Publicado por Pastoral Vocacional
1. Comentario vocacional
Lo sorprendente del evangelio que se nos proclama en el día de hoy es su introducción. “Contaban los discípulos lo que les había acontecido en el camino (de Emaús) y cómo reconocieron a Jesús en el partir el pan”, entonces Jesús se les aparece a ellos, les desea la paz como saludo pascual y ellos, en lugar de alegarse, se encuentran llenos de miedos y de dudas. Bueno, quizá no sea tan sorprendente porque la experiencia personal del encuentro con el Resucitado no es algo que otro pueda hacer por mí. Sin embargo, es algo que choca y que nos muestra que a la fe no se llega por deducciones lógicas sino por amor, un amor personal en un encuentro personal.
Pero quizás tengamos un problema más grave: que no sabemos reconocer la presencia del Señor. Los apóstoles después de haber estado tres años con Jesús lo conocían, y lo conocían muy bien. Pero ahora no le reconocen, tienen dudas en su corazón. Por eso el evangelista insiste en mostrar la “corporeidad” del Resucitado (“mirad mis manos y mis pies”) para poner de manifiesto que es el mismo Jesús que conocieron. No obstante, siendo el mismo, lo es de otra manera: es un cuerpo resucitado. Y aquí es donde los apóstoles se pierden ante el misterio.
No se puede concebir la vocación, sin encuentro personal con el Resucitado. Puedo sentir en mí una inclinación hacia una determinada vocación, un gusto, etc… Pero si no hay ese encuentro consciente con Él, no hay garantía de perseverancia, porque en definitiva no seguimos su voz, sino la nuestra.
A lo peor, somos incapaces de reconocerle porque en el fondo vivimos ajenos a su presencia. Cuando Pedro se dirige a la gente, en la primera lectura, y les dice “rechazasteis al santo, al justo… matasteis al autor de la vida”, tendríamos que hacer un esfuerzo de sincera y auténtica revisión de vida para ver esas palabras no tienen también actualidad entre nosotros. De una manera u otra también nos interpelan, porque cuando nos interesa no queremos saber nada del Señor. Pero no perdamos de vista el contexto del discurso de Pedro. A pesar de eso, hay un lugar para el arrepentimiento y al conversión; y por ello, es posible retomar el camino de la fe.
Y en ese camino de fe, Jesús nos da “pruebas” de su presencia resucitada. Nos invita primero a palparle, a tocarle. ¿Qué nos quiere pedir con ello el Señor? Después nos explica las Escrituras para que veamos que todo converge en Él. Necesitamos hoy que nos abra también a nosotros el entendimiento para comprender. El evangelio de hoy es una buena excusa para ver si dedicamos tiempo a leer la Palabra de Dios y revisar cómo lo hacemos.
La segunda lectura nos da una pista para “verificar” nuestro encuentro con el Resucitado: “quien dice “Yo le conozco” y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso”. ¡Cuántas veces, nosotros, los consagrados, los sacerdotes, decimos que conocemos al Señor y es sólo mera palabrería porque olvidamos su mandamiento del amor!. Nos hemos convertido en profesionales de la mística, pero no sabemos nada de él. ¿Nos acusará el Señor de ser mentirosos?
Pero el verdadero encuentro con el Señor resucitado nos lleva a la misión: “en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto”. No puede dejar de llamarnos la atención que Jesús nombra testigos a los mismos que antes tenían miedo y dudaban. Por lo menos es un consuelo para nosotros que vivimos en el claroscuro de la fe, entre la duda y la entrega generosa. A pesar de ello, el Señor nos confía la tarea de anunciar su muerte y resurrección, en la misma línea que hizo Pedro. Y es bueno recordar el contenido del mensaje para que no nos olvidemos de lo fundamental. Repitámoslo otra vez: la muerte y la resurrección de Jesús para el perdón de los pecados.
2. Pistas para la homilía
-A pesar de que están escuchando el relato de los discípulos que encontraron a Jesús en el camino de Emaús, los apóstoles tienen miedo cuando él mismo se les hace presente. No saben reconocer su presencia y lo mismo puede que nos pase a nosotros, que estamos llenos de dudas.
-Quizá tengamos que escuchar el reproche de Pedro: “rechazasteis al santo, al justo” por lo que sus palabras de invitación al arrepentimiento y a la conversión sigan siendo actuales.
-No obstante, Jesús sigue dando “pruebas” de su presencia resucitada: en su cuerpo y en la Palabra revelada.
-A lo mejor decimos que le conocemos pero no vivimos su mandamiento del amor.
-Todo encuentro con el resucitado nos lleva inmediatamente a la misión. Una misión que no tiene otro mensaje que el de su muerte y resurrección.
3. Preguntas para la reflexión personal o en grupo
-¿Qué dificultades encuentras en tu vida para reconocer al Señor vivo y resucitado?
-¿Qué experiencia tienes de ese encuentro personal con Él?
-¿Cómo lees la Palabra de Dios? ¿Qué tiempo le dedicas? ¿Encuentras en ella la clave para comprender el misterio de Jesús?
-Tu vivencia del mandamiento del amor, ¿cómo verifica que conoces al Señor?
-¿Dónde se encuentra el origen de tu acción misionera? ¿Nace del encuentro con el Resucitado?
-¿Cuál es el contenido de tu mensaje?
4. Un poco de poesía
Lo sorprendente del evangelio que se nos proclama en el día de hoy es su introducción. “Contaban los discípulos lo que les había acontecido en el camino (de Emaús) y cómo reconocieron a Jesús en el partir el pan”, entonces Jesús se les aparece a ellos, les desea la paz como saludo pascual y ellos, en lugar de alegarse, se encuentran llenos de miedos y de dudas. Bueno, quizá no sea tan sorprendente porque la experiencia personal del encuentro con el Resucitado no es algo que otro pueda hacer por mí. Sin embargo, es algo que choca y que nos muestra que a la fe no se llega por deducciones lógicas sino por amor, un amor personal en un encuentro personal.Pero quizás tengamos un problema más grave: que no sabemos reconocer la presencia del Señor. Los apóstoles después de haber estado tres años con Jesús lo conocían, y lo conocían muy bien. Pero ahora no le reconocen, tienen dudas en su corazón. Por eso el evangelista insiste en mostrar la “corporeidad” del Resucitado (“mirad mis manos y mis pies”) para poner de manifiesto que es el mismo Jesús que conocieron. No obstante, siendo el mismo, lo es de otra manera: es un cuerpo resucitado. Y aquí es donde los apóstoles se pierden ante el misterio.
No se puede concebir la vocación, sin encuentro personal con el Resucitado. Puedo sentir en mí una inclinación hacia una determinada vocación, un gusto, etc… Pero si no hay ese encuentro consciente con Él, no hay garantía de perseverancia, porque en definitiva no seguimos su voz, sino la nuestra.
A lo peor, somos incapaces de reconocerle porque en el fondo vivimos ajenos a su presencia. Cuando Pedro se dirige a la gente, en la primera lectura, y les dice “rechazasteis al santo, al justo… matasteis al autor de la vida”, tendríamos que hacer un esfuerzo de sincera y auténtica revisión de vida para ver esas palabras no tienen también actualidad entre nosotros. De una manera u otra también nos interpelan, porque cuando nos interesa no queremos saber nada del Señor. Pero no perdamos de vista el contexto del discurso de Pedro. A pesar de eso, hay un lugar para el arrepentimiento y al conversión; y por ello, es posible retomar el camino de la fe.
Y en ese camino de fe, Jesús nos da “pruebas” de su presencia resucitada. Nos invita primero a palparle, a tocarle. ¿Qué nos quiere pedir con ello el Señor? Después nos explica las Escrituras para que veamos que todo converge en Él. Necesitamos hoy que nos abra también a nosotros el entendimiento para comprender. El evangelio de hoy es una buena excusa para ver si dedicamos tiempo a leer la Palabra de Dios y revisar cómo lo hacemos.
La segunda lectura nos da una pista para “verificar” nuestro encuentro con el Resucitado: “quien dice “Yo le conozco” y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso”. ¡Cuántas veces, nosotros, los consagrados, los sacerdotes, decimos que conocemos al Señor y es sólo mera palabrería porque olvidamos su mandamiento del amor!. Nos hemos convertido en profesionales de la mística, pero no sabemos nada de él. ¿Nos acusará el Señor de ser mentirosos?
Pero el verdadero encuentro con el Señor resucitado nos lleva a la misión: “en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto”. No puede dejar de llamarnos la atención que Jesús nombra testigos a los mismos que antes tenían miedo y dudaban. Por lo menos es un consuelo para nosotros que vivimos en el claroscuro de la fe, entre la duda y la entrega generosa. A pesar de ello, el Señor nos confía la tarea de anunciar su muerte y resurrección, en la misma línea que hizo Pedro. Y es bueno recordar el contenido del mensaje para que no nos olvidemos de lo fundamental. Repitámoslo otra vez: la muerte y la resurrección de Jesús para el perdón de los pecados.
2. Pistas para la homilía
-A pesar de que están escuchando el relato de los discípulos que encontraron a Jesús en el camino de Emaús, los apóstoles tienen miedo cuando él mismo se les hace presente. No saben reconocer su presencia y lo mismo puede que nos pase a nosotros, que estamos llenos de dudas.
-Quizá tengamos que escuchar el reproche de Pedro: “rechazasteis al santo, al justo” por lo que sus palabras de invitación al arrepentimiento y a la conversión sigan siendo actuales.
-No obstante, Jesús sigue dando “pruebas” de su presencia resucitada: en su cuerpo y en la Palabra revelada.
-A lo mejor decimos que le conocemos pero no vivimos su mandamiento del amor.
-Todo encuentro con el resucitado nos lleva inmediatamente a la misión. Una misión que no tiene otro mensaje que el de su muerte y resurrección.
3. Preguntas para la reflexión personal o en grupo
-¿Qué dificultades encuentras en tu vida para reconocer al Señor vivo y resucitado?
-¿Qué experiencia tienes de ese encuentro personal con Él?
-¿Cómo lees la Palabra de Dios? ¿Qué tiempo le dedicas? ¿Encuentras en ella la clave para comprender el misterio de Jesús?
-Tu vivencia del mandamiento del amor, ¿cómo verifica que conoces al Señor?
-¿Dónde se encuentra el origen de tu acción misionera? ¿Nace del encuentro con el Resucitado?
-¿Cuál es el contenido de tu mensaje?
4. Un poco de poesía
LA HUELLA
¿Cuál será la huella
que me lleve hasta tu encuentro?
No quiero vivir errante y vacío
quedándome sólo en tus huellas.
¿Se llamará salud, o enfermedad?
¿Se presentará con el rostro del éxito
o con el cansancio golpeado del fracaso?
¿Será seca como el desierto
o rebosante de vida como el oasis?
¿Brillará con la transparencia del místico
o se apagará en el despojo del oprimido?
¿Caerá sobre mí como golpe de látigo
o se acercará como caricia de ternura?
¿Brotará en comunión con un pueblo festivo
o en mi indecible soledad original?
¿Será la historia brillante de los libros
o el revés oprimido de la trama?
No importa cuál sea el camino
que me conduzca hasta tu encuentro.
No quiero apoderarme de tus huellas
cuando son reflejo fascinante de tu gloria,
ni quiero evadirlas fugitivo
cuando son golpe y angustia.
No importa lo que tarde en abrirse
el misterio que te esconde,
y toda huella tuya me anuncia.
Todo mi viaje llega
al silencio y a la espera
de mi “no saber” más hondo.
Pero “yo sé” que ya estoy en ti
cuando aguardo ante tu puerta.
(Benjamín González Buelta)
¿Cuál será la huella
que me lleve hasta tu encuentro?
No quiero vivir errante y vacío
quedándome sólo en tus huellas.
¿Se llamará salud, o enfermedad?
¿Se presentará con el rostro del éxito
o con el cansancio golpeado del fracaso?
¿Será seca como el desierto
o rebosante de vida como el oasis?
¿Brillará con la transparencia del místico
o se apagará en el despojo del oprimido?
¿Caerá sobre mí como golpe de látigo
o se acercará como caricia de ternura?
¿Brotará en comunión con un pueblo festivo
o en mi indecible soledad original?
¿Será la historia brillante de los libros
o el revés oprimido de la trama?
No importa cuál sea el camino
que me conduzca hasta tu encuentro.
No quiero apoderarme de tus huellas
cuando son reflejo fascinante de tu gloria,
ni quiero evadirlas fugitivo
cuando son golpe y angustia.
No importa lo que tarde en abrirse
el misterio que te esconde,
y toda huella tuya me anuncia.
Todo mi viaje llega
al silencio y a la espera
de mi “no saber” más hondo.
Pero “yo sé” que ya estoy en ti
cuando aguardo ante tu puerta.
(Benjamín González Buelta)




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