Pentecostés es una fiesta judía cristianizada. Como indica Ex. 34, 22, el origen de la festividad parece ser, como en otras celebraciones, una conmemoración agrícola. En este caso se trata del momento de la siega, el fin de un ciclo de la tierra, uno de los momentos claves de las civilizaciones que dependían, en gran parte, del trabajo del suelo. Las fiestas agrícolas, en un principio relacionadas directamente a la naturaleza y sin mayor trascendencia que su repetición cíclica, fueron adquiriendo con el tiempo relevancia al asociarse a hechos históricos fundamentales. En el caso de Israel, la fiesta de la siega se terminó relacionando a la promulgación de la alianza en el monte Sinaí, cuando Yahvé otorgó a Moisés las tablas de la Ley. Y su día se estipuló a las siete semanas de la Pascua, lo que decantó en un cálculo numérico que dejaría su impronta en el nombre de la fiesta. Para los hebreos, siete semanas constituyen una semana de semanas (una semana tiene siete días, por lo que una semana de semanas debe tener siete semanas). Para los griegos, son cincuenta días. Para los primeros es la fiesta de las semanas, para los segundos es Pentecostés (quincuagésimo).Se trata de una celebración muy importante para el judaísmo, constituyéndose en una de las fechas que exigía la asistencia al Templo de Jerusalén. Es el recuerdo de la prenda de la alianza, de las tablas dadas a Moisés, del acontecimiento que completa la liberación de Egipto, haciendo de los israelitas pueblo llamado a la santidad. Bajo esas mismas perspectivas el cristianismo hizo suya la fiesta, recordando la venida del Espíritu Santo, que es prenda de la nueva alianza, que es ley de amor grabada en los corazones, que se une indisolublemente a la obra del Cristo, que impulsa a la santidad y, aún más, que hace a los discípulos santos. Marcando esta continuidad con la fiesta judía es que el relato de Hechos menciona el ruido del cielo y el viento fuerte (cf. Hch. 2, 2), como si se tratase de una tormenta, como si se tratase de la manifestación en el Sinaí previa a la exposición de la Ley (cf. Ex. 19, 16). El Pentecostés cristiano viene a ser una plenificación del Pentecostés judío, sustituyendo la Ley escrita en piedras por el amor que inunda los corazones. Ya lo había anunciado Jeremías: “Ésta será la alianza que yo pacte con la casa de Israel, después de aquellos días - oráculo de Yahvé -: pondré mi Ley en su interior y sobre sus corazones la escribiré, y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo” (Jer. 31, 33). La santidad, ciertamente, no puede alcanzarse por imposiciones externas, por una serie de normas que, cumplimentadas, son la meta. La santidad es una transformación del interior hacia fuera, es dejarse habitar por Dios, es hacer que el amor sea la norma.
La liturgia de hoy nos invita a reflexionar sobre varios temas importantísimos para comprendernos Pueblo de Dios, pueblo santo, Iglesia de la Pascua. No es Pentecostés un apéndice del tiempo pascual, sino lo que lo completa. La separación de cincuenta días no significa una separación verdadera de los hechos. Pascua-Pentecostés es una unidad, y por eso es preciso remarcar que el tiempo pascual aún no ha culminado. Tres temas resultan ineludibles hoy:
- La unidad Pascua-Pentecostés: Jesús de Nazareth, el crucificado que ha resucitado, envía el Espíritu Santo a sus discípulos. Lo había prometido, se había dejado guiar por Él, había hablado de Él. Hoy lo envía. El Espíritu viene a descubrir por completo el significado liberador de la Pascua, viene a despertar los corazones, a abrir los ojos. Es el mismo Espíritu del Resucitado el que desciende sobre los discípulos, el mismo que lo levantó de la muerte, el Espíritu de la vida. Pentecostés es, también, la celebración de una vida nueva que es vida eterna, porque ya ha vencido a la muerte, porque el aliento del Señor puede más que el soplo destructor del mal.
- Iglesia y Espíritu Santo: la Iglesia de los bautizados es la Iglesia de los bautizados en el Espíritu. Como vínculo de unidad y comunión, el Espíritu derriba las fronteras, pone en sintonía los corazones, hace entendibles los lenguajes para que las diferencias culturales no sean oposición al Evangelio, sino su riqueza. Una Iglesia sin Espíritu es una Iglesia inanimada, sin movimiento, estancada, esclerosada. Una Iglesia sin Espíritu es iglesia muerta, sin aliento de vida, dispersa, despreocupada por el otro. El Espíritu Santo viene para tener un lugar en la Iglesia, para guiar a los hombres y mujeres que aceptan la propuesta del Reino.
- Espíritu Santo y misión: si el Espíritu es movimiento, no puede haber misión sin Él. Inmediatamente al relato de Pentecostés, el libro de los Hechos de los Apóstoles nos cuenta cómo Pedro tomó la palabra (cf. Hch. 2, 14) para predicar el kerygma a los oyentes venidos de todas partes del mundo. Al miedo se opone la valentía del Espíritu que empuja a la Iglesia, que la lleva de aquí para allá, que la estimula, que la pone en camino. Hechos de los Apóstoles es el libro de la Iglesia que anuncia el Evangelio, pero precisamente de la Iglesia que evangeliza guiada por el Espíritu, no de aquella que toma las decisiones sola. Un versículo particular puede resultarnos clave para entender esto: “Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros” (Hch. 15, 28).
La perícopa litúrgica de hoy la hemos leído formando parte de la lectura del segundo domingo de Pascua, donde se nos narró la continuación del pasaje, con la aparición en escena de Tomás (Jn. 20, 24-31). Hoy, fiesta de Pentecostés, nos centramos en el Espíritu Santo. Para la obra joánica, en diferencia a la lucana, es el mismo Resucitado quien sopla sobre sus discípulos para que reciban el Espíritu, conectando Pascua y Pentecostés en la inmediatez de unos pocos versículos. En Lucas, en cambio, los tiempos históricos son remarcados, sobre todo por el hecho de la ascensión (cf. Lc. 24, 51; Hch. 1, 9); no es el Resucitado quien sopla el Espíritu directamente. Esta separación temporal e histórica de Pascua y Pentecostés cumple un rol en la obra lucana, y no es un capricho del autor. Se quieren remarcar con énfasis los tiempos; en primer lugar, el tiempo de Jesús, Dios encarnado que es muerto y resucita haciendo la misión; en segundo lugar, el tiempo de la Iglesia, guiada por el Espíritu Santo, que continúa la misión de Jesús. La separación histórica es pedagógica, es un recurso literario para hacernos concientes de la tarea evangelizadora que nos corresponde. De la misma manera, el relato de Juan es pedagógico a su manera, poniendo en el soplo del Resucitado el aliento de vida del Espíritu, haciéndonos concientes de que el mismo Espíritu que resucitó a Jesús es el Espíritu que anima a la Iglesia. Ambas concepciones son necesarias y complementarias, porque ninguna es menos cierta que la otra. Hoy focalizamos en la visión joánica, que tampoco es completamente exenta a la división temporal. En Jn. 7, 39 el evangelista explica por qué, cuando se narra la vida terrena de Jesús, el Espíritu Santo es referido en forma futura: “Aún no había Espíritu, pues todavía Jesús no había sido glorificado”. De esta manera, queda estipulado que el tiempo del Espíritu espera la glorificación del Cristo, o sea, su pascua.
¿Por qué debe ser glorificado Jesús para dar paso al Espíritu Santo? Porque parece ser que una de sus funciones principales es el acompañamiento de la Iglesia, es ser Dios en medio de su Pueblo. Como el Resucitado ya no estará más entre los discípulos, les otorga un Paráclito, quien estará con ellos para siempre (cf. Jn. 14, 16). Esa permanencia, esa constancia, ese estar, tiene un propósito: enseñar y recordar todo lo referente a Jesús, dando testimonio de Él (cf. Jn. 14, 26; Jn. 15, 26). Jesús debe ser glorificado antes de la efusión del Espíritu porque sin su presencia física se justifica la tarea testimonial y recordatoria, una tarea imprescindible para la continuación de la obra evangelizadora.
Así queda bien especificado el efecto recreador de Pascua-Pentecostés, desarrollado en aspectos significativos del relato:
- Primer día de la semana: lo narrado ocurre en domingo, el día del Señor para los cristianos, pero también el primer día de la semana, equiparable al primer día de la Creación (cf. Gen. 1, 1 – 2, 4a), cuando todavía “un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas” (Gen. 1, 2). Este viento es la palabra ruah en hebreo, vocablo que también puede traducirse por aliento o espíritu. En griego, ruah es pneuma, con la misma doble o triple connotación. El viento de Dios que aletea en la Creación es el Espíritu de Dios, es su aliento de vida. En el relato de Juan, en este primer día del nuevo orden de cosas que establece la Pascua, también está el Espíritu aleteando, inspirando, recreando.
- El miedo del atardecer: estamos sobre el final de la tarde y el comienzo de la noche, como ha sucedido anteriormente en el Evangelio según Juan, cuando al atardecer se subieron los discípulos a la barca, tras la multiplicación de los panes, para pasar a Cafarnaún (cf. Jn. 6, 16-17). Hoy están con las puertas cerradas por temor a los judíos, y en el capítulo 6 estaban con temor sobre la barca porque soplaba un viento fuerte y no tenían a Jesús con ellos, aunque igualmente su acercamiento caminando sobre las aguas les vuelve a generar miedo (cf. Jn. 6, 18-19). Hoy es el atardecer tenebroso de las autoridades judías que se ciernen, ayer era el atardecer tenebroso de la fuerza del mar y lo maravillosamente desconocido. Jesús les ha dicho antes No teman (cf. Jn. 6, 20), y hoy les dice La paz con ustedes, invitando de ambas maneras a una transformación de los sentimientos, a pasar del temor a un estado más pleno, a la confianza, a la fe que genera paz. Se trata de recrear el ánimo desde la Pascua, de dejarse inundar por el Espíritu de Jesús que, ciertamente, genera lo contrario al miedo.
- Salir de uno: en la Creación, el Dios autosuficiente sale de sí mismo para dar vida a la nada. En la encarnación, el Dios todopoderoso sale de sí mismo haciéndose mortal para dar vida a la humanidad. En el tiempo de la Iglesia, los discípulos son invitados a salir de ellos mismos para continuar dando vida. Jesús establece el parangón del Hijo que es enviado por el Padre con la Iglesia enviada por el Hijo. Pascua-Pentecostés es un movimiento dinámico de salida, de exteriorización, de brindarse, de vida. Creación, encarnación y misión encuentran un punto de común desde la perspectiva de la auto-donación.
- Soplar: el gesto que utiliza Jesús para transmitir el Espíritu Santo es el soplo. Como explicamos anteriormente, en el lenguaje hebreo y griego, viento y Espíritu son vocablos intercambiables. De la misma manera, el hecho de la Creación y el suceso de la encarnación son donaciones de vida. Así es que el gesto de Jesús viene a emular Gen. 2, 7: “Yahvé Dios formó al hombre con polvo del suelo, e insufló en sus narices aliento de vida, y resultó el hombre un ser viviente”. El aliento de Dios que hace viviente al hombre es el aliento de Jesús que hace vivos a sus discípulos. Es el Espíritu Santo, el mismo de la Creación, el que se vuelve aliento de vida. Yahvé insufla y Jesús sopla, Yahvé crea y Jesús re-crea. ¿Qué sería de la humanidad sin el aliento primigenio? ¿Qué sería de la Iglesia sin el Espíritu Santo?
El Espíritu Santo es expansivo, es una fuerza arrolladora, una fuerza transformadora. Es la fuerza de la misión. Pensar la misión sin el Espíritu Santo es pretender recrear desde el egoísmo, es hacerlo desde el miedo, es quedarse adentro, a puertas cerradas, es ensimismarse. Los dos modelos misioneros guiados por el Espíritu Santo parecen ser los modelos de la Creación y la encarnación. El misionero está llamado a re-crear con el soplo de la vida, a dar aliento a esos hombres y mujeres que no son más que masas de arcilla, aquietados, inmóviles, aplastados, deformados. Es una re-creación que no puede prescindir del impulso vital que viene de Dios, que todo lo puede. Porque la Creación es la manifestación de una imposibilidad que no hace las veces de barrera de Yahvé. No lo detiene el caos y la nada, no se queda de brazos cruzando mirando la no existencia, más bien lo asume y lo transmuta. De la misma manera el misionero no puede detenerse ante un vacío, ante lo que parece perdido. Al contrario, reconoce que la nada, el vacío y lo perdido exigen de él un amor transfigurador, un amor que hace desde la potencia de Dios, allí donde el materialismo humano halló su límite. La encarnación también manifiesta una imposibilidad, la de la muerte de Dios, para demostrar otra imposibilidad, la de resucitar. Es nuevamente la potencia del Espíritu de Dios que derriba las barreras de lo impensable. El misionero está llamado a inculturarse desde el Espíritu, para reconocer la cultura del otro como patrimonio de su historia, y hacer del Evangelio centro plenificador de esa cultura. Dios llega hasta el centro del hombre asumiendo su naturaleza, y el misionero llegará hasta el centro de sus hermanos asumiendo la cultura. El Espíritu es capaz de encarnar y resucitar, el Espíritu es capaz de hacer efectiva la inculturación y transformar el ser y el hacer de cada pueblo con el Evangelio.
Todo lo que obra el Espíritu Santo es Buena Noticia, es alegría, es gozo, es paz. Es el Espíritu que construye el Reino, el Espíritu que aleteando sobre el caos da inicio al plan salvífico. Es el Espíritu que anima y levanta lo caído, es el Espíritu que quita el temor de los corazones, porque toma ese lugar para habitarlo. Es el Espíritu que abre las puertas para salir, para donarse, para darse. Termina el tiempo litúrgico pascual, pero gracias al Espíritu Santo, la pascua no puede terminarse, sino prolongarse en la historia, en la Iglesia, en la misión, alcanzando todo, re-creando, vitalizando. No es Pentecostés el final del cuento de la resurrección, sino la primicia de la novedad que salva.




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