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viernes, 21 de enero de 2011

CONVERSIÓN, HACIA OTRA FORMA DE VER


III Domingo del T.O. (Mt 4, 12-23) - Ciclo A
Por Enrique Martínez Lozano

Nos hallamos prácticamente al comienzo de la actividad pública de Jesús, que parece marcada por el arresto del Bautista: como si hubiera sido desencadenada por este hecho.

Y desde el principio, Mateo va a buscar referencias en el Antiguo Testamento para contextualizar toda la obra de Jesús. En este caso recurre a Isaías (8,23-9,1), en un texto de claro matiz universalista, que vendría bien a Mateo para posicionarse a favor de la extensión de la comunidad cristiana, más allá de los límites del judaísmo.

Los destinatarios, tanto de la promesa de Isaías como del comienzo de la actividad de Jesús, son los habitantes de la “Galilea de los gentiles” (o paganos). En efecto, los judíos la consideraban como una región un tanto hereje e impura, debido a las inmigraciones que había recibido, con la consiguiente mezcla de religiones.

Lo que hace Mateo con el texto de Isaías es darlo por cumplido. Así, donde aquél habla de la luz que “les brillará”, el evangelista, refiriéndose a Jesús, confirma que ya “les ha brillado”.

En ese contexto, Mateo coloca el anuncio-programa de Jesús: “Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos”. En cierto modo, sigue a Marcos (1,15), en una frase escueta con la que había presentado el mensaje del Bautista (3,2), y que será también el anuncio de los primeros misioneros cristianos (10,7). Parece tratarse, por tanto, de una fórmula consagrada en la comunidad de este evangelio.

El motivo es la cercanía del “reino de los cielos” (en lugar de “reino de Dios”), expresión a la que recurre Mateo para evitar pronunciar el nombre divino; el contenido, la conversión.

El “reino de Dios” constituye el centro del mensaje de Jesús: la utopía que llenaba su corazón, aunque nunca explicara su contenido concreto. Podría traducirse como el proyecto de una nueva humanidad, centrada en la vivencia de la fraternidad, que surge como consecuencia de acoger, confiada y radicalmente, a Dios como “Abba” o Padre.

Desde otra perspectiva, podría decirse también que el Reino emerge cuando crecemos en la conciencia unitaria o transpersonal, en nuestra identidad más profunda, en la que vivió el propio Jesús. Haciendo un juego de palabras que, sin embargo, resulta muy ajustado, cabría hablar del “reino del Espíritu”, por contraposición al “reino del ego”.

A partir de esta última contraposición podemos entender mejor la llamada de Jesús a “convertirse”. No se trata de cambiar unas obras por otras, sino de modificar nuestra “forma de ver”. El término griego “metanoia” habla de “otro modo de conocer” que no es el habitual (del ego).

En este sentido, convertirse implica crecer en desapropiación del yo, dejar de vivir girando en torno a él, como si se tratara de nuestra identidad verdadera, y empezar a mirar la realidad –a nosotros mismos, a los otros, al mundo- desde quienes realmente somos, la Conciencia unitaria o Presencia, en la que nos reconocemos en una Unidad radical, que nos impide ver a los otros como separados de nosotros mismos.

Así entendida, la conversión no es otra cosa que la forma de ver y de vivir característica del Reino de Dios, de quienes han tomado distancia de su yo, porque han comprendido que identificarse con él es un engaño que hace “perder la vida”, como diría el propio Jesús.

Por ello, el anuncio de Jesús no es, en principio, una exigencia moral, sino una llamada a despertar, a caer en la cuenta de nuestra verdad más profunda. De esa comprensión habrá de nacer una actitud y un comportamiento coherentes con el proyecto humano –que es el proyecto divino- del “reino de Dios”.

Tal como había hecho Marcos, a quien sigue, Mateo coloca, en este inicio, la llamada a los cuatro primeros discípulos. Detrás de ello, hay que ver una intencionalidad teológica, que busca mostrar a Jesús y a sus discípulos compartiendo la actividad desde el comienzo: la de los discípulos va a ser una misión compartida con el Maestro de principio a fin.

Esa intencionalidad teológica es suficiente para explicarnos lo que, de otro modo, sería una incoherencia, tanto histórica como psicológica: un desconocido no aparece llamando de un modo tan radical, ni nadie le sigue de una manera tan inmediata y radical.

Y son llamados para ser “pescadores de hombres”: a partir del hecho de su profesión, en un juego de palabras, se les indica que van a compartir la misma misión de Jesús: ayudar a vivir a las personas, sacarlas del mal (= mar) y favorecerles la vida.

De hecho, así es como el propio Mateo, al final de esta escena, presenta a Jesús: aquél que enseña y cura. Es el maestro y el salvador: en esa doble faceta va a discurrir toda su existencia; de ese modo, ayudará a vivir.


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