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lunes, 15 de agosto de 2011

¿Qué es un reino?


Hablar del advenimiento de un Reino tal vez no tenga sentido para la mayoría de nuestros contemporáneos. Y no es puramente cuestión de traducción idiomática: el mundo en el cual la parábola del Reino era transparente no existe ya.

Por Antonio Pérez García
Publicado por Mirada Global

No siempre hubo reinos. Para que podamos hablar propiamente de ellos es necesario que se de una elevada concentración de poder sobre la naturaleza y, especialmente, sobre los hombres, que supone a su vez un grado apreciable de desarrollo de las fuerzas productivas, de los dispositivos de administración política, de la disciplinada disponibilidad de fuerza popular, de los sistemas de creencias que legitiman la tenencia y el ejercicio del poder.

No es nuestra tarea entrar en la discusión acerca de si esas condiciones han podido aparecer ya en el Neolítico (entre 8 y 4 mil años a. C., aproximadamente) o si se configuran recién en la Edad del Bronce (aproximadamente desde el 3200 a. C.). Lo que nos interesa es detener la mirada en aquellos reinos que pueden haber servido como paradigma para los intentos de instaurar la realeza en el pueblo hebreo asentado (no antes de 1800 a. C.) en la tierra de Canaán.

El gran escenario que tomamos como referencia es, entonces, el que, comenzando en la desembocadura del Tigris y el Éufrates en el golfo Pérsico asciende hacia el Noroeste hasta la meseta de Anatolia y se curva luego hacia el suroeste incluyendo las tierras adyacentes a la costa este del Mediterráneo para perderse finalmente en el desierto del Sinaí. La forma del territorio así definido semeja una media luna, donde se encuentran espacios de suelo fértil favorables a los asentamientos humanos. A esta “media luna fértil” se debe sumar el extenso, densamente poblado y fertilísimo valle del Nilo.

Sobre ese escenario, desde aproximadamente 3200 a. C., florecen los imperios mesopotámicos (Sumer, Akkad, Ur, Asiria, Babilonia), hitita (desde Anatolia), y notoriamente egipcio (desde el valle del Nilo). Pintada a tan grandes trazos, la historia puede dar una engañosa imagen de estabilidad: la agitación es una constante, no sólo por los choques entre centros imperiales expansivos, sino también por conflictos internos y por el peso de las migraciones de pueblos que, aunque movidas tal vez por crisis de provisiones en las regiones de partida, adquieren para las receptoras el carácter de verdaderas invasiones. Entre esos oscuros movimientos poblacionales han de contarse los que llevaron a los hebreos a asentarse en el Canaán, como ya veremos.

Los exitosos reinos emergentes en esa época, que adquieren un nítido perfil imperial, son formas de organización política capaces de coordinar no solo la convivencia de poblaciones que se han hecho mayores y más densas, sino una actividad productiva que va mucho más allá de asegurar la subsistencia y generan excedentes volcados a obras de ingeniería cuya dimensión y dificultad todavía hoy nos asombra (recordar las pirámides, datadas entre 2700 y 2500 a. C.), importantes por su valor simbólico antes que por su utilidad práctica.

Estas sociedades han acumulado un ingente poder sobre la naturaleza, pero sus soberanos lo gobiernan mediante un poder sobre los hombres formalmente ilimitado, por cuanto se pretende derivado de la voluntad de los dioses o, en el caso extremo, de la supuesta naturaleza divina del propio monarca. Aunque en los hechos ese poder haya supuesto contar con poderosos auxiliares, y alianzas con grupos (económicos, administrativos, sacerdotales, militares) que retienen cierto grado de dominio sobre algunas fuentes de poder, al rey se remiten las decisiones cruciales en materia económica, política, religiosa, militar. Es este carácter arbitrario y absoluto de la potestad regia lo que nos interesa aquí retener.

UN REINO IMPROBABLE

En plena vigencia de estos poderosos vecinos, algunos grupos de habla semítica circulan una y otra vez por el Canaán, tierra ya ocupada desde la prehistoria, en un movimiento de vaivén entre Mesopotamia, Egipto y hasta la península Arábiga, tal como lo refleja el relato de la gesta de los patriarcas hebreos que nos ofrece el libro del Génesis. La gesta de Abraham puede ser datada en torno a 1850 a. C. No todo el pueblo permanece en el Canaán como la historia de José y su familia en Egipto lo recuerda. El retorno del que queda huella en el relato de Éxodo, en parte conquista armada pero en parte no menor infiltración progresiva, no culminó hasta alrededor de 1220 a. C. Téngase en cuenta que la entidad política resultante es un conjunto de tribus mayormente pastoriles, cuyo vínculo decisivo no es otro que la fe compartida en Yahvé. Nada que se parezca a una forma política centralizada comparable a un reino. Todavía por un buen par de siglos estas tribus conservarán una fuerte autonomía y una forma muy comunitaria de gobierno. Lo que los relatos bíblicos nos han acostumbrado a conocer como “jueces” (Jueces I y II, Samuel I, 1-7) son, en su mayoría, jefes suscitados en ocasión de alguna necesidad, mayormente bélica, que bien pueden ser entendidos como caudillos circunstanciales, sin ánimo de permanencia y sin atributos de poder absoluto. Por añadidura, este pueblo hebreo permanece muy ligado a sus fuentes mesopotámicas por su lenguaje (semítica, como el acádico babilónico y asirio), por sus sagas y su folclore, por sus creencias religiosas. Pero también se siente atraído por la cercanía geográfica de Egipto, cuando no lisa y llanamente asolado por las frecuentes incursiones bélicas de los faraones. Más cerca, en el propio territorio cananeo, pululan pequeñas ciudades estado amparadas por el dominante imperio egipcio y asentadas largamente antes de la infiltración hebrea. La subsistencia en esas condiciones implicó una distribución descentralizada en espacios relativamente protegidos por su carácter montañoso.

No eran estas las condiciones ideales para que surgiera un reino hebreo. Sin embargo, el empuje de los “pueblos del mar” que exigen la atención de Egipto y ocupan la costa mediterránea (y conocemos bíblicamente como filisteos), y su pretensión en el siglo XI a. C. de expandirse hacia el interior, dio la oportunidad para que se generara un reino unificado, que habría de permanecer tal por apenas un siglo bajo Saúl, David y Salomón. El relato que nos conservan los libros de Samuel da cuenta tanto de la premura bélica que conduce a adoptar un modelo de gobierno ajeno a las tradiciones hebreas, como de las precauciones que desde la palabra y la práctica de Samuel acompañan esta instauración. También, de la dualidad subyacente a la unificación, entre las tribus de Israel, al norte, y las de Judá, al sur. Aunque bajo Salomón el reino unificado haya llegado hasta las orillas del Éufrates, a su muerte se produce la fractura entre Israel y Judá, ya insanable. Israel subsistiría hasta la caída de Samaria a manos de Asiria y las consiguientes deportaciones, en 721; Judá permanecería aún hasta la caída de Jerusalén, la destrucción del primer templo y la deportación a Babilonia, en 587 a. C.

La imagen que la Biblia nos da de la experiencia monárquica no es precisamente edificante, y la voz de los profetas se levantó repetidamente para denunciarlo. La perenne tentación de imitar a los paradigmas extranjeros lleva una y otra vez a la infidelidad hacia Yahvé. Aunque el retorno otorgado por el edicto de Ciro en 538aC abre el espacio para la restauración en Judea de un estado teocrático y a la construcción del segundo templo en Jerusalén, no habrá ya reyes para gobernar a los hebreos. La esperanza del Reino persiste, sin embargo, y se reelabora profundamente a lo largo de una historia de sujeción a reinos “de este mundo”: bajo Persia hasta el 331 a. C., bajo el imperio helenístico inaugurado por Alejandro, bajo el Imperio Romano desde la conquista de Jerusalén por Pompeyo, en el 63 a. C.

PARÁBOLA EN UN REMOTO RINCÓN DEL IMPERIO

A través de esta experiencia, que incluye los frustrados intentos de rebelión de los Macabeos, se comienza a dibujar uno de los ejes de contradicción entre los reinos de este mundo y el Reino de Dios. Podríamos sintetizarlo en la oposición entre una concepción del reino regida únicamente por la racionalidad del poder del soberano sobre los súbditos, que corresponde a la esencia de la institución monárquica, y la que descansa sobre el reconocimiento del papel liberador de Yahvé. Mientras que la primera hace de su referencia religiosa un instrumento eficaz de dominación, la segunda exalta la acción del Dios fiel que vuelve a liberar una y otra vez a su pueblo, a pesar de la contumaz infidelidad de éste.

De esta acción salvífica de Dios se espera, en los tiempos de Jesús, el envío de un mesías (un ungido, como lo eran los reyes) para salvar a su pueblo. Nuevo eje de contradicción, según se interprete esta salvación esperada. Era frecuente esperar un mesías político, un rey que libere al pueblo de su sujeción temporal, probablemente por la fuerza de las armas. Y es contra esta expectativa que se levanta la respuesta de Jesús a Pilato: Mi reino no es de este mundo. Si lo fuera, tendría gente a mi servicio que pelearía para que yo no fuera entregado a los judíos. Pero mi reino no es de aquí. (Juan 18, 36).

Es sobre el trasfondo de este doble eje de contradicción que puede ser entendida, creo, la parábola central de la prédica de Jesús, cuando anuncia la llegada del Reino de Dios, ya aquí aunque no todavía realizado en plenitud.

Para terminar de comprender el alcance de la parábola tal vez ayude tener en cuenta un problema de traducción. Como sabemos, los evangelios han sido escritos en griego. Resulta que el hebreo (como el castellano) permite algunas distinciones que en griego se borran: no valen lo mismo melûkāh (realeza), malkût (reinado) y mamlākāh (reino), aunque en griego se disponga para los tres significados de un solo término: basileia. Resulta entonces que el “reino” evangélico no es propiamente un reino, un dominio territorial políticamente organizado, sino el reinado (el ejercicio del poder salvífico de Dios) fundado en su realeza que está más allá de toda soberanía temporal y no debe de servir de pretexto legitimador para ninguna de ellas. Lo cual, como no escapó a Pilato, tiene consecuencias políticas, porque ningún régimen temporal (aunque sea republicanísimo) puede tenerse por absoluto y a salvo de crítica (válganos el ejemplo de los profetas) cuando oprime a quienes son regidos por él. La parábola del Reino ¿no será un mensaje de liberación, en un sentido más radical que cualquier proclama política?
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Antonio Pérez García. Sociólogo. Profesor titular de Psicología Social. Miembro del Consejo de Redacción de Misión de Uruguay. Publicado en revista Misión.