a nadie... Parece que la advertencia es para todos.

Ciertamente, a primera vista el principal reproche se hace a los superiores. A ello nos empuja también la primera lectura. Sin duda ninguna, la jerarquía debía hacer un serio examen de conciencia partiendo de estas palabras del evangelio y de otras que van en la misma dirección. Pero los títulos se los damos nosotros: Muy Reverendo Padre Superior, Eminencia Reverendísima, santísimo Padre.

Una vez más debemos recordar que Jesús no lanza sus diatribas contra la autoridad, sino contra la autoridad que se ejerce como poder y opresión. El que quiera ser primero que sea el último y el servidor de todos.

La Iglesia empezó muy pronto a organizarse y no tuvo más remedio que echar mano de los ejemplos que encontró a su alrededor. Copió en su estructura el organigrama de las instituciones civiles, sobre todo las del imperio. Lo malo fue que, poco a poco, olvidándose del evangelio, le fue dando más y más importancia al poder como tal, y terminó sacralizándolo, en contra del evangelio.

Una vez que entró por esa dinámica, no ha visto la manera de salir de ella. Desde la Edad Media, se han alzado en todas las épocas voces en contra de la estructura de poder (jerarquía) de la Iglesia Romana. Muchos vieron la necesidad de reformarla, pero nadie ha sido capaz de emprender con éxito esa renovación. Juan Pablo I lo anunció, pero no vivió para realizarla. El poder absoluto corrompe absolutamente. Pues no hay poder más absoluto que el que se ejerce en nombre de Dios.

El domingo pasado hablábamos del peligro de las instituciones, porque no pueden dar lo que verdaderamente pidió Jesús: el amor. Las instituciones son imprescindibles, porque el ser humano es un ser social, y para vivir en sociedad hay que organizarse. Lo que no podemos consentir es que la institución se considere fin en sí misma. Todas tienen que estar al servicio del ser humano.

Una sola persona debe estar siempre por encima de cualquier institución, aunque sea la sacrosanta institución eclesial. Todas las agrupaciones humanas deben ser medios para que el ser humano pueda alcanzar más fácilmente su plenitud.

Pero estaríamos completamente equivocados si creyésemos que toda la culpa la tienen los superiores. Un examen cuidadoso de la sicología humana, nos llevará a descubrir, que somos los inferiores los que tendemos a buscar el refugio de otras personas en las que depositamos la confianza para encontrar seguridad, a cambio de que nos liberen de las responsa­bilidades más acuciantes y más comprometidas, aunque eso suponga un cierto grado de sumisión.

Aparentemente la carga de que me libero, es mayor de la que supone la sumisión. Esta es la trampa, porque actuando de esta manera renunciamos a la libertad, sin la cual no puede haber persona humana, y al compromiso sin el cual no hay crecimiento.

Obedecer órdenes no garantiza el cumplimiento de la voluntad de Dios. Ser fiel a Dios es ser fiel a sí mismo, a tu auténtico ser. Lo que Dios quiere de ti, te lo está diciendo Él desde dentro de ti mismo. Entre Dios y tú no puede haber intermediarios. Todo el que quiera doblegar tu voluntad en nombre de Dios, te está engañando.

Es verdad que nunca podremos alcanzar la plenitud en soledad, pero los demás, todos los demás, tienen que ayudarme a descubrir el camino de esa plenitud, mostrándome la posibilidad de alcanzarla o los errores que me lo puedan impedir.


Meditación-contemplación


No llaméis a nadie… No os dejéis llamar…
En el orden espiritual, nadie es más que nadie.
Todo lo que somos se lo debemos a Dios
y Dios da a todos lo mismo porque se da Él mismo.

…………….


No quiere decir que no nos necesitemos unos a otros.
Sin ayuda yo no llegaría a ninguna parte.
La energía para caminar ya la tengo.
Falta saber en qué dirección tengo que orientar mis pasos.

…………….


Sólo el que ha subido antes a la cumbre
estará en condiciones de mostrarme las dificultades del camino.
Siempre que el objetivo sea llegar a la cumbre,
y no hacerte dar vueltas para provocar tu dependencia.
………………..

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Predicador del Papa: solemnidad de los santos y conmemoración de los difuntos

Por P. Raniero Cantalamessa ofm cap

Sabiduría 3, 1-9; Apocalipsis 21, 1-5.6-7; Mateo 5, 1-12

La fiesta de todos los santos y la conmemoración de los fieles difuntos tienen algo en común y, por este motivo, han sido colocadas una tras otra. Incluso el pasaje evangélico es el mismo, la página de las bienaventuranzas. Ambas celebraciones nos hablan del más allá. Si no creyéramos en una vida después de la muerte, no valdría la pena celebrar la fiesta de los santos y menos aún visitar el cementerio. ¿A quién visitaríamos o por qué encenderíamos una vela o llevaríamos una flor?

Por tanto, todo en este día nos invita a una sabia reflexión: "Enséñanos a contar nuestros días --dice un salmo-- y alcanzaremos la sabiduría del corazón". "Vivimos como las hojas del árbol en otoño" (G. Ungaretti). El árbol en primavera vuelve a florecer, pero con otras hojas; el mundo continuará después de nosotros, pero con otros habitantes. Las hojas no tienen una segunda vida, se pudren donde caen. ¿Nos pasa a nosotros lo mismo? Aquí termina la analogía. Jesús prometió: "Yo soy la resurrección y la vida, quien vive y cree en mí aunque muera vivirá". Es el gran desafío de la fe, no sólo de los cristianos, sino también de los judíos y de los musulmanes, de todos los que creen en un Dios personal.

Quienes han visto la película "Doctor Zivago" recordarán la famosa canción de Lara, la banda sonora. En la versión italiana dice: "No sé cuál es, pero hay un lugar del que nunca regresaremos...". La canción muestra el sentido de la famosa novela de Pasternac en la que se basa la película: dos enamorados que se encuentran, se buscan, pero a quienes el destino (nos encontramos en al tumultuosa época de la revolución bolchevique) separa cruelmente, hasta la escena final en la que sus caminos vuelven a cruzarse, pero sin reconocerse.

Cada vez que escucho las notas de esa canción, mi fe me lleva casi a gritar en mi interior: sí, hay un lugar del que nunca regresaremos y del que no querremos regresar. Jesús ha ido a prepararlo para nosotros, nos ha abierto la vida con su resurrección y nos ha indicado el camino para seguirlo con el pasaje de las bienaventuranzas. Un lugar en el que el tiempo se detendrá para dejar paso a la eternidad; donde el amor será pleno y total. No sólo el amor de Dios y por Dios, sino también todo amor honesto y santo vivido en la tierra.

La fe no exime a los creyentes de la angustia de tener que morir, pero la alivia con la esperanza. El prefacio de la misa de mañana dice: "Si nos entristece la certeza de tener que morir, nos consuela la esperanza de la inmortalidad futura". En este sentido hay un testimonio conmovedor que también se enmarca en Rusia. En 1972, en una revista clandestina se publicó una oración encontrada en el bolsillo de la chaqueta del soldado Aleksander Zacepa, compuesta poco antes de la batalla en la que perdió al vida en la segunda guerra mundial. Dice así.

¡Escucha, oh Dios! En mi vida no he hablado ni una sola vez contigo, pero hoy me vienen ganas de hacer fiesta. Desde pequeño me han dicho siempre que Tú no existes... Y yo, como un idiota, lo he creído.

Nunca he contemplado tus obras, pero esta noche he visto desde el cráter de una granada el cielo lleno de estrellas y he quedado fascinado por su resplandor. En ese instante he comprendido qué terrible es el engaño... No sé, oh dios, si me darás tu mano, pero te digo que Tú me entiendes...

¿No es algo raro que en medio de un espantoso infierno se me haya aparecido la luz y te haya descubierto?
No tengo nada más que decirte. Me siento feliz, pues te he conocido. A medianoche tenemos que atacar, pero no tengo miedo, Tú nos ves.
¡Han dado la señal! Me tengo que ir. ¡Qué bien se estaba contigo! Quiero decirte, y Tú lo sabes, que la batalla será dura: quizá esta noche vaya a tocar a tu puerta. Y si bien hasta ahora no he sido tu amigo, cuando vaya, ¿me dejarás entrar?

Pero, ¿qué me pasa? ¿Lloro? Dios mío, mira lo que me ha pasado. Sólo ahora he comenzado a ver con claridad... Dios mío, me voy... Será difícil regresar. Qué raro, ahora la muerte no me da miedo".

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Todos los Santos: Las Bienaventuranzas


vv. 1-2: Al ver Jesús las multitudes subió al monte, se sentó y se le acercaron sus discípulos. É1 tomó la palabra y se puso a enseñarles así:

Cada una de las bienaventuranzas está constituida por dos miembros: el primero enuncia una opción, estado o actividad; el segundo, una promesa. Cada una va precedida de la promesa de felicidad («dichosos»). El código de la nueva alianza no impone pre­ceptos imperativos; se enuncia como promesa e invitación.

De las ocho bienaventuranzas hay que destacar la primera y la última, que tienen idéntico el segundo miembro y la promesa en presente: «porque ésos tienen a Dios por rey». Cada una de las otras seis tiene un segundo miembro diferente y la promesa vale para el futuro próximo («van a recibir, van a heredar, etc.»). De estas seis, las tres primeras (vv. 4.5.6) mencionan en el primer miembro un estado doloroso para el hombre, del que se promete la liberación. La cuarta, quinta y sexta (vv. 7.8.9), en cambio, enuncian una actividad, estado o disposición del hombre favorable y beneficiosa para su prójimo, que lleva también su correspondien­te promesa del futuro.


v. 3: Dichosos los que eligen ser pobres, porque ésos tienen a Dios por rey.

«Los que eligen ser pobres » El texto griego se presta a dos interpretaciones: 1) pobres en cuanto al espíritu y 2) pobres por el espíritu. La primera, a su vez puede tener un sentido peyorativo («los de pocas cualidades») o bien el de «los interiormente despegados del dinero», aunque lo posean en abundancia Este último sentido está excluido por el significado del termino «pobres» ('anawim/'aniyim), por la explicación dada por Jesús mismo en la sección 6,19-24 y por la condición puesta al joven rico para seguir a Jesús y así entrar en el reino de Dios (19, 21-24).

En la tradición judía, los términos 'anawim/'aniyim designaban a los pobres sociológicos, que ponían su esperanza en Dios por no encontrar apoyo ni justicia en la sociedad. Jesús recoge este sen­tido e invita a elegir la condición de pobre (opción contra el dinero y el rango social), poniéndose en manos de Dios

El término «espíritu», en la concepción semítica, connota siempre fuerza y actividad vital. En este texto donde va articulado y sin referencia a una mención anterior, denota el «espíritu del hombre» (artículo posesivo). En la antropología del AT, el hombre posee «espíritu» y «corazón» Ambos términos designan su interiori­dad; el primero, en cuanto dinámica, su actividad en acto; el segundo, en cuanto estática, los estados interiores o disposiciones habituales que orientan su actividad (cf. 5,8). La interioridad del hombre pasa a la actividad en cuanto inteligencia, decisión o sentimiento. Dado que lo que Jesús propone es una opción por la pobreza, el acto que la realiza es la decisión de la voluntad. El sentido de la bienaventuranza es, por tanto, «los pobres por decisión», oponiéndose a «los pobres por necesidad». Es la interpretación que Jesús mismo propone en 6,24, la opción entre dos señores, Dios y el dinero. Transponiendo el nombre verbal «decisión» a forma conjugada, se tiene «los que deciden» o «eligen ser pobres».

Como se ve, además del sentido bíblico del término «pobres» y de los textos paralelos de Mt citados más arriba (6,19-24; 19,21-24), el significado de «espíritu» (acto) en la antropología semítica, con­trapuesto al de «corazón» (disposición/estado), basta para excluir la interpretación «pobres en cuanto al espíritu».

«Tienen a Dios por rey». El griego basileia no significa aquí «reino», sino «reinado» (cf. 3,2). «Suyo es el reinado de Dios» quiere decir que este reinado se ejerce sobre ellos, que sólo sobre ellos (ésos) actúa Dios como rey. La traducción requiere una fórmula que exprese el sentido activo de basileia.

Los efectos negativos de la opción por la pobreza (necesidad, dependencia) quedan neutralizados por la declaración de Jesús: «Dichosos». Cuando Dios reina sobre los hombres, se produce la felicidad. Esto significa que esos pobres no van a carecer de lo necesario ni van a tener que someterse a otros para obtener el sustento. La pobreza a la que Jesús invita significa una renuncia a acumular y retener bienes, a considerar algo como exclusivamente propio; estos pobres estarán siempre dispuestos a compartir lo que tengan. Así lo explica Jesús en los episodios de los panes (14, 13-23; 15,32-39).

Esta es la buena noticia a los pobres, el fin de su miseria, anun­ciado por Is 61,1 (cf. Mt 11,5).

La opción inicial que propone Jesús realiza lo prescrito por el primer mandamiento de Moisés. «No tendrás otros dioses frente a mí» (Dt 5,7). La idolatría que amenazaba a Israel en sus prime­ros tiempos se concreta en la posesión de la riqueza (cf. Mt 6,24). Por eso, el enunciado de esta bienaventuranza, como el de las que siguen, es exclusivo: porque «ésos», y no otros, «tienen a Dios por rey». Solamente los que han roto con el ídolo del dinero entran en el reino de Dios. La opción por la pobreza es la puerta de en­trada en el reino y la que incorpora a la nueva alianza.

En relación con la proclamación de Jesús: «Enmendaos, que está cerca el reinado de Dios», la opción propuesta por la primera bienaventuranza lleva a su perfección la metanoia o enmienda, pues quien elige ser pobre renunciando a acaparar riquezas, y con ello al rango y al dominio, excluye de su vida toda posibilidad de in­justicia.



v. 4: Dichosos los que sufren,

porque ésos van a recibir el consuelo.

Comienzan las tres bienaventuranzas que mencionan una si­tuación negativa del hombre y la correspondiente promesa de libe­ración. «Los que sufren»: el verbo griego denota un dolor profun­do que no puede menos de manifestarse al exterior. No se trata de un dolor cualquiera; el texto está inspirado en Is 61,1, donde los que sufren forman parte de la enumeración que incluye a los cau­tivos y prisioneros. En el texto profético se trata de la opresión de Israel, y el Señor promete su consuelo para sacar a su pueblo de la aflicción, del luto y del abatimiento.

«Los que sufren» son, por tanto, víctimas de una opresión tan dura que no pueden contener su dolor. Como en Is 61,1, el consue­lo significa el fin de la opresión.



v. 5: Dichosos los sometidos,

porque ésos van a heredar la tierra.

El texto de esta bienaventuranza reproduce casi literalmente Sal 37,11. En el salmo, los praeis son los 'anawim o pobres que por la codicia de los malvados han perdido su independencia económica (tierra, terreno) y su libertad y tienen que vivir sometidos a los poderosos que los han despojado. Su situación es tal que no pueden siquiera expresar su protesta. A éstos Jesús promete no ya la posesión de un terreno como patrimonio familiar, sino la de «la tierra» a todos en común (cf. Dt 4). La universalidad de esa «tierra» indica la restitución de la libertad y la independencia con una plenitud no conocida antes.



v. 6: Dichosos los que tienen hambre y sed de esa justicia, porque ésos van a ser saciados.

Las dos bienaventuranzas anteriores se condensan en ésta. «Los que tienen hambre y sed de la justicia (= de esa justicia).» El hambre y la sed indican el anhelo vehemente de algo indispensable para la vida. La justicia es al hombre tan necesaria como la comida y la bebida; sin ella se encuentra en un estado de muerte. La justi­cia a que se refiere la bienaventuranza es la expresada antes: verse libres de la opresión, gozar de independencia y libertad. Jesús pro­mete que ese anhelo va a ser saciado, es decir, que en la sociedad humana según el proyecto divino, «el reino de Dios», no quedará rastro de injusticia.



v. 7: Dichosos los que prestan ayuda,

porque ésos van a recibir ayuda.

Comienzan las bienaventuranzas que mencionan una actividad o estado positivos. «Los que prestan ayuda»: no se trata de misericordia como sentimiento sino como obra ( = obras de misericordia); es decir, de prestar ayuda al que lo necesita en cualquier terreno, en primer lugar en lo corporal (cf 25, 35s) Dios derramará su ayuda sobre los que se portan así



v. 8: Dichosos los limpios de corazón,

porque ésos van a ver a Dios.

La expresión «los limpios de corazón» está tomada de Sal 24,4, donde «el limpio de corazón» se encuentra en paralelo con «el de manos inocentes». «Limpio de corazón» es el que no abriga malas intenciones contra su prójimo; «las manos inocentes» indican la conducta irreprochable. En el salmo se explican ambas frases por «el que no se apega a un ídolo ni jura en falso a su prójimo» (LXX). En la primera bienaventuranza, Jesús ha identifi­cado al ídolo con la riqueza (5,3; cf. 6,24); es el hombre codicioso el que tiene una conducta malvada. Lo que sale del corazón y mancha al hombre se describe en Mt 16,19: los malos designios, que desembocan en las malas acciones. La limpieza de corazón, disposición permanente, se traduce en transparencia y sinceridad de conducta y crea una sociedad donde reina la confianza mutua.

A «los limpios de corazón» les promete Jesús que «verán a Dios», es decir, que tendrán una profunda y constante experiencia de Dios en su vida. Esta bienaventuranza contrasta con el concepto de pureza según la Ley; la pureza o limpieza ante Dios no se con­sigue con ritos ni observancias, sino con la buena disposición hacia los demás y la sinceridad de conducta. La conciencia de la propia impureza retraía de la presencia divina (cf. Is 6,5) y el co­razón puro era una aspiración del hombre (Sal 51,12). Para Jesús, el corazón puro no es sólo una posibilidad, sino la realidad que corresponde a los suyos. En el AT, el lugar de la presencia de Dios era el templo (Sal 24,3; 42,3.5; 43,3); su función ha cesado de exis­tir: Dios se manifiesta directa y personalmente al hombre.



v. 9: Dichosos los que trabajan por la paz,

porque a ésos los va a llamar Dios hijos suyos.

«La paz» tiene el sentido semítico de la prosperidad, tran­quilidad, derecho y justicia; significa, en suma, la felicidad del hombre individual y socialmente considerado. Esta bienaventuran­za condensa las dos anteriores: en una sociedad donde todos están dispuestos a prestar ayuda y donde nadie abriga malas intenciones contra los demás, se realiza plenamente la justicia y se alcanza la felicidad del hombre. A los que trabajan por esta felicidad promete Jesús que «Dios los llamará hijos suyos»; es decir, esta acti­vidad hace al hombre semejante a Dios por ser la misma que él ejerce con los hombres. Como cima de las promesas se enuncia la relación filial de los individuos con Dios, que incluye recibir la ayuda que él presta y tener la experiencia de Dios en la propia vida. El reinado de Dios es el de un Padre que comunica vida y ama al hijo. Cesa, pues, la relación con Dios como Soberano propia de la antigua alianza, sustituida por la relación de confianza, intimidad y colaboración del Padre con los hijos.



v. 10: Dichosos los que viven perseguidos por su fidelidad, porque ésos tienen a Dios por rey.

La última bienaventuranza, que completa la primera, expo­ne la situación en que viven los que han hecho la opción contra el dinero. La sociedad basada en la ambición de poder, gloria y ri­queza (4,9) no puede tolerar la existencia y actividad de grupos cuyo modo de vivir niega las bases de su sistema. Consecuencia inevitable de la opción por el reinado de Dios es la persecución. Esta, sin embargo, no representa un fracaso, sino un éxito («Dichosos») y, aunque en medio de la dificultad, es fuente de alegría, pues el reinado de Dios se ejerce eficazmente sobre esos hombres.

El hecho de que en la primera y última bienaventuranzas la promesa se encuentre en presente: «porque ésos tienen a Dios por rey», y las demás en futuro: «van a ser consolados», etc., indica que las promesas de futuro son efecto de la opción por la pobreza y de la fidelidad a ella. Se distinguen, pues, dos planos: el del grupo que se adhiere a Jesús y da el paso cumpliendo la opción propuesta por él, y el efecto de esto en la humanidad. En otras palabras, la existencia del grupo que opta radicalmente contra los valores de la sociedad provoca una liberación progresiva de los oprimidos (vv. 4-6) y va creando una sociedad nueva (vv. 7-9). La obra liberadora de Dios y de Jesús con la humanidad está vincu­lada a la existencia del grupo humano que renuncia a la idolatría del dinero y crea el ámbito para el reinado de Dios.

Aunque Jesús dirige su enseñanza a sus discípulos (5,2), las bienaventuranzas se encuentran en tercera persona, son invitacio­nes abiertas a todo hombre. La multitud que ha quedado al pie del monte, pero que escucha sus palabras (7, 28) puede considerarse invitada a aceptar el programa de Jesús. La nueva alianza no está destinada solamente a Israel, sino a la humanidad entera. Según la concepción de Mt, el Israel mesiánico comprende a todos los pueblos, que pasan a ser hijos de Abrahán (3, 9) Por eso la genealogía del Mesías no comenzaba con Adán, sino con Abrahán (1,2), pues con él se inició la formación de la humanidad según el proyecto de Dios: la integración de la humanidad en el pueblo del Mesías (1,21), el descendiente de Abrahán, será el cumplimiento de la promesa.

En las bienaventuranzas promulga Jesús el estatuto del Israel mesiánico y constituye el nuevo pueblo representado en este pasaje por los discípulos que suben al monte con él. De ahí que Mt, al contrario de Mc (3,13-19), no narre la constitución de los Doce, sino solamente su misión (10,1ss). El número Doce es el del Israel mesiá­nico, fundado con las bienaventuranzas o código de la alianza. «Los doce discípulos» (10,2) representan a todos los seguidores de Jesús, sea cual fuera su número.



vv. 11-12: Dichosos vosotros cuando os insulten, os persigan y os calumnien de cualquier modo por causa mía. Estad alegres y contentos, que grande es la recompensa que Dios os da; porque lo mismo persiguieron a los profetas que os han precedido.

Desarrolla Jesús para sus discípulos la última bienaven­turanza, la más paradójica de todas La persecución mencionada en 5,10 se explicita en insulto, persecución y calumnia por causa de Jesús. La sociedad ejerce sobre la comunidad una presión que tiene diversas manifestaciones más o menos cruentas. Busca desacreditar al grupo cristiano, presentar de él una imagen adversa, y puede llegar a la persecución abierta. El motivo de esa hostilidad no puede ser otro que la fidelidad a Jesús y a su programa. La reacción de los discípulos ante la persecución ha de ser de alegría. Tendrán una gran recompensa.

La locución del original («en los cielos») designa a Dios como agente (« desde los cielos»); él actúa como rey de los que viven perseguidos; ésa es su recompensa. Los discípulos toman en la historia el puesto de los profetas de antaño, pero, según este pa­saje, la acción profética es la vida misma según el programa propuesto por Jesús. La persecución no es, por tanto, motivo de depresión o desánimo; todo lo contrario, ella demuestra que la vida de los discípulos causa impacto en la sociedad ambiente, y éste es su éxito. Relacionando estas palabras de Jesús con el conjunto de las bienaventuranzas, puede afirmarse que la vida de la comunidad va produciendo la liberación prometida en los sectores oprimidos de la sociedad y a eso se debe la persecución de que es objeto.

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Fieles Difuntos: En el Dolor y en la Esperanza

Por Fernando Torres Pérez
Publicado por Ciudad Redonda

De la solemnidad de Todos los Santos se pasa rápidamente a la Conmemoración de los Fieles Difuntos. Son dos fiestas cercanas pero diferentes. Todos los Santos se nos queda un poco más lejana. Los Santos son ciertamente los que nos han precedido en el camino de la fe, hombres y mujeres que lo dieron todo en su compromiso con el Evangelio. Pero estamos demasiado acostumbrados a verlos en las peanas de los altares y en las paredes de nuestras iglesias. La fiesta de hoy, sin embargo, nos lleva a terrenos más familiares. Los difuntos son nuestros difuntos, son nuestros familiares, nuestros amigos. Tienen rostro y voz y tenemos recuerdos de ellos. En muchos lugares es tradición en este día visitar los cementerios, arreglar las tumbas de nuestros familiares, hacer allí un rato de oración...

El vacío inaguantable de la relación cortada
De lo lejano pasamos a lo cercano. Los difuntos no son figuras lejanas. En algún sentido ni siquiera son santos. Primero, porque no están canonizados. Y, segundo, porque los conocimos lo suficiente para saber de sus cosas buenas y de sus cosas malas. Pero, lo más importante es que nos unen a ellos lazos afectivos, lazos de cariño, lazos familiares. Con ellos crecimos, nos enseñaron a vivir, compartimos casa, preocupaciones y alegrías. Y hoy sentimos su ausencia. Al principio, cuando se fueron, el vacío era inaguantable. Hoy se ha hecho más aguantable –el tiempo todo lo cura–. Pero sigue ahí, como una ley inexorable. Todos nos tenemos que ir. La muerte nos llega a todos. Pero cuando llega a los que nos quedamos nos deja como golpeados por una vendaval inesperado. Los lazos que nos unían se rompen de repente y el dolor rasga el corazón.
Hoy es un día para que todo ese dolor, escondido en el fondo de nuestro baúl por el paso del tiempo o por el trabajo y las otras ocupaciones y preocupaciones con que nos distraemos, salga a la superficie. No hay que negar el dolor. La muerte, en cualquiera de sus manifestaciones siempre nos deja en estado de shock. La ajena y la propia.

La fe que brota del dolor
Pero los creyentes vivimos la vida desde la perspectiva de la fe. Y por eso también queremos vivir la muerte desde la fe. Estos últimos años he ido a funerales, civiles y religiosos, en los que el orador de turno ha hablado mucho de que el difunto seguía viviendo y viviría para siempre “en nuestra memoria”. No es eso en lo que creemos los que seguimos a Jesús. Para empezar, porque somos conscientes de lo flaca que es nuestra memoria. Y, más importante, porque creemos que Jesús resucitó de entre los muertos. Esa es la pieza clave de nuestra fe. Jesús vive y nosotros viviremos con él. Él “transformará nuestro cuerpo humilde” (segunda lectura). “Veré a Dios, yo mismo lo veré”, dice Job en la primera lectura. Esa es nuestra fe. No conviene olvidarla ni aligerarla de lo que es fundamental. Nuestros difuntos viven. Esperamos de la misericordia de Dios que estén vivos y en su presencia, que Dios les haya acogido en su reino de vida en plenitud.
Eso no quita el dolor. La fe no transforma la muerte en un momento indoloro para el que muere o para los que le rodean. La separación sigue siendo brutal. El temor a lo desconocido, el miedo a dejar a los que nos quieren y queremos, todo ello nos hace daño, nos rompe por dentro, nos hace llorar. Pero levantamos los ojos a Dios y, en medio de nuestro dolor, afirmamos nuestra fe, nos decimos que la vida tiene sentido más allá de esta muerte, que Dios no puede dejar abandonada su creación a la desaparición.
Hoy hacemos memoria de nuestros queridos difuntos. Los más cercanos, aquellos con los que compartimos la vida, a los que quisimos con amor sincero, que fueron nuestros amigos, vienen a nuestra memoria. En la fe, creemos que están vivos, que han nacido a una nueva realidad, a una vida más plena y feliz. No sabemos muy bien como es esa vida. Pero de nuestro Padre Dios sabemos que no podemos esperar nada malo. Hay que pasar por la muerte, por una pasión-pascua siempre complicada y difícil, hay que nacer a la vida nueva y para ello tenemos que morir a ésta. Entramos en lo desconocido pero de la mano, como siempre, del Dios de Jesús, Dios de misericordia y de todo consuelo, Dios de la Vida y no de la muerte. El Dios en el que hemos puesto nuestra confianza y nuestra esperanza.

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Apoyo para la Homilía y la Reflexión personal: 2 DE NOVIEMBRE LOS FIELES DIFUNTOS


DEL LIBRO DE LA SABIDURÍA (3; 6,3-9)
Las almas de los justos están en las manos de Dios, y no les alcanzará tormento alguno. A los ojos de los insensatos pareció que habían muerto y su salida fue tomada como un quebranto, pero ellos están en la paz. Aunque a juicio de los hombres hayan sufrido castigos, su esperanza estaba llena de inmortalidad. Por una corta corrección recibirán largos beneficios, pues Dios los sometió a prueba y los halló dignos de sí. Como oro en crisol los probó y como holocausto los aceptó. El día de su visita resplandecerán y correrán como chispas en rastrojo. Juzgarán a las naciones y dominarán los pueblos y sobre ellos el Señor reinará eternamente. Los que en él confían entenderán la verdad y los que son fieles permanecerán en el amor junto a él, porque la gracia y la misericordias son para sus santos y su visita para sus elegidos.

DE LA CARTA A LOS ROMANOS (8; 31.39)
¿Qué decir después de esto?
Si Dios está por nosotros, ¿quién estará contra nosotros?. El, que no ha escatimado a su propio Hijo sino que lo ha entregado por todos nosotros ¿cómo no nos va a conceder con El todo favor? ¿Quién será el acusador de los que Dios ha elegido? A los que Dios justifica, ¿quién los condenará?. ¿Acaso Jesús, el que ha muerto, qué digo muerto, el que ha resucitado y está a la diestra de Dios e intercede por nosotros?
¿Quién nos separará del amor de Jesús?
¿La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, ,los peligros, la espada? .... Pero en todo esto, no tenemos la menor dificultad en triunfar por Aquel que nos ha amado.
Sí, estoy seguro, ni muerte ni vida, ni ángeles ni potestades, ni presente ni futuro ni poder alguno, ni altura ni profundidad ni criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios
manifestado en Cristo Jesús nuestro Señor.

DEL EVANGELIO DE LUCAS

Aquel mismo día iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús, que distaba sesenta estadios de Jerusalén, y conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado. Y sucedió que, mientras ellos conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió con ellos; pero sus ojos estaban retenidos para que no le conocieran. El les dijo: « ¿De qué discutís entre vosotros mientras vais andando? » Ellos se pararon con aire entristecido. Uno de ellos llamado Cleofás le respondió: « ¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que estos días han pasado en ella? » El les dijo: « ¿Qué cosas? » Ellos le dijeron: « Lo de Jesús el Nazoreo, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo; cómo nuestros sumos sacerdotes y magistrados le condenaron a muerte y le crucificaron. Nosotros esperábamos que sería él el que iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó. El caso es que algunas mujeres de las nuestras nos han sobresaltado, porque fueron de madrugada al sepulcro, y, al no hallar su cuerpo, vinieron diciendo que hasta habían visto una aparición de ángeles, que decían que él vivía. Fueron también algunos de los nuestros al sepulcro y lo hallaron tal como las mujeres habían dicho, pero a él no le vieron. » El les dijo: « ¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria? » Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre él en todas las Escrituras. Al acercarse al pueblo a donde iban, él hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le forzaron diciéndole: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado. » Y entró a quedarse con ellos. Y sucedió que, cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero él desapareció de su lado. Se dijeron uno a otro: « ¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras? » Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos, que decían: « ¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!» Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan.

COMENTARIO GLOBAL
El texto de Lucas tiene un paralelo en Marcos, que no deja de ser curioso: “Se apareció disfrazado a dos que iban de camino”. No deja de ser interesante especular la fuente de la que Lucas sacó su narración, puesto que Marcos es tan escueto Mateo no la recoge. Pero tendremos que conformarnos con lo que tenemos, una narración llena de detalles, de símbolos y de misterios. Hagamos un pequeño recorrido por ella. Es el domingo por la mañana, muy temprano, después que las mujeres han vuelto del sepulcro con la noticia de la desaparición del cuerpo de Jesús; han contado la aparición de los ángeles, pero no parece que les hayan creído. Y se marchan. ¿Es una fuga? Ha muerto el maestro, la pequeña comunidad de sus seguidores está aterrada, atrancada por dentro en un casa por miedo. Ya no hay nada que hacer. ¿Se escapan? Parece probable. También más tarde encontraremos a Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los de Zebedeo y otros dos de sus discípulos pescando en el lago (Juan 21, ¿que hacían pescando en Galilea? ¿también habían huido de Jerusalén?)
Uno de los dos es Cleofás, el otro no tiene nombre ¿sería su mujer?. No reconocen a Jesús, pero expresan muy bien su estado de ánimo: .”Nosotros esperábamos que sería él el que iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó...”. Esperábamos, pero nuestros sumos sacerdotes y magistrados le condenaron a muerte y le crucificaron ... ya no esperamos, nos vamos. Jesús les hace re-leer las Escrituras para crean a pesar de la cruz. Le reconocen al partir del pan ... y regresan a Jerusalén, a la comunidad, que también ha tenido la misma experiencia. Han entendido la cruz y han entendido a Jesús. Sin la cruz seguirían creyendo en el Mesías davídico triunfante, por la cruz han descubierto a
Jesús y ahora pueden creer en él, renunciando a lo que esperaban, y esperaban tan mal.
Me gusta pensar en los relatos de la resurrección como testimonios: y no tanto de la resurrección de Jesús como de la resurrección de la fe (aunque mejor diríamos del nacimiento de la fe).
La muerte de Jesús, la muerte en cruz, mató una fe. Y era necesario para que naciera la fe verdadera. Incluso los discípulos creían en un Jesús a su manera. Sólo después de la muerte en cruz pudieron tirar por la ventana su fe anterior y descubrir a Jesús, descubrir a Dios. Antes pensaban sin duda, como la mayoría de Israel, que al justo no le podían pasar cosas malas, porque Dios le cuidaba, que el que respeta al señor será feliz y que la recompensa de portarse bien era la vida larga, los muchos hijos, la abundancia de bienes; que el Mesías enviado pro Dios reinaría en Israel y sometería al mundo de modo que todos los humanos vendrían a adorar a Dios en su (¿de Dios o de Israel?) templo de Jerusalén ... Todo eso tenía que ser destruido y solamente la cruz podía hacerlo. Y lo hizo. Me impresiona mucho pensar en el Sábado, el gran Sabbath fiesta de Pascua, cuando todas las ilusiones habían muerto clavadas en la cruz, sobre todo comparándolo con las Palabras de Pedro el día de Pentecostés: Israelitas, escuchad estas palabras: A Jesús, el Nazoreo, hombre acreditado por Dios entre vosotros con milagros, prodigios y señales que Dios hizo por su medio entre vosotros, como vosotros mismos sabéis, a éste, que fue entregado según el determinado designio y previo conocimiento de Dios, vosotros le matasteis clavándole en la cruz por mano de los impíos; a éste, pues, Dios le resucitó librándole de los dolores del Hades, pues no era posible que quedase bajo su dominio; Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado. » (Hechos 2,22 ss)
Es la fe completa: vosotros matasteis al Mesías, no le pudisteis reconocer, pero “Dios estaba con él” (Hechos 10). Dios estaba con el crucificado, ése es el mensaje de la experiencia pascual, ése es el contenido básico de la fe y en eso consiste la “conversión” de los de Emaús. Y es muy oportuno para celebración de hoy. Podría hablarse aquí de que Jesús está vivo después de la muerte, pero prefiero hablar de que la fe de los discípulos no sólo está viva, sino que ha resucitado, esencialmente mejorada, después de la cruz y precisamente por la cruz.
La fe viva después de la muerte. La muerte de cualquier persona, mucho más si la queremos (¿queríamos?) es una violenta agresión a nuestra confianza en Dios, mucho más cuando se produce en forma violenta o dolorosa, cuando tiene consecuencias trágicas para sus familiares o amigos. Mantener la fe en Dios Padre, que nos quiere y nos cuida, en esas circunstancias, en un desafío para la fe. Pero no es un caso único: todo el mal del mundo, todo el dolor del mundo es un argumento violento contra la fe en el amor del Padre y por más que los teólogos o los escritores piadosos se han esforzado por explicarlo o hacerlo razonable, no lo han conseguido.
¿Podemos creer que Dios nos quiere a pesar del dolor, del fracaso, del hambre, de la humillación de tantísimas personas, de la muerte, especialmente si es injusta y llena de desesperación? Sí, podemos, pero no desde la razón, no desde la explicación. Solamente desde la confianza, es decir, como siempre, desde Jesús, desde la muerte de Jesús”.
La vida humana y Dios mismo se entiende desde Jesús, desde lo que dice y desde lo que hace. No creemos en Dios Padre porque sea evidente sino porque Jesús lo creía así. Y no aceptamos la muerte como algo razonable sino porque Jesús siguió creyendo en el Padre a pesar de morir en la cruz. Jesús fue capaz de superar la agónica tristeza de Getsemaní y, más aún, el desamparo del “¿por qué me has abandonado?”, y morir gritando “en tus manos me encomiendo”. El resumen de la fe de Jesús está en estas palabras: Jesús cree que su vida está en buenas manos, aunque la evidencia grita lo contrario. Y ésa, quizá sólo esa es nuestra fe en la muerte y en lo que venga “después”.
La muerte de una buena persona, que ha tenido una vida razonablemente satisfactoria, que ha llegado a la vejes sin especiales molestias, rodeada de hijos y nietos ... parece hasta razonable; ya no podía esperar más que deteriorarse y sufrir. El deterioro de la salud, de las facultades, hacen insoportable la idea de durar indefinidamente. Hasta aquí, la muerte puede presentarse como razonable: los seres vivos, tal como los conocemos, no están hechos para durar indefinidamente. Pero esto es sólo resignación.
Los que creemos en Jesús nos atrevemos a afirmar que la muerte es solamente un accidente de la vida, que la vida sigue después. Esto es completamente absurdo, porque la evidencia de los ojos proclama lo contrario; esto solamente lo mantenemos porque es la fe del mismo Jesús. Y por nada más. Jesús muestra esa fe al morir y la había mostrado en docenas de ocasiones, en docenas de parábolas, en las que la referencia a la vida tras la muerte está presente hasta el punto de que sin ella apenas se entiende el mensaje. Pero lo muestra sobre todo al morir, y al morir de mala manera. Todo el horror de la cruz no puede contra la fe de Jesús, que no es conocimiento, sino confianza en el Padre. Por eso, y sólo por eso, podemos vivir sin miedo a la muerte y podemos morir sin miedo, porque no tenemos miedo a Dios sino confianza en él.
Pero hay más. La fe cristiana ha visto luego en la muerte de Jesús un argumento para creer más en Dios. este es el mensaje del texto de la carta a los romanos. Contra un espantosa teología de la redención, según la cual Dios exige la muerte sangrienta de su hijo para perdonar nuestros pecados, el texto de hoy entiende mucho más: la muerte de su hijo es el enorme sacrificio que hace el Padre porque nos quiere: “no escatimó ni a su único hijo”. Jesús no escatimó su muerte. Jesús pudo dar esquinazo a sus enemigos, hasta las puertas mismas del huerto de los olivos. Pero fue hasta el final porque esa era su misión, fue hasta el final para que pudiéramos creer en él. Y en Jesús vemos el corazón del Padre, que va hasta el final, hasta “consentir” la muerte de Jesús, para nosotros.
Es emocionante el final del texto de Pablo Estoy seguro, ni muerte ni vida, ni ángeles ni potestades, ni presente ni futuro ni poder alguno, ni altura ni profundidad ni criatura alguna
podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús nuestro Señor. Y hasta aquí podemos llegar. Creo en Jesús porque fue capaz de llegar hasta el final: creo en Dios padre porque Jesús creyó en él; confío en mi Padre porque ni la muerte en cruz fue capaz de romperle a Jesús esa confianza; creo que mi vida está en manos de mi padre incluso cuando toda evidencia está en contra, porque a Jesús le pasó lo mismo.
Éste quizá es el momento de recoger las ideas de la primera lectura, aunque sean tan incompletas y tan restrictivas. Israel iba teniendo la convicción de que estamos en manos de Dios, aunque lo restringía a “los justos” y se olvidaba de todo el mundo. La diferencia entre lo de Jesús y el libro de la Sabiduría (aunque son casi contemporáneos) es abismal.

NUESTRA CELEBRACIÓN.

Nosotros la Iglesia evocamos a todos los Santos, los no canonizados... y a todos los difuntos. Con el mismo espíritu restrictivo del libro de la Sabiduría, hablamos de los “fieles” difuntos. Se supone que los infieles no nos preocupan. Celebramos por tanto el recuerdo de vivos, no de difuntos. Por los difuntos se llora, pero no es nuestro caso, aun cuando los lloremos, porque los echamos de menos. Nuestro caso es la fe de que en manos de Dios la vida no se acaba. Cuando a una madre se le muere un hijo, esto no sucede porque la madre no le quiere, sino porque no puede evitarlo. Pero nuestra Madre Dios nos quiere y pude evitarlo. A Dios no se le mueren los hijos.
Y es toda nuestra fe: todas las demás representaciones, el cielo, el infierno, el purgatorio, el juicio, la expresión “con los mismos cuerpos y almas que tuvieron” y tantísimas otras fórmulas que empleamos y en las que nos han hecho creer como si fueran de fe, no son más que sueños, crueldades o mitos que no expresan más que ignorancia.
Nuestra fe termina en la de Jesús: “en tus manos”. Y es más que suficiente.

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Liturgia y Lecturas del Día: Sabado 01 de Noviembre de 2008

TODOS LOS SANTOS
(SOLEMNIDAD)

HASTA LA HORA NONA:

MISA: “Gloria”, “Aleluya” y “Credo” / Oraciones y prefacio propios [746] / Leccionario V [225]: Ap 7, 2-4. 9-14; Sal 23, 1-2. 3-4ab. 5-6; 1Jn 3, 1-3; Mt 5, 1-12a.
LITURGIA DE LAS HORAS: Tomo IV / Para Laudes, los salmos se toman del “Domingo I” del Salterio [681]; para la Hora intermedia, de la “Salmodia complementaria” [1231]/ Todo lo demás es propio [1482].

DESPUÉS DE LA HORA NONA:

MISA: Todo como en “La Conmemoración de todos los fieles difuntos” (Domingo 2 de noviembre).
LITURGIA DE LAS HORAS: Tomo IV / En la celebración comunitaria: I Vísperas del “Domingo III” del Salterio [945] / Del “Domingo XXXI” del T. Ordinario se toman la antífona del cántico evangélico (“Año A).
En la celebración personal: I Vísperas del “Domingo III” del Salterio [945] / Del “Domingo XXXI” del T. Ordinario se toman la antífona del cántico evangélico (“Año A).

LECTURAS

Lectura del libro del Apocalipsis 7, 2-4. 9-14

Yo, Juan, vi a un Ángel que subía del Oriente, llevando el sello del Dios vivo. Y comenzó a gritar con voz potente a los cuatro Ángeles que habían recibido el poder de dañar a la tierra y al mar:
«No dañen a la tierra, ni al mar, ni a los árboles, hasta que marquemos con el sello la frente de los servidores de nuestro Dios».
Oí entonces el número de los que habían sido marcados: eran 144.000 pertenecientes a todas las tribus de Israel.
Después de esto, vi una enorme muchedumbre, imposible de contar, formada por gente de todas las naciones, familias, pueblos y lenguas. Estaban de pie ante el trono y delante del Cordero, vestidos con túnicas blancas; llevaban palmas en la mano y exclamaban con voz potente:
«¡La salvación viene de nuestro Dios
que está sentado en el trono,
y del Cordero!»
Y todos los Ángeles que estaban alrededor del trono, de los Ancianos y de los cuatro Seres Vivientes, se postraron con el rostro en tierra delante del trono, y adoraron a Dios, diciendo:

«¡Amén!

¡Alabanza, gloria y sabiduría,
acción de gracias, honor, poder y fuerza
a nuestro Dios para siempre! ¡Amén!»
Y uno de los Ancianos me preguntó: «¿Quiénes son y de dónde vienen los que están revestidos de túnicas blancas?»
yo le respondí: «Tú lo sabes, señor».
Y él me dijo: «Éstos son los que vienen de la gran tribulación; ellos han lavado sus vestiduras y las han blanqueado en la sangre del Cordero».

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL 23, 1-6

R. ¡Benditos los que buscan al Señor!

Del Señor es la tierra y todo lo que hay en ella,
el mundo y todos sus habitantes,
porque Él la fundó sobre los mares,
Él la afirmó sobre las corrientes del océano. R.

¿Quién podrá subir a la Montaña del Señor
y permanecer en su recinto sagrado?
El que tiene las manos limpias y puro el corazón;
el que no rinde culto a los ídolos ni jura falsamente. R.

Él recibirá la bendición del Señor,
la recompensa de Dios, su Salvador.
Así son los que buscan al Señor,
los que buscan tu rostro, Dios de Jacob. R.


Lectura de la primera carta de san Juan 3, 1-3

Queridos hermanos:

¡Miren cómo nos amó el Padre!
Quiso que nos llamáramos hijos de Dios,
y nosotros lo somos realmente.
Si el mundo no nos reconoce,
es porque no lo ha reconocido a Él.
Queridos míos,
desde ahora somos hijos de Dios,
y lo que seremos no se ha manifestado todavía.
Sabemos que cuando se manifieste,
seremos semejantes a Él,
porque lo veremos tal cual es.
El que tiene esta esperanza en Él, se purifica,
así como Él es puro.

Palabra de Dios

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 4, 25--5, 12

Seguían a Jesús grandes multitudes, que llegaban de Galilea, de la Decápolis, de Jerusalén, de Judea y de la Transjordania.

Al ver la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a El. Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo:

«Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.

Felices los afligidos, porque serán consolados.

Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia.

Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.

Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.

Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios.

Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.

Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.

Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí.

Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron».


Palabra del Señor.

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Todos los Santos: Dios en medio de su pueblo


Aunque peregrinos en país extraño, caminamos alegres, guiados por la fe y gozosos por la gloria de los mejores hijos de la Iglesia


Primera Lectura

Ap 7, 2-4.9-14
Apareció en la visión una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua

Yo, Juan, vi a otro ángel que subía del oriente llevando el sello del Dios vivo. Gritó con voz potente a los cuatro ángeles encargados de dañar a la tierra y al mar, diciéndoles: No dañéis a la tierra ni al mar ni a los árboles hasta que marquemos en la frente a los siervos de nuestro Dios.

Oí también el número de los marcados, ciento cuarenta y cuatro mil, de todas las tribus de Israel.

Después esto apareció en la visión una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua, de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos.

Y gritaban con voz potente:

¡La victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero!

Y todos los ángeles que estaban alrededor del trono y de los ancianos y de los cuatro vivientes cayeron rostro a tierra ante el trono, y rindieron homenaje a Dios, diciendo:

Amén. La alabanza y la gloria y la sabiduría y la acción de gracias y el honor y el poder y la fuerza son de nuestro Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

Y uno de los ancianos me dijo: Ésos que están vestidos con vestiduras blancas, ¿quiénes son y de dónde han venido?

Yo le respondí:

"Señor mío, tú lo sabrás. Él me respondió: Éstos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero.



Apocalipsis significa revelación. En el campo histórico-religioso, irrupción y manifestación del mundo superior. Tratándose de Dios, revelación de los planes de Dios o de realidades pasadas, presentes o futuras, que pertenecen al ámbito divino. Como manifestación de lo divino, arrastra consigo frecuentemente el concepto de gloria y de alabanza.

Juan es un vidente. Juan ve. Y ve, por encima del tiempo y del espacio, realidades que, en el tiempo y en el espacio, superan toda categoría de ese tipo. Ve en la luz divina. Y desde esa perspectiva, el tiempo y el espacio aparecen como una condición transitoria del hombre. Y ve su sentido, su función y sus límites. La historia del hombre. La historia del hombre tiene una dirección. Camina hacia su fin; hacia el fin. Y ese fin desemboca, no puede ser menos, en el juicio de Dios, en la gran intervención de Dios que pone término al tiempo. El misterio de la historia humana se resuelve en Dios. Más exactamente: en Cristo, Señor de los tiempos y de los espacios. Él es, en realidad, el único que puede abrir el misterioso Libro, cerrado herméticamente con siete sellos. El misterio de la historia se resuelve así en el misterio de Cristo. La historia humana es historia de salvación. Como es una visión metahistórica de la historia, las imágenes que se presentan son atrevidas e inusitadas. Esta¬mos en el género apocalíptico.

La lectura de hoy nos ofrece un cuadro imponente. A modo de liturgia celeste, describe Juan la realidad sublime de la convivencia de Dios con sus santos. Dios lo llena todo desde su trono: es principio y fin de todas las cosas. Junto a él en el trono y como él objeto de adoración, el Cordero. Nos recuerda a Cristo sacrificado por nosotros. Su sangre posee la virtud maravillosa de limpiar y blanquear las vestiduras de los que han muerto en él. La obra redentora de Cristo no sólo perdona los pecados, transporta también a sus seguidores a la gloria de Dios. He ahí la vestidura blanca del bautismo en su muerte y la muerte en su servicio que los adecenta para las Bodas. También las palmas hablan de triunfo. Y como triunfo, Dios triunfador en el Cordero. Las fuerzas adversas, el caos, que Dios doblegó sin esfuerzo alguno en el principio, serán sometidas, al final de los tiempos, por la sola aparición del verbo encarnado en poder y majestad. Así lo ha visto Juan; así será. Gloria y honor a Dios y al Cordero por siempre. Amén.

La multitud de los asistentes es inmensa, incontable. Pensemos en las doce tribus -pueblo de Dios- multiplicadas por sí mismas: 144. Y hagámoslas crecer por un infinito: mil. El resultado será un pueblo que supera toda medida y cálculo. Y la muchedumbre, infinita, abarca a todos los pueblos de la historia. No es, pues, tan sólo el pueblo de Dios multiplicado por sí mismo, es además, por decirlo así, la multiplicación de los pueblos de Dios. Universal e ilimitado en todas direcciones. La aclamación se hace atronadora. Realidad tan preciosa supera toda nuestra imaginación y representación. Nuestra capacidad de idearlo claudica.

La tribulación se cierne sobre los fieles de Dios que viven en la tierra. El misterio de la iniquidad ejerce ya su poder destructor. Pero también actúa ya, y con maravilloso vigor, el misterio de salvación. Dios marca a sus siervos, para separarlos del mundo destinado a perecer. El Cristo de Dios ha padecido. También los fieles padecen. Para ellos la visión y su consuelo. En medio de la tribulación deben considerarse benditos: Dios los ha marcado para la resurrección. Su puesto está allí, en la Visión de Dios y del Cordero. Marcados en el Cordero contemplarán la gloria de Dios.

Salmo Responsorial
Sal 23

R/. Estos son los que buscan al Señor

Del Señor es la tierra y cuanto la llena, el orbe y todos sus habitantes: él la fundó sobre los mares, él la afianzó sobre los ríos.R.

¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro? El hombre de manos inocentes y puro corazón, que no confía en los ídolos.R.

Ése recibirá la bendición del Señor, le hará justicia el Dios de salvación. Éste es el grupo que busca al Señor, que viene a tu presencia, Dios de Jacob.R.



Salmo singular. Tono festivo que recuerda la alabanza y aire litúrgico que recuerda una procesión. Refleja una acción litúrgica, una liturgia en acción. Y, como acción y movimiento, variedad y colorido.

Dos grupos: uno, que llega a las puertas del templo y otro, que espera y abre. Dios en la procesión, Dios en el templo. Y estando Dios presente, todo debe ser santo y digno. Tanto el culto como los participantes. Es una exigencia inevitable. Alabanza, dignidad, bendición divina. He ahí, en tres estrofas, la liturgia del día.

Todo es del Señor, todo es obra suya: alabamos al Señor. Pero la alabanza, en el contexto del culto, es santidad y temor respetuoso. Porque, aunque por pura misericordia pueda el hombre acercarse a Dios, no le es lícito hacerlo con manos impuras y corazón doble. Sería una profanación y un agravio. El fiel que alaba muestra su alabanza en la pureza de sus costumbres. Las manos inocentes y el corazón puro abren las puertas del santuario y atraen la bendición. Es la ascensión y purificación más indicada.

La Iglesia, y el cristiano en ella, camina en procesión hacia las Puertas eternas de la Morada de Dios. Lleva a Dios consigo, camino de la Visión de Dios. Son dignos tan sólo los que presentan las manos inocentes y el corazón limpio. Cristo, el Señor, nos limpia de todo pecado, si nos bañamos en su sangre con devoción y afecto. Es pregusto de la Bendición eterna. Busquemos la honradez y ascendamos, llevando al Enmanuel, Dios-con-nosotros, hacia las Puertas del Templo celestial. Se exige pureza y dignidad.
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Segunda Lectura

1Jn 3, 1-3
Veremos a Dios tal cual es

Queridos hermanos:

Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no le conoció a él.

Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es.

Todo el que tiene esperanza en él, se purifica a sí mismo, como él es puro.



Breves pero densos, los versillos de esta lectura anuncian, con gozoso entusiasmo, el alcance del amor de Dios al hombre en Cristo.

Es un hecho que Dios nos ama. Y el hecho, con todo, es un misterio que no podemos comprender. Aceptamos el hecho y contemplamos el misterio. El amor de Dios es grande; es él mismo. Nos ama de tal manera que, como amor, nos engendra en el amor y nos llama hijos. ¡Y lo somos! Amados en el Amado, nos ha hecho hijos en el Hijo. Somos hijos en la línea de la filiación de Cristo. Él natural, nosotros adoptivos. Portento tan maravilloso puede ser tan sólo percibido por la fe y el amor. El mundo, que por definición no conoce tales realidades, no puede entenderlo ni aceptarlo. No conoce a Dios, que se revela en Cristo, ni a Cristo, que revela a Dios. Nosotros, colocados en la esfera y ámbito del amor trinitario, escapamos a su estima y preferencias: nos ignora, nos persigue, nos acusa de ilusos y nos condena. No nos debe extrañar: así hizo con Cristo. ¿Y qué somos nosotros sino la realización y continuación de ese Cristo en una naturaleza limitada?

Somos hijos de Dios. En misterio. Todavía no hemos llegado a ver y comprender en profundidad y plenitud todo lo que ello significa: Aún no se ha manifestado lo que seremos. Un día lo seremos y lo viviremos. Es el misterio cristiano: somos ya y estamos en espera de. Pero sabemos con certeza, no es una ilusión vana -ahí están Cristo resucitado y el testimonio del Espíritu Santo-, que, cuando llegue ese momento, seremos semejantes a él: hijos de Dios en el Hijo.

¿O habrá que referir el término «manifieste» a Cristo, y, por tanto, las palabras siguientes tam¬bién? Puede. Entonces sería así: cuando Cristo se manifieste -se ha de manifestar un día Glorioso- seremos semejantes a él. Toda la literatura del Nuevo Testamento, en efecto, pregona esa venida, la desea y la suspira: Ven, Señor Jesús. Y vendrá. También es tradicional el pensamiento Ser semejantes a él: en él somos hijos, en él alcanzamos al Padre. El plan de Dios es . La gloria que desciende del Padre nos envuelve a todos en la gloria que recibe el Hijo. No hay duda, por tanto, de que lo veremos un día tal cual es: Hijo glorioso del Padre en unión sustancial con él. Ver a Cristo tal cual es ver al Padre como tal. Y ver no significa tan sólo contemplar; es convivir, conversar, vivir en comunión íntima y familiar. Dios en nosotros y nosotros en él. Transpuestos totalmente por la gloria de Dios.

Lo vivimos en misterio. Lo vivimos en esperanza. Y esta vida en esperanza, esta esperanza vivida, es pureza y condición divina ya aquí. Quien vive esa esperanza es ya, en misterio, como él. Porque como él nos llamamos y somos hijos de Dios en el Hijo-Dios.

Evangelio

Mt 5, 1-12a
Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo

En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió a la montaña, se sentó, y se acercaron sus discípulos; y él se puso a hablar, enseñándolos:
Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados. Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra.
Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.
Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán los Hijos de Dios.
Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.



Primer discurso del Evangelio de Mateo. Discurso de la Montaña, inaugural, de apertura, con aires de novedad. Se alarga hasta el capítulo séptimo. Mateo ha dispuesto, según temas, un variado material de la predicación de Jesús. Es su estilo y su costumbre. Nos encontramos al comienzo. Y, como comienzo y pórtico, las Bienaventuranzas. Ocho en tercera persona plural y una, la última, en segunda. De las ocho, una dudosa; podemos tomar siete. Número cargado de significado y útil para la catequesis. Tono sapiencial. Jesús, los apóstoles, el pueblo: al fondo, la Iglesia que escucha. Mateo es el buen escriba en el Reino de los cielos.

Todas vienen encabezadas por la declaración: Bienaventurados. Es y se promete una Dicha. Y es una Dicha porque promete. Y la promesa procede de Dios: doblemente Dicha, ahora y en futuro. Y Dios no es caprichoso. Si llena de bendiciones definitivas a un grupo de individuos, es porque éstos han colgado de sus manos bondadosas su radical impotencia y han abierto a su soplo creador la pro¬funda cavidad sedienta que cubre todo su ser. Y Dios, que se alarga y multiplica bondadosamente, llena aquella sed y cubre aquel vacío. Este mundo no lo entiende. Pero es la sabiduría de Dios. Jesús la revela, la proclama y la realiza. Comienza la gran obra de Dios, la gran Dicha. Los siglos la mirarán atónitos. Miremos también nosotros.

Podemos imaginarnos al pobre. Recordemos los términos afines de necesitado, indigente, desam¬parado, despreciado, olvidado... Un grupo de personas que carecen hasta de lo más elemental. Nadie los aprecia, nadie los respeta, nadie los atiende, nadie se cuida de ellos. Es verdad que hay muchas clases de pobreza. Elemento común: abandono en la necesidad. Necesidad que los expone en todo tiempo al atropello del más fuerte. Sin embargo, Dios, el más fuerte, se cuida de ellos; se abre de par en par a la angustia de su corazón. Cerrados a los bienes de este mundo han puesto toda su confianza en Dios. Son pobres de y en el espíritu. Nada buscan en el mundo, sólo a Dios. Confianza, abandono, recurso constante a él. Llevan su pobreza, sufren su desgracia en Dios. De estos po¬bres habla el evangelio. Para ellos la Dicha del Reino.

Dios declara, en boca de Jesús, que no tienen por qué acongojarse: ¡son sus preferidos! Aunque el mundo los olvida, él no. Para ellos su Reino maravilloso. Dios, en efecto, se va a volcar en ellos. Los va a llenar de bendiciones: ¡para ellos él! Apunta al futuro y, con todo, es ya una realidad. Ellos están en convivencia con Dios; Dios los protege con su mano, los lleva en sus alas. Son suyos y él de ellos. No hay duda de que, en misterio, ya gustan de la felicidad futura. Lo dice y hace Cristo Jesús. Son los mendigos de Dios; los pobres de Yahvé. No es, por tanto, la mera carencia de bienes lo que los coloca en tal condición de dicha. Es más bien la riqueza en el espíritu que supera con dignidad la ca¬rencia de bienes. Ni su espíritu suspira por bienes terrenos, ni los bienes terrenos impiden a su espíritu volar hacia Dios. Los desdichados de este mundo son, pues, los bendecidos de Dios. En su corazón cabe holgado el Reino de los cielos. ¡Bienaventurados!

Una explicación semejante cabe para las restantes Bienaventuranzas. Todas ellas revelan la misma condición fundamental. Los afligidos no tienen por qué afligirse más: su dolor se tornará en gozo, su miseria en gloria. El Reino los envuelve ya desde ahora y los incorpora, en misterio, a Cristo Resucitado. La fe cristiana los pone al alcance del Dios misericordioso, que transforma las peñas en estanques y la esperanza les permite gustar y paladear, en misterio, el triunfo eterno. Dios enjugará toda lágrima de sus ojos (Ap 7, 17). La paciencia que soporta, la humildad que levanta, la con¬fianza que sostiene, son la expresión palpable de la aflicción y mansedumbre en el Señor. Cristo paciente es el modelo y ejemplar. Son los que tienen hambre y sed de justicia. Los que buscan con ahínco hacer la voluntad de Dios. Los que no pueden vivir de otro alimento y manjar. Preciosa y profunda actitud religiosa: no riquezas, no poder, no salud, sino la voluntad de Dios. Quedarán saciados. Radicalmente saciados, satisfechos y llenos. Es precisamente lo que Cristo anuncia y trae. En Cristo podemos y alcanzaremos querer como Dios quiere y obrar como Dios obra. Cristo, que cumple la voluntad del Padre, muerto y resucitado, es su mejor expresión. Divina bendición para los que tienen hambre de Dios: poseerán a Dios de forma inefable. La oración del Padrenuestro nos recuerda la oración de este grupo: Hágase tu voluntad... Y Dios es amor, y Dios es misericordia. Bienaventurados los misericordiosos: alcanzarán misericordia. En verdad alcanzarán la Misericordia, poseerán a Dios. Recordemos el texto de Lucas: Sed misericordiosos, como vuestro Padre celestial es misericordioso. También éstos encuentran en el Padrenuestro unas palabras que les cuadran: ...Como perdonamos a nuestros deudores. La sinceridad y lealtad en la búsqueda de Dios y en el ejercicio de la misericordia no podía menos de encontrarse con una solemne y consoladora bienaventuranza: Bienaventurados los limpios de corazón. Para ellos el encuentro con Dios y el gozo eterno de su visión. Y los pacíficos, los que buscan y procuran la paz con Dios. Personas abnegadas, amadoras del bien, creadoras del amor, desinteresadas. Su gloria es ser hijos de Dios. Al crear la paz, irradian a Dios, su gloria: son hijos de Dios. Los perseguidos por la justicia, por cumplir y pregonar la voluntad de Dios; los perseguidos por el evangelio, por vivir y cantar la Buena Nueva, recibirán su recompensa. El ser cristiano -manso, misericordioso, leal, sencillo, pacífico...- provoca la persecución y el desprecio del mundo. Bendito el cristiano perseguido como tal. De él la gloria del Reino de los cielos. Cristo, presente en la encrucijada de los caminos de la vida, señala y crea la bendición de Dios sobre los que viven en su espíritu la voluntad del Padre. Cristo declara, como válido y divino, un programa en abierta antítesis con los valores de este mundo.

Consideraciones

No perdamos de vista la fiesta que celebramos: Festividad de todos los Santos. Señalemos algunos puntos.
a) Los Santos gozan de Dios.- La primera carta de Juan pregona con entusiasmo: Seremos semejantes a Él, lo veremos tal cual es. Convivencia inefable con Dios en Cristo o con Cristo en Dios. Transformación plena de nuestro ser en el ser de Dios: en el querer, en el ver y en el sentir. Cristo Resucitado es la imagen a la que nos arrimaremos para ser envueltos por la gloria divina. Comunión con Dios. Partícipes de las relaciones trinitarias. Como hijos en el Hijo, como amor en el Espíritu Santo, como dioses en Dios. La convivencia en Dios de sí mismo nos hará gustarlo como él mismo se gusta, amarnos y amarlo como se ama y nos ama. El Apocalipsis quiere darnos una idea, aunque vaga, del misterio, mediante el cuadro de una solemnísima liturgia celeste llena de colorido y belleza: aclamación, alabanza, luz... Las Bienaventuranzas lo proclaman y proponen de lejos: Reino de los cielos. Sin hambre, sin sed, sin necesidad de ninguna clase, sin estrecheces, sin odios ni rencores, sin dolor ni muerte. Alabemos a Dios por tal maravilla. Ni ojo vio, ni oído oyó lo que Dios tiene preparado para los que lo aman (Pablo). Y no es sólo Dios, es la multitud misma la que también acude a inflamar los espíritus de los bienaventurados que gozan de Dios: con Cristo, su madre y todos los santos

b) Los Santos son los que cumplen la voluntad de Dios.- Para poseer a Dios hay que apetecerlo. Y apetecerlo es seguirlo. Y seguirlo es hacer su voluntad. Las Bienaventuranzas hablan de las condiciones indispensables para llegar a Él: por encima de todo, afectiva y efectivamente, Dios. Dios es Cristo. La pobreza y sencillez; la paciencia y mansedumbre; el hambre y sed de Dios; la misericordia y la búsqueda de la paz; la constancia en los sinsabores que entraña el ser cristiano. Ese camino, con más o menos perfección, ha sido recorrido por los Santos. El salmo advierte, en forma de canto, de la necesidad de ser digno. Nadie puede entrar manchado a la presencia de Dios. Dios no se entrega a los perros: sería un sacrilegio y una profanación. Sólo podrá entrar en el Templo aquél que lo haya acompañado devotamente en el transcurso de su vida con ánimo de ascensión. La compañía de Cristo en este mundo es la garantía segura de la entrada al Reino de Dios. Recordemos los vestidos blancos y las palmas de que nos habla el Apocalipsis: la limpieza en su sangre y la tribulación sufrida en su seguimiento. La marca de Cristo la llevan en su frente y en su pecho: en sus palabras y en sus obras. Han mantenido la blancura del bautismo o la han recuperado por una sana penitencia en su muerte y resurrección. Han cumplido la voluntad de Dios. Juan nos habla de la pureza de vida en la esperanza de Dios.

c) La Iglesia Reino de Dios.- Los santos, que gozan de Dios, nos animan desde el Cielo. Son sus ejemplos y oración. Pero el cielo lo tenemos ya aquí, en misterio; poseemos, a modo de prenda y garantía, el Espíritu Santo. ¡Somos hijos! Debemos fomentar sentimientos de hijo. Debemos, en otras palabras, conformarnos a la voluntad de Dios en Cristo, su Hijo. Ser hijos en Hijo, movidos por el Espíritu Santo. Es una ascensión, es una peregrinación, es una esperanza viva. Llevamos la marca, la vestidura blanca, la palma: renuncia al mundo y al pecado. Cristo va delante y nos acompaña. Es nuestra alabanza a Dios, nuestra aclamación y nuestra gloria. Las Bienaventuranzas señalan el camino de realizar aquí la bendición divina. Seamos el reino del pobre, el consuelo del afligido, la paz en las discordias, el sostén del humilde, el pan del hambriento y la bebida del sediento. Una Iglesia así es ya reflejo y realidad, limitada por cierto, de lo que esperamos. Funjamos nuestra preciosa liturgia de palabra y de obra; revelemos nuestra semejanza con Cristo; vivamos la esperanza viva en pureza; manifestemos ser hijos de Dios. He ahí una Iglesia bella, expresión bella de la Iglesia celestial: Dios en medio de su pueblo.

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Todos los Santos: La joya y la envoltura


Apocalipsis 7, 2-4.9-14 1 Juan 3, 1-3 Mateo 5, 1-12

Irreconocibles

Me pregunto cuál es el significado de la fiesta de hoy. Descubro en ella sobre todo un aspecto de seguridad.
Uno da un suspiro de alivio: ¡menos mal que están ellos!
Este mundo no está poblado sólo de bribones. Hay que registrar también la presencia de santos. Y son muchísimos, imposibles de contar.
Es verdad que en la visión del Apocalipsis (primera lectura) se nos da una cifra: 144.000 personas. Pero se trata evidentemente de un número simbólico.
Es una especie de censo para dar a entender que se trata de un censo imposible.
Entre otros motivos porque los santos, en su gran mayoría, circulan sin documento de identidad.

La misma Iglesia, asistida por el Espíritu, «reconoce» la santidad de algunos, pero sólo cuando han dejado de pisar los caminos de este mundo.
Es verdad que a los que recorren nuestro mundo se les conceden diversos títulos. Pero no necesariamente esos títulos guardan alguna relación con la santidad de la persona. Además, ningún título honorífico autoriza a llevar las insignias de la santidad. No creo que el título de «monseñor», ni siquiera el de «eminencia», pueda considerarse como un indicio que nos ayude a descubrir un santo de carne y hueso (aunque de suyo, según la opinión de autorizados expertos, esto no constituye un «impedimento dirimente»).

De todas formas, nos sentimos seguros gracias a estos amigos de Dios.
Son ellos los que impiden que los «cuatro ángeles» devasten la tierra.
Nosotros mismos nos consideramos en cierto sentido «agraciados».

Tenemos la impresión de que nuestra mediocridad, nuestras trapisondas de cada día, nuestras hipocresías, nuestras traiciones y cesiones son compensadas de alguna forma por ellos.

Nos sentimos mejor, menos ruines, menos sinvergüenzas, y hasta purificados con su contacto. Aunque no los conozcamos. Aunque nos crucemos con ellos y hasta tratemos con ellos, sin darnos cuenta de que son santos.

Clandestinos

Sí, porque los santos cuya gloria en el cielo celebramos hoy, cuando están en la tierra, suelen pasar inadvertidos, no llaman poderosamente la atención, no se proponen a la admiración de los demás con un orgullo descarado.

Pueden actuar sin que nadie les estorbe para hacer un poco de limpieza en el mundo, para dar credibilidad a la Iglesia, para revalorizar la cotización de un cristianismo a la baja (y tanto más a la baja cuanto más se empeña en autoexaltarse, en celebrar triunfos, en inventar fechas gloriosas que celebrar), porque circulan clandestinos. La oscuridad es el ambiente natural en que se mueven.

Son indispensables porque no se erigen en protagonistas.

El palco se sostiene, a pesar del peso desmedido de personajes engreídos y coreográficos, porque... ellos no están allí, porque están en otro sitio asegurando los fundamentos, trabajando duro, renunciando a «aparecer».

No tienen discursos oficiales, no hacen declaraciones, no conceden ni solicitan entrevistas.

Por otro lado, a nadie se le ocurre entrevistar a unos individuos que hacen el milagro, raro, de «vivir»...

Incluso cuando los periodistas llaman a la puerta de un convento, dicen al portero que llame a «alguien». No sospechan que precisamente el portero puede ser la persona más interesante. Más interesante en santidad.

De todas formas, dependemos de esos santos humildes, silenciosos, discretos, huidizos. Una madre, uno que está trabajando en el campo, uno que ha sabido perdonar, una camarera, un profesor de matemáticas, un archivero, un médico que al anochecer deja la bata exhausto pensando en las personas y no en los números, un lavaplatos... Dependemos de ellos. Dependemos de sus oraciones. Dependemos de su «ser».

En un mundo en que (casi) todos se preocupan de hacerse un nombre, por fortuna hoy estamos autorizados a gritar: «¡Dichosos los seres anónimos!».

Anónimos y marginales

Creo que es importante esta última connotación: marginales.

Los márgenes son esos espacios en blanco que rodean un texto. Allí puede escribir uno lo que quiera. Sus propias observaciones, su propio acuerdo, pero también su propia disconformidad.

Existe un texto escrito, aceptado por la mayoría, que parece inmodificable. Una especie de texto fijo de una comedia que los actores tienen que repetir. Allí se establecen las reglas del éxito, del poder, de la felicidad, de la carrera, de la interpretación de la vida en clave de utilidad individualista, de comodidad, de placer, de posesión.

Los santos anotan al margen que no están de acuerdo con esas reglas.

Escriben al margen otro texto, otra manera de interpretar la vida.

Aprovechando los amplios espacios disponibles al margen de la página, aportan sus correcciones decisivas (aunque no clamorosas).

Pero no se contentan con escribir en los márgenes. Caminan también al margen.

La caravana de los santos recorre caminos insólitos, se adentra en los recorridos más insospechados, atendiendo a unas señales invisibles.

La turba inmensa de los santos no sigue los itinerarios os de máscaras.«recomendados» por las la prudencia, por la astucia, por el poder, por la popularidad, por las diplomacias, por los cortejos de máscaras.

Pasa sin dejar huellas visibles en la historia. Pero conserva en ella subterráneo el fermento del evangelio. Esconde en ella, bajo la corteza, la semilla del amor de Dios.

Los santos, aun viviendo en este mundo, rechazan su lógica, condenan sus astucias, prefieren mantenerse lejos del palacio y de los tinglados humanos, están fuera de la ciudad, lejos del recinto, lo mismo que Jesús, que nació y fue enviado a morir «fuera de los muros» de la ciudad.

Los santos son testigos del Trascendente, en el sentido de que se empeñan en subir al otro lado del muro donde vive seguro el rebaño, en donde dormita la masa. En efecto, «trascender» se deriva de trans (más allá, a través, al otro lado de), y scandere (subir): trepar más allá, saltar al otro lado.

Separados, o sea... en el sitio justo

Santidad quiere decir «separación».

Los santos son unos separados respecto a las apetencias, las costumbres comunes, los modos de pensar y de obrar de la mayor de la gente.

Por otro lado, las mismas bienaventuranzas evangélicas abren recorridos fuera de ruta, en dirección hacia una felicidad desconocida.

Según una fórmula hebrea, «bienaventurados» equivaldría a «estar en el sitio justo».

Entonces, «bienaventurados los pobres» podría traducirse: «Vosotros os encontráis en el lugar debido cuando sois pobres». Y también: estáis en el lugar que os corresponde cuando sois mansos, limpios de corazón, perseguidos, misericordiosos, empeñados en el frente de la paz...

Los santos han descubierto aquí, en la tierra, siguiendo las indicaciones secretas del evangelio, el «puesto justo» de la felicidad. Que resulta bastante desfasado respecto a las indicaciones que nos dan los sabios de este mundo.

Un «puesto justo» que no es nunca una posesión, sino que implica una condición permanente de provisionalidad e itinerancia.

Especializados en normalidad

Y, por favor, dejemos de considerar a los santos como seres especializados en llevar a cabo empresas asombrosas y llamativas.

No son los campeones de lo excepcional, sino de la normalidad (la santidad misma, en una óptica cristiana, no es la excepción, sino la norma).

Los santos son los profesionales de las realidades ordinarias, los expertos de las cosas comunes, los inventores de lo ya sabido (o sea, de lo que todos sabemos... y nos limitamos a saber).

Están especializados en cotidianidad.

La santidad no se compone de acciones complicadas, sino que está hecha de materiales sencillos, ordinarios.

Los santos son personas cualesquiera que han aprendido a hacer cosas absolutamente usuales, al alcance de todos.

La vida cotidiana, en todos sus aspectos más triviales, constituye la materia que es preciso trasformar en santidad.

La vida cotidiana es la única escalera que permite acercarse y adentrarse en la santidad.

Los santos frecuentan territorios al alcance de las manos y de los pies, no de las alas.

Por eso, tenemos que acostumbrarnos a considerar la vida cotidiana —incluso en sus elementos desagradables, en los obstáculos de que está sembrada— como un ejercicio espiritual (sí, los santos están haciendo continuamente «ejercicios espirituales» sirviéndose de los utensilios domésticos, adoptando los instrumentos y los horarios de la vida de cada día).

Y convencemos de que se progresa en la santidad gracias a todo lo que nos ofrece una resistencia.

Sobre todo es preciso darse cuenta de que «la Jerusalén celestial

no se encuentra en un sueño del futuro. Esta aquí, ahora. Basta con que abramos los ojos» (Abhishiktananda)

Romper la envoltura

«Dentro del corazón de cada uno

hay una joya de santidad dispuesta a brotar

y a perfumar con su olor el universo.

Pero es necesario romper

la envoltura que la aprisiona, para trasformarla

de joya de hielo en joya de amor» (Suzaku-Hendo).

La fiesta de hoy nos brinda la ocasión de descubrir qué es lo que hemos de romper para liberar esa joya.

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