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sábado, 26 de febrero de 2011

VIII Domingo del T.O. (Mt 6,24-34) - Ciclo A: BUSCAD ¿QUÉ?



Algo de razón tenía aquel señor que confesaba: cuando era joven, allá por el año 1945, la Iglesia y los predicadores insistían en el sexto mandamiento y eran muy severos, rigurosos, de manga estrecha. Años después, hacia el 1980, este mismo señor había conseguido una posición económica aceptable. Y entonces la Iglesia, las homilías se centraban en el dinero, en la cuestión social. Nuestro protagonista se lamentaba de su mala suerte.

Hoy Jesús nos habla del dinero y también de la providencia, de la confianza en Dios. Dice el profeta Isaías: “¿Es que puede una madre olvidarse de su criatura? (…) Pues, aunque ella se olvide, yo no te olvidaré”. Aparece aquí el rostro materno de Dios, pues a Dios no se le puede limitar a lo masculino. Este dato ha acarreado y está originando grandes ausencias de la mujer en la Iglesia. Un vacío que es preciso llenar cuanto antes, puesto que, de lo contario, el precio a pagar será mayor.

“Nadie puede estar al servicio de dos amos (…) No podéis servir a Dios y al dinero”. Y añade: “no estéis agobiados por la vida, pensando qué vais a comer, ni por el cuerpo, pensando con qué os vais a vestir” (…) No andéis agobiados”. Un tema delicado el que plantea el texto evangélico de este domingo. ¿El dinero es malo? Estas palabras de Jesús posiblemente resuenen muy duras en quienes acumulan importantes cantidades de dinero y en quienes se acuestan sin tener nada para el desayuno del día siguiente. Afirmar que el dinero es malo a quien está esperando reunir una determinada cantidad para tratar una enfermedad, es muy arriesgado. El dinero es un instrumento que puede ser positivo o negativo. Depende de quien lo utilice. Los 601 euros que cobra un jubilado, los millones que invierte un empresario en crear puestos de trabajo no creo que sean objeto de condena por parte del evangelio. No está de más preguntarnos por lo que probablemente piensan muchos haitianos zarandeados por la crisis permanente y por la pobreza respecto al dinero. La filosofía popular ha acuñado una frase muy acertada y expresiva: el dinero es un mal amo y un buen criado.

¿Cuándo es peligroso el dinero? ¿Cuándo es un veneno mortal? Cuando nos aleja del amor al prójimo y a Dios, cuando nos enfría en la lucha por otra sociedad más justa, cuando el ganar y el acumular ciega la mente y el corazón, cuando la persona se rige por la avaricia, por el egoísmo y no por la solidaridad, cuando nos hace insensibles al dolor ajeno y a las carencias ajenas, cuando nos vendemos, mentimos, cometemos injusticias a cambio de recibir una compensación crematística, cuando el dinero silencia, frena, ahoga nuestros mejores impulsos. Querer casar la fidelidad a Dios y al dinero no es tarea fácil. Los norteamericanos parece que han conseguido este “milagro”, pues en todos los billetes de dólar consta la siguiente inscripción: “En Dios confiamos”.

El evangelio de hoy constituye un canto poético a la providencia, al amor de Dios Padre, al amor de Dios Madre, que quiere y estima a la persona humana. Providencia que no nos exime de nuestra responsabilidad y de nuestro trabajo, pues, aunque los pajaritos ni siembran, ni almacenan, tienen que ir en busca del alimento.

Jesús nos da una respuesta: “buscad el Reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura”. No se trata de ninguna simpleza por parte de Jesús. Si analizamos el fondo de las actuales reivindicaciones de los pueblos del Norte de África y del Próximo Oriente, concluiríamos que no exigen otra cosa. Reclaman otra sociedad (que para nosotros los cristianos es el Reino de Dios) y piden justicia. Pues nuestro mundo cuenta hoy con suficiente alimento, dinero y medios. Falta una distribución o reparto más sensato, más justo. Pero esta sociedad a la que aspiramos no llegará de modo mágico. Jesús nos invita a buscarla, es decir, a trabajar por ella con honestidad, con entrega y con su apoyo.

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