Publicado por Entra y Veras

Seguramente no nos cuesta nada imaginarnos la figura de una reina. Ni tampoco el de una mujer sencilla. Quizá sea más complicado imaginar y sostener la figura o el perfil de una revolucionaria, que a diferencia de las anteriores, ha de tener una causa apasionante por la que entregar y comprometer su vida en contra de un sistema establecido. María, como vamos a explicar, fue capaz de conjugar a lo largo de su vida, por lo que nos cuentan los evangelios, la sencillez y la lucha. Y al término de sus días, la Iglesia quiso ver en ella una auténtica Reina, fiesta que hoy conmemoramos.
María desde la sencillez y la normalidad, una vez que se convierte en portadora del Hijo de Dios, emprende una revolución. Sí, la revolución de la ternura. María es ternura creyente, itinerante y actuante. María es la mujer que camina deprisa a la colina donde reside su prima Isabel, se pone incondicionalmente a su servicio y canta desde allí el genial pregón del Magníficat. Su ternura no es ronrroneo de ñoñería, ni caricia mirando a la cámara. La maternidad le inspiró este himno por antonomasia de quienes han recibido a manos llenas una nueva visión de la realidad y se encuentran, en auténtico “estado de gracia”, gozando sin medida del favor de Dios.
María se ha dibujado a sí misma: se ha retratado en el Magníficat. Se considerará muy honrada, si nos convertimos en prolongadores tenaces de su Magníficat. El Dios que ella acunó en un pesebre vive encarnado en todos los que conviven con el corazón encogido, apartados de pamplinas y lágrimas egoístas. María es una letanía de ternura, un huracán de amor, que levanta las máscaras de todos los aprovechados y sirve en blancos manteles la misericordia y la justicia de Dios con los pobres. El Dios de Jesús que anidó en las entrañas de María es el Dios que derriba del trono a los soberbios, a los que se creen reyes y maestros.
Si vamos a la fiesta que celebramos hoy, hay que decir que este dogma nos sitúa en el centro del misterio cristiano. Este dogma no separa a María del resto de los creyentes de a pie, como nosotros, como si a ella se le hubiera ofrecido algo que no se da a los demás. Al contrario, asumiendo con Jesús la muerte, María aparece así como primera cristiana completa, pues la vemos en Jesús y por Jesús como primera de los resucitados.
La tradición de la Iglesia ha vinculado la Asunción con la Coronación de María como reina del cielo y de la tierra. Ella es Reina a través de su vida al servicio del evangelio de Jesús, sin buscar el protagonismo, es recibida por el mismo Dios. Carece de sentido hablar de una Asunción exclusiva de María, pues ello iría en contra del gran principio de la unión de los creyentes en la carne. María sigue siendo bandera de esperanza. Lo fue en el momento de la encarnación y lo es también ahora.
La bandera de la ternura ondea en el horizonte de los cristianos que podemos contemplar a María junto a las tres divinas personas. Sin embargo, mientras nos llega la hora de ese magnífico encuentro, no olvidemos ni un momento el evangelio que de hoy. La revolución de la ternura sigue siendo aún una asignatura pendiente como dijo Helder Cámara: «¿Qué hay en ti en tus palabras y en tu voz cuando anuncias en el Magníficat la humillación de los poderosos y la elevación de los humildes, la saciedad de los que tienen hambre y el desmayo de los ricos que nadie se atreve a llamarte revolucionaria ni a mirarte con sospecha? Préstanos tu voz y canta con nosotros».
Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto. Colegio San Agustín (Valladolid, España)
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