Y en su nombre se predicará la conversión
Publicado por Dominicos.org
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Introducción
La resurrección de Jesucristo es el acontecimiento central de nuestra fe, aunque nunca acabemos de comprender su más profundo significado. Jesucristo ha resucitado y nosotros estamos llamados a resucitar con Él; es la Buena Noticia de la Pascua, que nos plantea una pregunta radical ¿qué repercusiones tiene este misterio en nuestra vida diaria?Admirar desde la fe la muerte y resurrección de Cristo supone aceptar como algo importante en nuestra vida concreta, la de ahora, la de todos los días, que necesitamos la conversión, es decir, nuevos comportamientos. Comprendamos que la fe en la resurrección -como fruto del Amor- supone cambiar a diario un enfoque cerrado, torpe, rutinario, egoísta por un esquema diametralmente distinto de renovación, lucha, esfuerzo, dinamismo y esperanza.
Todo esto significa morir desde la renuncia a la ambición, al placer narcisista, a las malas relaciones de vecindad, a la imposición dominante sobre el débil… y vivir con la nueva modalidad de los hijos de Dios, que la Biblia denomina justicia verdadera o santidad.
Comentario bíblico
* 1ª Lectura: Hechos (3,13-19): Anunciar que el crucificado vive, ¡sin miedo!
I.1. La primera lectura de hoy es el segundo discurso de Pedro en los Hechos de los Apóstoles, el segundo discurso kerigmático, después del de Pentecostés, porque «proclama» con claridad la fuerza del mensaje pascual: la muerte y resurrección de Jesús. La ocasión es la curación extraordinaria de un cojo, alguien que está impedido de andar, como si el evangelista Lucas, que tanto interés ha puesto en el camino, en el seguimiento, quisiera decirnos que la resurrección de Jesús hace posible que todas las imposibilidades (físicas, psíquicas y morales), no fueran impedimento alguno para seguir el camino nuevo que se estrena especialmente por la resurrección de Jesús.
I.2. Pedro, pues, el primero de los apóstoles, es el encargado de este tipo de discursos oficiales en Jerusalén para ir dejando constancia que ahora yo no tendrán miedo para seguir a Jesús, el crucificado, ni ante las autoridades judías, ni ante las autoridades romanas. Al contrario, deben anunciarlo ante el pueblo, para poner de manifiesto que ellos están por este crucificado que es capaz de dar un sentido nuevo a su existencia. Es un discurso en el que se pone de manifiesto que el Dios de los «padres», el Dios de la Alianza, el Dios de Israel, es el que hace eso, no otro dios cualquiera. Que si quieren ser fieles a las promesas de Dios, el único camino es el de Jesús muerto y resucitado.
* 2ª Lectura: 1Juan (2,1-5): La muerte redentora frente al mundo
II.1. La segunda lectura, al igual que el domingo pasado, insiste en los mandamientos de Jesús para vencer al pecado. La comunidad joánica se enfrenta con el “pecado del mundo”, le abruma, y el autor pone ante sus ojos la muerte redentora de Jesús como posibilidad excepcional de la victoria sobre el mismo.
II.2. Es verdad que no debemos entender la expiación de Jesús en un sentido jurídico, como una necesidad metafísica para que Dios se sienta satisfecho, ya que Dios no necesita la muerte de su Hijo. Pero su muerte es un sacrificio por nosotros, porque en ella está la fuerza que vence al mundo y el pecado del mundo, el pecado en el que se estructura la historia de la humanidad y que los cristianos deben vencer desde la fuerza de la muerte redentora de Jesús.
* Evangelio: Lucas (24,35-48): Una nueva experiencia con el Resucitado
III.1. La lectura del texto lucano quiere enlazar, a su manera, con el del domingo pasado (el evangelio de Tomás), ya que todo el capítulo lucano es una pedagogía de las experiencias decisivas de la presencia del Viviente, Jesús el crucificado, en la comunidad. El que se mencione en esta escena el reconocimiento que hicieron los discípulos de Emaús al partir el pan, viene a ser una introducción sugerente para dar a entender que el resucitado se «presenta» en momentos determinados entre los suyos con una fuerza irresistible. El relato de hoy es difícil, porque en él se trabaja con elementos dialécticos: Jesús no es un fantasma, enseña sus heridas, come con ellos... pero no se puede tocar como una imagen; pasa a través de las puertas cerradas. Hay una apologética de la resurrección de Jesús: el resucitado es la misma persona, pero no tiene la misma “corporeidad”. La resurrección no es una “idea” o un invento de los suyos.
III.2. Esta forma semiótica, simbólica, de presentar las cosas, pretende afirmar una realidad profunda: el Señor está vivo; las experiencias que tiene con los discípulos (aunque exageradas por la polémica apologética de que los cristianos habían inventado todo esto) les fascina, pero no para concebirlas en términos de fantasía sobre la resurrección, sino para convencerles que ahora les toca a ellos proseguir su causa, anunciar la salvación y el perdón de los pecados. Creer en la resurrección de Jesús sin estas consecuencias sería como creer en cosas de espíritus. Pero no se trata de eso, sino de creer en la realidad profunda de que el crucificado está vivo, y ahora les envía a salvar a todos los hombres.
III.3. No podemos olvidar que las apariciones pertenecen al mundo de lo divino, no al de las realidades terrestres. Por lo mismo, la presentación de un relato tan “empirista” como este de Lucas requiere una verdadera interpretación. Lo divino, es verdad, puede acomodarse a las exigencias de la “corporeidad” histórica, y así lo experimentan los discípulos. Pero eso no significa que, de nuevo, el resucitado da un salto a esta vida o a esta historia. Si fuera así no podíamos estar hablando de “resurrección”, porque eso sería como traspasar los límites de la “carne y de la sangre”, que no pueden heredar el reino de Dios (cf 1Cor 15,50). Los hombres podemos aplicarle a lo divino nuestras preconcepciones antropológicas. Está claro que tuvieron experiencias reales, pero el resucitado no ha vuelto a la corporeidad de esta vida para ser visto por los suyos. El texto tiene mucho cuidado de decir que Jesús es el mismo, pero su vida tiene otra corporeidad; no la de un fantasma, sino la de quien está por encima de la “carne y la sangre”.
III.4. Hoy está planteado en el evangelio la realidad y el sentido de las apariciones del resucitado y debemos ser valientes para “predicar y proclamar” que las apariciones de Jesús a los suyos no pueden ser entendidas como una vuelta a esta vida para que los suyos lo reconocieran. Se hizo presente de otra manera y ellos lo experimentaron tal como eran ellos y tal como sentían. Esto es lo que pasa en estas experiencias extraordinarias en las que Dios interviene. Jesús no podía comer, porque un resucitado, si pudiera comer, no habría resucitado verdaderamente. Las comidas de las que se quiere hablar en nuestro texto hacen referencia a las comidas eucarísticas en las que recordando lo que Jesús había hecho con ellos, ahora notan su presencia nueva. En definitiva: la “corporeidad” de las apariciones de Jesús a sus discípulos no es material o física, sino que reclama una realidad nueva como expresión de la persona que tiene una vida nueva y que se relaciona, también, de forma nueva con los suyos. Esta capacidad nueva de relación de Jesús con los suyos y de éstos con el resucitado es lo que merece la pena por encima de cualquier otra cosa.
Fray Miguel de Burgos Núñez
Pautas para la homilía
* Ideal de vida cristiana
Por la identificación con la persona de Jesucristo recibimos de Dios la salvación; a través de nuestra conversión personal, movidos por el Espíritu, podremos desarrollar un cambio de conducta propio y comunitario, que nos separe del pecado y nos incorpore a la vida nueva en Cristo Jesús. Tal ha sido el itinerario cuaresmal camino de la Pascua, y constituye el marco del ideario de vida feliz, que nos brinda la resurrección de Jesucristo, como obra del amor.
* Nuestra sociedad
Ya Pablo VI resaltó la necesidad de una nueva “civilización del amor” donde la justicia estuviera integrada y sublimada por la caridad.”Las relaciones de fuerza no han logrado jamás establecer efectivamente la justicia de una manera durable y verdadera”. El compromiso por una civilización del amor debe ser, pues, prioritario.
Juan Pablo II insistía: “De nosotros depende que triunfe la civilización del amor, o la civilización, que mejor debería llamarse in-civilización, del individualismo, del utilitarismo, los intereses opuestos, los nacionalismos exasperados y los egoísmos elevados al rango de sistema… La Iglesia siente la necesidad de invitar a cuantos se interesan de verdad por el destino del hombre y de la civilización a unir sus recursos y su esfuerzo para construir la civilización del amor”.
Por su parte, escribe Benedicto XVI en la encíclica “Dios es amor”: “En un mundo en el cual a veces se relaciona el nombre de Dios con la venganza, o incluso con la obligación del odio y la violencia… éste es un mensaje de gran actualidad y con un significado muy concreto. Por eso en mi primera encíclica deseo hablar del amor, del cual Dios nos colma, y que nosotros debemos comunicar a los demás”.
Dice el Papa: “Dios actúa siempre con amor porque es amor” porque en Dios el amor es una realidad única. En la naturaleza humana, amor de hombre y amor de Dios (Eros y ágape) filantropía y caridad, razón y fe, justicia y perdón, están destinadas a encontrarse y a integrarse en una civilización del amor.
* Progresión amorosa en la conducta humana
Si quieres la paz prepara la guerra, decían los antiguos, intentando demostrar que la paz se conseguía con el triunfo en las batalla; y el mejor de todos ellos era el que llevaba al adversario a reconocerse inferior y aceptarlo en su capitulación.
La paz, como obra de la justicia. Dar a cada uno lo que le corresponde; respeto a la ley natural en la que son reconocidos los derechos ajenos; la paz en la sociedad como fruto del quehacer de los buenos gobernantes. La administración de la justicia puede a veces exigir ocasionalmente el uso de la fuerza, de la violencia, a modo de excepción.
La paz verdadera como consecuencia del amor. La historia de las civilizaciones ha demostrado la perpetuidad de las guerras, luchas fratricidas (de toda índole) y el fondo egoísta que subyace en la naturaleza humana, que solamente es vencido por el amor maduro, generoso, servicial.
* Resucitar por medio de la conversión
Aceptar a Cristo resucitado es aceptar como importante en nuestra vida concreta, la de ahora, la de todos los días, que necesitamos cambiar de vida, morir en la renuncia a las riquezas, el poder, el placer narcisista; a las malas relaciones con los demás, para resucitar a otra forma de existencia, justa, santa.
Comencemos creyendo en nuestra resurrección interior, en que es posible cambiar de vida; más aún, que debemos cambiar de vida, y que nadie lo puede hacer por nosotros mismos si nosotros no lo aceptamos. El Reino de Dios -resurrección- comienza a ser realidad en el momento en que se inicia el proceso propio de conversión.
Quien dice que conoce a Dios y no guarda los mandamientos, en expresión de san Juan, es un mentiroso, y la verdad no está en él. Pero quien guarda sus palabras ciertamente el amor de Dios ha llegado en él a su plenitud. El pecado del que hemos de salir (resucitar) es el que mata la sonrisa y la alegría, mata el amor, mata la relación afectuosa de esposos, mata a los hijos, mata la armonía social: Podemos permanecer “vivos” matando la misma vida.
Ser santo es interesarse por los “otros”: es decir ayudar a los más necesitados, compartir la alegría de la mesa, aliviar dolencias de los enfermos, escuchar a quienes viven en soledad, acoger a emigrantes, etc. Resucitar es vivir ahora, a diario, de un modo nuevo en familia, en el matrimonio, en la política, las relaciones profesionales o de trabajo, en la vecindad: Es vivir en justicia y santidad verdadera, vivir en veracidad, guardando los mandamientos. No esperemos a resucitar en el último día solamente; ahora es tiempo propicio para comenzar.
* Aplicaciones a la vida real de resucitados con Cristo
Asumamos la existencia de tres niveles afectivos en el ser humano (eros, amistad, ágape) con exigencias y necesidades funcionales complementarias y diferenciadas, que con el paso del tiempo requieren:
* integración de los niveles sensibles (sentimientos y emociones) con la voluntad;
* integración madurativa posterior de ellos con la caridad sobrenatural (Ágape)
Teóricas:
Movidos por el Espíritu aceptemos que Dios-amor se hace presente en la vida cotidiana, personal, de todos. Puede resultar misterioso el hecho, tanto referido a nuestro propio YO cuanto a los demás. Afirmamos como cierto que Dios está presente en todos y cada uno de los hombres.
Prácticas:
Descubriendo y cultivando el ser y obrar del laicado cristiano, que hace compatible fe y cultura:
* En la actual crisis social desde el Amor (de Dios y humano) que vivifica espiritualidad y profesionalidad, vida escondida en Dios y manifestada en la transformación del orden temporal. Se trata de mantener coherencia de vida en el pensar, decir y obrar.
* En la Iglesia (hacia dentro) desarrollando el Amor hacia su plenitud, desde su propia espiritualidad secular, individual y conyugalmente. ¡Enormes posibilidades diarias!
Fray Manuel González de la Fuente




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