Por Fernando Torres Pérez, cmf
La primera lectura de este cuarto domingo de Pascua nos pone delante de lo que es el centro de nuestra celebración y de nuestra fe: “en nombre de Jesús Nazareno, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de entre los muertos”. Ese es el punto de partida de toda celebración cristiana.Por eso estamos aquí. No porque sea una ley (ir a misa todos los domingos y fiestas de guardar) sino porque nos reunimos para celebrar nuestra fe en Jesús Nazareno, al que Dios resucitó de entre los muertos. Porque sentimos su gracia en nuestras vidas. Porque nos hemos sentido curados y sanados de nuestras enfermedades. Y porque en él encontramos una nueva esperanza. Esa fe en Jesús Nazareno es el centro y fundamento de la comunidad cristiana.
¡Somos hijos de Dios!
En esa fe vivida en comunidad de hermanos y hermanas descubrimos que somos ¡hijos de Dios! (segunda lectura). Ya no somos siervos ni esclavos. Dios no es un todopoderoso señor ante el que debemos inclinar la cabeza porque su sola mirada podría destruir nuestras vidas. Dios no es señor de horca y cuchillo ante el que no podemos tener más que miedo y temor. Todo eso ha terminado.
La cercanía de Dios no es causa de muerte sino de vida y esperanza. Ahora somos hijos de Dios. Los hijos tienen un puesto a la mesa, los hijos son de la casa. El amor del Padre por los hijos va más allá de todos sus posibles abandonos, desamores, desaires. El Padre, nuestro Padre, nunca es juez para sus hijos sino misericordia, paciencia y muchas otras cosas buenas.
Desde esta perspectiva hay que leer el evangelio de este domingo. Jesús habla de sí mismo y dice que es el buen pastor. Hay un hecho fundamental que es el que, sin duda, Jesús quiere subrayar. El buen pastor da la vida por sus ovejas. En eso se diferencia del asalariado que, cuando llega el peligro, huye y deja abandonadas a las ovejas. El buen pastor sigue ahí, se interpone entre las ovejas y el peligro, hace todo lo posible –y lo imposible– para salvar a sus ovejas. Sin medida, sin hacer cálculos. Además, hay una especial relación entre las ovejas y el buen pastor. Se conocen perfectamente. Se reconocen.
¿Es que somos como las ovejas?
¿Significa eso que la comunidad cristiana se parece a un rebaño de ovejas? ¿Que la relación entre el pastor de la comunidad y los fieles que la forman debe ser como la relación entre las ovejas y el pastor? Hay que tener cuidado con las comparaciones porque, cuando se estiran demasiado, se puede hacer que lleguen a decir cosas que no estaban en la mente del que hizo la comparación.
En mi tierra he visto muchos rebaños de ovejas. Son animales muy tontos. Entre los gritos del pastor y el perro que le ayuda, se dejan llevar de una parte para otra. No tienen voluntad propia y sólo piensan en comer hierba. ¿Es esa la imagen de la comunidad cristiana? ¿No hemos dicho más arriba que somos hijos de Dios? Los hijos de Dios son personas. De Dios hemos recibido la liberación de nuestras ataduras y la libertad y la capacidad de decidir por nosotros mismos. La entrega y el sacrificio de Jesús nos han conquistado la libertad de los hijos para los que vivíamos en la servidumbre. ¡Somos hijos en el Hijo!
Todos somos pastores de nuestros hermanos
En el nombre de Jesús Nazareno hacemos nuestro camino y formamos una comunidad de hombres y mujeres libres. Tenemos un solo Pastor: Jesús el Nazareno. Leemos juntos su Palabra que ilumina nuestra vida. Y juntos y en diálogo vamos encontrando el camino, personal y comunitario, para vivir como hombres y mujeres nuevos, para llevar a todo el mundo la buena nueva de la salvación, que es la misión que Jesús mismo nos ha encomendado a todos (¿es que se les puede encomendar alguna misión a las ovejas?).
Tenemos un solo Pastor y todos nos sentamos a la mesa al mismo nivel. Todos somos iguales. Todos somos hijos de Dios. Ciertamente, algunos en la comunidad han asumido una función de servicio, de organización, de atención a la comunidad. Por extensión los llamamos pastores. Conviene siempre que recuerden que no hay más que un pastor y que ellos mismos se han de sentir “pastoreados” por ese único Pastor y por sus hermanos de comunidad.
Hoy, y siempre, rezamos por ellos (catequistas, agentes de pastoral, religiosas, religiosos, diáconos, sacerdotes, obispos, papa) para que sean servidores de la comunidad. Para que sean como el pastor, atentos a todos, que da la vida, y no como el asalariado que se aprovecha de las ovejas para su propio bienestar. Hoy oramos para que haya muchos que den un paso al frente y asuman la tarea de servir a sus hermanos y hermanas como sacerdotes, como religiosos o religiosas. Hoy oramos también por todos los que formamos la comunidad para que sintamos la responsabilidad de ser pastores unos de otros, de atendernos y cuidarnos unos a otros con el respeto que siempre merecen los Hijos de Dios.




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